Archivo del Autor: @RaúlMayoral

Lo que nos pasa

“No pasa en España nada particularmente grave”. Así comenzaba Julián Marías un artículo publicado en este diario el 12 de noviembre de 1986 bajo el título Anestesia. Con su penetrante y lúcida perspectiva sobre la realidad nacional, Marías mostraba su preocupación por la falta de reacción de los individuos ante ciertas limitaciones de libertades. “Está en curso una operación a gran escala, que podríamos llamar la anestesia de la sociedad española”. Le inquietaba que por la “declinación” de unos y la “indiferencia” de otros, la vida del país careciera de temple y se desvaneciera de entre las manos de los españoles. Sabedor nuestro pensador de que son los hombres quienes buscan activa y fervorosamente los medios necesarios para realizar y defender su concepto de la vida y sus valores esenciales de la sociedad, abogaba por devolver a los ciudadanos la confianza en sí mismos y la convicción de que “en ellos está el poder último de decisión”. Ante el análisis orteguiano de que No sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa, hoy sí sabemos lo que nos pasa. No es el hombre para la libertad y la política, sino la libertad y la política para el hombre.

Han transcurrido casi veinte años de aquél atinado diagnóstico y las cosas permanecen prácticamente igual. Atonía y desazón en atmosfera opaca sin atrevimiento a profundizar en una democracia que se asemeja a un tinglado hábil y audaz carente de resorte interior. Sin vida, sin alma. No peligra el pan de cada día, gracias, especialmente, a la solidaria acción benefactora de Cáritas y otras instituciones similares, pero están en riesgo la mayor parte de las cuestiones por las cuales vive el hombre; también la independencia económica, el incentivo de la esperanza y la confianza en la propia iniciativa, el derecho a elegir un empleo e, incluso, la libertad. Persiste la invasión de espacios y “se respira un poco peor”.

En materia de libertades, nuestra Constitución pretendió zanjar la tan debatida “cuestión religiosa”. Con la mirada puesta en modernas y democráticas sociedades respetuosas con las Iglesias y facilitadoras de su labor pero sin sometimiento a dirección religiosa alguna, parecía que los españoles habíamos aprendido la enseñanza de no volver a poner en juego los viejos antagonismos confesionales. Sin embargo, hoy ni siquiera un observador avezado alcanza a comprender actuaciones despóticas que obstaculizan el ejercicio de la libertad religiosa o de culto en una Universidad pública y empeños por convertir catedrales y monumentales plazas de toros en espaciosas mezquitas. Diríase que en la católica España el Dios de los cristianos está de capa caída o pasado de moda.

Para acometer reformas con éxito siempre ha de conservarse algo firme. La prudencia aconseja que para obrar no han de olvidarse el terreno que se pisa ni las circunstancias que rodean. En España la Iglesia católica, unida a la vida de la nación y del Estado por lazos seculares de coexistencia, de actividad religiosa y asistencial y de contribuciones y méritos culturales e históricos, no puede permanecer separada de la sociedad en todo lo que afecta a su destino común. Todo intento de semejante separación dañaría, en efecto, tanto a la propia Iglesia como a la vida pública. El destino de los necios es estar informados de todo y condenados a no comprender nada.

Para un coloso de nuestro pensamiento como es Julián Marías, cristiano y liberal, a la sociedad española le son admisibles toda suerte de actitudes; todas menos la indiferencia o la inhibición que nos desconectan de la realidad de las cosas haciéndola ininteligible y nos arrastran a la estrepitosa quiebra de nuestras responsabilidades cívicas. En su texto de 1986 Marías mantenía la esperanza sobre los españoles, a quienes demandaba que volvieran a ser protagonistas activos en el quehacer cotidiano nacional haciendo oír su voz y haciendo sentir su peso. Reivindicaba “el tono vital” que alcanzamos un día pero que se volvió a comprometer “como si se hubiera dado marcha atrás en la historia”.

Ha llegado el momento de recuperar la capacidad de entender y de extraer consecuencias. Ya lo hicimos hace ahora casi cuarenta años. El pueblo español hallándose en sombra buscó la luz con esfuerzo y confianza esclareciendo sus derechos y delimitando correlativamente sus deberes en una comunidad que garantizaba la realización de los fines éticos y materiales de cada uno. Hoy como ayer, con ánimo constructivo y exigente, la sociedad precisa de nuevo de aquél espíritu de concordia y de colaboración por parte de los individuos y de las organizaciones. Un espíritu que, inspirado en el bien común, sea superador de egoísmos y beligerancias, con predominio de las ideas de convivencia y de solidaridad, tan fecundas y constructivas y tan necesarias en una sociedad que sí sabe lo que le pasa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 19 de julio de 2014 (Página 14). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20140719.html

Digitales soberanos

Dentro de veinticinco años la Humanidad contará con aparatos de transmisión que cabrán fácilmente en un bolsillo. Todo el mundo podrá difundir emisiones para decir a la familia, por ejemplo, que llegará tarde a casa. Este vaticinio fue pronunciado en 1948 por Frank Stanton, presidente de la Columbia Broadcasting System. Sin duda, que el visionario estaba imaginándose el teléfono móvil. Pero no alcanzó a suponer que ese aparato facilitaría, además, el ejercicio efectivo de la libertad de expresión convirtiendo a los ciudadanos en sujetos generadores y difusores de opinión en los distintos foros y ágoras alojados en la red. Tampoco llegó a sospechar los desafíos que sobre cuestiones como la intimidad y la privacidad de las personas deberían abordar los legisladores en la era digital.

