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Valor y esperanza

Fue la Transición un luminoso haz de sacrificios y esperanzas que se elevó sobre el horizonte español y como un rayo, precisamente, de esperanza se extendió de modo fulminante sobre la inmensidad nacional. Se formó una conciencia clara de los valores que comportaba y de su mejor forma de defenderlos. Los representantes políticos eran fieles depositarios de una confianza colectiva, hacían honor a ello y desarrollaban su gestión en consonancia con tal responsabilidad. No fueron héroes pero sí valientes por su audacia. A la hora de edificar el proyecto común de España no hubo cabida para soluciones impuestas por minorías ni para ambigüedades que perseguían equiparaciones postizas entre víctimas y verdugos.

Sin embargo, el nihilismo, que es lo contrario de la esperanza, constituye hoy la enfermedad del ciudadano español. Si como afirma Pegúy, la esperanza produce verdadera admiración, la falta de ella conduce al miserable embobamiento. Cada época tiene su mundo y sus valores propios. Como decía Pío Baroja en Las veleidades de la Fortuna, “lo esencial ha perdido valor. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal en una época para histriones”. La rampa por la que se va deslizando la sociedad española conduce directamente hacia el relativismo blandengue, tergiversa valores proponiendo comodidad y seguridad por encima de justicia y libertad, y bien particular por encima de bien común. Triunfa el antojo del yo. Hasta la cultura es puesta en liza contra los valores permanentes, perennes. Alexis Carrel sostuvo que “ante los triunfos de la ciencia, del progreso, que nos aportan riqueza y confort, los valores morales han disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas. Solo importan el conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este conocimiento nos da sobre el mundo material y los seres vivientes”. Sin embargo, solo la mística es superior al conocimiento.

Frente a la irresponsable responsabilidad, afirmamos la responsabilidad del responsable, Frente a esa revanchista obsesión por resucitar un pasado de antagonismos que erosiona la convivencia, reconocemos a la ejemplaridad sacrificada en aras de la concordia, a la verdadera abnegación por lograr que los valores esenciales de una época estén en vigor. Ayudar y servir. No hay mejor forma de liderazgo que el servicio. No debemos imitar a Pilatos y lavar nuestras manos en lo que se refiere a las responsabilidades cívicas. De valor y esperanza habló el Rey Felipe VI en su reciente discurso durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Sus palabras fueron norma y luz, reservas y energías  para recorrer juntos los caminos del futuro. Nos regaló el incentivo del valor y la esperanza. Solo resulta vencido quien pierde la vida o el valor. Resulta vencedor quien esperanzado continua el combate.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 26 de octubre de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/231956/opinion/valor-y-esperanza.html

Alemania 1949

El mismo día en que se cumplía el cuarto aniversario de la capitulación alemana en la II GM (8 de mayo de 1949), el presidente de la Asamblea Constituyente reunida en Bonn, Konrad Adenauer, proclamaba la aprobación de la Ley Fundamental de la nueva República de la Alemania Occidental. 70 años de la promulgación de una Constitución, que, primero, lo fue de la  Alemania conocida como la RFA, y más tarde, a partir del 3 de octubre de 1990, de una Alemania reunificada, tras incorporarse la extinta RDA, la Alemania Oriental.

Los constituyentes de Bonn miraron más al pasado que al porvenir a la hora de elaborar la Ley Fundamental. Se acordaron más del artículo 48 de la Constitución de Weimar, que concedía al Presidente la facultad de legislar por decretos, acarreando las funestas consecuencias ya conocidas, que de la conveniencia de dotar al país de un sólido instrumento de gobierno. Los trabajos preparatorios fueron arduos y complejos. El primer proyecto de Constitución fue rechazado por los Gobiernos de ocupación; el segundo, por los socialistas, que perseguían dotar al Gobierno federal de demasiados poderes en materia de impuestos. Se negaron los cristianodemócratas y los propios aliados occidentales, especialmente, Francia y EEUU.

La Constitución de 1949 articuló la República bajo los signos de la federación y el parlamentarismo. El poder legislativo se integra por dos cámaras: el Bundestag, parlamento federal con representantes del pueblo elegidos por sufragio universal por un período de cuatro años, y el Bundesrat o Consejo federal, en el que están representados los Estados federales por medio de delegados. El Presidente de la República es un mero presidente parlamentario sin posibilidades de actuación directa sobre el Gobierno, con unos poderes emanados, no directamente del pueblo, sino de la Asamblea y sin posibilidad de dictar decretos. El hombre alemán del momento anhelaba un Presidente con mando firme, sin embargo, el resultado fue otro. Muchos auguraron una vida efímera a aquella Constitución, a pesar de los reiterados parabienes recibidos por la necesaria creación de un Estado alemán, que nacía sin un régimen fuerte. En aquél escenario concurría, además, la incógnita de la cohesión territorial del nuevo Estado. La Baviera católica, que ejerció una influencia decisiva compensando el influjo que otrora ejerciera la Prusia protestante, rechazó la Constitución por 101 votos contra 64. Sin embargo, reconoció por mayoría relativa que estaba obligada a respetar el texto constitucional al haber sido aceptado por los demás Estados de la zona occidental. Se alejaba así la inquietud sobre si los bávaros se dejarían seducir por veleidades separatistas.

