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El triunfo de la voluntrans

El antojo del yo, previamente adoctrinado, encumbrado, endiosado acarrea consecuencias irreparables.

La hija de quince años del carpintero comunista Lange volvió del campo de trabajo ganada para el nacionalsocialismo y enajenada de sus padres. La jefa reunió al grupo de niñas en el andén y les soltó un conminatorio discurso de despedida: “Sois personas autónomas, obrad conforme a lo que os he dicho, no os dejéis inducir a error por vuestros padres”. Cuando la señora Lange quiso apelar a la conciencia de su hija, recibió esta respuesta: “Estás ofendiendo a mi jefa”. Yo me imagino ese caso multiplicado por cientos de miles y me quedo deprimidísimo”

No veo ya mucho a mis hijos, están siempre en su organización; además, tengo que ser prudente cuando hablo delante de ellos; han sembrado la desconfianza en las familias. Ese colectivismo: la escuela primaria, el servicio militar obligatorio, los clubes deportivos, las asociaciones estudiantiles, pero existía la posibilidad de contrarrestarlo en la vida privada, individual y familiar.

¿Son los nazis maestros en el manejo de la opinión pública? Ellos especulan claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a la nueva generación de las clases más altas deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria y logran entremezclar verdades con mentiras. ¿Cuánto tiempo llevará el alejar de esas mentes infantiles la basura nacional socialista?

(Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios de Victor Kemplerer. Tomo I. 1933-1941)

Todos los regímenes totalitarios han coincidido en la pretensión de controlar la educación de niños y jóvenes. Quien controla a la infancia y a la juventud domina el futuro. Su obstáculo ha sido siempre la familia. Sobre familias estables puede alzarse una sociedad robusta. Donde la familia permanece sana, la sociedad puede reconstruirse a pesar de haber sufrido quebrantos, ya que los cimientos están firmes. Allí donde la familia se disuelve, la sociedad, sea cual fuere su aparente solidez, está amenazada de próxima ruina. Hay en marcha un calculado proceso de desintegración de la familia asentada en los postulados del respeto a la dignidad y a la libertad de la persona, como criatura de Dios.

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Educación y ejemplo

Lo cotidiano no cesa de movernos a la perplejidad aunque sea en espacios tan poco relevantes para la existencia humana como el apasionado mundo del fútbol. Reconocía un entrenador de las categorías inferiores de un laureadísimo equipo de primera división que hoy su función no consiste solo en enseñar a jugar al balón, sino también a ejercer una tutela a mitad de camino entre la paternidad y el magisterio. Explicaba que actualmente son muchos los chicos que, en lugar de motivarse y centrarse con el enorme sacrificio y la dedicación constante necesarios para alcanzar su sueño, suelen, en cambio, estar más fascinados con firmar algún día el gran contrato profesional de sus vidas. Y ya desde chavalines tratan de imitar a las estrellas del balompié imaginando ser propietarios de flamantes automóviles deportivos o reproduciendo en sus propias carnes un variadísimo sinfín de tatuajes. Lo triste, se lamentaba el entrenador, es que al advertir a los padres de esa desafortunada tendencia a la emulación por parte de los hijos, aquellos respondían enérgicamente: Tú dedícate a entrenar, haz de mi hijo un perfecto futbolista y olvídate de lo demás.  

El déficit de enseñanza y educación que padecen actualmente la escuela y la familia se ve agravado, en ocasiones fatalmente, con pésimos ejemplos que abundan en la sociedad. Los referentes sociales en ámbitos como el deporte o la música pop ejercen una enorme influencia sobre la infancia y la adolescencia condicionando sus actitudes y preferencias. Recientemente, al obtener uno de los más prestigiosos galardones del universo futbolístico, un magnífico jugador ha manifestado con sorprendente inmodestia: “no veo a nadie mejor que yo. No hay un jugador más completo que yo. Soy el mejor jugador de la historia, tanto en los buenos como en los malos momentos”.  Palabras que en boca de un comentarista del fútbol hubieran sonado acertadísimas y merecidísimas pues el homenajeado practica dicho deporte de forma sobresaliente. Pero la acumulación de dosis excesivas de vanidad, jactancia y engreimiento en un magnífico futbolista siempre resultará letal en la cabeza y el corazón de un niño. Y es que la ley de la gravedad afecta también a los astros del esférico. Está escrito en El Quijote: Llaneza muchacho, no te encumbres.