Durante la vida los humanos mostramos infinidad de evidencias de nuestro paso por el mundo real. Como clientes habituales del bar de la esquina dejamos día tras día huellas que permiten al camarero conocer nuestras preferencias: café con leche, cortito de café, leche templada, sacarina y vaso de agua del tiempo. Cuando el camarero nos ve entrar nos ha surtido el producto antes de que alcancemos la barra. ¿Cortesía? Sí. Pero también información, o sea, poder en manos del camarero. Si, además, en uno de esos días de bajón, le confesamos el problemilla que nos acucia y amarga la existencia, más poder para el camarero. Esto multiplicado por cien clientes resulta un sinfín de datos personales acumulados y de cuotas de poder alcanzadas. El camarero nos cobra el café y hasta puede llevarse una propina, pero no nos paga por ese conocimiento que sobre nosotros hemos ido transfiriéndole diariamente y del que podría hacer uso en cualquier momento y por una variedad de motivos.

Cuando a través de los dispositivos electrónicos accedemos al universo digital también queda rastro de nuestra presencia. Como usuarios de las redes sociales suministramos toneladas de información acerca de nuestra identidad que es depositada y sistematizada en las múltiples bases de datos creadas por las empresas que operan digitalmente. Estas bases no solamente contienen los habituales datos personales que nos identifican, sino también informaciones, quizás inapreciables, pero precisas y valiosas por conformar un reducto aún más íntimo de nuestra privacidad. La combinación de todos y cada uno de los vestigios de nuestro viaje digital permite trazar de manera nítida un perfil sobre nuestros gustos y preferencias, tanto en el ámbito comercial, siendo un tesoro informativo para la publicidad on line, como en el ideológico o religioso, constituyendo información marcadamente sensible. Pero también como miembros, por ejemplo, de un grupo de whatsapp dejamos la impronta de nuestro estilo de vida, de nuestro propio carácter, y, hasta en momentos determinados, de nuestro estado de ánimo, siendo fácilmente percibido. Las  conexiones con el mundo virtual generan un rico patrimonio digital del que somos propietarios soberanos pero desconocemos si es usado por ajenos y para qué fines.

El interés por la protección y conservación de este patrimonio no es nuevo. Hace años Pekka Himanen en su libro La ética del hacker y el espíritu de la era de la información advirtió que la privacidad no es algo que se dé por sentado en la era electrónica. Exige una protección mucho más decidida que en cualquier otra época siendo una cuestión no sólo de ética sino también tecnológica, que requiere un esfuerzo exigente de cooperación. La cuestión se ha vuelto a suscitar recientemente con la construcción por Telefónica de una plataforma tecnológica que permite a los usuarios el control sobre sus datos personales, garantizándoles privacidad y seguridad. Según el presidente de la operadora, Álvarez-Pallete ¿otro visionario?, con el avanzado sistema cada persona ostentaría la soberanía sobre los datos de su vida digital administrándolos y disponiendo de ellos mediante la cesión de su uso a terceros a cambio de un precio. Una auténtica innovación, tanto tecnológica como social. En todo proceso de innovación, la pregunta clave no es el qué, sino el cómo. O lo que es lo mismo ¿quién nos servirá el café?      

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Mundo el 2 de marzo de 2017 (Página25). https://www.elmundo.es/economia/2017/03/02/58b708f946163fde738b4589.html

Los redentores

Según Karl Popper solo se conocen dos alternativas: la dictadura o alguna forma de democracia. “Y lo que nos decide a escoger entre ellas no es la excelencia de la democracia, que podría ponerse en duda, sino únicamente los males de la dictadura, que son indiscutibles”. El uso indiscriminado de la fuerza y el aniquilamiento del adversario son perversiones inherentes a las tiranías frente al diálogo y el respeto hacia el que disiente, beneficios exclusivos de sociedades libres y abiertas.

El reciente secretario general del nuevo partido Podemos ha afirmado que va a ganar las elecciones generales de 2015 e “iniciar un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. Sin duda, el vigente régimen de Monarquía parlamentaria no le gusta porque, en su opinión, no admite la discusión de todo. Una democracia no se sustituye a sí misma. Solo puede ser reemplazada por una dictadura. El sistema democrático ideal es un sueño. La democracia que tenemos, manifiestamente mejorable, puede y debe mejorarse día a día. Nuestra Constitución respetada pero sin ser objeto de culto como ídolo intocable. Un poder público más transparente y moralizante. También una opinión pública mejor formada, a cubierto de manipulaciones y demagogos. Una democracia regenerada sigue siendo una democracia. Pero la demagogia degenera el sistema democrático y acaba por desnaturalizarlo.

