Coraje y corazón

CORAJE Y CORAZÓN.

Uno no distingue con nitidez cuándo decidió unir su destino a los colores rojiblancos. Como si de un chispazo en la memoria se tratara, ésta alcanza a vislumbrar la imagen en blanco y negro de una portada del diario “As” con la fotografía de una afición envuelta en banderas, bajo la leyenda Alirón, Atleti campeón. Sí resulta inolvidable aquella atmósfera tan diáfana e inocente como la que suele rodear a la primera novia o envolver al primer  hijo.

En terrenos deportivos se escucha el eco de lo importante es participar. Sin embargo, esa cultura finalista del éxito que ha acabado por imponerse empuja con insistencia a fijarse más en el resultado definitivo que en el trabajo para alcanzarlo. Y frente a quien cree que lo importante del árbol es el fruto, otros, sin embargo, perseveramos en la creencia de que es la semilla.

Los trofeos importa merecerlos tanto como ganarlos. Un resultado adverso será una contrariedad. Nunca un fracaso. Nosotros nos hemos doctorado en una escuela que sabe contemplarlo sin la menor amargura, con firmeza en nuestra fe y saludando con respeto y admiración la lucha infatigable y el sincero compañerismo de quienes cayeron en el envite. En verdad, lo percibimos y nos satisface como una victoria.

Más difícil que ganar o perder, resulta en el deporte saber digerir el triunfo o la derrota. Puede leerse en El Quijote: Llaneza muchacho, no te encumbres. Formidable valor, tanto ejemplar como formativo, cuando la vida está repleta de altibajos. Hoy todavía puede creerse en medio de la incredulidad y el pesimismo. Algo inaprensible, silencioso, potente… que anuda la garganta y estremece el cuerpo… es la insólita presencia de coraje y corazón.

La auctoritas de la educación

El maestro es la clave del arco del sistema educativo. Este se derrumba si la figura del maestro se debilita. La piedra angular del aula se está agrietando y amenaza ruina. Su solidez, su autoridad, su dignidad como docente se está perdiendo. Cuando falta el buen profesor, difícilmente sobresalen los buenos alumnos. El buen profesor no es aquél que sabe mucho, sino aquél que sabe enseñar y, además, lo hace contagiando en el alumno la pasión por aprender y la curiosidad por saber.

Hay quienes sostienen que la falta de autoridad en la escuela tiene origen en la falta de autoridad en el hogar y en la familia. Massimo Recalcati, autor de La hora de clase (Editorial Anagrama), explica que el pacto generacional entre docentes y padres se ha roto. El maestro como extensión de la paternidad en el aula suponía una soldadura de la alianza entre generaciones. Hoy, los padres se han aliado con los hijos y han abdicado de sus responsabilidades como padres. Son los profesores, quienes a veces humillados y en la soledad más absoluta, están haciendo de padres de los alumnos. La nueva alianza entre padres e hijos desactiva, según Recalcati, toda función educativa por parte de los adultos, que en vez de apoyar el trabajo del profesorado, se han convertido en sindicalistas de sus propios hijos. Con el fin de asegurar a éstos una vida sin traumas, fácil y exitosa, los padres exigen la abolición del obstáculo y de la dificultad que ponen a prueba a sus hijos. Denuncian la carga excesiva de deberes, culpan a los profesores de los fallos de los alumnos y ven en las sanciones e, incluso, en los suspensos ramalazos de autoritarismo, justificando su reclamación ante el claustro. Los padres, absorbidos por un falso igualitarismo, se confunden con sus hijos y acaban por aislar al cuerpo docente.

