¿Navidad o vanidad?

Confundir la gimnasia con la magnesia es el riesgo que corre quien no tiene las cosas claras. En fechas tan entrañables como las que se avecinan, propicias siempre para comenzar de nuevo, algunos padecemos una especie de daltonismo auditivo que nos lleva a confundir la Navidad con la vanidad. Semejante extravío en los sentidos nos arrastra fatalmente a perder el sentido de la vida. Es entonces cuando nos ocupamos y preocupamos más de nosotros que de los demás. Es también cuando lentamente nos resbalamos pendiente abajo hacia un frío vacío quedando sepultados bajo la espantosa soledad de los desiertos de hielo. De nada sirve que rebose nuestra agenda de cansinos eventos de voy y vengo y a ver si nos vemos o llamamos ni que vayamos acompañados de una anónima multitud. Con semejante algarabía ni percibimos los signos ni escuchamos el silencio.

Quienes confundimos Navidad con vanidad encontramos dificultades para renunciar a nuestras egolatrías e idolatrías; para despojarnos de nuestro altivo yo y del oropel de lo superfluo. Nos resistimos a cancelar nuestros nefastos egoísmos y nuestras caprichosas frivolidades que avariciosamente acumulamos en abundancia. Nos cuesta un triunfo desembarazarnos de ese apego por lo material y por materiales que estrepitosamente se vienen abajo como castillos de naipes; de esas ataduras sociales, que cual dictaduras políticas, limitan la libertad y censuran la verdad. Sin saber cómo quitarnos los miedos y el desánimo y, sobre todo, sin aprender a controlar esos sentimientos tan desconcertantes de soberbia, envidia o ira que se nos adhieren al corazón y nos embolsan en callejones sin salida, terminamos reconociéndonos débiles, frágiles, vulnerables. ¿Alguien lo duda tras un año inolvidable? Bajémonos del pedestal, mejor dicho, no volvamos a él ni lo miremos, siquiera, con nostalgia. Allí solo descansan las estatuas.

Pero otra vez, como siempre, es tiempo de salvación. Intentarlo de nuevo, renovarse, convertirse, purificarse, empaparse en ese espíritu navideño pacífico, generoso y abierto hacia el otro. La Navidad lo es porque desde la intimidad del hogar familiar enlaza con la acción universal de interesarse por el bien del prójimo. Y mucho tiene la Navidad de acción salvadora y bienhechora. No despreciemos nuestro diminuto esfuerzo para luego transformar el mundo. Porque en nuestra filiación divina anida una poderosa fuerza transformadora. Con sencillez y humildad, sin artificios ni imposturas. Con espíritu sobrenatural. Con fe y confianza abriguemos la esperanza que no defrauda: Aquél que nació entre pañales y habitó entre nosotros. Navidad, no vanidad. Navidad Feliz.

El liderazgo del servicio

En los múltiples manuales sobre liderazgo de personas y en organizaciones que proliferan en tiempos de crisis suelen enumerarse un sinfín de cualidades que todo líder que se precie ha de albergar. En la mayor parte de esas enumeraciones están ausentes la sencillez y la humildad. Poco o nada se dice acerca de que un líder debiera ser sencillo y humilde. Es como si ambos atributos estuvieran reñidos con el liderazgo, al que se reviste más con ufanos ropajes de autosuficiencia. Y, sin embargo, la sencillez y la humildad resultan inherentes al mismo porque no hay mejor liderazgo que el servicio. La verdadera autoridad no consiste en el dominio, sino en el servicio, y es de modo sencillo y humilde como mejor se sirve.

¿Un líder sirviendo al grupo? ¿Un líder a disposición de los demás? ¿Cómo? Ayudando, alentando, escuchando, compartiendo, acompañando; en suma, caminando al lado de los otros, ya sea en vanguardia, retaguardia o entre líneas, a fin de que nadie se extravíe o ninguno se autoexcluya.

El liderazgo consiste en dar más que en recibir. El buen líder pone su talento al servicio del grupo. Sabe que sus cualidades resultan más provechosas si las comparte, ya que compartiendo enriquece a los demás y se enriquece él mismo. Y a cubierto de recelos, envidias y competencia, el grupo se cohesiona vivamente, crece y se hace grande. Es la grandeza del desprendimiento; la esencia del altruismo.  

