Empresarios

Tocado, esperemos que no hundido, saldrá el sector empresarial de esta trágica pandemia. A las bajas producidas en sus filas por el letal virus, hay que sumar cuantiosas bajas en el Registro mercantil por la drástica paralización de la economía. Malas noticias para España al restar potencia a un extraordinario motor de creación de empleo y riqueza. Y pésimos augurios al hablar el irresponsable Iglesias de nacionalización de la actividad económica.

Históricamente, empresario y hombre de negocios nunca gozaron de buena prensa ante la izquierda. Desde su oprimida visión manchesteriana, el comunismo siempre los señaló para sentarlos en el banquillo de los acusados. En un libro escolar de la Rumanía comunista, bajo el epígrafe “Cómo trabajaban antes los obreros”, se proponía a los alumnos un ejercicio de redacción en el que desarrollar el siguiente esquema: Un obrero es aplastado por una viga que le cae encima. El patrono, mientras fuma un cigarro, dice: “¡Diablo! ¡Se fastidió la viga! Posiblemente haya crueles empresarios, igual que crueles ingenieros, médicos, abogados o funcionarios. La experiencia también demuestra que un comisario del pueblo (gerente estatal, eufemísticamente hablando), resultaba mil veces más duro que un patrono. Por no remontarnos a la cúspide de la terrorífica nomenclatura soviética sobre la que Nikita Kruschev contaba que cuando Stalin nos llamaba a su despacho no sabíamos si saldríamos de allí con vida.

El propietario particular, hoy autónomo, también fue perseguido por el comunismo, para quien la producción a pequeña escala engendraba burguesía y capitalismo. De ahí, su aversión hacia los pequeños negocios y su pretensión de exterminio del comercio minorista, ya que una economía planificada era, según sus disparatadas consignas, una forma superior de economía popular al estatificar industrias y comercio. Nuevamente, la práctica evidenció que el intervencionismo y la escasez son inseparables, mientras que la libertad es indicio claro de abundancia.

La socialdemocracia, en su versión más sectaria y de visión raquítica, tampoco considera a la iniciativa privada una fuente de progreso para la nación. Partidaria del dirigismo frente a la libertad económica, coexiste pero no convive armónicamente con los empresarios despreciando de modo obsesivo el principio básico para la prosperidad económica: es mejor aumentar la producción que distribuir la renta. El igualitarismo siempre ha sido la peor enfermedad socialdemócrata, a pesar de que un socialista como el francés Marcel Sembat dijera en 1914 que equiparar las fortunas por medio de impuestos equivaldría a intentar allanar el Mont Blanc con una apisonadora.

No resulta extraño que desde el Gobierno se insista puerilmente en una impertinente contraposición entre trabajadores y empresarios. Consecuencia de esa incoherencia de la vieja escuela progresista consistente en pedir unidad a todo una nación y promover nefastos antagonismos entre ideologías, clases y territorios. Cuando Sánchez invoca el Plan Marshall o los Pactos de La Moncloa, aún suponiendo que hable con la buena fe de un maestro de escuela, cabe preguntarse, no si sabe en qué consistieron aquellas iniciativas, sino si su vicepresidente Iglesias lo sabe.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 5 de abril de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211808/empresarios.html

Café

El CAFÉ lo inventó la Falange como contraseña entre los suyos: Camarada Arriba Falange Española. Lo mismo el café es facha, salvo que sea Marcilla o Saimaza. El café se empleó como arma política contra Winston Churchill por Lady Astor, primera mujer en ocupar escaño en la Cámara de los Comunes, y que, saturada por el mordaz lenguaje del dirigente británico, espetó a éste: Si usted fuera mi marido, le echaría veneno en el café. Con su ágil dialéctica, Churchill respondió: Señora, si usted fuera mi esposa, me lo bebería. Hay marcas cafeteras que son caramelos envenenados y no se quieren ni regalás. Marcilla y Saimaza circulan malditas por redes sociales como sinónimos de Sodoma y Gomorra, Bonny and Clyde o Hitler y Stalin. Un torpe directivo del grupo cafetero, independentista catalán en el fuero interno de las opiniones personales, ha certificado que los españoles somos fascistas. Churchill dijo que los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Los cafés echan humo, las cafeteras silban como locomotoras y el pobre directivo parece un hombre solo, cortado y manchado que acabará tostado. A Marcilla y Saimaza les ha salido un grano y no precisamente de café en las ventas y tendrán que torearlo. Libertad de expresión y libre mercado.