La Ley Fundamental acabó por consolidarse entre el pueblo alemán. La Alemania Occidental comenzó entonces a renacer de sus cenizas, no con un régimen fuerte, pero sí con un hombre titánico como Adeanuer, elegido Canciller en las elecciones de 1949 y que con su Ministro de Economía, Ludwig Erhard, protagonizó el milagro alemán. Gracias a una política liberal de reducida presión fiscal, abstencionista, de fomento de riqueza, con incentivos para el productor, estímulo para las ganancias y ambiente favorable al ahorro y a la capitalización, Alemania superó en crecimiento a la Inglaterra laborista de entonces, con una economía intervencionista, de fuerte presión fiscal y de distribución del producto social entre las clases proletarias. Dos triunfos emocionales más para los alemanes en aquellos años serían la vuelta a casa de los prisioneros cautivos en la URSS, los últimos de Stalingrado, y la victoria en la final del Mundial de Fútbol de Suiza en 1954, frente a Hungría. Alemania comenzaba a ser de nuevo nación.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 12 de mayo de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/201182/opinion/alemania-1949.html

Lecturas jurásicas (y IV) libertad o comunismo

En el Berlín ocupado por los aliados tras la II Guerra Mundial, dos soldados, uno de EEUU y otro de la URSS, discuten sobre democracia. El norteamericano da su definición de ésta: “La democracia significa que yo puedo ir a Washington y frente a la Casa Blanca gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. El soldado soviético replica: “También nosotros tenemos democracia. Yo puedo ir a Moscú y frente al Kremlin gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. Por encima de la anécdota, queda la categoría. Esa ignorancia voluntaria de los hechos, que le impide reconocerlos, uno de los rasgos más acusados de la ideología comunista.

No hay forma más perfecta de sumisión que aquella que conserva la apariencia de libertad, advertía Jean-Jacques RousseauTiene que parecer democrático, pero todo debe quedar bajo nuestro control, solía decir quien fuera presidente de la Alemania Oriental, el comunista Walter Ulbricht. Y es que el vicio inconfesable del comunismo es una democracia sin libertad. Cuando un comunista reclama democracia y libertad es porque no tiene el poder. El comunismo demanda libertad como antesala indispensable de la tiranía que implantará cuando llegue al poder. Cuando a un comunista en el gobierno le reclaman libertad, pregunta ¿para qué? La libertad la desean solo para conquistar el poder.

En su obra Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, el polítólogo francés Raymond Aron estudió con detalle aquellos siniestros regímenes marxistas que fueron las democracias populares. Los rasgos característicos de las mismas eran la noción de que un partido, y solo uno, tiene el derecho de existir, lo que acarrea el monopolio ideológico por ese partido y la eliminación de los partidos rivales, en tanto que pretendan sustituir al que ocupe el poder. Un segundo elemento fue el sistema de propaganda para el control y uso de las masas. Un tercero era la reconstitución del orden social, mediante una jerarquía por razón de la función, del cargo y no de la persona.

En plena Guerra fría, el británico Ernest Bevin, político laborista, se jactaba de que “las izquierdas entienden a las izquierdas”, insinuando que los socialdemócratas en Inglaterra y Europa harían muy buenas migas con los comunistas. Los cándidos de entonces, como Bevin, no alcanzaban a comprender que los comunistas nunca quisieron mantener buenas relaciones ni con la socialdemocracia ni con la democracia; solamente pretendían ser los amos destruyendo a todo el que se pusiera en su camino. El comunismo jamás apoya la democracia, sino que se aprovecha de ella para alcanzar sus objetivos. Las elecciones le sirven pero solo como una ruta amplia mientras no puede escalar el monte por el atajo expeditivo de la revolución. Mientras tanto, rompen el juego de la convivencia democrática y desestabilizan la vida pública provocando disturbios y urdiendo bulos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 2 de mayo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/225113/lecturas-jursicas-y-iv:-libertad-o-comunismo.html

Lecturas jurásicas (III)

A su regreso de Moscú, el jefe de un koljós cuenta a los trabajadores de la explotación colectiva los enormes progresos urbanos de la capital soviética. “He visto, dice, grandes barrios con rascacielos modernísimos con todo confort habitados por obreros”. Uno de los campesinos le replica: “Pues yo no vi nada de eso cuando estuve el mes pasado en Moscú”. El jefe del koljós le responde severamente: “Debiste callejear menos y leer más los periódicos del Partido”.