Cacharros

Antes de que la Unesco declarara a la cerámica de Talavera de la Reina y El Puente del Arzobispo como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, los nombres de Sevres, Talavera o China denominaban a la delicada y hermosa cacharrería de muchas partes del globo. Y sin esa declaración todavía, eran ya un auténtico patrimonio artístico de alcance universal; un embajador idóneo para representar a esta tierra en todo el orbe. Tradicionalmente, el azul puro y el verde rural conformaron los colores vivos e intensos de la alfarería toledana en un empeño por mimetizar el discurrir del Tajo entre jaras y tomillos. Ambos tipos de cerámica se revelan como un mosaico de preciosas piezas con tonos elegantes y matices austeros.

En la historia de ambas villas ocupa un lugar destacado la artesanía del barro. Con barro se elabora el cacharro. Artesanía popular en su triple faceta: utensilio doméstico, ornamento decorativo y producto comercial. La cerámica ha dado en ambos lugares sobresalientes artistas y ha proyectado al mundo estilo, figuras y tonalidades artesanas. Fabricar cacharros constituye en estas tierras del Tajo un goce y un modo de vida. El artista se deleita al crear y se siente orgulloso de su creación. El industrial asegura el sustento de los suyos y con su negocio aporta riqueza y dinamismo a su entorno. El obrador, el horno de leña árabe, hoy arrumbado por el avance tecnológico y los modernos hornos, los atifles, el baño y los pinceles son piezas sin las cuales no se puede componer el puzzle de la historia de Toledo. La loza de El Puente del Arzobispo y de Talavera de la Reina ha entrado ya en la historia cultural de la Humanidad.

Pero, además del arte, hay otros dos factores que configuran la trayectoria vital de ambos municipios: camino y devoción. El nacimiento e historia de El Puente y, en parte, también de Talavera, han estado ligados permanentemente a la peregrinación al Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe. Fue éste, santuario nacional y atracción de creyentes en tiempo de los Austrias, comparable en muchos aspectos a Santiago de Compostela. La devoción y la veneración con las que miles de peregrinos acudían al Monasterio de Guadalupe hicieron camino, abrieron camino. También, la devoción de sus habitantes, devoción, principalmente mariana, a la Virgen de Bienvenida y a la Virgen del Prado. Porque la cerámica es dedicada como ofrenda al Señor, a la Virgen y a los Santos.

Hay un viejo dicho en El Puente del Arzobispo que revela una sutil, casi imperceptible, pero intensa vinculación existente entre la artesanía del barro y la creencia religiosa. “Oficio noble y bizarro entre todos el primero pues en la industria del barro Dios fue el primer alfarero y el hombre, su primer cacharro”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de diciembre de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/207998/opinion/cacharros.html

La fuerza de la voluntad

Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.

Dos inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender, en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.

Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.

No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad. No hay trabajo posible, sea intelectual o físico, si no es mantenido y sostenido por la fuerza de la voluntad.