Muchas ideas que han conformado la Europa actual se pensaron y repensaron en las terrazas y a través de los ventanales de los cafés. Vargas Llosa tiene escrito que Europa es ante todo un café donde se escribe poesía, conspira y filosofa. El café de París, el de Viena, el Gerbeaud de Budapest, el irlandés, el Gijón. Coincidiendo con el nacimiento de éste, el separatismo comenzó a ser en España una enfermedad nacional. Tras cien años, continúa siéndolo, agravada por convulsiones golpistas provocadas, quizás, por la cafeína. Hay personas que tienen muy mal beber, otras muy mal café y las hay también con muy mala leche. Que los españoles somos fachas no es novedad. Empezamos siéndolo con los reyes godos y nos ratificamos en ello bajo el reinado de los Reyes Católicos, que sellaron la unidad de España con el yugo y las flechas, otro invento falangista. Fuimos fachas con orgullo al echar a los franceses de nuestro suelo. Continuamos siéndolo durante la II República, que vino porque Alfonso XIII se fue. Nuestro fascismo se refinó con la democracia, traída gracias al Rey Juan Carlos, sucesor de Franco, Adolfo Suárez, que vistió camisa azul, y Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange. Sí, toda España es un facherío tal, que una ardilla puede ir de Barcelona a Cádiz saltando de brazo alzado en brazo alzado. A los españoles nos encanta montar el Belén en Navidad, salir de procesión en Semana Santa, ir a los toros en la feria, colgar la enseña nacional en el balcón, animar a nuestra Selección en el Mundial o leer el Marca o el As mientras nos tomamos un café, pero no de Marcilla ni Saimaza. ¿Cómo no vamos a ser fachas?

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de abril de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/188486/opinion/cafe.html

¿Navidad o vanidad?

Confundir la gimnasia con la magnesia es el riesgo que corre quien no tiene las cosas claras. En fechas tan entrañables como las que se avecinan, propicias siempre para comenzar de nuevo, algunos padecemos una especie de daltonismo auditivo que nos lleva a confundir la Navidad con la vanidad. Semejante extravío en los sentidos nos arrastra fatalmente a perder el sentido de la vida. Es entonces cuando nos ocupamos y preocupamos más de nosotros que de los demás. Es también cuando lentamente nos resbalamos pendiente abajo hacia un frío vacío quedando sepultados bajo la espantosa soledad de los desiertos de hielo. De nada sirve que rebose nuestra agenda de cansinos eventos de voy y vengo y a ver si nos vemos o llamamos ni que vayamos acompañados de una anónima multitud. Con semejante algarabía ni percibimos los signos ni escuchamos el silencio.

Quienes confundimos Navidad con vanidad encontramos dificultades para renunciar a nuestras egolatrías e idolatrías; para despojarnos de nuestro altivo yo y del oropel de lo superfluo. Nos resistimos a cancelar nuestros nefastos egoísmos y nuestras caprichosas frivolidades que avariciosamente acumulamos en abundancia. Nos cuesta un triunfo desembarazarnos de ese apego por lo material y por materiales que estrepitosamente se vienen abajo como castillos de naipes; de esas ataduras sociales, que cual dictaduras políticas, limitan la libertad y censuran la verdad. Sin saber cómo quitarnos los miedos y el desánimo y, sobre todo, sin aprender a controlar esos sentimientos tan desconcertantes de soberbia, envidia o ira que se nos adhieren al corazón y nos embolsan en callejones sin salida, terminamos reconociéndonos débiles, frágiles, vulnerables. ¿Alguien lo duda tras un año inolvidable? Bajémonos del pedestal, mejor dicho, no volvamos a él ni lo miremos, siquiera, con nostalgia. Allí solo descansan las estatuas.

Pero otra vez, como siempre, es tiempo de salvación. Intentarlo de nuevo, renovarse, convertirse, purificarse, empaparse en ese espíritu navideño pacífico, generoso y abierto hacia el otro. La Navidad lo es porque desde la intimidad del hogar familiar enlaza con la acción universal de interesarse por el bien del prójimo. Y mucho tiene la Navidad de acción salvadora y bienhechora. No despreciemos nuestro diminuto esfuerzo para luego transformar el mundo. Porque en nuestra filiación divina anida una poderosa fuerza transformadora. Con sencillez y humildad, sin artificios ni imposturas. Con espíritu sobrenatural. Con fe y confianza abriguemos la esperanza que no defrauda: Aquél que nació entre pañales y habitó entre nosotros. Navidad, no vanidad. Navidad Feliz.

