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Educación: valor y valores

Enseñar es algo más que una profesión; es una vocación. El verdadero educador no es un mero trabajador de la enseñanza. Ser maestro es una vocación para compartir el conocimiento, la verdad, con el discípulo. Es preciso ejercer y disfrutar de la vocación de maestro para dar lo que uno tiene, ofreciendo un servicio al otro. Así, la acción de educar se convierte en una aventura apasionante: para unos, enseñar; para otros aprender. Educar es el oficio que permite capacitar a las personas en todo su valor, no solo para ellas, sino también para los demás. Y el verdadero titular de ese oficio es el maestro, artesano de la enseñanza.

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, amigo lector, conviene precisar: Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo. Enseñar y aprender estos valores tendría un inmenso valor en la hora presente.

La educación como derecho

Amigo lector, hablar de educación es referirse a la adquisición de conocimientos pero también a un derecho fundamental. En el primer concepto, la educación atraviesa hoy en España por una situación de emergencia. Por de pronto, es prioritario reducir los altos índices de fracaso escolar que presenta nuestro sistema educativo. De lo contrario, las consecuencias serán fatales pues con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la incertidumbre cuando no en la languidez.

La educación como derecho fundamental presenta asimismo un panorama nacional baldío. No existe una libertad real y efectiva en la elección por los padres del centro escolar al que desean llevar a sus hijos; también, las Administraciones públicas debieran facilitar a la sociedad civil el ejercicio de la libertad de creación de centros docentes. Estamos, pues, ante derechos ayunos de garantía y respeto en la sociedad española.

El primer deber de la unidad familiar es la educación de sus miembros. La primera tarea de un legislador ha de ser garantizar las libertades de los ciudadanos en materia educativa. Más en estos tiempos de decaimiento moral y de dificultades económicas. En las modernas sociedades democráticas, satisfechas las necesidades básicas del ciudadano, la educación es una cuestión crucial para todas las generaciones. Lo es para el óptimo desarrollo individual de cada hombre. Lo es, por tanto, para el porvenir de toda la sociedad.

Las siete reglas de provecho

San Bernardino de Siena, Santo de la Iglesia Católica, escribió en 1427 siete reglas para que los estudiantes de la Universidad de Siena pudieran hacerse hombres de provecho. Hoy, casi seiscientos años después de su propuesta, aquellas siete reglas tienen plena vigencia.

La primera regla es el aprecio. Para estudiar en serio, primero hay que apreciar el estudio. Para formarse como una persona culta, hay que estimar la cultura, y aquí se incluyen los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias, pues así se favorece la atención respetuosa hacia el prójimo.

Le segunda regla es la separación, separación del mundanal ruido. Como los atletas de alta competición necesitan alejarse de la vida común para efectuar sus sacrificados entrenamientos, los estudiantes también deben apartarse del barullo y del bullicio. Así se evitan las malas compañías.

La regla tercera es la tranquilidad. Para el aprendizaje y la memoria se requiere tranquilizar y dejar reposar la mente. La mente del estudiante exige el silencio a su alrededor.

La cuarta regla es el orden, el equilibrio, el justo medio. El estudio necesita de un procedimiento, de un método. Mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal.

Quinta regla: la perseverancia. La tenacidad, es imprescindible para un estudiante. La mayor desgracia de un estudiante no es una memoria frágil, sino una voluntad débil.

Sexta regla, la discreción, entendida como humildad. No hay que correr más de lo que te permitan tus piernas. O lo que es lo mismo, no comenzar demasiadas cosas a la vez. Quien mucho abarca poco aprieta.

Séptima y última regla. La delectación, es decir, estudiar con placer. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. Al comenzar siempre hay algún obstáculo: la pereza que debe superarse, los entretenimientos más agradables que nos atraen, la propia dificultad de la materia, pero al final, vencidas todas estas pruebas, llega el placer por el esfuerzo realizado y por la superación de la materia.

La fuerza de la voluntad

Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.

Dos inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender, en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.

Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.

No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad.

Buenos tiempos para los héroes.

De la mezcla de adversidad exterior y congoja interior nace una tragedia. Pero la tragedia queda descompensada si le falta ese humano contrapeso heroico, que al luchar contra la adversidad reviste a la tragedia de su clásica grandeza. El revuelto y azaroso estado en que vive inmersa la economía occidental, o sea, casi mundial, está alcanzando niveles de tragedia. Lo que comenzó siendo un cúmulo de errores y excesos en el ámbito financiero, acarreó una terrible crisis económica, ha generado serios problemas políticos y ha degenerado en crudos conflictos sociales. Asistimos a un proceso de descomposición que provoca la destrucción de todo tipo de valores y referentes tanto materiales como espirituales, y propicia la desorientación y desesperación humanas.