Hubo un tiempo en que se hacía el silencio en clase cuando un profesor asomaba por la puerta. La auctoritas de la educación se está disolviendo. Hoy no se tolera el fracaso como tampoco se tolera el pensamiento crítico. El uso masivo de la tecnología permite sin esfuerzo la adquisición de un saber siempre disponible de inmediato. ¿Hay reacción? Sí, la profesora del Instituto sevillano Isidro Arcenegui en Marchena, Eva Romero Valderas, ha dicho que está harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto; harta de la falta de consideración hacia su persona cuando entra en las clases, harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, harta, en fin, de la falta de valoración del esfuerzo que sí hacen los maestros. Eva, que se llama como la primera mujer de la Humanidad, ha sido la primera profesora en rebelarse públicamente contra el actual estado de la enseñanza. A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantarhasta que reviente. De sus palabras se desprende la auctoritas de la educación.

La educación y el cambio

En los azarosos tiempos que corren la palabra cambio ha adquirido valor de concepto talismán. Revestida con ropajes de ídolo ejerce una aparatosa fascinación sutilmente aprovechada por el universo de la propaganda tanto política como comercial. Cambio es poderosa voz atractiva y cuasi mágica que, enlazada a otra como progreso, pareciera contener la solución a todos los problemas humanos. La innovación es irresistible, el progreso es inevitable y la resistencia es inútil (postulaba The New York Times en un editorial). Pero no es así siempre, ni siquiera casi siempre. Sobre todo cuando se interpreta la novedad como ruptura expeditiva y total sin resquicio alguno para la graduación y la permanencia. Que el cambio y la continuidad no son incompatibles lo expresó con su habitual maestría el medievalista Jacques Le Goff: Los grandes acontecimientos históricos obedecen a una lógica muy singular: la continuidad y el cambio, si no hay continuidad, se fracasa; si no hay cambio, se muere de inanición.

Las sociedades requieren de cambios y transformaciones para progresar materialmente; pero también de principios sólidos de los que nutrirse para crecer moralmente. Principios perdurables, de siempre y en cualquier latitud geográfica: voluntad, tenacidad, esfuerzo y pasión por el buen hacer. Los cambios, antes que en las estructuras y procesos sociales, comienzan con una idea en la mente de una persona: el pionero, el emprendedor, el promotor, el precursor, el avanzado, el adelantado; el que es tachado por casi todos como loco, lunático, chalado, chiflado, grillado… Con el transcurrir del tiempo, la idea deja de ser percibida como ocurrencia y su autor pasa a ser reconocido como inventor, científico, descubridor, innovador, creador. Pronto, la fuerza y la eficacia de la idea se transmiten ampliamente por contagio, que no por adoctrinamiento ni por imposición, para acabar convertida en ancha y universal corriente de pensamiento siendo base propicia para remplazar la duda por la afirmación y alumbrar una renovación histórica. Reconocimiento categórico de que en el origen está la inteligencia y la palabra, y no la acción. Según Indro Montanelli, este tipo de ideas brilla en la mente del hombre una vez cada tres siglos, siendo optimistas. Una idea así, la tuvo Cristóbal Colón, otra Copérnico, una tercera, acaso, Einstein. El italiano coincide con Alexis Carrel: jamás una obra de arte ha sido hecha por un comité de artistas ni un gran descubrimiento por un comité de sabios. La síntesis de que tenemos necesidad para el progreso del conocimiento de nosotros mismos debe elaborarse en un cerebro único.

Hoy quizás hayamos perdido la fe en esos cerebros únicos, en esas ideas claras y fuertemente amartilladas con que resolver los problemas que agobian a la Humanidad. Nunca ha sido más necesaria que en esta hora una educación que espolee el talento y la creatividad con su interesante rebullir de ideas, constantemente en movilidad y expansión, invariablemente generando y agitando el cambio.

Educación para elegir

Decía Baltasar Gracián que vivir es saber elegir. Y para ello se necesitan buen gusto y un juicio rectísimo no siendo suficientes el estudio y la inteligencia. Muchos, con su inteligencia rica y sutil, con un juicio riguroso, estudiosos y de cultura amena, se pierden cuando tienen que elegir. Siempre se casan con lo peor, tanto que parecen hacer ostentación de equivocarse. Por ello, saber elegir es uno de los máximos dones del cielo.