El liderazgo del servicio

En los múltiples manuales sobre liderazgo de personas y en organizaciones que proliferan en tiempos de crisis suelen enumerarse un sinfín de cualidades que todo líder que se precie ha de albergar. En la mayor parte de esas enumeraciones están ausentes la sencillez y la humildad. Poco o nada se dice acerca de que un líder debiera ser sencillo y humilde. Es como si ambos atributos estuvieran reñidos con el liderazgo, al que se reviste más con ufanos ropajes de autosuficiencia. Y, sin embargo, la sencillez y la humildad resultan inherentes al mismo porque no hay mejor liderazgo que el servicio. La verdadera autoridad no consiste en el dominio, sino en el servicio, y es de modo sencillo y humilde como mejor se sirve.

¿Un líder sirviendo al grupo? ¿Un líder a disposición de los demás? ¿Cómo? Ayudando, alentando, escuchando, compartiendo, acompañando; en suma, caminando al lado de los otros, ya sea en vanguardia, retaguardia o entre líneas, a fin de que nadie se extravíe o ninguno se autoexcluya.

El liderazgo consiste en dar más que en recibir. El buen líder pone su talento al servicio del grupo. Sabe que sus cualidades resultan más provechosas si las comparte, ya que compartiendo enriquece a los demás y se enriquece él mismo. Y a cubierto de recelos, envidias y competencia, el grupo se cohesiona vivamente, crece y se hace grande. Es la grandeza del desprendimiento; la esencia del altruismo.  

A través del discurso cultural hoy dominante se ha generalizado la imagen del líder como una especie de superhombre que todo lo puede. Pero no es el líder por sí solo quien mueve y hace avanzar a las organizaciones o a los grupos humanos, sino la urdimbre de lazos y afectos dignos y solidarios que el líder sabe tejer entre sí y sus colaboradores, abriendo ventanas, rompiendo candados, generando cercanía, acortando distancias, reconociendo errores y bajándose los humos. No se es nada ni nadie si no somos con alguien y para alguien.

Memoria y agradecimiento

– ¡ Mi sobrino ha hecho unos estudios excelentes gracias a su memoria ! contaba una amiga a otra.

– ¡ Bah ! arguyó la otra con aire zahiriente, cuando no se tiene nada más…

¿ Y si no se tuviera memoria ? Rotundamente, no se podría vivir y la inteligencia sería inservible. Para Umberto Ecco, la memoria tiene dos funciones: la de retener y la de filtrar la información. Si no elimináramos la mitad de todo lo que aprendemos, nos volveríamos completamente locos, dice el escritor. Ciertamente, para algunos el verdadero problema de la memoria humana no reside en la dificultad para recordar, sino en la imposibilidad de olvidar. Y es que en la vida, para alcanzar la paz del espíritu conviene, a veces, olvidar determinados hechos de desagradable calificación. 

Y los pueblos ¿ tienen memoria ? Sí, pero olvidan con una facilidad asombrosa, ya sea por confiados o por débiles. Por ley se decidió que los españoles debíamos recuperar la memoria sobre hechos de nuestra reciente Historia. Aunque ésta imparte perdurables lecciones, con prudencia nos advierte Fernando Savater que lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado. No seríamos buenos estudiantes recordando lo sucedido hace ochenta años y olvidando lo que ocurrió hace cuarenta. La memoria selectiva pierde objetividad.

La gran obra de la Transición, la reconciliación entre españoles, lo fue de toda la sociedad. Como impulsor y al frente de ella estuvo la Corona. Conviene recordarlo. Como justo y necesario es también recordar que aquella aspiración de concordia devino en logro, gracias al sacrificio y generosidad de tantos, y a pesar del cerril hostigamiento a que nos sometió la barbarie terrorista, que tantas vidas segó y tanto sufrimiento causó. No se olvide.

Aquél regio contrafuerte del 78, por el que brotó y trepó como hiedra viva la libertad de un pueblo, nos ha sostenido con décadas de solidez, estabilidad y prosperidad. Al percibirse las primeras grietas en el muro ¡qué pronto se olvida la utilidad de la construcción y la habilidad de su artífice! El desmemoriado es, por naturaleza, desagradecido. Parece que habitamos en el olvido cuando necesitamos rehacer la argamasa del consenso. Y con la memoria nos debiera bastar.