Este agrietado y ruinoso panorama fue descrito y denunciado por un hombre, ¿un héroe?, en su encíclica Caritas in veritate. Advirtió que no es moral reducir el patrimonio del hombre a sólo lo terreno, y, menos aún, apreciarlo a la luz de un interés únicamente individual. Censuró el otorgamiento de un sentido reverencial al dinero. Acusó a aquellas teorías erróneas que van ganando terreno, a esas falsas ideologías y engañosas promesas que pueblan las sociedades de espectros y pretenden esclavizar el mundo. Afirmó que la agonía económica que padecemos es consecuencia de graves dolencias morales. Que no es posible organizar la prosperidad económica olvidando su fundamento moral. Recordó que, para lograr una resurrección material, antes es preciso un renacimiento espiritual. Subrayó, en fin, que no se hará nada de profundo y duradero para un nuevo orden sin una previa llamada imperiosa a la conciencia de la persona y a sus virtudes. Y que los católicos somos indispensables en esta Humanidad en crisis y que, ante la situación actual, ni nos entregamos a los fáciles halagos de las concepciones optimistas del porvenir, ni nos rendimos a la desesperación.

Ese mismo hombre acude a una España en desazón, afectada por una radical crisis de valores y entregada a un peligroso nihilismo. Una España en la que muchos jóvenes viven con el deseo de aferrarse al seguro de la roca firme. Con la esperanza de encontrar un sólido liderazgo moral, empachados de mandamases expertos en reducir a escombros la política y la economía, la sociedad. Una juventud que clama porque en épocas como las actuales no sea manipulada con complicadas y espesas tesis, sino aleccionada con realidades tajantes. No sea víctima de ocurrencias, sino dotada de ideas claras. No sea engañada por aventureros y soñadores, sino enseñada por auténticos maestros de la acción pacífica y constructiva.


Ese hombre, consagrado a la oración y al estudio, pero sin aislamiento del mundo y de su época, de espíritu humilde pero paciente, constante y perseverante, visita una España necesitada de una nueva evangelización. Se reúne con una juventud a la que es preciso oír, pero también con urgencia hablar. Con seguridad que su pregón será toda una llamada fuerte a conciencias dormidas para despertar entendimientos y corazones. Un resplandor que ilumine las verdades eternas y la belleza de espíritu, y así gozar de auténtica libertad. Ojalá que el testimonio del Papa Benedicto XVI en la JMJ de Madrid 2011 sea fecundo y propicio para sembrar héroes en un mundo moderno.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Semanario Alfa y Omega el 11 de agosto de 2011. https://alfayomega.es/la-leccion-del-santo-profesor/

Falsa tolerancia

Mucho me temo que los magistrados del Tribunal de Estrasburgo al dictaminar que el crucifijo en la escuela viola el derecho de los padres a educar a sus hijos y la libertad religiosa de los alumnos, acaso, no manejen con soltura el concepto clave para abordar la cuestión: la laicidad. Este término supone que el Estado no profesa ninguna religión y que el mismo Estado no puede reducir las creencias religiosas a la esfera privada. Si además de comprender esto, los juristas de la Corte de Estrasburgo se hubieran esforzado en entender que el laicismo no es una postura neutral hacia la religión, sino que es la negatividad de la religión al relegar ésta al interior de la conciencia, la resolución dictada hubiera tenido un contenido muy diferente. Pero la sentencia es la que es. Ahora cabe preguntarse si resultará aplicable solamente al crucifijo o a símbolos religiosos de otras confesiones.

Cesare Mirabelli, ex presidente del Tribunal Constitucional de Italia, tiene escrito que la presencia de la religión en el ámbito público es un principio de libertad. Reflexiones como esta contribuyen a que la natural influencia de las religiones en lo temporal se perciba como un fenómeno enriquecedor y saludable. Sin embargo, va extendiéndose la tendencia a juzgar la fe católica como elemento pernicioso que debe catalogarse como un vago sentimiento íntimo del hombre, proclamándose, al mismo tiempo, una falsa tolerancia que termina por admitir el valor relativo de todas las religiones.

Lo sorprendente es que un tribunal europeo haya alumbrado una resolución tan huérfana de sintonía con la historia. El gran desenvolvimiento de Europa es obra del cristianismo. El poeta anglosajón T.S. Eliot nos apresuraba a hacer una Europa y hacerla bien pronto. Y sin el cristianismo, decía, no hay Europa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC de 4 de noviembre de 2009 con la errata «magistrurgo» en lugar de «los magistrados del Tribunal de Estrasburgo» https://www.abc.es/opinion/abci-falsa-tolerancia-200911040300-1131177379734_noticia.html

Familia y parroquia

Recientemente, en la que ha sido su primera carta como arzobispo de Madrid, Carlos Osoro realza la misión de la parroquia como “comunidad de comunidades” y nos exhorta  a actuar en ella “con palabras y obras” en lo que es la “historia viva de una Iglesia que se hace presente en medio de los hombres”. Otro prelado, el arzobispo Vicenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, nos advertía en los prolegómenos del XVI Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, de la necesidad de un cambio de mentalidad: “concebir toda la pastoral de la Iglesia en términos de familia”. La celebración del Domingo ha de ser, según Paglia, “el centro de la relación parroquia-familia”.