A través del discurso cultural hoy dominante se ha generalizado la imagen del líder como una especie de superhombre que todo lo puede. Pero no es el líder por sí solo quien mueve y hace avanzar a las organizaciones o a los grupos humanos, sino la urdimbre de lazos y afectos dignos y solidarios que el líder sabe tejer entre sí y sus colaboradores, abriendo ventanas, rompiendo candados, generando cercanía, acortando distancias, reconociendo errores y bajándose los humos. No se es nada ni nadie si no somos con alguien y para alguien.

Memoria y agradecimiento

– ¡ Mi sobrino ha hecho unos estudios excelentes gracias a su memoria ! contaba una amiga a otra.

– ¡ Bah ! arguyó la otra con aire zahiriente, cuando no se tiene nada más…

¿ Y si no se tuviera memoria ? Rotundamente, no se podría vivir y la inteligencia sería inservible. Para Umberto Ecco, la memoria tiene dos funciones: la de retener y la de filtrar la información. Si no elimináramos la mitad de todo lo que aprendemos, nos volveríamos completamente locos, dice el escritor. Ciertamente, para algunos el verdadero problema de la memoria humana no reside en la dificultad para recordar, sino en la imposibilidad de olvidar. Y es que en la vida, para alcanzar la paz del espíritu conviene, a veces, olvidar determinados hechos de desagradable calificación. 

Y los pueblos ¿ tienen memoria ? Sí, pero olvidan con una facilidad asombrosa, ya sea por confiados o por débiles. Por ley se decidió que los españoles debíamos recuperar la memoria sobre hechos de nuestra reciente Historia. Aunque ésta imparte perdurables lecciones, con prudencia nos advierte Fernando Savater que lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado. No seríamos buenos estudiantes recordando lo sucedido hace ochenta años y olvidando lo que ocurrió hace cuarenta. La memoria selectiva pierde objetividad.

La gran obra de la Transición, la reconciliación entre españoles, lo fue de toda la sociedad. Como impulsor y al frente de ella estuvo la Corona. Conviene recordarlo. Como justo y necesario es también recordar que aquella aspiración de concordia devino en logro, gracias al sacrificio y generosidad de tantos, y a pesar del cerril hostigamiento a que nos sometió la barbarie terrorista, que tantas vidas segó y tanto sufrimiento causó. No se olvide.

Aquél regio contrafuerte del 78, por el que brotó y trepó como hiedra viva la libertad de un pueblo, nos ha sostenido con décadas de solidez, estabilidad y prosperidad. Al percibirse las primeras grietas en el muro ¡qué pronto se olvida la utilidad de la construcción y la habilidad de su artífice! El desmemoriado es, por naturaleza, desagradecido. Parece que habitamos en el olvido cuando necesitamos rehacer la argamasa del consenso. Y con la memoria nos debiera bastar.

Resurrección del abrazo

En su autobiografía La medicina de un hombre, el doctor escocés Archibald Cochrane narra la conmovedora experiencia que le ocurrió cuando era prisionero de guerra: “Una noche los alemanes soltaron en mi guardia un prisionero de guerra ruso. La sala estaba repleta y lo coloqué en mi habitación, pues agonizaba y chillaba y no quería que sus gritos despertasen al resto de pacientes. Lo examiné. Tenía grandes cavernas bilaterales y un grave roce pleural. Pensé que esto último era la causa del dolor y de los gritos. No disponía de morfina; sólo de aspirina, que no hacía ningún efecto. Me sentí desesperado. Yo casi no hablaba ruso y nadie sabía hablarlo en la sala. Finalmente, de modo instintivo, me senté en la cama y lo abracé. Al instante, los gritos cesaron. Murió apaciblemente entre mis brazos. No fue la pleuresía lo que le hacía chillar de dolor, sino la soledad. Fue una maravillosa lección sobre la atención al moribundo. Me avergoncé de mi errado diagnóstico y mantuve la historia en secreto”.

Médicos y sanitarios estiran hasta el límite su capacidad de cuidar la salud convirtiéndola, además, en cuidado del alma e impidiendo que los enfermos mueran en una espantosa soledad. Consuelo y esperanza para familiares y amigos privados del último y necesario adiós. ¡Cuánto desgarro e impotencia! ¿Qué globalización es esta que ni siquiera permite humanizar la muerte? Tan humana como el nacimiento a la vida. Saturados de tecnología ya no nos asombramos de nada. Pareciera como si tampoco apreciáramos nada por hermoso que sea. Ni ideología ni economía. Un microscópico virus está transformando el mundo. Ojalá, saque a la Humanidad de las tinieblas y la devuelva a la luz.