El programa de esta nueva formación evidencia un deseo de ruptura con el régimen actual. Los adalides de procesos revolucionarios se erigen en salvadores y purificadores ante situaciones ruinosas o decadentes y manifiestan la necesidad de una catarsis haciendo tabla rasa del estado anterior. La Historia nos surte de ejemplos en los que el borrón y cuenta nueva se salen con la suya. Cuando un dólar empezó a valer un millón de marcos, Hafnner contaba que cientos de redentores recorrían Berlín, cada uno con su propio estilo. Pero todos con su discurso antisistema contra la República de Weimar. El discurso contrario a nuestra democracia empezó incluso antes de su nacimiento Quien primero lo predicó fue Gonzalo Fernández de la Mora. Posteriormente, desde su propio escaño parlamentario, Blas Piñar prosiguió su oratoria de reproches contra el régimen democrático. Con el paso de los años la soflama antisistema perdió solidez argumentativa para convertirse en alegatos personales. Ruiz Mateos, Jesús Gil o Mario Conde también tacharon las instituciones con las que habían confraternizado antes. Con Podemos la arenga rupturista ha ganado vigencia y ha subido enteros. Una crisis económica descomunal que ha aumentado alarmantemente los umbrales de la pobreza, una marea de corrupción que anega las Administraciones públicas y una incapacidad manifiesta en los dirigentes políticos para poner orden en la inacabable y cansina cuestión territorial han generado un embalse de indignación cuyas consecuencias son el hastío y la desconfianza hacía el régimen y su clase política. Es la hora de nuevos redentores. Y parece que están aprovechando su oportunidad.

Por ahora, resulta llamativo su impreciso posicionamiento ideológico. Según los datos del CIS, el 33% de los encuestados no sabe ubicar ideológicamente a Podemos. En su programa conviven algunas propuestas que podrían ser de general aceptación por la sociedad con otras, la mayoría, radicales y propias de una izquierda decimonónica. En los últimos días, quizás como táctica electoralista, se percibe cierto  “mariposeo ideológico” en sus dirigentes tratando de dulcificar medidas populistas y de corte expeditivo barnizándolas de tinte socialdemócrata. Si nos atenemos a los gestos, canto de la Internacional con  puño en alto, su color es de izquierda. Pero cierto es que tiene seguidores y votantes que en anteriores comicios optaron por la derecha. Con las crisis económicas el malestar social desemboca en desafección ante lo existente. La Historia ha demostrado que en las clases bajas esa desafección discurre hacia al comunismo, mientras que en las clases medias la salida es fascismo. Lo paradójico del nuevo partido es que portando un programa y una estética comunistoide, sin embargo los miembros de su cúpula pertenecen a una clase media, si no acomodada, sí ilustrada: profesores de Universidad, profesionales liberales, gente, en suma, con estudios y “viajada”. No son compañeros del metal ni jornaleros del campo. Su identidad política es cuando menos confusa. Muy propio del redentorismo.

Contaba Gabriel Cisneros, uno de los “padres” de la Constitución, que durante la visita de unos popes rusos a España en plena Transición, se entrevistaron con algunos políticos (él entre ellos), y preguntaron si en la dictadura de Franco se admitía el derecho de propiedad. Al contestar los políticos que sí, los popes no reconocieron mérito alguno al cambio democrático experimentado por nuestra nación ya que según ellos resulta mucho más difícil por revolucionario cambiar de sociedad que de régimen. Esperemos que si el nuevo partido “protesta” se convirtiera algún día en partido de gobierno, no nos cambie ni el régimen ni la sociedad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Mundo el 23 de enero de 2015 (Página 7). https://www.elmundo.es/espana/2015/01/23/54c16cf3ca474178178b4584.html

Dimisión de la Universidad

En estas páginas (Expansión, 12/01/17), expuse cuál era según Ortega y Gasset en Misión de la Universidad el reto no abordado aun por ésta: Actualizarse y ser permeable a la realidad; y cómo se actualiza: Comprometiéndose socialmente con su entorno y conectando con la realidad. Veamos ¿cuál es el compromiso social de la Universidad? ¿cómo se conecta con las demandas sociales? y ¿qué falla en ella: sus recursos o sus resultados?

Empecemos por lo último. Trabajar es ocuparse en cualquier tarea. También realizar un esfuerzo, aunque el resultado sea nulo. Un hombre puede pasarse toda una jornada sosteniendo una gran piedra para que no ruede por una pendiente, pero al final, la piedra se le cae. Ha trabajado todo el día, pero sin resultado, sin eficacia. De haber colocado la piedra en el suelo apoyándola en una cuña hubiera logrado su propósito. Ocurre lo mismo a la Universidad. Emplea sin eficiencia recursos humanos y materiales arrojando resultados negativos. Urge una revisión del modelo tradicional con búsqueda de nuevas fórmulas que optimicen el resultado. La meta es lograr una Universidad financieramente viable con gobierno y gestión eficientes; ecológicamente aceptable con modelos respetuosos con el medio ambiente en accesibilidad y movilidad en los campus, eficiencia energética, agua, residuos; y socialmente responsable, según anhelaba Ortega: una Universidad como agente central del desarrollo social que convierta a estudiantes en ciudadanos excelentemente formados y preparados para mejorar la sociedad.

En eso consiste el compromiso social de la Universidad. El propósito de la educación superior no es el de proporcionar posibilidades para alcanzar una ventaja económica sobre los que han sido menos afortunados. La Universidad significa mucho más que eso. Quienes consiguen formarse e instruirse deben hacerlo pensando en contribuir algún día al progreso de su país. El éxito no debiera medirse en dinero, sino en retorno social. Esa es la responsabilidad del educando y es también el compromiso social de la institución educadora La razón última de todo un sistema educativo.

