Carta a un ciudadano español

En toda sociedad democrática deben existir asuntos de Estado, es decir, cuestiones en las que los partidos políticos que representan al mayor número posible de ciudadanos tengan la misma opinión. De lo contrario, si en tales cuestiones hay diferencias irreconciliables entre los distintos dirigentes, la democracia se convierte en algo inestable y corrosivo. Son esos asuntos de Estado los que contribuyen decisivamente a dar estabilidad a los gobiernos y determinan el éxito de éstos. Por tanto, los grandes pactos institucionales constituyen una condición indispensable para lograr una política constructiva y provechosa en aras del interés general.

Lamentablemente, hoy en nuestra democracia no predominan asuntos de Estado. La consecuencia es que el Gobierno de la nación no goza de estabilidad suficiente. Tiene que depender de puntuales acuerdos parlamentarios cuyo logro ha de ser excesivamente retribuido. Ciertos y reiterados excesos hacen cundir entre los ciudadanos la impresión de que unos pocos políticos sin gobernar parecen los amos de España. Quizás sea esa la principal razón por la que estamos viviendo tiempos azarosos y nuestra vida nacional anda un poco revuelta. A ello contribuye, además, el que se están espoleando, por quien no debiera, ciertas pasiones sectarias y banderizas, divorciadas de las profundas necesidades de los ciudadanos.

En un escenario así, nuestro presidente del Gobierno se encuentra ante serias dificultades que repercuten unas sobre otras y que se agravan mutuamente. Aunque cree que está apoyado y arropado por sus socios, lo cierto es que éstos, día a día, van minando el terreno que pisa y se resisten a guardarle la ropa mientras él, ingenuamente, nada. El jefe del Ejecutivo discurre sobre suposiciones insostenibles o imposibles y se va alejando, poco a poco, de la realidad de las cosas. Su situación se parece a una madeja en la que se pierde el hilo, un laberinto sin guía. Se va envolviendo en una tupida red de hilos y no va a poder liberarse si no es cortando violentamente alguna de las cuerdas. Pero no parece que esté por la labor. Al contrario, postula la conveniencia de que el proceso abierto debe continuar, que lo que importa es no detenerlo. Que del exceso nacerá más completa la solución. Pero lo cierto es que las cosas no van por buen camino. La experiencia nos dice que dentro de algún tiempo será ya difícil lo que ahora es fácil, y después imposible lo que hoy es sólo difícil. Pero lo peor no es lo que le pase a un individuo, aunque sea presidente de Gobierno; lo grave es lo que le sucede al socialismo español.

Por primera vez, ante una cita decisiva en la historia de España y de los españoles, el Partido Socialista no ha acudido. Hace treinta años, en otra hora frenética y determinante, los socialistas sí pusieron los intereses generales por encima de sus intereses de partido. Hoy han renunciado a hacerlo. Han olvidado que para influir en la corriente de la historia es necesario no sumergirse en la misma historia, sino alzar la cabeza sobre los oleajes de lo actual. Al agacharla han impedido una noble victoria del sentido común. Así, el socialismo ha dejado de ser una doctrina nacional, para quedar reducido a sólo una artimaña política. Una mera acción de partidismo estrecho que no hace más que alborotar nuestro caserón patrio y ponerlo patas arriba. Paulatinamente, el partido socialista parece desintegrarse, eso sí, dentro del mayor orden. Mientras, la oposición se recupera, eso también, dentro del mayor desorden.

Empiezan a rondar por ahí los optimistas de verbena, esos que con la resaca del poder olvidan que un Gobierno está para servir al interés general y no para jugar alegremente con unas ocurrencias que, quizás, les exploten entre las manos. Y teniendo como compañeros de juego unas minorías desleales con nuestro Estado de Derecho, que se aprovechan, precisamente, de la expuesta vulnerabilidad de la democracia para cometer toda suerte de fraudes. Y lo sorprendente es que se sienten tan fuertes para combatir al adversario que rebate sus doctrinas, que atacan a la persona y no a los argumentos.

Se pensaba que la sociedad española estaba entregada a un peligroso nihilismo y mantendría una actitud indiferente, egoísta y absolutamente desvinculada. Pero no es así. A los ciudadanos les inquieta el sectarismo que impregna la acción de este Gobierno apegado a las tesis radicales de Bielinsky, aquél exaltado bolchevique de primera hora, que aseguraba que todo el mal está a la derecha y todo el bien está a la izquierda. No se olvide que las lecciones de moderación, de sensatez, de previsión se dan de abajo a arriba, de los ciudadanos al poder.

Ahora que, no todo está perdido. Los pueblos han conocido a lo largo de su historia éxitos y reveses. En la manera que tienen de reaccionar es donde se muestran débiles o grandes. El gran privilegio del hombre es que ni sus energías ni su influencia se hallan en razón de la masa, de la cantidad, sino de lo selecto, de la calidad. Piénsese que con no desertar de su puesto, pueden unos cuantos hombres excepcionales hasta conjurar una revolución: basta con impedir que se abran brechas; a veces, con no abrirlas ellos mismos. Ya lo decía Balmes, las cosas grandes jamás son vencidas por los adversarios, sino por la flaqueza y la debilidad de sus defensores. Acéptense, pues, todas las arenas donde se establezca la lucha, empléense todas las armas legítimas aún cuando sean forjadas por los adversarios. Hay que oponer la razón a la razón, la voluntad a la voluntad, la energía a la energía, la constancia a la constancia. No hay que cegarse con la pasión, no hay que abatirse con los contratiempos, no hay que desmayar por las repulsas ni callar por las negativas. Al contrario, continuar hoy en el empeño de ayer y mañana en el de hoy. Anunciar en voz alta que no se desfallecerá hasta haber alcanzado la victoria. Así es como triunfan las grandes causas. Y nuestra España democrática y constitucional lo es.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 5 de noviembre de 2005 (Página 40).

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