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El contraste de Berlín: 60 años del muro de la vergüenza

Hubo un tiempo en que por la zona soviética de Berlín, circulaba una célebre anécdota sobre el abastecimiento que en 1948 la aviación anglosajona facilitó a los sectores occidentales de la capital alemana durante el bloqueo con que la URSS sometió a la ciudad: Solamente hay una diferencia entre nuestro sector ruso y el occidental. Nosotros vivimos del aire. Ellos viven por el aire. Salvar mediante un puente aéreo aquél asedio sobre dos millones de personas fue una demostración de poderío y eficacia por los angloamericanos y, simultáneamente, significó el primer fiasco grave de los soviéticos en el empleo de la coacción. El cerco pretendía impedir la creación de la futura República Federal de Alemania, de ahí que la primera condición rusa para levantarlo fuera la de frenar la reunificación de las tres zonas occidentales en un nuevo Estado. La hazaña de Berlín, como se denominaría a la operación humanitaria más importante de la historia, permitió por vía aérea la entrada en la capital alemana de un millón y medio de toneladas de alimentos, ropa, combustible y demás productos de primera necesidad durante once meses (del 25 de junio de 1948 al 12 de mayo de 1949). Suficiente para hacer vivir e, incluso, trabajar a los berlineses occidentales contribuyendo al resurgir del espíritu de éstos, que con su alcalde Ernst Reuter al frente, decidieron, desde entonces, resistir y desafiar abiertamente la barbarie comunista.

Sin este primer muro contra la libertad no se entendería lo que supuso un 13 de agosto de 1961 la construcción del famoso muro de Berlín. Un entramado de alambradas, fosos, adoquines y hormigón, reforzado con abundancia de guardias y perros, de ametralladoras y tanques, que dividió la ciudad en dos, separó a familias, amigos y vecinos impidiendo entre ellos verse y hablarse, resquebrajó viviendas, atravesó calles  y parques públicos, no respetó las iglesias y hasta las utilizó como parte del mismo muro, y fragmentó líneas del Metro cancelando algunas estaciones. Berlín se convirtió en foco de conflictos entre EEUU y la URSS, provocó mas de un centenar de muertos y otro tanto de heridos entre quienes intentaron huir del comunismo y se constituyó en un símbolo de la Guerra Fría hasta el 9 de noviembre de 1989 en que fue derribado por la fuerza de la libertad.

Antes del muro, los berlineses ya se sentían excepcionales por vivir una situación excepcional, única en la historia. Por arte de los acuerdos y desacuerdos ruso-occidentales, se hallaron encajonados en mundos distintos y remotísimos a pesar de su proximidad y separados por una línea divisoria pintada en el pavimento. La antigua capital del Reich, situada en mitad de la zona de ocupación rusa y dejada fuera de las nuevas repúblicas alemanas occidental y oriental, constituía una isla sin nacionalidad, partida en dos por desavenencias entre comunistas y demócratas. Con ser de tantos, era la ciudad de nadie en la que concurrían peculiaridades como el control por los rusos de la red de comunicaciones desde un edificio central enclavado en el lado occidental. O que millares de berlineses trabajaran en sector distinto de su domicilio.

Berlín era una mecha encendida en el polvorín de Europa; un peligroso agujero abierto en el telón de acero por el cual Occidente se asomaba a la tiranía del comunismo y, al mismo tiempo, ejercía un fuerte magnetismo sobre un millón de alemanes subyugados bajo esa tiranía a escasos metros del mundo libre. Moscú no podía tolerar que el contraste entre el lado occidental y el lado comunista, entre la libertad y la represión, entre la esperanza y el derrotismo estuviera a la vista de todos. Por eso las autoridades germano-orientales se vieron obligadas a levantar un muro. Su construcción certificó el fracaso de un sistema político y la admisión de la derrota. Aquello fue un desesperado intento, el primero en la historia de la humanidad, de erigir una barrera, no para impedir que penetraran invasores, sino para encerrar a un pueblo y evitar su salida.   