Hace cincuenta años que alertaba Juan Pablo I de que el progreso y la comodidad se nos han subido a la cabeza. Pisamos la Luna pero convertimos a Dios en estrella lejanísima, a la que solo miramos en los duros momentos. Las ciencias nos ayudan cada día a conocer mejor cómo se ha hecho este mundo, pero solo Cristo nos dice por qué estamos en el mundo. El coronavirus nos ha despertado del delirio de omnipotencia, nos dice el Papa Francisco. Sociedades que viven en la opulencia exhiben engreídas una desquiciada inclinación no sólo al vacío religioso, también al olvido moral. Altivamente endiosados, nos ocupamos del materialista “pasarlo bien” sin preocuparnos del eterno “hacer el bien”. Diseñamos un mundo sólidamente acorazado que se nos antoja invulnerable pero, en segundos, se torna frágil e indefenso; Nos afanamos por el desmantelamiento del bien enalteciendo palabras refinadas como “progreso” o “moderno”, que se deterioran como seca hojarasca. Pero si Dios es más actual que el periódico de la mañana. Creemos necesitar una sociedad nueva con un nuevo hombre cuando debiéramos conformarnos con lo que tenemos, si bien que valorándolo y mejorándolo cada día con más entusiasmo y humildad.

A un mundo de derechos y deberes los cristianos debiéramos insuflar gracia y sacrificio. Si de verdad Evangelio significa nueva alegre, debiéramos ver siempre el lado bueno de las cosas mostrándonos rebosantes de alegría. En esta hora difícil de la Tierra que se extiende a todos los meridianos y latitudes, ¡cómo necesitamos la compañía y el abrazo de Quién ha resucitado a la vida en un alba de esperanza!

Artículo publicado en diario digital El Imparcial, el 12 de abril de 2020.

Educar en situación excepcional

La pandemia de coronavirus nos obliga a una inédita vivencia: una cuarentena, con evidente restricción a la movilidad e indudables efectos psicológicos. Compleja situación en la que los más vulnerables son niños y adolescentes que, además de afrontar la excepcionalidad, deben proseguir su actividad escolar confinados en sus casas. Algo también inédito para ellos, aunque dispongan de ágiles herramientas tecnológicas y sean dirigidos y supervisados en la distancia por sus profesores, a quienes justo es agradecer su encomiable esfuerzo, muestra de un esmerado magisterio y un sincero cariño hacia nuestros hijos.  

Aunque toda comparación deviene odiosa, sirva como umbral de lo que encierra el título la maravillosa y sobrecogedora narración contenida en ese magnífico relato de Antonio Iturbe, La bibliotecaria de Auschwitz. Su protagonista, Fredy Hirsch, se dedica en secreto a crear una escuela con su clandestina biblioteca integrada por libros prohibidos. En un ambiente de terror y horror como es un campo de exterminio nazi, hay niños que deciden no rendirse y eligen leer, y con ello, vivir porque “abrir un libro es como subirte a un tren que te lleva de vacaciones”.  

En esta cuarentena padres e hijos debemos sacar lo mejor de nosotros mismos. La familia debe ser como un puerto de refugio ante las embestidas de un oleaje que será incómodo e, incluso, penoso. Tras días de calma, orden y disciplina, vendrán momentos angustiosos e insoportables en los que nuestros hijos quieran rendirse. Deambularán entre la apatía y la indiferencia. Mantengamos la calma, no perdamos los nervios ni la alegría. En los malos tiempos el optimismo es una necesidad. Vivir una realidad así es ya para ellos una auténtica lección de vida que les fortalecerá y hará madurar. Educar es enseñar a los hijos a enfrentarse con problemas reales. Nada más real que lo que estamos viviendo. El aprendizaje dará sus frutos porque maestra dolorosa es la experiencia. Y hasta los más pequeños detalles y los más sencillos gestos serán recordados por nuestros hijos algún día en su porvenir y con inmensas ventajas para ellos.

La educación es, en esencia, una relación personal entre profesor y alumno porque el maestro debe mirar a la cara a sus alumnos. Pero en situaciones excepcionales, un buen libro puede obrar como sustituto del profesor. Gregorio Luri sostiene que los niños deben leer mucho y deben apuntar las palabras nuevas que han aprendido tras la lectura. En una cuarentena en el hogar y en familia puede leerse y aprenderse mucho de tantos y tantos libros de provecho y que hacen pensar.