¿Cómo se conecta la Universidad con las demandas sociales? Saliendo al encuentro de la empresa y consolidando con ella una alianza estable y duradera. Históricamente, las fronteras universitarias han permanecido cerradas a la actividad empresarial. Apenas hay flujo de I+D desde las aulas y laboratorios universitarios a las áreas y departamentos tecnológicos de las empresas. La conexión exige la creación de un ecosistema como punto de encuentro entre los agentes de innovación que dinamice ésta. Ese es el objetivo de los parques de innovación, que constituyen un estadio superador de los parques cientificos y de los parques tecnológicos. Los primeros, liderados por la Universidad, creaban empresas con base en la investigación académica; los tecnológicos, liderados por la Administración pública, apostaban por empresas tecnológicas afines. Los parques de innovación son liderados por la Universidad, empresa y Administración pública y, al aglutinar ciencia y conocimiento con esquemas de mercado y medidas de fomento público, accionan proyectos de innovación que responden a la demanda social, logrando en cinco años lo que se conseguiría durante toda una generación. Un parque de innovación genera ideas e invenciones, las filtra, desarrolla proyectos de I+D+i, facilita la creación de empresas, genera licencias de explotación e imparte formación, mostrando una imagen expansiva, colaborativa y abierta de los campus universitarios.

Ortega concebía a la Universidad apoyada sobre dos pilares: la  generación y difusión de conocimiento y la búsqueda de respuesta a los problemas sociales. Lleva un siglo tambaleándose sostenida únicamente sobre el primer apoyo. Su rentabilidad, su existencia será difícil con solo la actividad formativa. O se reforma para cumplir su misión o dimite de la misma dejando paso a organizaciones más ágiles.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario Expansión el día 25 de marzo de 2017 (Página 43).

Cardenal Herrera Oria

Para muchos madrileños estas tres palabras designan en la capital una gran avenida y una estación del Metro. Pero Angel Herrera Oria (Santander, 1886-Madrid, 1968), es una figura que emerge admirable en la evangelización de la España contemporánea. Luchó incansablemente, primero como seglar (abogado del Estado y periodista), y después como religioso (sacerdote, obispo y cardenal), por una sociedad mas justa y mas cristiana ejerciendo influencia extensa y decisiva en el escenario nacional del siglo XX. El 22 de febrero se cumple, precisamente, el L aniversario de su proclamación cardenalicia por Su Santidad Pablo VI (quien con afecto le llamaba el Maritain español). El azar, o quizás la Providencia, ha querido que también cincuenta años mas tarde dos prelados españoles, Ricardo Blázquez y Jose Luis Lacunza, sean investidos de la púrpura cardenalicia por el Papa Francisco.

Herrera fue un adelantado a su tiempo. Un audaz emprendedor dotado del don de la anticipación y del talento de la perseverancia. Como fundador y primer presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, instrumento de modernización del catolicismo español y cuyo carisma radica en un coherente ser y estar del católico en la vida pública, se anticipó a una de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el papel activo y autónomo del laicado como agente de evangelización. Fruto de ese carisma, formó minorías como levadura de movimientos sociales hondamente reformadores y alumbró propuestas creativas de fuerza innovadora en ámbitos claves como la educación (CEU), la prensa (Editorial Católica: red de diarios como El Debate o El Ya), y hasta la política (CEDA). Como hombre de gran inquietud social se erigió en lo que hoy sería un preclaro paradigma al servicio de la penetrante predicación papal de Francisco: La Iglesia es misionera. Salid a las periferias.

Ese afán por socorrer a los más necesitados y marginados (llegó a ser capellán de prisiones), presidió toda su vida estimulando la conciencia social de los españoles fiel al mensaje de Cristo. Si quieres darte a la vida activa, llénate primero de vida interior, decía Herrera. Monseñor Benavent, su obispo auxiliar y estrecho colaborador, comentaba de él que “se llenaba primero para después dar”. Su espiritualidad bebía en fuentes ignaciana y carmelitana. Su apostolado disponía de dos preciadas cualidades: la oración y la acción. La primera, en soledad y hacia el interior; la segunda, vertida hacia fuera, compartida y divulgativa. Como árbol lleno de fruto y repartiendo fruto. Su acción más prioritaria consistió en crear fecundas obras. Obras, y obras grandes, piden los días magníficos que vive el mundo, solía decir. La mayoría de ellas destinadas a erradicar la pobreza y la exclusión social y a transformar a los hombres por medio de la educación: Cáritas, Instituto Social Obrero, Instituto Social León XIII, Confederación Nacional Católica Agraria, Biblioteca de Autores Cristianos, Escuela de Ciudadanía Cristiana, el ya citado CEU o sus muy queridas Escuelas-Capilla Rurales, ingente obra misional y formadora en la provincia de Málaga, en cuyas áreas rurales aisladas y deprimidas hace más de sesenta años el analfabetismo alcanzaba el 70%. El logro de las Escuelas-Capilla fue de gran envergadura. Benavent lo narró así: “La cultura y el Evangelio llegaron a los rincones más inaccesibles de la diócesis, situados lejos de la parroquia, del médico, de la escuela, sin luz eléctrica ni otra vía de comunicación que los cauces de los ríos o los vericuetos y sendas de la montaña”. Cuando en 1968 muere el Cardenal, más de 30.000 niños y adolescentes malagueños sabían leer y escribir, además de rezar.  Otorgó importancia suprema a la educación como medio elevador del nivel social de las gentes. A esta fructífera tarea se consagró con su inagotable espíritu de sacrificio. Su potencia educativa tenía una manifiesta raíz cristiana: el amor hacia el otro. Sólido y pétreo basamento. No hay educación posible sin el afecto, la amistad y la ternura de quien transmite conocimientos y enseñanzas por el que los recibe.