Un presupuesto imprescindible de la elección es el orden. Según el catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, en su libro “5 consejos para potenciar la inteligencia” el orden empieza en la cabeza, y sin él es imposible ser feliz porque quien no sabe lo que quiere, no puede serlo. El orden como herramienta potenciadora de la inteligencia es un sedante, una fuente de placer, y precursor de la armonía en la vida de una persona. En su libro, Rojas distingue muchas inteligencias desde la teórica hasta la práctica, pasando por la analítica, la sintética, la matemática o la emocional, hoy tan actual y debatida, y cuya ausencia, según el escritor, está causando una epidemia de inmaduros sentimentales a los que el compromiso les causa pánico.

La inteligencia emocional como competencia personal está siendo elevada excesivamente a una especie de categoría premium entre las cualidades o habilidades de la persona. Incluso, en el ámbito de la enseñanza se han implantado con cierto afán de supremacía métodos pedagógicos basados en la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples. Y a buen seguro que la inteligencia emocional es un valioso recurso no sólo en ámbito educativo, sino también en el laboral y, en general, en cualquier experiencia humana. Pero no arrinconemos el valor del conocimiento; no posterguemos el impulso que nos proporcionan la constancia, la voluntad o la disciplina, igualmente necesarias para la educación, para la formación y, en suma, para abordar cualquier reto vital.

Enseñar estimulando la inteligencia emocional o reforzando las inteligencias múltiples aporta beneficios, pero ello no puede hacerse en detrimento de los modelos tradicionales de enseñanza y aprendizaje ni haciendo tabla rasa con la exigencia y el esfuerzo por el saber. Sería como echar a la papelera al genio de Roma o la sabiduría de Atenas por no destilar gotas de novedad en una sociedad tan rabiosamente moderna. Siguiendo la máxima de Gracián, hay que saber elegir lo mejor de la tradición y lo mejor de la vanguardia.  

Educar para innovar

En el post anterior aludíamos a la razón de ser de la educación: formar personas con responsabilidad social, es decir, profesionales expertos, competentes que además sean solidarios al contribuir con su conocimiento y sabiduría al servicio de la comunidad. Tratemos ahora, querido lector, de responder a la pregunta de si nuestro actual sistema educativo estimula suficientemente en los estudiantes su capacidad y su competencia para la innovación creando algo útil o valioso que mejore la vida de los demás.

El sociólogo Manuel Castells explica que en la trayectoria laboral típica de la sociedad postindustrial una persona era preparada para realizar un oficio en el que trabajaría durante el resto de su vida productiva según un horario de 9 a 5. En la nueva economía propiciada por las tecnologías digitales de la información ya no sucede así. El nuevo profesional ha de ser  autoprogramable y debe tener la capacidad para reciclarse y adaptarse a nuevas tareas y nuevos procesos.

El actual modelo de enseñanza en el que los estudiantes son meros receptores del conocimiento transmitido por el profesor debiera dar paso a un modelo más depurado y eficaz que promueva en el alumno una actitud más activa y creativa en el proceso de aprendizaje logrando una mayor sintonía con el profesor. Al mismo tiempo, debe dotarse al sistema con las más avanzadas tecnologías del aprendizaje y del conocimiento (TAC). El resultado será la creación de ecosistemas de aprendizaje continuo, abierto y colaborativo. Y en la cúspide del modelo, las Universidades, centros de alta cultura y de alta ciencia, que debieran constituirse en focos intensos de expansión intelectual y de innovación social.

Nuestros futuros profesionales se formarían, entonces, con más y mejores aptitudes para la innovación y el emprendimiento, respondiendo así a los continuos retos exigidos por el acelerado ritmo de los cambios sociales y económicos. Y, además, con ese compromiso social contraído durante las etapas de su educación, por el cual el fin último del profesional no es la mera obtención de un lucro, sino la satisfacción de generar un gran valor social.  Un sistema educativo así es todo un desafío social y político.

