Archivo por meses: noviembre 2020

El liderazgo del servicio

En los múltiples manuales sobre liderazgo de personas y en organizaciones que proliferan en tiempos de crisis suelen enumerarse un sinfín de cualidades que todo líder que se precie ha de albergar. En la mayor parte de esas enumeraciones están ausentes la sencillez y la humildad. Poco o nada se dice acerca de que un líder debiera ser sencillo y humilde. Es como si ambos atributos estuvieran reñidos con el liderazgo, al que se reviste más con ufanos ropajes de autosuficiencia. Y, sin embargo, la sencillez y la humildad resultan inherentes al mismo porque no hay mejor liderazgo que el servicio. La verdadera autoridad no consiste en el dominio, sino en el servicio, y es de modo sencillo y humilde como mejor se sirve.

¿Un líder sirviendo al grupo? ¿Un líder a disposición de los demás? ¿Cómo? Ayudando, alentando, escuchando, compartiendo, acompañando; en suma, caminando al lado de los otros, ya sea en vanguardia, retaguardia o entre líneas, a fin de que nadie se extravíe o ninguno se autoexcluya.

El liderazgo consiste en dar más que en recibir. El buen líder pone su talento al servicio del grupo. Sabe que sus cualidades resultan más provechosas si las comparte, ya que compartiendo enriquece a los demás y se enriquece él mismo. Y a cubierto de recelos, envidias y competencia, el grupo se cohesiona vivamente, crece y se hace grande. Es la grandeza del desprendimiento; la esencia del altruismo.  

A través del discurso cultural hoy dominante se ha generalizado la imagen del líder como una especie de superhombre que todo lo puede. Pero no es el líder por sí solo quien mueve y hace avanzar a las organizaciones o a los grupos humanos, sino la urdimbre de lazos y afectos dignos y solidarios que el líder sabe tejer entre sí y sus colaboradores, abriendo ventanas, rompiendo candados, generando cercanía, acortando distancias, reconociendo errores y bajándose los humos. No se es nada ni nadie si no somos con alguien y para alguien.

Doctor Sancheztein

España entera recibe con indescriptible entusiasmo la feliz noticia de tener como presidente del Gobierno un doctor en Diplomacia económica. Desde el monarca Felipe II, los españoles no se regocijaban jubilosamente ante uno de sus estadistas. A sus excelsas cualidades como gobernante, Pedro Sánchez suma su ejemplar y modesto magisterio en la intrincada ciencia de la Economía. Su humildad explica que no se jacte del insigne logro académico: jamás presumió Yo soy doctor en Diplomacia económica. Tuvo que ser Albert Rivera, a quien los españoles le estamos sumamente agradecidos, el que con gran maestría animó efusivamente al presidente a desempolvar la tesis y sacarla del silencio de la biblioteca. Está bien conservar la obra maestra, pero es crucial transmitirla para que florezca el manojo de las brillantes soluciones ante los problemas que nos acucian. La Humanidad por fin accederá a un alto exponente del pensamiento económico actual sin el que nuestra civilización apenas existiría.

Quienes se dedican a escudriñar la tesis del doctor Sánchez quedan gratamente sorprendidos por su buen oficio de hombre de letras, su amplia preparación y su extremada facilidad de palabra y de pluma, propio ello de un talento extraordinariamente maduro. El trabajo evidencia que su autor no es investigador que divague o haga concesiones a la facilidad, tampoco se limita a nadar en la superficie, sino que bucea en los complejos fondos de los archivos con gran capacidad de resistencia. Es, luego, en la calma de la reflexión, en perfecto equilibrio con esa inquietud perenne por el constante estudio, donde Sánchez ha logrado alumbrar un excelente y magistral estudio, que alcanza una finalidad didáctica, encender en muchos iniciados el amor y la pasión por la Diplomacia económica. Sí, debe afirmarse sin titubeos: nuestro ilustre académico ha sentado cátedra y su materia está de moda.

La tesis se ha convertido en genial libro permitiendo más fácilmente divulgar el aluvión de ideas y fórmulas propuestas por nuestro docto doctor para vadear las crisis que atenazan a las modernas economías. El libro es de los que inconscientemente se mete uno en el bolsillo para luego sacarlo de vez en cuando, a ratos perdidos, y saborearlo a sorbos sustanciosos. Es una lectura que invita a pensar, que se aprovecha y sacia las ansias del saber. El autor derrocha una vasta cultura. Adopta una postura de científico, que no de figurante. Una posición digna de aplauso por su afán de originalidad y por la ponderación y agudeza de su sentido crítico. Añádase a ello el estilo limpio, depurado, fino, sutil, elegantemente sobrio y de inspiración exquisita. La técnica es equilibrada, de excelente calidad y con modernísima aportación del power point.