El muro simbolizó el espíritu de todos los berlineses: el de los occidentales para ser libres y el de los orientales en busca de libertad. El alcalde Reuter, fallecido en 1953, no conoció el muro, pero cuando arreciaban los duros días del bloqueo pronunció estas perdurables palabras: ¿Rendirse? Es mucho mejor vivir con la amenaza del hambre y del frío a vivir con la seguridad de una inacabable esclavitud. Aquí en Berlín, nadie necesita de lecciones académicas sobre la democracia, la libertad y tantas otras cosas bellas que hay en el mundo. Aquí cada uno vive todo eso, lo vive cada día y cada hora. En momentos de revuelo mundial en que proliferan partidarios de levantar barreras aislantes, conviene recordar las nefastas consecuencias de regímenes con muros.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El debate de hoy el 13 de agosto de 2021

¿Quién fue Paneque?

En la serie La Casa de papel, de Netflix, uno de los personajes exclama muy enfadado “Me cago en la madre que parió a Paneque”. Expresión muy típica de la comarca del Campo Arañuelo que denota ofuscamiento. Se ha suscitado un debate sobre quién era Paneque. Algunos han rebobinado la cinta porque aseguraban haber oído Panenka, mítico lanzador de penaltis de peculiar estilo, pero no, el film dice Paneque y no Panenka.

¿Quién fue Paneque? El verdadero nombre de este personaje era René Rocheteau, original de Castellane, en la Provenza francesa. En 1800, a la edad de 18 años, se enroló en la sección de intendencia del ejército napoleónico como aprendiz de panadero. Además de estar metido en harina, René siempre soñó con conocer mundo.

El 18 de octubre de 1807 René Rocheteau cruza el Bidasoa junto con la primera división del Ejército de Napoleón. Por fin, cumple uno de sus sueños: pisar suelo español, lo que le permitirá conocer la excelente calidad de los cereales y de la harina de Castilla, a la que siempre consideró, aunque fuera nominalmente, tierra cercana a su villa de origen.

A las pocas semanas de su estancia en España, René advirtió la excelente calidad del trigo español. Los habituales tipos de panes que elaboraba para la tropa (pain brié, baguette, fougasse o bougnat…), resultaban más tiernos y sabrosos que los hechos con la harina que siempre manejó en el cuartel de Sevigné. Lo confirmaba la opinión mayoritaria de la soldadesca. René estaba seguro de que en España perfeccionaría su oficio y pericia sobre el pan.

Panes franceses

En una escaramuza a orillas del Ebro, a pocas leguas de Zaragoza, Laurent Fablet, oficial panadero del Ejército napoleónico, obsérvese que digo napoleónico y no francés, fue muerto por esquirlas de pólvora procedente del sector donde operaban las tropas del general Palafox. Para René había llegado la hora de su ascenso: panadero mayor de la Grande Armée. Ahora sí que podría innovar en la elaboración de panes y crepes y galettes.

Transcurridos varios meses de su llegada a España, nuestro protagonista se mostraba pletórico. Y no tanto por el adquirido alto grado en la jerarquía de Intendencia, como por estar pisando suelo español. René siempre admiró a España y tuvo un elevado concepto de los españoles. Gracias a su abuelo Philippe, quien viajó por España como comerciante de telas, René supo que los españoles siempre fueron bravos guerreros. Desde El Cid Campeador hasta Hernán Cortés, pasando por el Gran Capitán. Incluso, tuvo egregios hombres de armas y de letras como Cervantes, o soldados que terminaron llevando el Evangelio a Oriente como San Ignacio de Loyola. En verdad, René vivía sus días con gran alborozo y entusiasmo.

El 2 de diciembre de 1808 René pudo, por fin, conocer Madrid. Napoleón llega a las puertas de la capital de España, por el norte, en el villorrio de Chamartín. Por su excelente quehacer como panadero del ejército imperial, René se aloja en el mismo palacio que Napoleón, propiedad de la princesa de Salm Salm. Ello le permitió conocer algo de la Villa y corte y le hizo ser testigo de excepción de todo cuanto se fraguó en el cuartel general esos días hasta la Navidad de 1808.