El comunismo no solo fue un vasto sistema de represión y muerte, también un perverso modelo global de falsedad y manipulación. Disparates como los siguientes certifican el metódico y sistemático empleo de la mentira. El 28 de agosto de 1949 se cumplía en Alemania el bicentenario del nacimiento de Johann Wolfgang Goethe, que además había nacido en Weimar, ciudad de la Alemania del Este. El Partido Comunista, el Ministerio de Cultura e, incluso, la Stasi, la policía secreta del Estado, iniciaron una campaña casi desesperada para reivindicar que esa aristocrática figura de la Ilustración era una suerte de protocomunista. Planearon un elaborado festival para mostrar a Occidente que a los comunistas les importaba más la alta cultura que a los capitalistas. Un funcionario del Ministerio de Cultura llegó a decir en un discurso: “Si miráis en la obra de Goethe veréis que siempre trabajó en favor del materialismo dialéctico marxista sin darse cuenta de ello”. En 1952, el departamento de propaganda del Comité Central del Partido Comunista polaco entregó un panfleto a agitadores del Partido que contenía consignas como estas: “Los imperialistas americanos están reconstruyendo la Wehrmacht neonazi y preparándola para invadir Polonia, mientras que la URSS ayuda a los polacos a desarrollar tecnología, cultura y arte”.

El totalitarismo soviético hizo del cinismo su recurso supremo, hábilmente aprovechado en proporciones descomunales y sabiamente combinado con el momento oportuno de acuerdo con la mejor técnica comunista. El resultado: añagazas para embaucar a las masas, temerosas en su gran parte, y sobre todo, para controlar absolutamente el poder. En 1948 los comunistas de la Europa del Este abandonaron sus intentos de adquirir legitimidad a través de un proceso electoral y dejaron de tolerar cualquier forma de verdadera oposición. En todas partes se siguieron estos patrones: eliminación de los partidos derechistas o anticomunistas, destrucción de la izquierda no comunista y, después, eliminación de la oposición dentro del propio partido comunista. No por ello la política fue clausurada en las llamadas democracias populares. Sin embargo, la política se había convertido en algo que se desarrollaba, no entre varios partidos, sino en el seno de un único partido. Y así se mantendría hasta el derribo del muro de Berlín en 1989.

En su Diario fin de siglo, Jean François Revel nos advierte de que “todavía tenemos demasiado arraigadas, pese a la victoria de las democracias, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento.”

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224819/opinion/lecturas-jurasicas-iii.html

Lecturas jurásicas (II)

¿Quién es Stalin? pregunta un inspector a un alumno durante un examen oficial en una escuela de algún lugar de la URSS. El niño, a quien de antemano le han ordenado decir las respuestas, contesta sin titubear: Stalin es mi padre¿Y quién es tu madre? prosigue preguntando el inspector. Mi madre es el Estado, responde el alumno. ¿Qué quieres ser de mayor? Ante esa pregunta el niño titubea y, en lugar de responder según el guion impuesto, ser un trabajador disciplinado y leal a la patria del proletariado, contesta valientemente: ¡Quiero ser huérfano!

Bajo la tiranía comunista es frecuente que las personas adopten lo que Hannah Arendt definió como una personalidad totalitaria: “el ser humano completamente aislado que, sin otros lazos sociales con la familia, los amigos o los simples conocidos, deriva su sensación de ocupar un lugar en el mundo únicamente a partir de su pertenencia a un movimiento, de su afiliación a un partido”.

Los planes bolcheviques en la Europa de la posguerra mundial fueron presentados nítidamente a la Komintern por su secretario general, camarada Dimitroff: “Para asegurar la Revolución comunista y la posición preeminente del proletariado, los niños en los que aún no han arraigado las progresivas ideologías del marxismo y del leninismo, deben ser alejados de todas aquellas influencias a las que están expuestos en el ambiente capitalista que hasta ahora les ha rodeado. Por este motivo, serán sometidos a una educación del Estado en los vastos territorios que ya han sido liberados desde la Revolución de Octubre. No llegarán a conocer todos aquellos nocivos conceptos e ideas que se les quería inculcar en la antigua Europa de la burguesía, y si ya los hubieran aprendido, volverán a olvidarlos”.