En este agitado tiempo la Iglesia católica continúa desarrollando serenamente su acción. Con prudencia, pero sin perder de vista los apremios que exige el momento, encuentra hoy nuevos campos de apostolado y proporciona, como fuente de esperanza, orientaciones a nuevos y acuciantes problemas. Sería una gran falta de los cristianos del siglo XXI dejar que el mundo se haga sin nosotros, sin Dios o contra él. Por eso es crucial vigorizar la vida parroquial. La parroquia es acción misionera, una pequeña cristiandad, reducida en lo material, pero infinita en lo espiritual. No es solo una reunión de personas que van a misa, sino una comunidad plena de vida, de oración colectiva, de liturgia colectiva. Es una familia de familias, organización viva que actúa. Bajo sus auspicios, esa unidad asiste a los actos de la vida religiosa, a los bautizos, a los matrimonios y defunciones; a las alegrías y tristezas de los feligreses.

Hacia dentro y hacia fuera se vuelca el tesoro apostólico de la parroquia. Y ésta sale a las calles, entra en los lugares de trabajo y recorre los hogares. En una palabra, la Iglesia quiere un cristianismo que camine por el espacio público para llevar el espíritu católico y el mensaje revelado, cuya característica es la universalidad, hasta los últimos rincones de la sociedad. Porque la religión no es cuestión solamente de los cristianos reunidos en las iglesias, sino de tener cristianos en la política, en la empresa, en la escuela, en la cultura, en los medios de comunicación y hasta en los deportes.

La coherencia entre los ámbitos familiar y parroquial proporciona una resistencia pétrea ante vientos de crisis. Donde la familia permanece sana la sociedad puede reconstruirse a pesar de haber sufrido quebrantos, ya que los cimientos están firmes. Pero donde la familia se disuelve la sociedad, sea cual fuere su aparente solidez, está amenazada de próxima ruina. De ahí, el tesoro que representa la familia, como Iglesia doméstica, en tiempos convulsos. Nada hay más avanzado para el progreso del hombre que robustecer la institución familiar. Lo dijo Monseñor Paglia “hace falta una nueva primavera de las familias cristianas que están llamadas a devolver el vigor familiar a un mundo triste que vive en el individualismo”.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Semanario Alfa y Omega el 4 de diciembre de 2014. https://alfayomega.es/familia-y-parroquia/

Peregrinos de la educación

El filósofo Ortega y Gasset en su libro España invertebrada narra la anécdota de un viajero inglés por tierras españolas que al llegar a una ciudad pregunta a un habitante por la localización de una calle cualquiera a la que debía dirigirse. El preguntado no sólo le dijo qué camino debía tomar, sino que, además, le acompañó hasta el mismísimo lugar. Quedó muy sorprendido el visitante preguntándose si es que los españoles no tienen nada mejor que hacer más que acompañar a la gente a encontrar su destino. A partir de esta anécdota, Ortega reflexiona sobre si los españoles tenemos o no destino, tenemos o no una misión.

Es muy conveniente que las personas, las instituciones o, incluso, las naciones, tengan un destino, una misión, un fin al que dirigirse y por el cual se afanen. Ello nos enseña, apreciado lector, la diferencia entre peregrino y vagabundo. El peregrino es hombre en camino, sabe a dónde va. Planifica su travesía. Al llegar a las encrucijadas sabe qué dirección tomar. Si la pendiente es dura, no se arredra. Continua adelante aunque le cueste. Sabe lo que quiere y quiere lo que sabe. El vagabundo da pasos sin norte, presa de la indiferencia o el desconcierto. Deambula, no camina; carece de plan de ruta. En las encrucijadas, o toma la dirección derecha o la izquierda, o retrocede si el terreno es arduo o enrevesado.

El camino de la educación lo es para peregrinos. Nunca para vagabundos. Por él vamos hacia el encuentro con lo mejor. Avanzar cada día por la senda trazada y acertada no nos convierte en los mejores, pero sí nos hace cada día mejores.

La educación como principio

Amigo lector: Si me preguntaran qué es la educación respondería que nada mejor para representar su esencia como la imagen de un puente sobre un río.