En días como los presentes recordemos las palabras del Papa Francisco: “la familia es el hospital más cercano, la primera escuela de los niños, el mejor asilo de los ancianos. En la familia se aprende a decir perdón sin avasallar, a decir gracias con la expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad y la voracidad”. Además, cuarentena tiene la misma raíz que cuaresma, transida de sacrificio pero iluminada de esperanza.  

La autoridad de la educación: El artículo 155 del Código Civil

En los últimos años han proliferado programas sobre comportamiento y planes de convivencia en la escuela. Se han sucedido normas y más normas para asegurar el orden en colegios e institutos. Sin embargo, continúan aumentando los episodios de violencia (los menos), y de falta de respeto (los más), en las aulas. El número de alumnos que no aceptan la corrección de su comportamiento por el profesor se incrementa. Nos hallamos ante un desafío que excede del entorno escolar para enmarcarse en un ámbito mayor, el de la misma sociedad.

El origen de la falla surge en la familia. Padres permisivos que conceden a sus hijos infinidad de caprichos sin exigirles nada a cambio o padres protectores en exceso que frustran la madurez de aquellos. El resultado es el de niños y adolescentes insatisfechos e inseguros y, en el fondo, maleducados e irrespetuosos; en parte, tiranos, en parte, rebeldes, sin admitir negativas ni compromisos. Con reacciones de indiferencia, irresponsabilidad o superficialidad, cuando no de agravada hostilidad a base de insultos, amenazas o chantajes hacia sus mayores. No se trata de una patología, sino de una ausencia absoluta de buena educación y de una atrevida ignorancia sobre la responsabilidad que conlleva la libertad. Es el antojo del “yo”, que ostenta ilimitados derechos y deberes con límite.

Para oscurecer aún más el escenario, una decisión gubernamental suprimió el artículo 154 del Código Civil: los padres, decía el precepto, pueden corregir razonable y moderadamente a sus hijos. Gran error la supresión, porque la corrección siempre es ocasión propicia para la fijación de modelos, referentes, pautas, y, al mismo tiempo, de límites, deberes o tareas, no solo escolares, sino también domésticas y sociales. En el hogar se exige con amor y se corrige con el ejemplo. Solo a partir de sólidos cimientos, puede construirse el respeto, la confianza, la constancia, la motivación y la fuerza de voluntad.

En muchos hogares se padece hoy un problema que empieza a convertirse en drama personal y familiar: la pérdida del principio de autoridad. Pero en la educación de los hijos no todo está perdido: sigue vigente el artículo 155 del Código Civil, que es la contrapartida al 154: los hijos deben obedecer a sus padres mientras estén bajo su potestad y respetarles siempre. Vale la pena persistir en su vigencia porque como dijo Erasmo de Rotterdam, la principal esperanza de una nación descansa en la adecuada educación de su infancia. Y en esta tarea la escuela y la familia deben trabajar codo con codo.

La educación como principio

Hace tiempo que las naciones dejaron de ser poderosas por dominar tierras infinitas. El liderazgo pasó entonces a medirse por la potencia armamentística. Luego, por el empuje económico. El vigor de un país reside hoy en contar entre sus ciudadanos con excelentes profesores y científicos en las Universidades y laboratorios mas prestigiosos del mundo, influyentes artistas, deportistas e intelectuales en las culturas del orbe, sólidos teólogos en encuentros ecuménicos sobre la fe, sagaces políticos en la diplomacia y los Tratados, brillantes militares en la estrategia global, briosos empresarios y financieros en los mercados mundiales o ejemplares cooperantes con la solidaridad internacional. Y, por supuesto, disponer de una sociedad bien educada e instruida. Pascal definió la buena educación como aquello que permite a una persona estar a solas sentada en una habitación a oscuras, sin sentir aburrimiento, aprehensión y, por supuesto, tampoco miedo. Sin pretender apostillar a Pascal, podríamos considerar también como bien educada a aquella persona cuyo silencio lo invade todo al tomar la sopa.

En el caso que nos ocupa, educar comprende tanto la instrucción como la formación humanas necesarias para que un niño se enfrente debidamente preparado ante el ambiente social en que ha de moverse y proporcionarle la madurez precisa para que emprenda con garantía de éxito su trayectoria vital. Educación y enseñanza han tenido así, y seguirán teniendo, una influencia determinante en la fortaleza material y el valor espiritual de un pueblo. Dotarse de ese preciado capital humano depende de hacer las cosas bien en dos ámbitos: la familia y la escuela. Ambos deben estar exentos de ideología y plenos de cariño y afecto. El primer deber de los padres es educar a sus hijos. Es también su derecho. El objetivo prioritario de un legislador es la fijación de un consistente y macizo sistema educativo por encima de oportunismos políticos, dirigido a estimular el talento y premiar el esfuerzo del discípulo, y a reconocer la auctoritas y proteger el prestigio del maestro.