Educación y libertad

El propósito de la educación no es el de proporcionar posibilidades para alcanzar una ventaja económica sobre los que han sido menos afortunados. La educación significa mucho más que eso. Quienes consiguen educarse, formarse o instruirse deben hacerlo pensando en proporcionar algún día una contribución a sus semejantes, a su comunidad y a su país. Esa es su responsabilidad. Y esa es la razón última de la educación. 

Pero la educación por sí misma no es suficiente. Requiere de un espacio de libertad. Porque la libertad proporciona la diversidad, y ésta genera más oportunidades, que permiten el progreso y la justicia. Sí, la diversidad es fuente de progreso. La historia de la Humanidad demuestra que los hombres avanzan a través de la reflexión y el debate, del análisis y la discusión, de las pruebas y los errores. Decía Robert Kennedy que las mejoras ideas no surgen por decreto ni por ideología, sino por investigación y experimentos libres, y quienes discrepan con un  pensamiento crítico son necesarios en el progreso social.

Por eso, no apuestan por el progreso ni la justicia aquellos que pretenden dominar la manera de pensar de una sociedad controlando la educación de sus miembros. Sin duda, quienes así piensan o actúan son fanáticos y enemigos de la libertad, de la libertad del hombre, de la libertad de los padres a decidir la educación de sus hijos, de la libertad de la sociedad a ofrecer una educación alternativa a la del Estado. El fanatismo, según G.K. Chesterton, es  la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. El fanático tiene un solo universo y por ello está entre los más pobres de los hijos de los hombres.

La educación, de la mano de la libertad, crea sociedades abiertas y emprendedoras, siempre adaptables a los cambios, proclives a la innovación y tendentes al crecimiento. Sociedades que nunca se atascan con la cerrazón ideológica ni con el fanatismo dogmático.

La educación de las Humanidades

Cuando la expresidenta de Brasil, Dilma Roussef, fue apartada de su cargo por presunta corrupción, dijo refiriéndose a quienes le sustituyeron en sus funciones: “Han entrado en el gobierno como una horda de hunos”. No trataremos aquí, querido lector, un asunto tan pedestre como el de la práctica política, y menos aún, el virus que suele afectarle por todas latitudes. Pero sí queremos resaltar que las palabras de Roussef son reveladoras de su conocimiento sobre la Historia, y en concreto, la Historia de Europa. Que una política brasileña, economista para más señas, emplee la expresión “horda de hunos” como comparativa de unas conductas desmedidas, nos demuestra que conoce bien la principal señal de identidad de aquél pueblo euroasiático liderado por guerreros con permanente afán expansivo e invasor y que alcanzó su máximo apogeo bajo el reinado de Atila

Decía Cicerón que la historia es maestra de la vida. Y así fue reconocida durante siglos en las Universidades como centros de alta cultura. Ciertamente hoy, las disciplinas humanistas no gozan de predicamento en las aulas universitarias. Un mundo excesivamente tecnificado y fascinado por la tecnología contribuye a que las Humanidades se estén batiendo en retirada. Por lo que respecta a España, seguimos la moda marcada por ese concepto talismán, pero hueco y vacío de la “empleabilidad”. Y la consecuencia es que si el mercado laboral no demanda titulados en Historia, Literatura, Filosofía, Filología o Arte, se certifica que tales carreras no contribuyen al crecimiento de la economía, como sí lo hacen la tecnología, las ingenierías, las ciencias o las matemáticas.