Pero cuando se quiere desdorar a un buen escritor se deben dar razones consistentes y no sutilezas que se deshacen al menor razonamiento. Se han desatado rumores de plagios, se oyen susurros de calcos, que si astucias, que si argucias. ¡Minucias! Nada lastra a nuestro sabio presidente, que con esa seguridad que le es propia, no necesita envolverse en nebulosas ni adoptar un tono doctoral para hacerse valer. Simplemente, con la celeridad de un Falcon, el académico Sánchez ha anunciado una nueva edición de su libro. Todos los españoles la esperamos impacientes con la seguridad de que la reescribirá con sencillez liberándola de toda densidad erudita y con galanura literaria la hará decididamente encantadora, como él solo sabe. Esperamos también que el presidente confirme en el Parlamento su autoría de tesis y libro con la misma contundencia reiterativa con la que apabulló a la audiencia al decir por televisión: El presidente del Gobierno soy yo. Cuando toda España mantiene en vilo la respiración, recordemos a don Jacinto BenaventeBienaventurados nuestros imitadores porque de ellos serán todos nuestros defectos. 

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial https://www.elimparcial.es/noticia/193875/opinion/doctor-sancheztein.html

Alarma

Hasta en cinco ocasiones un Sánchez desconcertado y con sonrisa forzada repitió ante la nación que el virus no distingue colores políticos, ideologías ni territorios. Semejante comentario, impensable en Italia, Alemania o Francia, provoca más alarma que el coronavirus. Pero era la excusatio non petita a la acusatio manifiesta de quien ha practicado en la vida nacional una política estrecha y sin vuelos, atizando las discordias civiles, saturando de prejuicios ideológicos y exagerando la contraposición de intereses entre los españoles. Día tras día los italianos son más italianos, los alemanes más alemanes y los franceses más franceses, pero los españoles estamos cada vez más desunidos, observando perplejos la sectaria, raquítica y miserable mentalidad de ciertos políticos, especialmente dirigentes autonómicos.

Una turbulenta atmósfera de intrigas rodea ya a esa heterogénea coalición que apuntala al Consejo de Ministros, del que emerge una inquietante humareda de egoísmos. Bien sabe el comunismo que todo lo que signifique confusión sirve para la causa revolucionaria y subversiva. Algunos se aplicaron decididamente a ello aunque sin lograr la puesta en marcha de sus colosales aparatos del colectivismo y nacionalización. Otros se delataron por su rasgo mas acusado: la ambición de poder, bajo la que se esconde un partidismo miope y cicatero y una indigencia de soluciones.

Todo empezó mal. Los españoles no somos de medias tintas, sino de francas y directas acciones. Preferimos saber antes que aprender después. Cuando más necesaria era la claridad en las informaciones y la rapidez en las decisiones, el Gobierno receloso y corto de miras se limitaba de forma calamitosa a señalar hechos sin sugerir remedios y a decir verdades parciales. Por tactismo ideológico compraron al feminismo la paz de un día hipotecando durante meses la salud de muchos españoles. Y cuando una preocupación común se adueñó de la ciudadanía decidieron finalmente cargar la escopeta mientras la perdiz quedaba fuera de tiro. Inevitable el resultado: Un Gobierno ineficaz, incapaz e impotente arrollado por los acontecimientos presentes y futuros: una peligrosa pandemia, un  desorden productivo y una desintegración económica.

Si salimos de esta crisis, no será gracias al Gobierno, sino a pesar del Gobierno. En nuestra Historia hay momentos convulsos en los que el pueblo español demostró más altura moral que sus dirigentes políticos. El actual es uno de ellos. Con el esfuerzo de toda la nación, con los recursos magníficos de abnegación y de sacrificio que anidan en nuestros corazones superaremos esta hora difícil que debe servirnos de aglutinante. Es preciso agruparnos sin rivalidades ni odios y sacar a relucir nuestro gen unitivo nacional. Tiempo habrá para el análisis minucioso y la crítica implacable. Porque se pueden pedir cuentas a individuos, pero no se debe entorpecer la protección y el bienestar para un pueblo entero. Tengamos confianza. Seamos disciplinados. Trabajemos sin descanso con afecto desinteresado y espíritu de cooperación. Y, por supuesto, agradezcamos, admiremos y animemos con entusiasmo a esos luchadores infatigables de nuestro sistema sanitario que con generosidad y entrega han cogido a España en sus brazos. Soldados enviados a librar una guerra con el enemigo ya dentro.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211048/opinion/alarma.html