RESURRECCIÓN DEL ABRAZO

En su autobiografía La medicina de un hombre, el doctor escocés Archibald Cochrane narra la conmovedora experiencia que le ocurrió cuando era prisionero de guerra: “Una noche los alemanes soltaron en mi guardia un prisionero de guerra ruso. La sala estaba repleta y lo coloqué en mi habitación, pues agonizaba y chillaba y no quería que sus gritos despertasen al resto de pacientes. Lo examiné. Tenía grandes cavernas bilaterales y un grave roce pleural. Pensé que esto último era la causa del dolor y de los gritos. No disponía de morfina; sólo de aspirina, que no hacía ningún efecto. Me sentí desesperado. Yo casi no hablaba ruso y nadie sabía hablarlo en la sala. Finalmente, de modo instintivo, me senté en la cama y lo abracé. Al instante, los gritos cesaron. Murió apaciblemente entre mis brazos. No fue la pleuresía lo que le hacía chillar de dolor, sino la soledad. Fue una maravillosa lección sobre la atención al moribundo. Me avergoncé de mi errado diagnóstico y mantuve la historia en secreto”.

Médicos y sanitarios estiran hasta el límite su capacidad de cuidar la salud convirtiéndola, además, en cuidado del alma e impidiendo que los enfermos mueran en una espantosa soledad. Consuelo y esperanza para familiares y amigos privados del último y necesario adiós. ¡Cuánto desgarro e impotencia! ¿Qué globalización es esta que ni siquiera permite humanizar la muerte? Tan humana como el nacimiento a la vida. Saturados de tecnología ya no nos asombramos de nada. Pareciera como si tampoco apreciáramos nada por hermoso que sea. Ni ideología ni economía. Un microscópico virus está transformando el mundo. Ojalá, saque a la Humanidad de las tinieblas y la devuelva a la luz.

Hace cincuenta años que alertaba Juan Pablo I de que el progreso y la comodidad se nos han subido a la cabeza. Pisamos la Luna pero convertimos a Dios en estrella lejanísima, a la que solo miramos en los duros momentos. Las ciencias nos ayudan cada día a conocer mejor cómo se ha hecho este mundo, pero solo Cristo nos dice por qué estamos en el mundo. El coronavirus nos ha despertado del delirio de omnipotencia, nos dice el Papa Francisco. Sociedades que viven en la opulencia exhiben engreídas una desquiciada inclinación no sólo al vacío religioso, también al olvido moral. Altivamente endiosados, nos ocupamos del materialista “pasarlo bien” sin preocuparnos del eterno “hacer el bien”. Diseñamos un mundo sólidamente acorazado que se nos antoja invulnerable pero, en segundos, se torna frágil e indefenso; Nos afanamos por el desmantelamiento del bien enalteciendo palabras refinadas como “progreso” o “moderno”, que se deterioran como seca hojarasca. Pero si Dios es más actual que el periódico de la mañana. Creemos necesitar una sociedad nueva con un nuevo hombre cuando debiéramos conformarnos con lo que tenemos, si bien que valorándolo y mejorándolo cada día con más entusiasmo y humildad.

A un mundo de derechos y deberes los cristianos debiéramos insuflar gracia y sacrificio. Si de verdad Evangelio significa nueva alegre, debiéramos ver siempre el lado bueno de las cosas mostrándonos rebosantes de alegría. En esta hora difícil de la Tierra que se extiende a todos los meridianos y latitudes, ¡cómo necesitamos la compañía y el abrazo de Quién ha resucitado a la vida en un alba de esperanza!

Artículo publicado en diario digital El Imparcial, el 12 de abril de 2020.

4 comentarios en “RESURRECCIÓN DEL ABRAZO

  1. Jose Luis

    Extraordinario por lo atinado del analisia de situacion y por aportar la solucion que puuede salvar al mundo. La,respuesta esta en Dios.

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  2. Miguel Ángel García Rodriguez

    Raúl, nos devuelve, con este artículo, a la realidad, a la vida.
    Y nos recuerda que hay que redimir a nuestros muertos.
    Gracias, Raúl

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  3. Jesus

    Con una claridad meridiana y gran sencillez Don Raúl Mayoral, analiza la situación de un mundo engreído e insuflado por un progreso despiadado e inhumano y que de repente todo se viene abajo, apareciendo estrepitosamente la vulnerabilidad del ser humano. El autor presenta la alternativa de un Dios hecho carne dispuesto a entrar en la interioridad de cada ser humano con un programa de esperanza y de amor. Porque la humanidad, como el enfermo ruso, está herida de soledad y tristeza. Solo un Dios Resucitado es capaz de llenar el vacío del hombre. Merece la pena acercarnos a Él…

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