Sería al mediodía del 28 de julio de 1809 cuando René Rocheteau, junto a la plana mayor de la Intendencia francesa, cayó prisionero a manos de las tropas españolas mandadas por el comandante Gregorio Cuesta, cuya posición estaba cercana al pueblo toledano de Mejorada.

Cautivo tras las líneas enemigas, René presenció la derrota de su ejército en la batalla llamada de los Montes de Talavera. Nuestro protagonista temió por su vida, sin embargo, su buen hacer en el oficio de panadero haría de él un tipo con suerte. La cuerda de prisioneros en la que marchaba René Rocheteau fue conducida a la prisión de Talavera de la Reina. Allí el alcaide decidió que los cautivos que tuvieran destreza en algún oficio fueran llevados bajo vigilancia a reparar y compensar muchos de los destrozos que los franceses habían causado a su paso por las villas y aldeas del contorno.

Uno de los pueblos que más castigo había sufrido fue El Puente del Arzobispo, en donde tuvo lugar una batalla, quizás más sangrienta que la acontecida en los montes próximos a Talavera, y en la que el impío Ejército napoleónico había quemado gran parte de las casas, incluida la iglesia, matado a varones y mancillado a mujeres. Aquí vino a parar nuestro protagonista.

El oficio de panadero de René Rocheteau fue su mejor salvoconducto. En la villa de El Puente del Arzobispo no había sobrevivido ningún habitante capacitado para elaborar el pan. Por ello fue muy apreciado. Además, los franceses habían arrasado los campos de cereales próximos al municipio. Fue gracias a las tropas inglesas del duque de Wellington, que surtieron a la población con varios quintales de trigo, traídos desde campos extremeños, como pudo alimentarse a los puenteños. Eso y la maestría de René que muy pronto se hizo popular y hasta querido entre los moradores del pueblo. Elaboraba todo tipo de panes, tal y como él los conocía en su país natal. Pero lo que más entusiasmaba a sus nuevos vecinos fueron los crepes o dulces hechos con trigo candeal así como las galettes, piezas de sabor salado a base de trigo sarraceno o alforfón.

El Puente del Arzobispo

La gente se agolpaba ante la tahona y alborozada pedía a gritos y a su manera tan exquisitos productos:

– ¡ René, un pané !

René, negando con la cabeza, respondía:

– ¡ No pané ! ¡Crepé y galette !

Tras varios días repitiéndose aquellas imágenes y sonidos, lo cierto es que algún jovenzuelo con atinado gracejo y sumo desparpajo comenzó a llamar a René con el apodo de Panequé.

Sus panes y sus crepes y galettes se hicieron muy deseados por aquellos contornos. De la villa de Oropesa, de Belvís de Monroy o de la propia Talavera de la Reina acudían personas a adquirir y degustar el producto elaborado por un René cada vez más españolizado.

Cierto día, René enfermó y aunque el aprendiz de panadero pudo, a duras penas, cocer el suficiente pan para abastecer al pueblo, sin embargo, por unos días dejaron de ahornarse en la tahona aquellas deliciosas crepes y galettes marca René.

Por entonces, un capitán del Regimiento de Coraceros, que había sido ayudante de campo del Marqués de la Romana, se acercó a El Puente del Arzobispo con el objeto de saborear los dulces y salados géneros de René, al que todos nombraban por Panequé.

Cuando al militar se le informó de que el mostrador de la tahona estaba falto del delicioso manjar debido a la baja de Panequé, exclamó:

– Y ¿para esto me he desandado yo del camino a Navalmoral de la Mata, perdiendo media jornada? ¡maldita sea mi suerte! ¡Me cago en la madre que parió a Paneque!