Una derecha sin complejos

La Izquierda, con su buena fe utópica, está debilitando progresivamente el capital social o moral de la sociedad y la Derecha no acierta a ejercer su responsabilidad de ser contrapeso ante esa merma. Es el diagnóstico del profesor Badenas, que en tiempos de polarización política sostiene que el verdadero progreso social necesita de la Derecha y la Izquierda. Ambas posiciones antagónicas son complementarias. El libro pretende ser una contribución al equilibrio entre ellas, proponiendo que los conservadores actúen orgullosos de sus ideas y sin complejos, y los izquierdistas purguen su presumido complejo de superioridad moral y alcancen a entender que, como ellos, los derechistas son necesarios.

La obra contiene un tratamiento detallado sobre conceptos como ideología y moral, capital social o moral y corrección política, claves para entender el diagnóstico y la terapia formulados. Detrás de cualquier ideología no hay intereses económicos, ni clase social, ni religión, sino un sistema de valores morales. Existe una moral de Derechas y otra de Izquierdas. Badenas recurre a dos profesores universitarios: Lakoff, de Stanford, en su obra Política moral. Cómo piensan progresistas y conservadores, y Haidt, de Princeton con La mente recta. Del primero, toma la clasificación de los dos modelos morales: el del padre estricto, propio de la moral derechista, y el del progenitor atento alineado con la moral izquierdista. Pero no todos los ciudadanos tienen ideologías coherentes, sino que alternan ambos modelos, surgiendo así posiciones políticas denominadas biconceptuales o terceristas, como Blair y Cameron en Reino Unido o Rajoy y Rivera en España. Del pensamiento de Haidt, destaca el carácter cegador de las ideologías: “La ideología ata y ciega”. El propio Haidt afirma que la moral conservadora es más compleja al apoyarse en más fundamentos que la llamada progresista, sin que esto signifique que una sea mejor o superior a la otra. La nación es la base sobre la que la moral derechista construye su capital moral. Y si la Derecha habla de nación, la Izquierda, alérgica a la identidad nacional, prefiere hablar de Estado. El capital moral facilita la confianza y cohesión entre los miembros de la comunidad, haciendo que los individuos sientan orgullo de compartir un mismo capital moral.  

Hoy la ideología dominante que inunda todo tipo de relaciones es la corrección política, que ata y ciega a todos, tanto a izquierdistas como a derechistas. Sin embargo, en ella la Izquierda se mueve como pez en el agua, mientras que la Derecha parece un salmón nadando contracorriente. Esta especie de religión laica es un invento filomarxista creado en algunas Universidades de EEUU. Reedita la vieja dialéctica de la lucha de clases solo que sin burgueses ni proletarios, partiendo de una narrativa colectiva de víctimas y culpables y fabricando presunciones que pasan por encima de la casuística individual. Para la corrección política no hay personas sino categorías sociales. Según Badenas, estamos ante uno de los mayores quebraderos de cabeza que hoy sufre la Derecha porque mediante la corrección política la Izquierda pone el tablero y las reglas del juego y establece los límites del debate ideológico y social. Y la Derecha, aquietada y en desventaja, no tiene mas remedio que rehuir aquellos temas afectados por la moral ideológica dominante y camuflar vergonzosamente su propia ideología derechista bajo la apariencia de moderación mediante circunloquios procedentes de la corrección política. No le queda otro recurso dialéctico que hablar de economía, dejando a la Izquierda que moldee la sociedad a su antojo. El resultado es el complejo de inferioridad de la Derecha.

Apunta el autor otras causas de la debilidad de los conservadores: La anulación de la derecha democrática anterior a la guerra a causa de la dictadura de Franco, y la desideologización de los derechistas, siendo el Gobierno de Rajoy un ejemplo de ello. Para Badenas, la Derecha tiene dos caminos: Seguir como hasta ahora acomodando su discurso a la corrección política o empezar a arrojar lastre y plantear un discurso fundado en la moral conservadora. Quizás, de momento, no tenga más remedio que compaginar ambos. Pero la actitud que adopte frente a la corrección política será determinante para su propia supervivencia en cuanto moral ideológica. Para que la Derecha consiga su rearme ideológico  y compita en igualdad de condiciones con la izquierda, necesita, de un lado, construir un discurso no sometido a la corrección política, y, de otro, dotarse de un instrumento parapolítico que sí tiene la izquierda: un entramado de organizaciones paralelas que, con cierto nivel de influencia y de subvención pública, sirvan de apoyo en el acceso al poder. Lo que Gustavo Bueno llamó Izquierdas indefinidas.