En los últimos años diagnosticar la quiebra nacional ha sido tarea fácil. Ha bastado con oídos atentos y ojos despiertos para captar la desesperación y la impotencia de tantas personas ante sus vidas desechas por la crisis económica. Prácticamente todos los campos de la actividad humana han padecido necesidad de remedios urgentes y sufrido el impertinente malestar de la escasez. La fractura de la sociedad española ha sido verificada por diversos especialistas: los economistas la achacaban a prácticas financieras devastadoras; los juristas la imputaban al abuso del derecho; los sociólogos la atribuían a la injusticia y desigualdad sociales; los moralistas cargaban contra el resquebrajamiento de los valores éticos. Hasta los hombres de Iglesia han señalado un evidente espíritu religioso de indiferencia, cuando no postizo. Se hablaba insistentemente de crisis económica superficial y coyuntural, de crisis institucional subterránea pero transitoria, o de profunda y permanente crisis de valores. Pero tales diagnósticos se antojan parciales y sin exhaustividad. Son insuficientes. Aquellos reveses y adversidades no son la raíz del problema, sino sus derivaciones. El verdadero drama nacional radica en la enfermedad de nuestra educación. En los últimos tiempos en España muchos padres no educan a sus hijos como debieran y el sistema educativo tampoco facilita al maestro la misión de enseñar como se debe hacer. Estos fallos en los entornos familiar y escolar se multiplican en sectores sociales claves, como el laboral y el profesional, acarreando obstáculos a la prosperidad del país. Cercenando nuestro futuro como sociedad.

Educar y enseñar, con sus confluyentes tareas de memorización, práctica y aprendizaje, además de definirnos nítidamente como seres humanos, contribuyen a hacernos mas libres y responsables. Una esmerada erudición y una apreciada urbanidad constituyen también conquistas que nos facilitan la promoción social ensanchando el espacio de las clases medias. Incluso, a menudo, nos protegen contra nuestros peores instintos que tienden a esclavizarnos maniatándonos con las redes de la codicia, la barbarie y el odio. Casos como la corrupción política o empresarial, el acoso escolar o laboral, la violencia machista, el ultraje a los símbolos de la nación o el insulto vía Twiter son claros ejemplos de mala educación que nos devuelven a estadios asilvestrados. Bien está afanarse por la recuperación económica, la restauración del derecho vulnerado, la reparación de la justicia infringida, la moralización de la vida pública y  privada o la renovación del espíritu religioso. Pero todo esto no producirá una sanación segura y duradera mientras no aceptemos el remedio superior: la curación de la educación y su ordenación como principio de las demás obras humanas. Es preciso adquirir la firme convicción de que si no salvamos la educación perecerá todo con ella. Lo dejó dicho el escritor H.G. Wells: la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 9 de septiembre de 2015 (Página 17). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20150909.html

Perdurables lecciones de la historia

Dice Sebastian Haffner en Historia de un alemán: Recuerdos 1914-1933, que el estallido de la Primera Guerra Mundial fue repentino en comparación con el acercamiento lento y martirizado de la Segunda. El autor nos traslada su impresión como testigo del Tercer Reich en el que se sucedieron, ya desde los primeros días de Hitler en el poder, una serie de episodios que presagiaban la gran hecatombe acaecida de 1939 a 1945. Episodios como el provocado incendio del Reichstag, la disolución de partidos, el primer campo de concentración en Dachau, el boicot y posterior acoso contra los judíos, la abolición de derechos fundamentales, la retirada alemana de la Sociedad de Naciones y de la Conferencia de Desarme, el restablecimiento del servicio militar obligatorio, la remilitarización de la zona del Rhin o la anexión de Austria y de los Sudetes. En el transcurso de estos hechos Alemania y el nacional socialismo iban convirtiéndose en una sola y misma cosa y cada día más fuerte. Haffner describe la atmósfera en aquellos años como la de una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable, mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo.