Gracias, Dios mío

Berlín, 1948. Un soldado norteamericano hace guardia todas las noches en el puesto fronterizo entre la zona estadounidense y la rusa. Al otro lado de la valla cumple el mismo deber un soldado soviético con el cual el americano entabla relación amistosa. Todos los días, al avisarle el mando de que está a punto de finalizar su guardia y de su inminente relevo, el soldado norteamericano dice: “Sólo faltan cinco minutos, gracias Dios mío”. El ruso responde también diariamente: “Sí, solamente cinco minutos, gracias Stalin”. Una noche el americano preguntó a su compañero soviético ¿Qué vas a decir cuando muera Stalin? El ruso contestó con alivio filosófico: Entonces diré ¡Gracias Dios mío!

Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Ya lo decía Jean Monnet: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres. Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa. En Occidente, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error. Los dirigentes europeístas han decidido despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. La fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.

Consecuencia de esta deriva es la democracia secularizada, un ordenamiento estrictamente laico de la vida pública que excluye la visión religiosa y certifica la incompatibilidad entre religión y democracia. Se impone así un laicismo agresivo con máscara de neutralidad que no es sino una vulgar nueva forma de totalitarismo. Al excluir la religión de la plaza pública ésta no se vacía, sino que se llena de sucedáneos, de religiones al revés. Y el laicismo es una religión al revés. Es la religión del Estado, una nueva religión política que pretende controlar las conciencias, imponer sus opciones haciéndolas pasar por verdades, decidir lo que ha de enseñarse en la escuela, tergiversar el significado de los hechos históricos del pasado y atribuir a los Parlamentos la facultad de pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, como si las leyes estuvieran por encima de la verdad.

La clarividente Angela Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa. Hasta un anónimo soldado soviético lo sabía.

Sanados por la esperanza

Alcanzamos a distinguir que una cosa es tener esperanza y otra estar en la creencia firme. Y, sin embargo, como afirmaba Péguy, la esperanza produce verdadera admiración. Para Jerome Groopman, además, desempeña una estimable función en el proceso de curación de las enfermedades. Incluso, si la sanación deviene científicamente imposible, la esperanza se revela como un gran aliado para la entereza y la serenidad.

En su libro La anatomía de la esperanza, este profesor de Medicina de la Universidad de Harvard, estudioso de patologías como el cáncer y el sida, nos enseña ciencia y emociones en situaciones límite, pero también trascendencia. Afirma que tan sólo estamos empezando a ser conscientes del alcance de la esperanza y no hemos definido sus límites, ya que puede ayudar a algunos a vivir más tiempo, y a todos, a vivir mejor”. Groopman no describe la esperanza como un remedio ñoño y almibarado ni tampoco como si fuera un bálsamo de fierabrás. La define como “el sentimiento que experimentamos cuando vemos -con los ojos de la mente- un camino hacia un futuro mejor”. Un sentimiento que “nos da el coraje de enfrentarnos a nuestras circunstancias y la capacidad de superarlas”. Y es que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la bioquímica cerebral.

Además de ser un poderoso recurso psicológico, la esperanza también genera efectos físicos. Las tesis de este investigador de Harvard son base para toda una auténtica biología de la esperanza. La creencia y la expectativa, elementos clave en la esperanza, ejercen influencia sobre el propio cuerpo humano, ya que posibilitan el bloqueo del dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. También puede tener efectos significativos sobre procesos fisiológicos fundamentales como la respiración, la circulación y la función motora. Groopman afirma que “la esperanza nos cambia profundamente el espíritu y el cuerpo, y que puesto que nada está absolutamente determinado, no sólo hay razones para tener miedo, sino también para la esperanza. Así que debemos buscar maneras de sujetar las riendas del miedo y soltarlas para la esperanza”.

 Juan Pablo II y Benedicto XVI, dos Papas tan actuales como el periódico del día, nos dicen lo mismo: “No tengáis miedo” y “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”. Y es que como decía Gabriel Marcel, “donde hay esperanza, hay cristianismo”. Será porque la esperanza se basa en la bondad de Dios.

¿Navidad o vanidad?