El contraste de Berlín: 60 años del muro de la vergüenza

Hubo un tiempo en que por la zona soviética de Berlín, circulaba una célebre anécdota sobre el abastecimiento que en 1948 la aviación anglosajona facilitó a los sectores occidentales de la capital alemana durante el bloqueo con que la URSS sometió a la ciudad: Solamente hay una diferencia entre nuestro sector ruso y el occidental. Nosotros vivimos del aire. Ellos viven por el aire. Salvar mediante un puente aéreo aquél asedio sobre dos millones de personas fue una demostración de poderío y eficacia por los angloamericanos y, simultáneamente, significó el primer fiasco grave de los soviéticos en el empleo de la coacción. El cerco pretendía impedir la creación de la futura República Federal de Alemania, de ahí que la primera condición rusa para levantarlo fuera la de frenar la reunificación de las tres zonas occidentales en un nuevo Estado. La hazaña de Berlín, como se denominaría a la operación humanitaria más importante de la historia, permitió por vía aérea la entrada en la capital alemana de un millón y medio de toneladas de alimentos, ropa, combustible y demás productos de primera necesidad durante once meses (del 25 de junio de 1948 al 12 de mayo de 1949). Suficiente para hacer vivir e, incluso, trabajar a los berlineses occidentales contribuyendo al resurgir del espíritu de éstos, que con su alcalde Ernst Reuter al frente, decidieron, desde entonces, resistir y desafiar abiertamente la barbarie comunista.

Sin este primer muro contra la libertad no se entendería lo que supuso un 13 de agosto de 1961 la construcción del famoso muro de Berlín. Un entramado de alambradas, fosos, adoquines y hormigón, reforzado con abundancia de guardias y perros, de ametralladoras y tanques, que dividió la ciudad en dos, separó a familias, amigos y vecinos impidiendo entre ellos verse y hablarse, resquebrajó viviendas, atravesó calles  y parques públicos, no respetó las iglesias y hasta las utilizó como parte del mismo muro, y fragmentó líneas del Metro cancelando algunas estaciones. Berlín se convirtió en foco de conflictos entre EEUU y la URSS, provocó mas de un centenar de muertos y otro tanto de heridos entre quienes intentaron huir del comunismo y se constituyó en un símbolo de la Guerra Fría hasta el 9 de noviembre de 1989 en que fue derribado por la fuerza de la libertad.

Antes del muro, los berlineses ya se sentían excepcionales por vivir una situación excepcional, única en la historia. Por arte de los acuerdos y desacuerdos ruso-occidentales, se hallaron encajonados en mundos distintos y remotísimos a pesar de su proximidad y separados por una línea divisoria pintada en el pavimento. La antigua capital del Reich, situada en mitad de la zona de ocupación rusa y dejada fuera de las nuevas repúblicas alemanas occidental y oriental, constituía una isla sin nacionalidad, partida en dos por desavenencias entre comunistas y demócratas. Con ser de tantos, era la ciudad de nadie en la que concurrían peculiaridades como el control por los rusos de la red de comunicaciones desde un edificio central enclavado en el lado occidental. O que millares de berlineses trabajaran en sector distinto de su domicilio.

Berlín era una mecha encendida en el polvorín de Europa; un peligroso agujero abierto en el telón de acero por el cual Occidente se asomaba a la tiranía del comunismo y, al mismo tiempo, ejercía un fuerte magnetismo sobre un millón de alemanes subyugados bajo esa tiranía a escasos metros del mundo libre. Moscú no podía tolerar que el contraste entre el lado occidental y el lado comunista, entre la libertad y la represión, entre la esperanza y el derrotismo estuviera a la vista de todos. Por eso las autoridades germano-orientales se vieron obligadas a levantar un muro. Su construcción certificó el fracaso de un sistema político y la admisión de la derrota. Aquello fue un desesperado intento, el primero en la historia de la humanidad, de erigir una barrera, no para impedir que penetraran invasores, sino para encerrar a un pueblo y evitar su salida.   

El muro simbolizó el espíritu de todos los berlineses: el de los occidentales para ser libres y el de los orientales en busca de libertad. El alcalde Reuter, fallecido en 1953, no conoció el muro, pero cuando arreciaban los duros días del bloqueo pronunció estas perdurables palabras: ¿Rendirse? Es mucho mejor vivir con la amenaza del hambre y del frío a vivir con la seguridad de una inacabable esclavitud. Aquí en Berlín, nadie necesita de lecciones académicas sobre la democracia, la libertad y tantas otras cosas bellas que hay en el mundo. Aquí cada uno vive todo eso, lo vive cada día y cada hora. En momentos de revuelo mundial en que proliferan partidarios de levantar barreras aislantes, conviene recordar las nefastas consecuencias de regímenes con muros.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El debate de hoy el 13 de agosto de 2021

¿Quién fue Paneque?