No obstante, una institución tan prestigiosa en conocimiento tecnológico como el Massachusetts Institute of Technology (MIT), advierte que muchos de los proyectos de ingeniería no logran prosperar porque no tienen en cuenta suficientemente el contexto cultural. Y es que gran parte de los retos que debe resolver la ingeniería, desde el cambio climático a las enfermedades o la pobreza, están ligados a realidades humanas. Por ello, los futuros ingenieros deben dedicar un tiempo de sus clases a asignaturas como historia, literatura, economía, idiomas o música. En España, dos Universidades (IE University y  Universidad Rey Juan Carlos), han creado un grado de cuatro años integrando asignaturas de ciencias y de humanidades, a fin de formar profesionales capacitados para abordar los desafíos tecnológicos ayudándose de conocimientos humanísticos. En plena guerra fría, un pensador solía decir que no basta disponer de la fuerza atómica; es preciso saber cuándo y cómo la hemos de utilizar. Y el cuándo y el cómo no nos lo dirán los científicos, sino los humanistas. La ciencia ha de ser acompañada por el humanismo.

La educación de la lectura

El catedrático de psiquiatría Enrique Rojas afirma que la lectura es la aristocracia de la cultura. Sabido es el gran beneficio que la lectura produce en la formación de la persona durante las primeras etapas de su vida. Pero también somos conscientes del excesivo entretenimiento que la actual sociedad tecnológica proporciona a nuestros niños y adolescentes, a través de los atrayentes artilugios digitales y de las hipnotizadoras pantallas táctiles, alejándoles del placer que supone leer un libro. Hoy casi no tienen sentido aquellas palabras de Azorín: El joven lo lee todo y de todo aprovecha poco. El anciano lee poco y de lo poco lo aprovecha todo. Porque el joven no lee todo, ni siquiera mucho; más bien poco; por tanto su aprovechamiento resulta ínfimo.

Se ha dicho que el primer libro que los hijos leen son sus padres. Quizás como padres debiéramos afinar más en la escritura de nuestras propias páginas para estimular en nuestros hijos, desde muy pequeños, el gusto por leer. Porque si se pone en pie el deseo por leer, pronto se impondrá el deseo por la lectura de los buenos libros, esos que hacen pensar, que por su buen provecho deleitan y fortalecen. Esos libros que inconscientemente uno se mete en el bolsillo para luego sacarlos de cuando en cuando, a ratos perdidos, saborearlos a sorbos despaciosos. Libros de enseñanzas perennes y no decadentes, propicias para conservarlas y transmitirlas.

Saber diferenciar las buenas y malas lecturas supone dotarse de una excelente guía de gran utilidad en el aspecto literario y en el moral. Con frecuencia lo importante no es saber lo que se ha de leer, sino lo que no ha de ser leído. Hay libros que revelan las verdades más profundas a la manera casera, es decir, a la manera más luminosa y eficaz, que exaltan siempre valores como la honradez, el compromiso y la dignidad, que pueden y deben ser dejados en manos de los niños. ¡Cómo interesa en nuestros tiempos blandengues y de confort leer libros como éstos!

El clima de la educación

Los factores que influyen en la formación de la persona son varios: internos, sus propias capacidades, y externos, su entorno social. La vida misma ofrece ejemplos de ilustres pensadores o brillantes científicos con orígenes económicos muy humildes y con mucha perseverancia o inteligencia. También muestra casos de personas que de niños nadaron en la abundancia al tener padres millonarios y jamás lograron terminar una carrera universitaria ni siquiera aprender un oficio que les permitiera ganarse la vida. Continuaron viviendo como unos ricos apáticos y holgazanes.

Además de esos factores, hay otros que son mezcla de ellos: el ambiente familiar, en concreto, las reglas de orden y disciplina, los hábitos de trabajo y de estudio que los padres inculcan a sus hijos. Quienes gozan en su familia de un clima bonancible y acogedor hacia las tareas estudiantiles tienen más probabilidades de rendir con mejores resultados que aquellos que viven en climas inhóspitos e inestables para la instrucción. La organización en los hogares del tiempo y del espacio para el estudio  resulta, a veces, un significativo indicador del éxito o del fracaso escolar del niño, mucho más que sus capacidades, su entorno social o el propio profesorado. El trabajo diario de un estudiante a la misma hora y en el mismo lugar de su casa puede ser decisivo para garantizar unas buenas calificaciones.