Confundir la gimnasia con la magnesia es el riesgo que corre quien no tiene las cosas claras. En fechas tan entrañables como las que se avecinan, propicias siempre para comenzar de nuevo, algunos padecemos una especie de daltonismo auditivo que nos lleva a confundir la Navidad con la vanidad. Semejante extravío en los sentidos nos arrastra fatalmente a perder el sentido de la vida. Es entonces cuando nos ocupamos y preocupamos más de nosotros que de los demás. Es también cuando lentamente nos resbalamos pendiente abajo hacia un frío vacío quedando sepultados bajo la espantosa soledad de los desiertos de hielo. De nada sirve que rebose nuestra agenda de cansinos eventos de voy y vengo y a ver si nos vemos o llamamos ni que vayamos acompañados de una anónima multitud. Con semejante algarabía ni percibimos los signos ni escuchamos el silencio.

Quienes confundimos Navidad con vanidad encontramos dificultades para renunciar a nuestras egolatrías e idolatrías; para despojarnos de nuestro altivo yo y del oropel de lo superfluo. Nos resistimos a cancelar nuestros nefastos egoísmos y nuestras caprichosas frivolidades que avariciosamente acumulamos en abundancia. Nos cuesta un triunfo desembarazarnos de ese apego por lo material y por materiales que estrepitosamente se vienen abajo como castillos de naipes; de esas ataduras sociales, que cual dictaduras políticas, limitan la libertad y censuran la verdad. Sin saber cómo quitarnos los miedos y el desánimo y, sobre todo, sin aprender a controlar esos sentimientos tan desconcertantes de soberbia, envidia o ira que se nos adhieren al corazón y nos embolsan en callejones sin salida, terminamos reconociéndonos débiles, frágiles, vulnerables. ¿Alguien lo duda tras un año inolvidable? Bajémonos del pedestal, mejor dicho, no volvamos a él ni lo miremos, siquiera, con nostalgia. Allí solo descansan las estatuas.

Pero otra vez, como siempre, es tiempo de salvación. Intentarlo de nuevo, renovarse, convertirse, purificarse, empaparse en ese espíritu navideño pacífico, generoso y abierto hacia el otro. La Navidad lo es porque desde la intimidad del hogar familiar enlaza con la acción universal de interesarse por el bien del prójimo. Y mucho tiene la Navidad de acción salvadora y bienhechora. No despreciemos nuestro diminuto esfuerzo para luego transformar el mundo. Porque en nuestra filiación divina anida una poderosa fuerza transformadora. Con sencillez y humildad, sin artificios ni imposturas. Con espíritu sobrenatural. Con fe y confianza abriguemos la esperanza que no defrauda: Aquél que nació entre pañales y habitó entre nosotros. Navidad, no vanidad. Navidad Feliz.

El liderazgo del servicio

En los múltiples manuales sobre liderazgo de personas y en organizaciones que proliferan en tiempos de crisis suelen enumerarse un sinfín de cualidades que todo líder que se precie ha de albergar. En la mayor parte de esas enumeraciones están ausentes la sencillez y la humildad. Poco o nada se dice acerca de que un líder debiera ser sencillo y humilde. Es como si ambos atributos estuvieran reñidos con el liderazgo, al que se reviste más con ufanos ropajes de autosuficiencia. Y, sin embargo, la sencillez y la humildad resultan inherentes al mismo porque no hay mejor liderazgo que el servicio. La verdadera autoridad no consiste en el dominio, sino en el servicio, y es de modo sencillo y humilde como mejor se sirve.

¿Un líder sirviendo al grupo? ¿Un líder a disposición de los demás? ¿Cómo? Ayudando, alentando, escuchando, compartiendo, acompañando; en suma, caminando al lado de los otros, ya sea en vanguardia, retaguardia o entre líneas, a fin de que nadie se extravíe o ninguno se autoexcluya.

El liderazgo consiste en dar más que en recibir. El buen líder pone su talento al servicio del grupo. Sabe que sus cualidades resultan más provechosas si las comparte, ya que compartiendo enriquece a los demás y se enriquece él mismo. Y a cubierto de recelos, envidias y competencia, el grupo se cohesiona vivamente, crece y se hace grande. Es la grandeza del desprendimiento; la esencia del altruismo.  