Entre líneas, Badenas insiste en que más prioritario que el debate político es el cultural, del que la Derecha lleva ausente años. Y es que una Derecha democrática, constitucionalista y sin complejos, no rehuyendo la confrontación intelectual, debiera desbrozar los campos de la cultura a fin de que germinen semillas que proporcionarán frutos políticos.

Reseña publicada por Raúl Mayoral Benito en El debate de hoy el 11 de agosto de 2020 sobre el libro La derecha, de Juan Manuel Badenas. https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/11/08/2020/una-derecha-sin-complejos/

La madre

En día como hoy, el de la Madre, también escribo sobre el presidente de este desgobierno; y no para acordarme de la suya, sino para demostrar la nula importancia que en su programa concede a las madres y a la maternidad. En el discurso de investidura del pasado 4 de enero ante el Congreso de los Diputados, teniendo ocasiones para hacerlo, Sánchez nunca empleó la palabra madre y en dos ocasiones pronunció maternidad. La omisión del concepto es deliberada: en la ideología progresista es tabú. Hace años que en los informes de la ONU prima el concepto mujer sobre el de madre. El feminismo radical bebe en fuentes onusianas.

La primera vez que Sánchez utiliza el término maternidad es en el marco de los permisos de paternidad y maternidad incurriendo en una redundancia: “Seguiremos impulsando la equiparación de los permisos de paternidad y maternidad iguales e intransferibles”. El sentido común convierte en superfluo afirmar que tales permisos entre hombre y mujer son iguales e intransferibles. Impulsar su equiparación presupone, más igualdad. Es impertinentemente reivindicativo y gramaticalmente limitado. Como inexistente idiomáticamente el concepto monomarental, por oposición a monoparental, que emplea Sánchez en su discurso como una imposición de Iglesias.   

El segundo uso de “maternidad” es en el ámbito de un derecho. Maternidad viene de madre; si hay madre es porque hay un hijo; si no hay hijo, no hay madre, sino mujer. Un Sánchez cegado por la ideología no repara en la incoherencia de este párrafo: “Garantizaremos los derechos sexuales y reproductivos para asegurar una maternidad libremente decidida, mediante políticas activas de educación y prevención de embarazos no deseados; mediante la facilitación del acceso a los últimos métodos anticonceptivos, a la anticoncepción de urgencia y a la interrupción voluntaria del embarazo de todas las mujeres”. No hay maternidad cuando se previenen embarazos no deseados, se accede a métodos anticonceptivos o anticoncepción de urgencia o se interrumpe voluntariamente el embarazo. En tales supuestos no hay alumbramiento, no hay hijo y, en consecuencia, tampoco hay madre. ¿Cómo puede asegurarse un derecho a una maternidad libremente decidida si se coadyuva para que la mujer no alcance la condición de madre? La única referencia de Sánchez a las mujeres que sí desean ser madres es al garantizar tratamientos de reproducción asistida por el Sistema Nacional de Salud.  En cambio, olvida a aquellas mujeres que deseando continuar su embarazo no dispongan de medios económicos para mantener a su hijo. Que Sánchez no es partidario de políticas de fomento de la natalidad se comprueba al abordar el reto demográfico en las zonas rurales. Si la demografía en su vertiente natural es la relación entre nacimientos y defunciones, sorprende que entre las medidas para combatir la despoblación del campo ninguna fomente la natalidad.  

La madre de un vicepresidente de los EEUU declaró un día a la prensa: “He tenido cinco hijos. Tres de ellos trabajan. Dos no hacen nada. Uno de éstos está enfermo; el otro es vicepresidente de los EEUU”. ¿En qué perfil encajaría Sánchez?