Desde 1947, como Obispo de Málaga, sus homilías eran escuchadas con gran fervor en la catedral abarrotada y en plenas calles por altavoces que las retransmitían a través de Radio Nacional. Aún viven malagueños que con lágrimas en los ojos recuerdan a don Angel, el Siervo de Dios, en camino de ser elevado a los altares. Cuentan que durante una celebración del Sacramento de la Confirmación, Herrera Oria iba preguntando a los muchachos por los requisitos que debían concurrir en la comisión de un pecado mortal. Todos respondían como papagayos con la literalidad del Catecismo: “materia grave, advertencia plena o suficiente y pleno consentimiento de la voluntad”.  De pronto, un chiquillo, con el habitual gracejo malagueño espetó como respuesta: Que lo zea, que lo zepa y que lo quiera. Sorprendido el prelado le dijo al interrogado: “Veo que tú has entendido y aprendido muy bien el Catecismo”. Y ya no preguntó más.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 21 de febrero de 2015 (Página 17). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20150221.html

La Universidad del siglo XXI

¿Por qué el mundo de la empresa ha evolucionado considerablemente en las últimas décadas y el mundo universitario no? ¿Es necesaria una revisión del modelo de docencia y del sistema de investigación existentes actualmente en las aulas universitarias? ¿Está renunciando la Universidad a su compromiso social de ser promotora de progreso y bienestar?

Hace un siglo, Ortega y Gasset en Misión de la Universidad identificó los dos retos que debía abordar la Universidad: Universalizarse, en el sentido de universalizar el saber, democratizarlo, a fin de que cualquiera pudiera acceder al conocimiento y a la ciencia. Este logro es hoy una realidad. Y si quedaban zonas de penumbra, la plenitud se ha alcanzado de la mano de las tecnologías digitales tanto de la información y la comunicación (TIC), como del aprendizaje y del conocimiento (TAC). Una persona dotada de un terminal digital puede acceder desde cualquier lugar del planeta a cursar los denominaos MOOC (Massive Online Open Courses = Cursos online masivos y abiertos).

El segundo reto de la Universidad según Ortega era el de actualizarse, lo que exigía que los campus universitarios fueran permeables a una realidad cambiante. A diferencia del primer reto, éste sigue aún pendiente. Hoy las Universidades parecen ser meros edificios en donde se imparten cursos y se otorgan títulos universitarios. Muchas de ellas no son viables financieramente dificultando su misión. Otras tantas no logran repercusiones sociales relevantes en su cometido de erigirse en centros de alta cultura y elevada investigación. Son pocos los universitarios que, al concluir sus estudios, se convierten en verdaderos agentes de dinamización y transformación social. Pero ¿Cómo se actualiza la Universidad? Abriéndose a la realidad, introduciéndose en el contexto social, sumergiéndose en los grandes asuntos del día. Es decir, situándose en medio de la vida para poder alumbrar soluciones a los desafíos de la sociedad. Si la Universidad logra actualizarse vivirá la realidad y ésta vivirá de la Universidad.

Hasta ahora la Universidad ha funcionado como espacio de conocimiento y de ciencia. Sin dejar de serlo debe actuar, además, como un ecosistema de aprendizaje continuo, abierto y colaborativo. Un espacio favorable para el emprendimiento y  la innovación social, dando paso a un modelo de docencia e investigación más depurado y eficaz que promueva en el alumno una actitud más activa y creativa en su proceso de formación logrando una mayor sintonía con el profesor. Y en esta nueva misión la Universidad debiera contar con un buen aliado como es la empresa, que ha demostrado como pocas instituciones sociales una portentosa capacidad de adaptación a los cambios. Son muchas las empresas que deben su viabilidad a la aplicación de lo que sus físicos, químicos, matemáticos, ingenieros y demás profesionales aprendieron en las Universidades. ¿Por qué la empresa no puede contribuir recíprocamente estrechando sus vínculos con los campus universitarios?

Nuestros futuros profesionales se enriquecerían con más y mejores aptitudes para estudiar, investigar e innovar, respondiendo a los continuos retos exigidos por el acelerado ritmo de los cambios sociales y económicos. Así, la Universidad volvería a recuperar su compromiso social, ejerciendo plenamente su doble misión de formar, por un lado, profesionales eficaces, pero también íntegros y honestos, y, por otra parte, de contribuir al desarrollo y mejora del tejido social. Este es el reto para el siglo XXI: Una Universidad que se transforma y, a la vez, transforma la sociedad. Buena manera de actualizarse y de ser permeable a la realidad como indicó Ortega.

Artículo publicado por Raúl Mayoral en el diario Expansión el 12 de enero de 2017 (Página 46).

La fecundidad de lo efímero

Comparada con el sinfín de años que arrastra la Humanidad, la vida de cada ser  humano se revela inmensamente breve, excesivamente frágil, fácilmente destructible. Aún así, hay trayectorias vitales que, desafiando su naturaleza efímera, estampan una huella que permanece indeleble al finalizar su recorrido. La ciencia, la cultura, pero también la economía o la política, son campos en donde las nobles manifestaciones humanas, ya sean materiales o espirituales, labran su surco perdurable y sobreviven a sus creadores. Esa perenne creación resulta mejor propiciada cuando concurren cualidades innatas al autor junto con favorables condiciones del entorno. Si el talento individual, por ejemplo, se ejercita en una atmosfera de libertad el fruto obtenido es aún de gran dimensión alcanzando el beneficio a un mayor número de recolectores.   