En otro lugar, he aludido querido lector, a las Siete reglas que propuso San Bernardino de Siena en 1427 a los estudiantes de aquella Universidad para hacerse hombres de provecho. Recuerdo algunas de ellas: la separación de todos los “mulos” que dan coces, la tranquilidad y el silencio a su alrededor y el orden tanto en las cosas del cuerpo como del espíritu. Casi seis siglos más tarde, prestigiosos estudios e investigaciones al respecto confirman que los horarios, el sueño y el alimento, la llevanza, en suma, de una vida ordenada influyen de manera relevante en los resultados académicos. Según Iván Eguzquiza, psicólogo conductual del Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid, “el sueño es fundamental para la consolidación de la información aprendida durante el día. De hecho, es curioso observar cómo las mismas áreas cerebrales activadas durante el aprendizaje de una tarea lo hacen nuevamente mientras dormimos”. El investigador de la Universidad de Southern IllinoisC.A. Presley, concluye que aquellos que beben y se emborrachan al menos tres veces a la semana tienen seis veces más posibilidades (40.2% contra 6.8%) de suspender un examen que aquellos que sí, beben, pero no se emborrachan.

La función que la responsabilidad desempeña en este ámbito es crucial. La persona de talento debe sacar partido del tiempo. Se puede atender al estudio y a la diversión. Si desde pequeños enseñamos a nuestros hijos a ser responsables en sus obligaciones y derechos no solo estaremos formando buenos estudiantes, sino también auténticos profesionales y mejores personas.

Educación y ética

Sin un componente ético en su educación, toda persona adolece de un punto flaco. Puede agradar o seducir, resultar simpática u original… pero a la larga será un bribón. La bribonería se manifiesta a través de una mente interesada y pérfida y de un corazón frío e insensible. El resultado es la impostura. O sea, una inmoralidad.

En su novela Llega el tiempo de los impostores,el escritor francés Gilbert Cesbron describió a quienes se aprovechan de los bajos instintos de la gente y van destruyendo poco a poco el sentido moral. Talleyrand definía a la palabra como un don de Dios para “ocultar el propio pensamiento”. Lord Byron llamó a la mentira “verdad enmascarada”. Ibsen en su Pato salvaje defiende la “mentira vital” afirmando que los hombres comunes necesitan la mentira para vivir. Andreev, afirma con dolor en su Mentira que no existe ya la verdad. ¿Podríamos llegar así a la conclusión práctica de que el fraude y el engaño son pruebas de inteligencia y de astucia en todos los ámbitos del obrar humano?

Howard Gardner es un neurocientífico y psicólogo de Harvard, autor de la teoría de las inteligencias múltiples. Un buen día se preguntó por qué personas que parecían ser excelentes al haber triunfado en la política, las finanzas, la ciencia o los negocios hacían el mal perjudicando a sus semejantes. Empezó así una investigación sobre la ética de la inteligencia mediante un proyecto experimental conocido como Goodwook Proyect, en el que entrevistó a más de 1.200 personas. Su conclusión fue que las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. Pueden poseer cierta pericia o técnica pero no alcanzan la excelencia. Para adquirir ésta es preciso comprometerse con objetivos que van más allá de la mera satisfacción del ego personal, del egoísmo y de la avaricia de cada uno. Objetivos que se traducen en servir con cierta abnegación a las necesidades de los demás y que derivan de la asunción de principios éticos sin los cuales, según Gardner, uno puede llegar a ser tremendamente rico o técnicamente eficiente, pero nunca excelente.

La desgracia no está en sufrir o en ser pobre, sino en desviarse de los criterios éticos más elementales sobre el bien y el mal. La desgracia, querido lector, consiste en hacer el mal.