Algunos de aquellos episodios ocurrieron en el verano de 1934. La Noche de los cuchillos largos, el fallecimiento de Hindenburg o el plebiscito sobre los nuevos poderes de Hitler posibilitaron la hegemonía absoluta de éste dentro de Alemania. Y por un tiempo fuera. Durante la Noche de los cuchillos largos se inició en Berlín y otras ciudades alemanas una sangrienta represión para neutralizar un aparente complot contra el Gobierno. El resultado final fue el asesinato de más de un centenar de personas, en su mayoría “camisas pardas”, miembros de las Secciones de Asalto del Partido Nacional Socialista, incluido su jefe, Ernst Roehm, uno de los personajes más siniestros de la primera etapa del nazismo. Según el comunicado oficial tras la purga, a Roehm se le dio ocasión de sacar consecuencias de su traición. No lo hizo y fue inmediatamente fusilado.

La supuesta conspiración sirvió de pretexto a Hitler para aniquilar a enemigos políticos de dentro y fuera de su partido y ser más dueño de sus movimientos que nunca.  Junto a los miembros de las SA fueron asesinados importantes personalidades incómodas para los nazis. Kurt Von Schleicher, militar y Canciller en 1932, siempre desafiante al poder de la esvástica, sería abatido junto a su esposa. Erich Klausener, Presidente de la Acción Católica, el Angel Herrera de Alemania, como recogía Eugenio Xammar en sus crónicas desde Berlín para el diario Ahora. Klausener fue autor, días antes de su fusilamiento, de un discurso abiertamente hostil al nazismo acusándole de eliminar a la oposición. Como íntimo colaborador del Vicecanciller Franz Von Papen, redactó, junto con los también fusilados, Edgar Julius Jung y Herbert Von Bose, ayudante y secretario de Papen, respectivamente, el famoso discurso del Vicecanciller en la Universidad de Marburgo el 17 de junio de 1934, última vez en la que se criticaría públicamente en Alemania los abusos del régimen hitleriano. Por ello, en la madrugada del 30 de junio Von Papen fue arrestado y obligado a dimitir. Se le perdonaría la vida permitiéndole ejercer de diplomático hasta casi el final de la guerra.

Dos semanas después, en un discurso ante el Parlamento, Hitler hizo una larga apología de su acción represora. Según Goebbles, su Ministro de Propaganda, “con una rápida operación de limpieza hemos salvado de una catástrofe a Alemania y al mundo”. Empezaba a emerger el providencialismo nazi. Todos los periódicos alemanes, sin excepción, alababan al dictador por su enérgica decisión y firmeza. Pero la venta de periódicos extranjeros en todo el Reich aumentó prodigiosamente ante una ciudadanía curiosa y ansiosa por completar la versión oficial con los rumores que la prensa internacional recogía ante la escasez de información veraz. El análisis más certero correspondió al periodismo francés: Nada nuevo ni nada cierto.  Quizás sí algo nuevo en el paisaje germánico: la desaparición del color pardo de las SA y su sustitución por el negro de las Escuadras de Protección, SS, la temible guardia pretoriana del régimen. La oscuridad empezaba a teñir el destino de Europa.    

El 14 de julio de 1934 fallecía a los ochenta y siete años el mariscal Von Hindenburg, Presidente del Reich y venerado protector del pueblo germano. El 19 de agosto se celebraba el plebiscito sobre la acumulación en una sola persona de los poderes de Presidente del Reich y Canciller. Treinta y ocho millones de alemanes votaron sí frente a cuatro millones. Todo el presente y todo el porvenir del país recayeron sobre los hombros de Hitler. Terrorífica perspectiva. Solo novecientas mil papeletas fueron anuladas porque sus depositantes aprovecharon el anonimato para decirle a los nazis que eran unos delincuentes y llevarían a Alemania al matadero. Aún perdura el acierto en el diagnóstico y en el pronóstico.    

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 28 de junio de 2014 (Página 16). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20140628.html

Memoria y moral

En “El mundo de ayer” Stefan Zweig no considera la memoria “como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio”. El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler era nombrado Canciller de Alemania y su partido nazi alcanzaba el Gobierno. Culminaba así una trayectoria de acción política antidemocrática iniciada diez años antes, el 8 de noviembre de 1923, con su frustrado putsch de Munich. El apogeo del Fuhrer al frente de los destinos de Alemania duraría otros diez años más. El 31 de enero de 1943, las divisiones del mariscal Von Paulus fueron estrepitosamente derrotadas en Stalingrado rindiéndose al Ejército Rojo. Comenzaba el desmoronamiento del pretencioso y terrorífico Imperio de los mil años. Por Berlín corría el sarcástico comentario de que la única promesa cumplida por Hitler es la que hizo antes de subir al poder: “dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. La nación alemana quedó irreconocible. No tanto por la ola de destrucción material que la asoló a causa de la guerra, como por la hecatombe moral en la que sucumbió su pueblo adentrándose en la barbarie para convertir la Alemania nazi en una “filial del infierno en la Tierra”.