En la serie La Casa de papel, de Netflix, uno de los personajes exclama muy enfadado “Me cago en la madre que parió a Paneque”. Expresión muy típica de la comarca del Campo Arañuelo que denota ofuscamiento. Se ha suscitado un debate sobre quién era Paneque. Algunos han rebobinado la cinta porque aseguraban haber oído Panenka, mítico lanzador de penaltis de peculiar estilo, pero no, el film dice Paneque y no Panenka.

¿Quién fue Paneque? El verdadero nombre de este personaje era René Rocheteau, original de Castellane, en la Provenza francesa. En 1800, a la edad de 18 años, se enroló en la sección de intendencia del ejército napoleónico como aprendiz de panadero. Además de estar metido en harina, René siempre soñó con conocer mundo.

El 18 de octubre de 1807 René Rocheteau cruza el Bidasoa junto con la primera división del Ejército de Napoleón. Por fin, cumple uno de sus sueños: pisar suelo español, lo que le permitirá conocer la excelente calidad de los cereales y de la harina de Castilla, a la que siempre consideró, aunque fuera nominalmente, tierra cercana a su villa de origen.

A las pocas semanas de su estancia en España, René advirtió la excelente calidad del trigo español. Los habituales tipos de panes que elaboraba para la tropa (pain brié, baguette, fougasse o bougnat…), resultaban más tiernos y sabrosos que los hechos con la harina que siempre manejó en el cuartel de Sevigné. Lo confirmaba la opinión mayoritaria de la soldadesca. René estaba seguro de que en España perfeccionaría su oficio y pericia sobre el pan.

Panes franceses

En una escaramuza a orillas del Ebro, a pocas leguas de Zaragoza, Laurent Fablet, oficial panadero del Ejército napoleónico, obsérvese que digo napoleónico y no francés, fue muerto por esquirlas de pólvora procedente del sector donde operaban las tropas del general Palafox. Para René había llegado la hora de su ascenso: panadero mayor de la Grande Armée. Ahora sí que podría innovar en la elaboración de panes y crepes y galettes.

Transcurridos varios meses de su llegada a España, nuestro protagonista se mostraba pletórico. Y no tanto por el adquirido alto grado en la jerarquía de Intendencia, como por estar pisando suelo español. René siempre admiró a España y tuvo un elevado concepto de los españoles. Gracias a su abuelo Philippe, quien viajó por España como comerciante de telas, René supo que los españoles siempre fueron bravos guerreros. Desde El Cid Campeador hasta Hernán Cortés, pasando por el Gran Capitán. Incluso, tuvo egregios hombres de armas y de letras como Cervantes, o soldados que terminaron llevando el Evangelio a Oriente como San Ignacio de Loyola. En verdad, René vivía sus días con gran alborozo y entusiasmo.

El 2 de diciembre de 1808 René pudo, por fin, conocer Madrid. Napoleón llega a las puertas de la capital de España, por el norte, en el villorrio de Chamartín. Por su excelente quehacer como panadero del ejército imperial, René se aloja en el mismo palacio que Napoleón, propiedad de la princesa de Salm Salm. Ello le permitió conocer algo de la Villa y corte y le hizo ser testigo de excepción de todo cuanto se fraguó en el cuartel general esos días hasta la Navidad de 1808.

Sería al mediodía del 28 de julio de 1809 cuando René Rocheteau, junto a la plana mayor de la Intendencia francesa, cayó prisionero a manos de las tropas españolas mandadas por el comandante Gregorio Cuesta, cuya posición estaba cercana al pueblo toledano de Mejorada.