A través del discurso cultural hoy dominante se ha generalizado la imagen del líder como una especie de superhombre que todo lo puede. Pero no es el líder por sí solo quien mueve y hace avanzar a las organizaciones o a los grupos humanos, sino la urdimbre de lazos y afectos dignos y solidarios que el líder sabe tejer entre sí y sus colaboradores, abriendo ventanas, rompiendo candados, generando cercanía, acortando distancias, reconociendo errores y bajándose los humos. No se es nada ni nadie si no somos con alguien y para alguien.

Memoria y agradecimiento

– ¡ Mi sobrino ha hecho unos estudios excelentes gracias a su memoria ! contaba una amiga a otra.

– ¡ Bah ! arguyó la otra con aire zahiriente, cuando no se tiene nada más…

¿ Y si no se tuviera memoria ? Rotundamente, no se podría vivir y la inteligencia sería inservible. Para Umberto Ecco, la memoria tiene dos funciones: la de retener y la de filtrar la información. Si no elimináramos la mitad de todo lo que aprendemos, nos volveríamos completamente locos, dice el escritor. Ciertamente, para algunos el verdadero problema de la memoria humana no reside en la dificultad para recordar, sino en la imposibilidad de olvidar. Y es que en la vida, para alcanzar la paz del espíritu conviene, a veces, olvidar determinados hechos de desagradable calificación. 

Y los pueblos ¿ tienen memoria ? Sí, pero olvidan con una facilidad asombrosa, ya sea por confiados o por débiles. Por ley se decidió que los españoles debíamos recuperar la memoria sobre hechos de nuestra reciente Historia. Aunque ésta imparte perdurables lecciones, con prudencia nos advierte Fernando Savater que lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado. No seríamos buenos estudiantes recordando lo sucedido hace ochenta años y olvidando lo que ocurrió hace cuarenta. La memoria selectiva pierde objetividad.

La gran obra de la Transición, la reconciliación entre españoles, lo fue de toda la sociedad. Como impulsor y al frente de ella estuvo la Corona. Conviene recordarlo. Como justo y necesario es también recordar que aquella aspiración de concordia devino en logro, gracias al sacrificio y generosidad de tantos, y a pesar del cerril hostigamiento a que nos sometió la barbarie terrorista, que tantas vidas segó y tanto sufrimiento causó. No se olvide.

Aquél regio contrafuerte del 78, por el que brotó y trepó como hiedra viva la libertad de un pueblo, nos ha sostenido con décadas de solidez, estabilidad y prosperidad. Al percibirse las primeras grietas en el muro ¡qué pronto se olvida la utilidad de la construcción y la habilidad de su artífice! El desmemoriado es, por naturaleza, desagradecido. Parece que habitamos en el olvido cuando necesitamos rehacer la argamasa del consenso. Y con la memoria nos debiera bastar.

Resurrección del abrazo

En su autobiografía La medicina de un hombre, el doctor escocés Archibald Cochrane narra la conmovedora experiencia que le ocurrió cuando era prisionero de guerra: “Una noche los alemanes soltaron en mi guardia un prisionero de guerra ruso. La sala estaba repleta y lo coloqué en mi habitación, pues agonizaba y chillaba y no quería que sus gritos despertasen al resto de pacientes. Lo examiné. Tenía grandes cavernas bilaterales y un grave roce pleural. Pensé que esto último era la causa del dolor y de los gritos. No disponía de morfina; sólo de aspirina, que no hacía ningún efecto. Me sentí desesperado. Yo casi no hablaba ruso y nadie sabía hablarlo en la sala. Finalmente, de modo instintivo, me senté en la cama y lo abracé. Al instante, los gritos cesaron. Murió apaciblemente entre mis brazos. No fue la pleuresía lo que le hacía chillar de dolor, sino la soledad. Fue una maravillosa lección sobre la atención al moribundo. Me avergoncé de mi errado diagnóstico y mantuve la historia en secreto”.