Decía J.M. Keynes que la economía necesita de un motor que funcione. En los sistemas de libre mercado ese motor fue la iniciativa particular que ha generado mayores cotas de progreso y promoción social frente a los modelos estatalistas o planificados, más proclives a reducir lo económico a escombros. Por ello, la ciencia empresarial moderna considera como factores determinantes para el emprendimiento y la innovación los escenarios libres exentos de directrices y la pujanza creativa e intrépida de los actores intervinientes. Y en esta nueva concepción esos actores ya no se organizan ni actúan con vistas únicamente a una mayor producción con el máximo descenso de costes y a una mejor expansión del consumo bajo el objetivo de obtener grandes beneficios. La hora actual resulta favorable para proponer un espíritu de mayor colaboración por parte de la empresa que la convierta en un magnífico campo en el que conjugar el principio de la libertad individual con las exigencias del bien común y las concepciones sociales de nuestro tiempo. La responsabilidad social corporativa o la emergente economía colaborativa son ejemplo de este nuevo espíritu. Porque económicamente hoy un individualismo excesivo no solo resulta incompatible con el altruismo, sino que además es corto de vista y poco ético.

Recientemente el empresariado español ha perdido a dos de sus máximos exponentes para entender el imparable proceso de modernización e internacionalización de nuestra economía en los últimos treinta años. Comerciantes pioneros, revolucionarios y estrategas, uno en el sector de la banca, otro en el de la distribución, con mucho en común. Curiosamente, su pertenencia a la misma generación. Esencialmente, su vocación y su talento empresariales, su esfuerzo y dedicación inagotables y, sobre todo, el efecto multiplicador de su gestión: lo que recibieron, lo multiplicaron. Comprometidos con el interés general de su nación y el bienestar y progreso de sus conciudadanos crearon riqueza y generaron empleo. Quizás no fueran eruditos en la suprema ciencia económica, pero sí fueron expertos en afrontar las siempre arriesgadas turbulencias de los cambios con coraje y lucidez y actuaron como profundos conocedores de las preferencias del cliente. Ya lo dijo Von Mises: “Quien establece lo que debe producirse no son los empresarios, ni los agricultores, ni los capitalistas, sino los consumidores”. Emilio Botín e Isidoro Alvarez siempre prestos a ayudar elevándose sobre los intereses de partido cuando estuvieron en juego cuestiones de Estado, perseverantes en el apoyo y la promoción de la educación, la ciencia, la cultura o el deporte. Desde su discreción y una sobriedad cuasi monacal valoraban más la sociedad que el poder. Las empresas que dirigieron, Banco de Santander y El Corte Inglés, son hoy señas de identidad nacional que dan brillo a nuestra Marca España.

El reconocimiento patrio a su meritoria trayectoria es generalizado. Pero ha sido inevitable cierta inclinación tendenciosa al reproche y al afeamiento propia de una mentalidad jacobina y decimonónica que sigue anclada en la imagen de empresarios implacables como señores gruesos en un salón de selecto club privado con atmósfera de habanos, y mientras, masas explotadas y fatigadas que salen de grandes y feas fábricas bajo el humo sucio de las chimeneas. Lamentablemente algunos aún andan obcecados en confundir el beneficio con el saqueo pregonando que todo el bien está en el intervencionismo público y todo el mal en la iniciativa privada, responsabilizando a ésta de la crisis económica e, incluso, de las nuevas epidemias y del recalentamiento de la atmósfera.

Las promociones de estudiantes que hoy aprenden en nuestras Universidades a cómo ser  audaces emprendedores y empresarios innovadores, y no simples hombres de negocios, deben fijarse en un modo excepcional de ser y de hacer encarnado en personas como Emilio Botín e Isidoro Alvarez, pero también en miles y miles de comerciantes desconocidos y anónimos que con su libre iniciativa día a día logran sacar adelante en España sus proyectos empresariales con propósito de permanencia y con ambición de prosperidad colectiva. Porque ciertamente, nuestras vidas son muy cortas y sería una ruina malograr su imperecedera fecundidad por egoísmo o cualquier otro comportamiento disolvente.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario Expansión el 2 de octubre de 2014 (Página 54).

Una derecha sin complejos

¿Por qué un partido político, cuyos gobiernos logran por dos veces sanear las cuentas públicas y disminuir la tasa de desempleo estimulando la economía y generando riqueza, es objeto de un “cordón sanitario”? ¿Por qué un partido político que obtiene dos mayorías absolutas en poco más de una década es tachado de apestado y radical, sus líderes son tildados de enemigos de la democracia y sus afiliados y votantes son despreciados como ciudadanos de menor cuantía o peor derecho que los simpatizantes de la izquierda? La respuesta no se halla en los predios de la política sino en los de la cultura, en donde la derecha está ausente. Desde la cátedra universitaria, las editoriales del libro, la producción cinematográfica, los laboratorios de investigación, los micrófonos audiovisuales, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se pregona con insistencia dogmática que ser de derechas es un anatema o que la inteligencia es exclusiva del progresismo.