Cautivo tras las líneas enemigas, René presenció la derrota de su ejército en la batalla llamada de los Montes de Talavera. Nuestro protagonista temió por su vida, sin embargo, su buen hacer en el oficio de panadero haría de él un tipo con suerte. La cuerda de prisioneros en la que marchaba René Rocheteau fue conducida a la prisión de Talavera de la Reina. Allí el alcaide decidió que los cautivos que tuvieran destreza en algún oficio fueran llevados bajo vigilancia a reparar y compensar muchos de los destrozos que los franceses habían causado a su paso por las villas y aldeas del contorno.

Uno de los pueblos que más castigo había sufrido fue El Puente del Arzobispo, en donde tuvo lugar una batalla, quizás más sangrienta que la acontecida en los montes próximos a Talavera, y en la que el impío Ejército napoleónico había quemado gran parte de las casas, incluida la iglesia, matado a varones y mancillado a mujeres. Aquí vino a parar nuestro protagonista.

El oficio de panadero de René Rocheteau fue su mejor salvoconducto. En la villa de El Puente del Arzobispo no había sobrevivido ningún habitante capacitado para elaborar el pan. Por ello fue muy apreciado. Además, los franceses habían arrasado los campos de cereales próximos al municipio. Fue gracias a las tropas inglesas del duque de Wellington, que surtieron a la población con varios quintales de trigo, traídos desde campos extremeños, como pudo alimentarse a los puenteños. Eso y la maestría de René que muy pronto se hizo popular y hasta querido entre los moradores del pueblo. Elaboraba todo tipo de panes, tal y como él los conocía en su país natal. Pero lo que más entusiasmaba a sus nuevos vecinos fueron los crepes o dulces hechos con trigo candeal así como las galettes, piezas de sabor salado a base de trigo sarraceno o alforfón.

El Puente del Arzobispo

La gente se agolpaba ante la tahona y alborozada pedía a gritos y a su manera tan exquisitos productos:

– ¡ René, un pané !

René, negando con la cabeza, respondía:

– ¡ No pané ! ¡Crepé y galette !

Tras varios días repitiéndose aquellas imágenes y sonidos, lo cierto es que algún jovenzuelo con atinado gracejo y sumo desparpajo comenzó a llamar a René con el apodo de Panequé.

Sus panes y sus crepes y galettes se hicieron muy deseados por aquellos contornos. De la villa de Oropesa, de Belvís de Monroy o de la propia Talavera de la Reina acudían personas a adquirir y degustar el producto elaborado por un René cada vez más españolizado.

Cierto día, René enfermó y aunque el aprendiz de panadero pudo, a duras penas, cocer el suficiente pan para abastecer al pueblo, sin embargo, por unos días dejaron de ahornarse en la tahona aquellas deliciosas crepes y galettes marca René.

Por entonces, un capitán del Regimiento de Coraceros, que había sido ayudante de campo del Marqués de la Romana, se acercó a El Puente del Arzobispo con el objeto de saborear los dulces y salados géneros de René, al que todos nombraban por Panequé.

Cuando al militar se le informó de que el mostrador de la tahona estaba falto del delicioso manjar debido a la baja de Panequé, exclamó:

– Y ¿para esto me he desandado yo del camino a Navalmoral de la Mata, perdiendo media jornada? ¡maldita sea mi suerte! ¡Me cago en la madre que parió a Paneque!

Gracias, Dios mío

Berlín, 1948. Un soldado norteamericano hace guardia todas las noches en el puesto fronterizo entre la zona estadounidense y la rusa. Al otro lado de la valla cumple el mismo deber un soldado soviético con el cual el americano entabla relación amistosa. Todos los días, al avisarle el mando de que está a punto de finalizar su guardia y de su inminente relevo, el soldado norteamericano dice: “Sólo faltan cinco minutos, gracias Dios mío”. El ruso responde también diariamente: “Sí, solamente cinco minutos, gracias Stalin”. Una noche el americano preguntó a su compañero soviético ¿Qué vas a decir cuando muera Stalin? El ruso contestó con alivio filosófico: Entonces diré ¡Gracias Dios mío!

Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Ya lo decía Jean Monnet: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres. Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa. En Occidente, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error. Los dirigentes europeístas han decidido despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. La fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.