El transcurso del tiempo no evita que aún resuene el zumbido de una pregunta, la pregunta. ¿Cómo pudo ocurrir aquello? Por entonces, el totalitarismo era una moda y la democracia una maldición. Y a lomos de esa moda Hitler se encaramó al poder seduciendo a las masas con aires y uniformes de hegemonía y gloria. Por culpa de la ideología totalitaria el siglo XX ha conocido maldad y muerte a toneladas contra millones de seres. El atronador interrogante encuentra quizás respuesta en la mezcla de arrogancia e indiferencia ante el nazismo emergente. La República de Weimar creyó ser inmune al autoengaño. “A ese cabo austríaco le pararemos los pies”, repetían una y otra vez políticos, industriales y aristócratas alemanes. Pero cuando la marea parda inundó la sociedad germana ya era tarde. La reacción de unos fue de parálisis cuando no de claudicación. La mayoría se aclimató a la era glacial, algunos tapándose ojos y oídos. Engreimiento, omisión y egoísmo. En suma, ruina moral. Y Alemania y el nacional socialismo fundidos en un solo cuerpo. Sebastián Haffner en “Historias de un alemán”, describe la atmósfera en aquellos años como la de “una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo”. Cuando se pierde la capacidad de asombro ya nada es imposible. Como sentencia Haffner, “con la moneda se devaluaron también los demás valores. Aquél fue el año en que los redentores empezaron a tener su oportunidad”. Y Hitler la aprovechó.

El caso alemán invalida la correspondencia entre pueblo culto y pueblo demócrata. En “Capitalismo, socialismo y democracia”, Schumpeter considera como rasgos inherentes al funcionamiento óptimo del sistema democrático la talla moral de los ciudadanos, especialmente, los dedicados al gobierno, y no su grado de cultura. Sin principios morales no sobrevive la democracia. Y algo inmoral sucedió cuando los jueces del Tribunal Supremo de Alemania empezaron a practicar el saludo nazi. La justicia dejó de existir. La nación dejó de ser civilizada. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, reconoce la autora anónima de “Una mujer en Berlín”. Sin malvados no hubiera habido campos de exterminio ni “Archipiélago GULAG”. Cuando la guerra y los horrores inseparables a ésta constituyeron una cruel realidad comenzaron a extenderse entre algunos alemanes los desafíos éticos. En la carta secreta que Karl Goerdeler dirige a los generales implicados en la conjura del 20 de julio de 1944 contra Hitler, la frustrada Operación Walkiria, les exhorta a reactivar la energía moral.

Al cumplirse ochenta años de la llegada de los nazis al gobierno de Alemania se impone no olvidarlo En Yalta, Churchill manifestó a sus aliados, Roosevelt y Stalin, que había que dar una paz al mundo de cien años. Con cinismo, pero con algo de razón, el dictador soviético expuso que “mientras vivamos cualquiera de los tres, no dejaremos que nuestros países incurran en acciones agresivas. Pero dentro de diez años, ninguno de nosotros puede hallarse presente. Llegará una nueva generación que no habrá experimentado los horrores de la guerra y que olvidará todo lo que nosotros hemos pasado”.

Cuando hoy Europa padece cierto grado de indigencia moral, resulta imprescindible robustecer la memoria para lograr sociedades más libres y seguras al abrigo de la locura, el odio y el horror. Quienes estamos comprometidos con la educación, ya sea en la familia o en la escuela, debemos responsabilizarnos para que nuestros hijos recuerden la Historia a fin de no repetir la devastación que provoca el desprecio al ser humano. Las sociedades y sus gobiernos necesitan de sólidos cimientos morales. De lo contrario, se oscurece el bien. Lo dejó dicho el gran escritor alemán Goethe: “Todo lo que te hace más poderoso pero no más bueno es malo”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 27 de enero de 2013 (Página 18) https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20130127.html

Los muros de Berlín

En los días previos a la rendición de Alemania en la II Guerra Mundial, la Wehrmacht pretendió que el mayor número posible de sus tropas cruzasen el río Elba hacia el oeste para rendirse a norteamericanos o británicos y no caer en manos de los soviéticos. Aquellas imágenes de soldados y civiles alemanes cruzando, incluso a nado, el río serían reeditadas por los berlineses que intentaban pasar a la zona angloamericana superando el muro de hormigón levantado en 1961 por los rusos. Diferentes momentos pero el mismo objetivo: huir desesperadamente del comunismo.