Médicos y sanitarios estiran hasta el límite su capacidad de cuidar la salud convirtiéndola, además, en cuidado del alma e impidiendo que los enfermos mueran en una espantosa soledad. Consuelo y esperanza para familiares y amigos privados del último y necesario adiós. ¡Cuánto desgarro e impotencia! ¿Qué globalización es esta que ni siquiera permite humanizar la muerte? Tan humana como el nacimiento a la vida. Saturados de tecnología ya no nos asombramos de nada. Pareciera como si tampoco apreciáramos nada por hermoso que sea. Ni ideología ni economía. Un microscópico virus está transformando el mundo. Ojalá, saque a la Humanidad de las tinieblas y la devuelva a la luz.

Hace cincuenta años que alertaba Juan Pablo I de que el progreso y la comodidad se nos han subido a la cabeza. Pisamos la Luna pero convertimos a Dios en estrella lejanísima, a la que solo miramos en los duros momentos. Las ciencias nos ayudan cada día a conocer mejor cómo se ha hecho este mundo, pero solo Cristo nos dice por qué estamos en el mundo. El coronavirus nos ha despertado del delirio de omnipotencia, nos dice el Papa Francisco. Sociedades que viven en la opulencia exhiben engreídas una desquiciada inclinación no sólo al vacío religioso, también al olvido moral. Altivamente endiosados, nos ocupamos del materialista “pasarlo bien” sin preocuparnos del eterno “hacer el bien”. Diseñamos un mundo sólidamente acorazado que se nos antoja invulnerable pero, en segundos, se torna frágil e indefenso; Nos afanamos por el desmantelamiento del bien enalteciendo palabras refinadas como “progreso” o “moderno”, que se deterioran como seca hojarasca. Pero si Dios es más actual que el periódico de la mañana. Creemos necesitar una sociedad nueva con un nuevo hombre cuando debiéramos conformarnos con lo que tenemos, si bien que valorándolo y mejorándolo cada día con más entusiasmo y humildad.

A un mundo de derechos y deberes los cristianos debiéramos insuflar gracia y sacrificio. Si de verdad Evangelio significa nueva alegre, debiéramos ver siempre el lado bueno de las cosas mostrándonos rebosantes de alegría. En esta hora difícil de la Tierra que se extiende a todos los meridianos y latitudes, ¡cómo necesitamos la compañía y el abrazo de Quién ha resucitado a la vida en un alba de esperanza!

Artículo publicado en diario digital El Imparcial, el 12 de abril de 2020.

Educar en situación excepcional

La pandemia de coronavirus nos obliga a una inédita vivencia: una cuarentena, con evidente restricción a la movilidad e indudables efectos psicológicos. Compleja situación en la que los más vulnerables son niños y adolescentes que, además de afrontar la excepcionalidad, deben proseguir su actividad escolar confinados en sus casas. Algo también inédito para ellos, aunque dispongan de ágiles herramientas tecnológicas y sean dirigidos y supervisados en la distancia por sus profesores, a quienes justo es agradecer su encomiable esfuerzo, muestra de un esmerado magisterio y un sincero cariño hacia nuestros hijos.  

Aunque toda comparación deviene odiosa, sirva como umbral de lo que encierra el título la maravillosa y sobrecogedora narración contenida en ese magnífico relato de Antonio Iturbe, La bibliotecaria de Auschwitz. Su protagonista, Fredy Hirsch, se dedica en secreto a crear una escuela con su clandestina biblioteca integrada por libros prohibidos. En un ambiente de terror y horror como es un campo de exterminio nazi, hay niños que deciden no rendirse y eligen leer, y con ello, vivir porque “abrir un libro es como subirte a un tren que te lleva de vacaciones”.  