Consecuencia de esta deriva es la democracia secularizada, un ordenamiento estrictamente laico de la vida pública que excluye la visión religiosa y certifica la incompatibilidad entre religión y democracia. Se impone así un laicismo agresivo con máscara de neutralidad que no es sino una vulgar nueva forma de totalitarismo. Al excluir la religión de la plaza pública ésta no se vacía, sino que se llena de sucedáneos, de religiones al revés. Y el laicismo es una religión al revés. Es la religión del Estado, una nueva religión política que pretende controlar las conciencias, imponer sus opciones haciéndolas pasar por verdades, decidir lo que ha de enseñarse en la escuela, tergiversar el significado de los hechos históricos del pasado y atribuir a los Parlamentos la facultad de pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, como si las leyes estuvieran por encima de la verdad.

La clarividente Angela Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa. Hasta un anónimo soldado soviético lo sabía.

Sanados por la esperanza

Alcanzamos a distinguir que una cosa es tener esperanza y otra estar en la creencia firme. Y, sin embargo, como afirmaba Péguy, la esperanza produce verdadera admiración. Para Jerome Groopman, además, desempeña una estimable función en el proceso de curación de las enfermedades. Incluso, si la sanación deviene científicamente imposible, la esperanza se revela como un gran aliado para la entereza y la serenidad.

En su libro La anatomía de la esperanza, este profesor de Medicina de la Universidad de Harvard, estudioso de patologías como el cáncer y el sida, nos enseña ciencia y emociones en situaciones límite, pero también trascendencia. Afirma que tan sólo estamos empezando a ser conscientes del alcance de la esperanza y no hemos definido sus límites, ya que puede ayudar a algunos a vivir más tiempo, y a todos, a vivir mejor”. Groopman no describe la esperanza como un remedio ñoño y almibarado ni tampoco como si fuera un bálsamo de fierabrás. La define como “el sentimiento que experimentamos cuando vemos -con los ojos de la mente- un camino hacia un futuro mejor”. Un sentimiento que “nos da el coraje de enfrentarnos a nuestras circunstancias y la capacidad de superarlas”. Y es que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la bioquímica cerebral.

Además de ser un poderoso recurso psicológico, la esperanza también genera efectos físicos. Las tesis de este investigador de Harvard son base para toda una auténtica biología de la esperanza. La creencia y la expectativa, elementos clave en la esperanza, ejercen influencia sobre el propio cuerpo humano, ya que posibilitan el bloqueo del dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. También puede tener efectos significativos sobre procesos fisiológicos fundamentales como la respiración, la circulación y la función motora. Groopman afirma que “la esperanza nos cambia profundamente el espíritu y el cuerpo, y que puesto que nada está absolutamente determinado, no sólo hay razones para tener miedo, sino también para la esperanza. Así que debemos buscar maneras de sujetar las riendas del miedo y soltarlas para la esperanza”.

 Juan Pablo II y Benedicto XVI, dos Papas tan actuales como el periódico del día, nos dicen lo mismo: “No tengáis miedo” y “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”. Y es que como decía Gabriel Marcel, “donde hay esperanza, hay cristianismo”. Será porque la esperanza se basa en la bondad de Dios.

¿Navidad o vanidad?

Confundir la gimnasia con la magnesia es el riesgo que corre quien no tiene las cosas claras. En fechas tan entrañables como las que se avecinan, propicias siempre para comenzar de nuevo, algunos padecemos una especie de daltonismo auditivo que nos lleva a confundir la Navidad con la vanidad. Semejante extravío en los sentidos nos arrastra fatalmente a perder el sentido de la vida. Es entonces cuando nos ocupamos y preocupamos más de nosotros que de los demás. Es también cuando lentamente nos resbalamos pendiente abajo hacia un frío vacío quedando sepultados bajo la espantosa soledad de los desiertos de hielo. De nada sirve que rebose nuestra agenda de cansinos eventos de voy y vengo y a ver si nos vemos o llamamos ni que vayamos acompañados de una anónima multitud. Con semejante algarabía ni percibimos los signos ni escuchamos el silencio.