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 3 de mayo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/212702/la-madre.html

Resurrección del abrazo

En su autobiografía La medicina de un hombre, el doctor escocés Archibald Cochrane narra la conmovedora experiencia que le ocurrió cuando era prisionero de guerra: “Una noche los alemanes soltaron en mi guardia un prisionero de guerra ruso. La sala estaba repleta y lo coloqué en mi habitación, pues agonizaba y chillaba y no quería que sus gritos despertasen al resto de pacientes. Lo examiné. Tenía grandes cavernas bilaterales y un grave roce pleural. Pensé que esto último era la causa del dolor y de los gritos. No disponía de morfina; sólo de aspirina, que no hacía ningún efecto. Me sentí desesperado. Yo casi no hablaba ruso y nadie sabía hablarlo en la sala. Finalmente, de modo instintivo, me senté en la cama y lo abracé. Al instante, los gritos cesaron. Murió apaciblemente entre mis brazos. No fue la pleuresía lo que le hacía chillar de dolor, sino la soledad. Fue una maravillosa lección sobre la atención al moribundo. Me avergoncé de mi errado diagnóstico y mantuve la historia en secreto”.

Médicos y sanitarios estiran hasta el límite su capacidad de cuidar la salud convirtiéndola, además, en cuidado del alma e impidiendo que los enfermos mueran en una espantosa soledad. Consuelo y esperanza para familiares y amigos privados del último y necesario adiós. ¡Cuánto desgarro e impotencia! ¿Qué globalización es esta que ni siquiera permite humanizar la muerte? Tan humana como el nacimiento a la vida. Saturados de tecnología ya no nos asombramos de nada. Pareciera como si tampoco apreciáramos nada por hermoso que sea. Ni ideología ni economía. Un microscópico virus está transformando el mundo. Ojalá, saque a la Humanidad de las tinieblas y la devuelva a la luz.

Hace cincuenta años que alertaba Juan Pablo I de que el progreso y la comodidad se nos han subido a la cabeza. Pisamos la Luna pero convertimos a Dios en estrella lejanísima, a la que solo miramos en los duros momentos. Las ciencias nos ayudan cada día a conocer mejor cómo se ha hecho este mundo, pero solo Cristo nos dice por qué estamos en el mundo. El coronavirus nos ha despertado del delirio de omnipotencia, nos dice el Papa Francisco. Sociedades que viven en la opulencia exhiben engreídas una desquiciada inclinación no sólo al vacío religioso, también al olvido moral. Altivamente endiosados, nos ocupamos del materialista “pasarlo bien” sin preocuparnos del eterno “hacer el bien”. Diseñamos un mundo sólidamente acorazado que se nos antoja invulnerable pero, en segundos, se torna frágil e indefenso; Nos afanamos por el desmantelamiento del bien enalteciendo palabras refinadas como “progreso” o “moderno”, que se deterioran como seca hojarasca. Pero si Dios es más actual que el periódico de la mañana. Creemos necesitar una sociedad nueva con un nuevo hombre cuando debiéramos conformarnos con lo que tenemos, si bien que valorándolo y mejorándolo cada día con más entusiasmo y humildad.

A un mundo de derechos y deberes los cristianos debiéramos insuflar gracia y sacrificio. Si de verdad Evangelio significa nueva alegre, debiéramos ver siempre el lado bueno de las cosas mostrándonos rebosantes de alegría. En esta hora difícil de la Tierra que se extiende a todos los meridianos y latitudes, ¡cómo necesitamos la compañía y el abrazo de Quién ha resucitado a la vida en un alba de esperanza!

Artículo publicado en diario digital El Imparcial, el 12 de abril de 2020.

Educar en situación excepcional

La pandemia de coronavirus nos obliga a una inédita vivencia: una cuarentena, con evidente restricción a la movilidad e indudables efectos psicológicos. Compleja situación en la que los más vulnerables son niños y adolescentes que, además de afrontar la excepcionalidad, deben proseguir su actividad escolar confinados en sus casas. Algo también inédito para ellos, aunque dispongan de ágiles herramientas tecnológicas y sean dirigidos y supervisados en la distancia por sus profesores, a quienes justo es agradecer su encomiable esfuerzo, muestra de un esmerado magisterio y un sincero cariño hacia nuestros hijos.  

Aunque toda comparación deviene odiosa, sirva como umbral de lo que encierra el título la maravillosa y sobrecogedora narración contenida en ese magnífico relato de Antonio Iturbe, La bibliotecaria de Auschwitz. Su protagonista, Fredy Hirsch, se dedica en secreto a crear una escuela con su clandestina biblioteca integrada por libros prohibidos. En un ambiente de terror y horror como es un campo de exterminio nazi, hay niños que deciden no rendirse y eligen leer, y con ello, vivir porque “abrir un libro es como subirte a un tren que te lleva de vacaciones”.  

