Cruz, luz

“Prepárese usted para ganar unas elecciones”, dijo Franco a Solís, la sonrisa del Régimen. Hoy disfrutamos de democracia gracias al Rey Juan Carlos I y Adolfo Suárez. Y de Monarquía porque lo quiso Franco, quien ya barruntaba lo que vendría después. Según Lenin, el progreso de Rusia llegaría por la revolución bolchevique y la electrificación del país. Como el gusano de seda acaba convirtiéndose en mariposa, los bolcheviques, al tocar poder, se transforman en burgueses, de Galapagar. Quieren dejar sin luz a la Monarquía porque este Reinado es una subida de alta tensión tras el cortocircuito del franquismo, que fundió los plomos de la II República. Esta resolvía los conflictos a base de plomo. “Tiros a la barriga”, clamaba Azaña cuando Casaviejas. Con plomo eliminaron a Calvo Sotelo, como los fascistas a Matteotti. La República se electrocutó a sí misma por los calambres del Frente Popular.

Franco, que llegó a imaginarse partidos y elecciones, nunca imaginó dos Reyes en España, fuera de la baraja. En el Madrid de los sesenta hubo un divertido bar de copas, propiedad de dos hermanos toreros, en el que eran habituales jugosas partidas de mus entre una pareja a la limón formada por los dueños y otra dinástica integrada por don Juan de Borbón y su hijo, a la sazón, el príncipe Juan Carlos. Al comenzar el lance, un diestro preguntaba al otro: “Maestro: ¿Llevas reyes?” “Más que hay en la mesa”, respondía rotundamente el compañero. Parecía seña de mus, pero era una verdad como un templo. El torero se apellidaba Vega de los Reyes y ninguno de los rivales ostentaba por entonces el título de monarca.

De tener dos reyes hemos pasado a solo uno. Es suficiente. Además, nuestra Monarquía es católica y da nombre al régimen del 78, que encuentra su razón de ser en la reconciliación de los españoles. El deseo de concordia y, al mismo tiempo, de perdón tiene su pétreo símbolo en la monumental Santa Cruz del Valle de los Caídos, en donde mora una orante comunidad benedictina, cuyos monjes elevan sus plegarias por la paz entre los españoles. De todo el recinto de Cuelgamuros, es precisamente la Cruz, no era Franco, lo que molesta a los bolcheviques. Y a la masonería. Tienen una perra con la Cruz que no pararán hasta echarla abajo. Y entonces nos quedaremos a oscuras.

Fray Justo Pérez Urbel, el que fuera primer abad de la Basílica del Valle de los Caídos, cuenta que al poco tiempo de la inauguración, visitaron el monumento unos ingleses que debían ser gente muy importante. La esposa del Caudillo acudía con ellos. Como era deseo de los visitantes subir a la Cruz, se habilitó el ascensor interior. Se inició la subida pero, de repente, el ascensor se detuvo, hecho frecuente. Dirigía la expedición el director del Patrimonio de la Basílica, quien ya estaba hecho a las circunstancias. Sereno y sin estridencias en busca del arreglo, gritó llamando al electricista de guardia que, casualmente, se llamaba Franco: “¡Franco, Franco Franco!”. Al tercer llamamiento, la máquina reanudó súbitamente la marcha. El abad pudo escuchar de boca de aquellos perplejos británicos: “Qué país más insólito España, que para que las cosas funcionen debe gritarse ¡Franco, Franco, Franco!”. Y es que la prosperidad y la paz de España fueron fruto del cristianismo más la electrificación del país.

Artículo publicado pro Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de agosto de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/216266/cruz-luz.html

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