Quienes confundimos Navidad con vanidad encontramos dificultades para renunciar a nuestras egolatrías e idolatrías; para despojarnos de nuestro altivo yo y del oropel de lo superfluo. Nos resistimos a cancelar nuestros nefastos egoísmos y nuestras caprichosas frivolidades que avariciosamente acumulamos en abundancia. Nos cuesta un triunfo desembarazarnos de ese apego por lo material y por materiales que estrepitosamente se vienen abajo como castillos de naipes; de esas ataduras sociales, que cual dictaduras políticas, limitan la libertad y censuran la verdad. Sin saber cómo quitarnos los miedos y el desánimo y, sobre todo, sin aprender a controlar esos sentimientos tan desconcertantes de soberbia, envidia o ira que se nos adhieren al corazón y nos embolsan en callejones sin salida, terminamos reconociéndonos débiles, frágiles, vulnerables. ¿Alguien lo duda tras un año inolvidable? Bajémonos del pedestal, mejor dicho, no volvamos a él ni lo miremos, siquiera, con nostalgia. Allí solo descansan las estatuas.

Pero otra vez, como siempre, es tiempo de salvación. Intentarlo de nuevo, renovarse, convertirse, purificarse, empaparse en ese espíritu navideño pacífico, generoso y abierto hacia el otro. La Navidad lo es porque desde la intimidad del hogar familiar enlaza con la acción universal de interesarse por el bien del prójimo. Y mucho tiene la Navidad de acción salvadora y bienhechora. No despreciemos nuestro diminuto esfuerzo para luego transformar el mundo. Porque en nuestra filiación divina anida una poderosa fuerza transformadora. Con sencillez y humildad, sin artificios ni imposturas. Con espíritu sobrenatural. Con fe y confianza abriguemos la esperanza que no defrauda: Aquél que nació entre pañales y habitó entre nosotros. Navidad, no vanidad. Navidad Feliz.

El liderazgo del servicio

En los múltiples manuales sobre liderazgo de personas y en organizaciones que proliferan en tiempos de crisis suelen enumerarse un sinfín de cualidades que todo líder que se precie ha de albergar. En la mayor parte de esas enumeraciones están ausentes la sencillez y la humildad. Poco o nada se dice acerca de que un líder debiera ser sencillo y humilde. Es como si ambos atributos estuvieran reñidos con el liderazgo, al que se reviste más con ufanos ropajes de autosuficiencia. Y, sin embargo, la sencillez y la humildad resultan inherentes al mismo porque no hay mejor liderazgo que el servicio. La verdadera autoridad no consiste en el dominio, sino en el servicio, y es de modo sencillo y humilde como mejor se sirve.

¿Un líder sirviendo al grupo? ¿Un líder a disposición de los demás? ¿Cómo? Ayudando, alentando, escuchando, compartiendo, acompañando; en suma, caminando al lado de los otros, ya sea en vanguardia, retaguardia o entre líneas, a fin de que nadie se extravíe o ninguno se autoexcluya.

El liderazgo consiste en dar más que en recibir. El buen líder pone su talento al servicio del grupo. Sabe que sus cualidades resultan más provechosas si las comparte, ya que compartiendo enriquece a los demás y se enriquece él mismo. Y a cubierto de recelos, envidias y competencia, el grupo se cohesiona vivamente, crece y se hace grande. Es la grandeza del desprendimiento; la esencia del altruismo.  

A través del discurso cultural hoy dominante se ha generalizado la imagen del líder como una especie de superhombre que todo lo puede. Pero no es el líder por sí solo quien mueve y hace avanzar a las organizaciones o a los grupos humanos, sino la urdimbre de lazos y afectos dignos y solidarios que el líder sabe tejer entre sí y sus colaboradores, abriendo ventanas, rompiendo candados, generando cercanía, acortando distancias, reconociendo errores y bajándose los humos. No se es nada ni nadie si no somos con alguien y para alguien.