En 1933 en un semanario socialista de Palma de Mallorca, titulado “El Obrero Balear” se leía la noticia del acuerdo adoptado por el pleno del Comité provincial de la UGT de “celebrar un paro general indefinido en todos los gremios y oficios de Palma, si viene a ésta en campaña, el diputado agrario Gil Robles, por considerar funesta para el pueblo, en general, y para la clase trabajadora, en particular, la actuación y propaganda del diputado de referencia. El paro empezará el día de su llegada a esta isla, terminando cuando se marche”. El cordón sanitario contra la derecha viene de lejos. A la izquierda le ha resultado en ocasiones difícil adaptarse al hábitat de la democracia, debido a esa genética e irrefrenable inclinación a emplear procedimientos más expeditivos que democráticos haciendo de la agitación social su arma. Sus dirigentes solían oponerse a limitaciones de la libertad hasta que accedían al poder. “O nosotros en el poder o el desorden en la calle”, ha sido con frecuencia su consigna. Luego, una vez alcanzado el poder, la libertad duraba lo que las rosas: una mañana. La incoherencia y el sectarismo eran a menudo su especialidad y también su perdición.

El patrimonio ideológico del Partido Popular consiste en la defensa de unos valores de ambición nacional y para la conveniencia pública y de todos, que son tributarios de los principios programáticos sustentadores de la derecha democrática española del último siglo. Maura, Gil Robles, Fraga han sido políticos cuyo pensamiento regeneracionista y reformista ha conformado el ideal conservador adecuándolo a las diferentes coyunturas de la reciente historia de España. Con la promoción de esos valores, el PP ha alcanzado dos mayorías absolutas (en 2000 y 2011), logro este que se le resiste al PSOE desde 1986, y sus Gobiernos han solventado situaciones de crisis económica, logrando, además, provechos históricos y decisivos para España como ingresar en la Europa del euro o evitar una intervención de nuestra economía por las instituciones comunitarias.  

Como una derecha de ideas es más sólida que una de intereses, harían bien los dirigentes populares en abandonar esa posición acomplejada que les debilita e inhabilita para actuar con hegemonía en el debate ideológico, librarse de actitudes timoratas ante cordones sanitarios y decidirse, de una vez por todas, a combatir intelectualmente ese discurso cultural dominante que les presenta como una formación rancia y reaccionaria. Una falacia construida por una izquierda que se cree ungida de legitimidad democrática para detentar el monopolio en la expedición de certificados: o estás conmigo y eres un demócrata, o estás contra mí y eres un fascista. Otra farsa que acarrea ese discurso a desmontar es la ocurrencia tan extendida de que si bien los populares suelen ser competentes en economía, sin embargo, no son aptos en la defensa del Estado del bienestar. La mejor política social es la que espolea la economía, fortalece el tejido empresarial y crea empleo, contribuyendo a paliar la penuria, acrecer el bienestar y promover la prosperidad, y permitiendo el avance de amplias capas de la sociedad. Y ahí, el PP ha batido por goleada al PSOE. Por ello, sus Gobiernos deben perseverar en una acción política, jamás disociada de la ética, que acierte a combinar un firme y constante progreso social con la férrea defensa del orden constitucional y de las libertades cívicas haciendo posible una democracia de ciudadanos más que de partidos. Esta ha de ser la ruta favorable no sólo para España, sino también para Europa. Pero, hoy el mayor y más apremiante reto al que se enfrenta el PP estriba en ganar el debate de las ideas mostrándose a los ciudadanos como lo que realmente es: una derecha demócrata, constitucionalista y sin complejos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 30 de julio de 2015 (Página 15). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20150730.html

Política y propaganda

Decía Winston Churchill con su conocida ironía que el político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, pasado mañana y el año próximo, y de saber explicar por qué lo que predijo no ocurrió finalmente. Más que hacer predicciones, el político debe dar explicaciones sobre lo que pretende hacer. Y luego hacerlo. La política es comprometerse con la realización de hechos. También es conveniente contar lo realizado. Ello reporta credibilidad al dirigente y confianza en la sociedad. Pero eso ya no es política, sino propaganda. Los partidos en el poder acuden a las urnas fiados más en lo que han hecho que en lo que proyectan hacer. Basan sus estrategias electorales en la propaganda más que en la política. Y la verdadera política consiste en hacer más que en relatar. Los partidos en la oposición al carecer de experiencias de gobierno que narrar, lo fían todo a lo que harán si alcanzan el poder. Su discurso suele ser más político que propagandístico. Por ello, parecen estar en mejores condiciones de generar emoción, y a la vez, incertidumbre.

Hoy es evidente la recuperación en la inversión y en el consumo; también  el saneamiento de las cuentas públicas y la adquisición de cierto prestigio internacional. Pero el Partido Popular debiera centrar su campaña electoral en lo que hará más que en lo que ya ha logrado. Sin olvidar que en un programa electoral son más importantes las omisiones que las promesas porque las omisiones definen una actitud y confirman una política. A los populares les resulta ahora más necesaria que nunca otra recuperación: La de los casi dos millones y medio de votantes perdidos durante esta legislatura que consideran que aquéllos han renunciado a asumir el puesto rector que la sociedad esperaba de ellos y viven inmersos en una orfandad política. Esa reconquista implica, asimismo, rescatar aquellas señas de identidad que hicieron de un partido un referente reconocible entre los suyos y, tal vez, entre los ajenos, como una organización preparada para esa tarea abrumadora de defensa de la libertad y del orden constitucional y para una gestión, siempre solvente, del progreso económico y la prosperidad social. En suma, como una formación política presta y dispuesta para gobernar España sirviendo a los intereses nacionales.