Tras una interrupción motivada por la ensordecedora y desenfrenada ovación del auditorio, el orador continuó con voz estentórea: “Además, las madres de esos niños y también aquellas mujeres que aún no son madres, serán alejadas de la dañina influencia del mundo de la ideología burguesa del Oeste de Europa, para darles ocasión de participar de la reconstrucción del socialismo en los territorios que siempre han constituido la patria del proletariado internacional. Allí formarán columnas de trabajo colectivas. Respecto a los hombres, éstos lucharán con el arma al brazo por la futura unión mundial de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y esto tendrán que hacerlo incluso aquellos que todavía no se han percatado de que este es el único camino para la liberalización de la humanidad. Si uno de estos hombres intentara traicionar nuestra causa negándose a luchar contra el capitalismo mundial, nosotros sabremos hacer que sufra las consecuencias de tal locura”. Sonoros y prolongados aplausos.

¡Qué viejas resultan aquellas recientes palabras de la ministra de Educación, Celaá, afirmando que los hijos son del Estado! ¡Cómo inquietan a unos padres que vemos cómo el Estado pretende asumir el monopolio docente! Una clara usurpación de funciones estrictamente parentales, que entraña consecuencias letales por la intromisión ideológica que supone en espacios propios de la personalidad del individuo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 18 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224492/opinion/lecturas-jurasicas-ii.html

Lecturas jurásicas (I)

El “tyrannosaurus rex”, tenía las dimensiones de una locomotora, pero su cerebro no rebasaba el tamaño de un plátano. Carnívoro y de instinto carroñero, ha sido considerado como el mayor depredador. Aquél gigante desapareció de la Tierra, lo mismo que el comunismo. ¿O no? Igual que el tiranosaurio violentaba la convivencia de su ecosistema, la ideología comunista implica una subversión total de la sociedad utilizando a su conveniencia formas democráticas.

Por la Hungría de la Guerra Fría circulaba un chiste sobre la definición de comunismo: “una lucha incesante contra una serie de dificultades que jamás existirán en ningún otro sistema político”. En Mi siglo, el polaco Aleksander Wat, otro intelectual desengañado del edén comunista, certificaría la maldad y el sadismo del terrorífico régimen. Así menciona algunas de aquellas dificultades: “La pérdida de la libertad, la tiranía, el maltrato y el hambre habrían sido más fáciles de soportar sin la obligación de llamarlas libertad, justicia, el bien del pueblo. Las mentiras, por su propia naturaleza parcial y efímera, se revelan como tales cuando se enfrentan con los esfuerzos del lenguaje por descubrir la verdad. Pero aquí todos los medios de revelación habían sido confiscados de manera permanente por la policía”.

Es, precisamente, en aquella desgraciada Europa, llamada “del Este”, donde se implantaría cruel e implacablemente la barbarie del comunismo siguiendo el frío y tenebroso manual diseñado por los teóricos de La Komintern (Internacional Comunista), un organismo dedicado a derrocar los regímenes capitalistas según las directrices leninistas y que, como describiera el historiador Richard Pipes, constituyó entonces una declaración de guerra a todos los Gobiernos existentes. Con asombrosa nitidez describe Anne Appelbaum en su libro Tras el telón de acero cómo los nuevos jefes de la Europa del Este crearon una sociedad comunista. Aún sabiendo que lo prioritario era la economía, sin embargo, durante los primeros meses tras la guerra y debido a la fuerte oposición popular, las prioridades fueron políticas: Estado policial, control férreo de la sociedad civil y sometimiento de los medios de comunicación. No hubo revolución económica, sino institucional, y tras ella el Estado se hizo paulatinamente con el control de la economía.

Según la visión marxista, una economía planificada es una forma superior de economía popular en la cual la industria era el futuro, por lo que ésta siempre interesó a los comunistas mucho más que los sectores atrasados como la agricultura, o irrelevantes como el comercio al por menor. El objetivo de la industrialización era también político: cuando todos fueran obreros de la industria, entonces todos apoyarían al comunismo. Mientras, la destrucción de la clase media privaría a la oposición de seguidores y aliados. Por ello, los líderes comunistas sentían aversión hacia los pequeños negocios. La producción a pequeña escala, decían, engendra burguesía y capitalismo. Aquellas economías comunistas crecieron después de la guerra porque empezaban de cero, pero pronto quedaron rezagadas con respecto a las de la Europa libre. Nunca lograron, si quiera, alcanzarlas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 11 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224171/opinion/lecturas-jurasicas-i.html

Libertades bajo sospecha

Tiene el progresismo cuando gobierna una irresistible tendencia a recrear un nuevo orden en el que albergar al hombre nuevo. Sus dirigentes inventan y descatalogan derechos con asombrosa frivolidad. Una mentira mil veces repetidas acabó convertida en derecho al aborto, arrumbando al derecho a la vida. Fue un escalón más en esa obra de albañilería laicista, cuya argamasa es la corrección política del lenguaje. Nos hallamos enfrascados en una guerra cultural que persigue invertir los valores del bien y del mal. Se cierne el tenebroso escenario anunciado por las brujas de Macbeth: “lo bueno es malo, y lo malo es bueno”. Es la fría e implacable intemperie del relativismo.