Herbert Blankenhorn, consejero de Adenauer, vaticinó en 1944 la división de Alemania sin conocer la “Operación eclipse”, un plan para sostener la Administración del país tras el brusco colapso de la capitulación. El proyecto contemplaba un territorio dividido en zonas de ocupación y Berlín como un enclave dentro de la zona rusa pero con división en tres sectores: norteamericano, ruso y británico. Churchill vio claro ya en marzo de 1945 que la URSS se había convertido en un peligro mortal para el mundo libre. Si el comunismo iba a ser vecino y enemigo del Occidente europeo, era necesario actuar antes de que los ejércitos occidentales se hubiesen disgregado. La enemistad Este-Oeste era percibida también por el almirante Doenitz, sucesor de Hitler, en su discurso anunciando a los alemanes la rendición: La tierra que fue germana durante mil años ha caído en poder de los rusos. Tenemos que unirnos a las potencias occidentales ya que solo colaborando con ellas tendremos esperanzas de llegar a recuperar algún día nuestra tierra en manos de los rusos.

En la primavera de 1947 las relaciones entre los soviéticos y angloamericanos se deterioraban día a día. Churchill atinó con su previsión. Berlín empezaba a ser una mecha encendida en el polvorín de Europa. Un ring sobre el que peleaban dos púgiles en incipiente Guerra Fría: Washington y Moscú. La causa de la discordia fue el Plan Marshall, que ofrecía a las naciones europeas ayuda económica de EEUU, haciéndose extensiva a Rusia si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción. Los rusos vociferaron que el Plan perseguía someter toda Europa al imperialismo del dólar. En un contundente acto de coacción, Stalin exigió a sus satélites que renunciaran a la ayuda. Aquello supuso la división de Europa, de Alemania y de Berlín en dos partes, y la unión pétrea y hermética de la parte liderada por la URSS. El telón de acero cayó sobre el escenario europeo. Berlín era el peligroso agujero por donde el mundo occidental se asomaba a la tiranía. Churchill de nuevo clarividente. El 5 de marzo de 1946 pronunció en Missouri un discurso de gran resonancia: Desde Stettin en el Báltico, hasta Trieste en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero. La metáfora alusiva al metal no era de su cosecha. Antes la emplearon Josep Goebbels, en la prensa nazi, y, tras la capitulación germana, Von Krosigk, como Canciller alemán, en alocución a sus conciudadanos: El telón de acero se aproxima cada vez más desde el Este.

Irritados los soviéticos por el apoyo yanqui, irrumpieron en los sectores occidentales saboteando el suministro de electricidad y agua y secuestrando a científicos e ingenieros, enviados rumbo a Moscú. Tras la enésima controversia, a causa de la moneda vigente en la capital berlinesa, el Kremlin ordenó el bloqueo de todas las vías de comunicación, terrestres y fluviales, que accedían al Berlín occidental. El asedio duró desde junio de 1948 a mayo de 1949.  Saltar ese “muro” por medio de la aviación aliada, abasteciendo a dos millones cien mil habitantes, fue una demostración de poderío y de eficacia plasmado por el singular humor berlinés ante la tragedia: “Solamente hay una diferencia entre el sector soviético y el occidental” decía un berlinés de la zona rusa. “En el occidental viven por el aire; en el ruso vivimos del aire”.

El puente aéreo fue el primer revés de la URSS en el empleo de sus medios de coacción. El segundo, del que ya no se recuperaría, fue el muro clavado en pleno corazón de Europa durante veintiocho años. J.F. Revel dijo que el certificado del fracaso comunista no fue el derribo del muro en 1989, sino su construcción en 1961 para impedir la huida a quienes escapaban en busca de la libertad. La libertad tumbó la pared. Algunos analistas consideran su desplome como el final de la II Guerra Mundial. Quizás sea exagerado. Pero si Normandía significó la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall marcó el triunfo económico de la libertad sobre la opresión soviética. Y un histórico 9 de noviembre de 1989, el derrumbe del infamante muro dio la victoria política a la democracia sobre la dictadura comunista. Europa dejó de estar mutilada. Comenzaba su verdadera y completa reconstrucción.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Diario Información de Alicante el 31 de julio de 2017. https://www.informacion.es/opinion/2017/07/31/muros-berlin-5926423.html