Van a ser necesarias las ideas de siempre y otras a crear. La aparición de nuevos actores y de circunstancias novedosas hacen de la adaptación al medio una auténtica exigencia. No parece que se esté dando con la estrategia acertada para esa adecuación al terreno. Acostumbrado a tener en frente a un socialismo tan conocido como un familiar, el PP no sabe como hincarle el diente al nuevo comunismo emergente ni a un revival de centrismo que ansía enlazar con la Transición. No es suficiente con tener ideas, hay que darles salida para que adquieran fuerza y eficacia, que son la base para la acción. La batalla de las ideas consiste en manifestarlas, defenderlas y contribuir a crearles ambiente. Ello requiere presencia en el mundo de la cultura, conexión con intelectuales que piensen en sintonía y diálogo con los medios de comunicación para influir más y mejor en la opinión pública. Así es como se sitúan las ideas propias en el centro del debate político para luego desde el Gobierno procurar convertirlas en hechos, concretándose en un sólido tejido de aplicaciones prácticas, que al reflejarse sobre los ciudadanos se ponen a su servicio. El resultado es crédito y liderazgo.  

Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Si al ciudadano se le explica lo que se va hacer, se le informa de lo mucho que hay por hacer; si se pide su participación y colaboración en un proyecto de ambición nacional que opere como canalizador de esfuerzo colectivo y genere entusiasmo y orgullo de país, probablemente disminuirían en gran medida el ambiente de franca desorientación y el desánimo en que están sumidos muchos de los votantes y simpatizantes del PP, y al mismo tiempo, podría atraerse buen número de electores alejados y acampados en los predios de la abstención. A menos de dos meses para unas elecciones generales que muchos vaticinan como decisivas para el alma y el cuerpo de España y para su hechura constitucional, el derrotismo pudiera ser el peor enemigo de un partido que precisa de un aldabonazo para la renovación en mensajes y en personas. Su electorado preferiría ir con paso firme y decidido a la urna. No querría votar con resignación ni con la nariz tapada. Desea victorias eficaces, no victorias sin alas, que acaban convirtiéndose en derrotas heroicas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 5 de noviembre de 2015 (Página 15). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20151105.html

Liberar la cultura

 “Cuando un príncipe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que le determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse”. Ignoro si el presidente del Gobierno leyó este texto de Maquiavelo en El Príncipe antes de decidir la retirada del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada. Pero lo cierto es que no ha guardado fidelidad a una de las promesas del programa electoral con el que alcanzó el poder. ¿Qué hay detrás de esta decisión del Gobierno? ¿Engaño o complejo?

No veo a Arriola, cual eminencia diabólica oculta entre bastidores, urdiendo maquiavélicamente fraudes y artificios contra los votantes del PP. Ni creo que este partido sea, en palabras de un obispo, una “estructura de pecado” ni un “siervo del imperialismo transnacional neocapitalista”. Sí considero hoy la política más como una acción de mercadotecnia que como sabia tarea dotada de dimensión moral. O en palabras de Vaclav Havel, una especie de tecnología del poder, un juego virtual para consumidores, en vez de un asunto serio para ciudadanos serios. Los partidos se asemejan a empresas que venden masivamente su producto, su programa electoral. Continuamente testan el mercado para conocer las preferencias de los electores. Seguro que Rajoy tomó su decisión con base en una concienzuda y rigurosa prospección de las tendencias de voto y calcula que el incumplimiento de su compromiso le dará más ganancias que pérdidas. Ya se verá.

Por encima de los cálculos electoralistas, sobresale una cuestión. Si en el puente de mando de la calle Génova han decidido dar un viraje al rumbo previamente trazado en busca de caladeros de votos diferentes de los que les auparon para gobernar, es porque desgraciadamente ni el valor provida, tachado de retrógrado por la presente cultura dominante, cotiza al alza, ni el PP, temeroso de un nuevo cordón sanitario aún con mayoría absoluta, se atreve a levantar, en escenario hostil, la bandera en defensa de la vida. El debate cultural se revela más prioritario que el político. La derecha en España lleva cuarenta años ausente del debate de las ideas. Acomplejada, refugiada en sus cuarteles de invierno, ha evitado siempre la confrontación intelectual con sus adversarios. Ante el binomio regeneracionista de Costa “escuela y despensa”, cultura o economía, la derecha siempre ha escogido su asignatura preferida: sanear las cuentas públicas, dejando que la izquierda moldeé la sociedad a su antojo. Esa renuncia continua a entablar la batalla cultural impide al PP transformar en moral de victoria lo que desde hace años es una pertinaz moral de derrota a pesar de sus dos mayorías absolutas.

El complejo del PP es evidente en la terminología. Desde Fraga a Rajoy pasando por Aznar, sus dirigentes han dado la impresión de preferirlo todo menos que les llamen conservadores o de derechas. Tales términos les resultan comprometedores como mercancía de contrabando. Prefieren fórmulas vagas e imprecisas para encubrir la realidad. La escasa determinación para hablar de pensamiento de derechas es uno de los males que más debilita y resta influjo a toda propuesta cultural que permita al PP dotarse de una identidad clara y de unos valores, los suyos, que mantenga inmutables a pesar de los vaivenes electorales. De una vez por todas debe jugar a ganar esa inevitable partida contra el actual monopolio cultural que desprecia, proscribe y ejerce intolerancia contra las ideas contrarias. Solo desbrozando los terrenos de la cultura podrán germinar semillas que proporcionen frutos políticos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 28 de septiembre de 2014 (Página 38). https://www.larazon.es/espana/liberar-la-cultura-CJ7487756/