En esta cuarentena padres e hijos debemos sacar lo mejor de nosotros mismos. La familia debe ser como un puerto de refugio ante las embestidas de un oleaje que será incómodo e, incluso, penoso. Tras días de calma, orden y disciplina, vendrán momentos angustiosos e insoportables en los que nuestros hijos quieran rendirse. Deambularán entre la apatía y la indiferencia. Mantengamos la calma, no perdamos los nervios ni la alegría. En los malos tiempos el optimismo es una necesidad. Vivir una realidad así es ya para ellos una auténtica lección de vida que les fortalecerá y hará madurar. Educar es enseñar a los hijos a enfrentarse con problemas reales. Nada más real que lo que estamos viviendo. El aprendizaje dará sus frutos porque maestra dolorosa es la experiencia. Y hasta los más pequeños detalles y los más sencillos gestos serán recordados por nuestros hijos algún día en su porvenir y con inmensas ventajas para ellos.

La educación es, en esencia, una relación personal entre profesor y alumno porque el maestro debe mirar a la cara a sus alumnos. Pero en situaciones excepcionales, un buen libro puede obrar como sustituto del profesor. Gregorio Luri sostiene que los niños deben leer mucho y deben apuntar las palabras nuevas que han aprendido tras la lectura. En una cuarentena en el hogar y en familia puede leerse y aprenderse mucho de tantos y tantos libros de provecho y que hacen pensar.

En días como los presentes recordemos las palabras del Papa Francisco: “la familia es el hospital más cercano, la primera escuela de los niños, el mejor asilo de los ancianos. En la familia se aprende a decir perdón sin avasallar, a decir gracias con la expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad y la voracidad”. Además, cuarentena tiene la misma raíz que cuaresma, transida de sacrificio pero iluminada de esperanza.  

Los manantiales de Europa

La civilización y cultura occidentales son ríos que brotan del manantial grecolatino. Un tesoro rescatado gracias a la colosal obra benedictina de evangelización de Europa. En monasterios y abadías los monjes con su oración, pensamiento y trabajo se erigieron en cimientos de la civilización occidental, demostrando que la Iglesia no sólo no teme a la cultura, sino que es su fomentadora más constante. Con distintas formas y revestimientos la tradición europea se fundamenta en el mismo núcleo central: en el hombre, que es para la antigua Grecia la medida de todas las cosas y para la Europa cristiana imagen y semejanza de Dios. Este espíritu europeo, centrado sobre el sentido de la dignidad humana, es la seña de identidad del Viejo continente y evidencia que muchas naciones, no sólo europeas, deben hoy su acervo de valores al Cristianismo.  

La actual desmemoria sobre aquél común patrimonio en que caen algunas corrientes europeas es síntoma del delirio de la posmodernidad. De nuevo toca arrancar de la persona todo atisbo de trascendencia, expandir la indiferencia religiosa y certificar la incompatibilidad entre fe y razón. En suma, Dios estorba. No es táctico invocarlo. Es el mismo mensaje que ya difundieran hace más de un siglo sus acusadores, Marx, Nietzsche, y Freud: La alienación del hombre acabará el día en que éste tenga conciencia de que su único Dios es él mismo. Desgastado mensaje tributario de la Ilustración con su razón divinizada. La ejecución de Luis XVI representó la muerte de la autoridad divina. El hombre quiere resolver desde abajo cuestiones dependientes antes de arriba y él decide lo que es justo e injusto, lo bueno y lo malo. El mundo fue directo hacia la devastación causada por los totalitarismos. Todo un funesto retroceso de la civilización occidental.

Hoy se percibe el mismo afán por colocar a la Iglesia sobre el banquillo de los acusados ante un tribunal popular, documentar sus actuaciones traidoras a los intereses de las masas para después proclamar una sentencia y ejecutar el castigo. Otra vez agrandar al hombre y reducir a Dios. Pero el exilio de Éste acarrea el colapso de aquél y le arroja a esa espantosa soledad espiritual del hombre moderno que nada posee fuera de su precaria existencia individual. El agnosticismo, la congoja y el egoísmo del hombre nuevo parecen la negación exacta de las tres virtudes teológicas: fe, esperanza y caridad. Pero pese a todo, por nuestra Europa sigue esparciéndose una tenue, aunque ardiente, noticia de Dios.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 14 de julio de 2014. Página 37.