Aguas abajo discurre la formación del hombre. Un recorrido de adquisición de enseñanzas: saberes y conocimientos;  hábitos y prácticas. Río arriba supone una trayectoria colmada de experiencia. La realización del ser humano, que se sabe forjado a base de aciertos y fracasos, y la ofrece como enseñanza al principiante en travesía descendente. Da lo que uno tiene. Y por encima de la corriente, la útil construcción: el puente, que une, conecta y pone en relación al maestro y al discípulo. La educación es cosa de dos: el que enseña y el que aprende. Y entre ellos una correspondencia: de buen trato, atención y cariño. Testimonio y ejemplo. Imitación y seguimiento.

Muchos de los males que nos aquejan en la hora presente tienen su raíz en la educación. El aire que respiramos es necesario para vivir. Lo mismo es la educación para convivir. Sin aire no hay vida. Sin educación no hay convivencia. Resultará necesario descender y ascender por los ríos y tender y cruzar puentes para la ingente tarea de ordenar nuestra existencia. Porque la educación es el remedio superior, el principio ordenador de las demás obras humanas.

Pedro de la Cal: Adiós a un ceramista universal

El pasado 15 de Octubre fallecía en El Puente del Arzobispo, Pedro De la Cal Rubio, insigne ceramista de nuestra región con proyección internacional. Moría como los grandes artistas, al pie de su obra, un mosaico compuesto por piezas de tonos elegantes y matices austeros. Cuentan que su nieto lo halló tendido sobre su cama vestido y con las zapatillas puestas. Como infinidad de mañanas de Domingo, en las que su establecimiento no cerraba, Pedro debía entregar una de tantas y preciosas piezas de barro que sus ágiles y delicadas manos eran capaces, aún, de crear. Pero esta vez no pudo cumplir fielmente su encargo. El destino se lo llevó a las azules moradas, hacia ese azul puro que, junto al rural verde, conforman los tradicionales colores de la alfarería toledana, en un empeño por mimetizar el discurrir del Tajo entre jaras y tomillos.

La región ha perdido a un hijo ilustre. Su querida patria chica, El Puente del Arzobispo, echa de menos su presencia. Familiares, amigos y vecinos lloran la muerte de este artesano del barro que, a pesar de los reveses de la vida, tuvo vigor para dedicarse a su verdadera afición, con plenitud y gran placer. Fabricar cacharros era para Pedro de la Cal un goce. El alfar era su fiel escudero que le ayudaba a vencer la pena causada por la pérdida de sus seres queridos. El horno de leña árabe, del que nunca quiso prescindir a pesar del avance tecnológico, le proporcionó el calor suficiente para secar sus lágrimas. Su vida transcurrió en una perfecta comunión con la cerámica. Su familia también fueron el barro, los cacharros, los atífles, el baño y los pinceles.

Fue único para lograr colores vivos e intensos con los que vestía a sus piezas de cerámica. En algún lugar de los alrededores de su pueblo, junto a las aguas del Tajo, solía entresacar piedras y cantos poco vistosos que, tras metódico proceso de desgaste, mezclaba con sustancias inimaginables, consiguiendo así tonalidades inéditas. Su misteriosa fórmula permaneció en secreto hasta el final. Este artista toledano ha paseado su obra por los círculos más prestigiosos de la artesanía popular, tanto dentro como fuera de España. Hasta hubo un excéntrico millonario californiano que le propuso llevarle consigo a las soleadas tierras de la costa oeste americana, con su alfar incluido, trasladado piedra por piedra. Una clientela de gran exigencia solía visitar su taller adquiriendo todo tipo de piezas de barro. Son muchas las familias pertenecientes a la aristocracia española y a la clase política nacional que adornan sus mesas con vajillas firmadas por Pedro de la Cal.

Luchó infatigablemente porque la cerámica, expresión de un arte utilitario y popular, alcanzase las más altas cotas. Siempre aprovechó cualquier ocasión para promocionar la artesanía de su pueblo. Llegó a codearse con gentes del teatro, contribuyendo al estreno, de la zarzuela Loza Lozana, obra en tres actos con letra de Federico Romero y Guillermo Fernández Shaw, y música del maestro Jacinto Guerrero, cuya acción transcurre en el patio de un alfar de El Puente del Arzobispo. ¡Cómo influiría en la obra que el dueño del alfar se llamó Pedro Lozano!  

Nos queda su patrimonio artístico de alcance universal. Su nombre permanecerá imborrable en nuestro recuerdo. En su pueblo existe este viejo dicho “De entre todos los oficios, el más antiguo es el del barro, pues Dios fue el primer alfarero y el Hombre su primer cacharro”. Pedro De la Cal ha vuelto con su Creador y ahora su espíritu, lleno de vitalidad y brío, engalana para siempre el firmamento. Descanse en Paz.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC / Toledo el 20 de octubre de 2000.