En esta cuarentena padres e hijos debemos sacar lo mejor de nosotros mismos. La familia debe ser como un puerto de refugio ante las embestidas de un oleaje que será incómodo e, incluso, penoso. Tras días de calma, orden y disciplina, vendrán momentos angustiosos e insoportables en los que nuestros hijos quieran rendirse. Deambularán entre la apatía y la indiferencia. Mantengamos la calma, no perdamos los nervios ni la alegría. En los malos tiempos el optimismo es una necesidad. Vivir una realidad así es ya para ellos una auténtica lección de vida que les fortalecerá y hará madurar. Educar es enseñar a los hijos a enfrentarse con problemas reales. Nada más real que lo que estamos viviendo. El aprendizaje dará sus frutos porque maestra dolorosa es la experiencia. Y hasta los más pequeños detalles y los más sencillos gestos serán recordados por nuestros hijos algún día en su porvenir y con inmensas ventajas para ellos.

La educación es, en esencia, una relación personal entre profesor y alumno porque el maestro debe mirar a la cara a sus alumnos. Pero en situaciones excepcionales, un buen libro puede obrar como sustituto del profesor. Gregorio Luri sostiene que los niños deben leer mucho y deben apuntar las palabras nuevas que han aprendido tras la lectura. En una cuarentena en el hogar y en familia puede leerse y aprenderse mucho de tantos y tantos libros de provecho y que hacen pensar.

En días como los presentes recordemos las palabras del Papa Francisco: “la familia es el hospital más cercano, la primera escuela de los niños, el mejor asilo de los ancianos. En la familia se aprende a decir perdón sin avasallar, a decir gracias con la expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad y la voracidad”. Además, cuarentena tiene la misma raíz que cuaresma, transida de sacrificio pero iluminada de esperanza.  

La autoridad de la educación: El artículo 155 del Código Civil

En los últimos años han proliferado programas sobre comportamiento y planes de convivencia en la escuela. Se han sucedido normas y más normas para asegurar el orden en colegios e institutos. Sin embargo, continúan aumentando los episodios de violencia (los menos), y de falta de respeto (los más), en las aulas. El número de alumnos que no aceptan la corrección de su comportamiento por el profesor se incrementa. Nos hallamos ante un desafío que excede del entorno escolar para enmarcarse en un ámbito mayor, el de la misma sociedad.

El origen de la falla surge en la familia. Padres permisivos que conceden a sus hijos infinidad de caprichos sin exigirles nada a cambio o padres protectores en exceso que frustran la madurez de aquellos. El resultado es el de niños y adolescentes insatisfechos e inseguros y, en el fondo, maleducados e irrespetuosos; en parte, tiranos, en parte, rebeldes, sin admitir negativas ni compromisos. Con reacciones de indiferencia, irresponsabilidad o superficialidad, cuando no de agravada hostilidad a base de insultos, amenazas o chantajes hacia sus mayores. No se trata de una patología, sino de una ausencia absoluta de buena educación y de una atrevida ignorancia sobre la responsabilidad que conlleva la libertad. Es el antojo del “yo”, que ostenta ilimitados derechos y deberes con límite.

Para oscurecer aún más el escenario, una decisión gubernamental suprimió el artículo 154 del Código Civil: los padres, decía el precepto, pueden corregir razonable y moderadamente a sus hijos. Gran error la supresión, porque la corrección siempre es ocasión propicia para la fijación de modelos, referentes, pautas, y, al mismo tiempo, de límites, deberes o tareas, no solo escolares, sino también domésticas y sociales. En el hogar se exige con amor y se corrige con el ejemplo. Solo a partir de sólidos cimientos, puede construirse el respeto, la confianza, la constancia, la motivación y la fuerza de voluntad.

En muchos hogares se padece hoy un problema que empieza a convertirse en drama personal y familiar: la pérdida del principio de autoridad. Pero en la educación de los hijos no todo está perdido: sigue vigente el artículo 155 del Código Civil, que es la contrapartida al 154: los hijos deben obedecer a sus padres mientras estén bajo su potestad y respetarles siempre. Vale la pena persistir en su vigencia porque como dijo Erasmo de Rotterdam, la principal esperanza de una nación descansa en la adecuada educación de su infancia. Y en esta tarea la escuela y la familia deben trabajar codo con codo.