Un Gobierno, el de siempre, vuelve a practicar el acoso y derribo contra el derecho a la educación y la libertad de enseñanza. Va a ser verdad que con la izquierda en el poder, las libertades duran lo que las rosas: una mañana. La ministra de Educación y Cultura en magistral clase “teórica” niega reconocimiento constitucional a un derecho reconocido en la Constitución y en la Declaración Universal de Derechos Humanos: el derecho de los padres a la educación de sus hijos, el derecho a que éstos reciban la formación religiosa y moral de acuerdo con sus propias convicciones. Tratan de redefinir la Constitución y, de instrumento de concordia, travestirlo en triunfo de una ideología sobre el resto de la nación.

Para los arquitectos del nuevo orden resulta demasiado incómodo tolerar a ciudadanos que, como padres, desean educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones. Sucede que en la inmensa mayoría de los casos, esas convicciones son las de la fe católica. El derecho a la educación no es la pieza a batir; lo es la libertad religiosa. Es la Cruz la que molesta a los guardianes del laicismo. Se libra una batalla ideológica con el fin de desterrar a los católicos de la vida pública obligándoles a replegarse a sus hogares y a las sacristías. Tratan de imponer que la religión es un asunto de conciencia recluido en la intimidad personal y no debe entorpecer la esfera pública. La libertad deviene en bulto sospechoso.

Como el progresismo bebe en las mismas fuentes del totalitarismo, juegan con una mano a perseguidores y con otra a liberales. Arremeten contra los católicos siendo  sumamente respetuosos con otras religiones. Postulan que la religión debe adecuarse al ámbito público pero se afanan por que en los comedores de las escuelas públicas el menú se adapte al Islam. El discurso hegemónico de la izquierda rezuma hipocresía, incoherencia y doble rasero. Sus voceros hoy afirman lo que niegan mañana. Hacen lo contrario de lo que predican. Defensores de los servicios públicos pero jamás usuarios del transporte colectivo. Partidarios de la enseñanza pública pero padres de alumnos de colegios privados. Cualquier día estos hipócritas y enemigos de la libertad intentarán persuadirnos de que la democracia no significa que los ciudadanos puedan votar. Ya lo intentaron y fracasaron detrás del telón de acero.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de noviembre de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/207004/libertades-bajo-sospecha.html

Rebaño

El almirante Wilhem Canaris solía decir a sus amigos que cuando se cruzaran con un rebaño de ovejas no dejaran de hacer el saludo nazi. “Al fin y al cabo”, añadía con su característico humor, “nunca se sabe”. Canaris fue el personaje más desconcertante de la Alemania nazi. Jefe de la Abwehr, el servicio de espionaje militar alemán, y furibundo antihitleriano, sería arrestado por la Gestapo por su participación en la conjura contra Hitler del 20 de julio de 1944, y ejecutado el 9 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenburg.

En su novela Final en Berlín escribe Heinz Rein que “por muy heterogéneos que fueran los elementos que convergieron en el Partido nazi antes de convertirse en el Partido del Estado, tenían un denominador común: todos ellos eran descarriados o estaban a punto de descarriarse”. Un conglomerado de aventureros desarraigados, violentos mercenarios, mafiosos de los bajos fondos, interesados con afán de notoriedad, arribistas sin escrúpulos que practicaron una violencia brutal sobre sus adversarios políticos tomando el control de las calles en las ciudades alemanas. Aquellos bárbaros militantes serían descritos atinadamente por Theodor Pliever en su libro Berlín: “Y ocurrió que Hitler al hacer redoblar el tambor en una época de crisis y de decadencia cultural se hizo con todos los que vivían sin ideales políticos y religiosos. Junto a él se agruparon los más diversos elementos de la decadencia y su presencia bastó para dispersar las tradiciones, que hasta entonces se habían mantenido intactas y fuertemente unidas”. Como cuenta Luis Abeytua en Lo que sé de los nazis, muchos de los jerarcas del hitlerismo procedían de las más humildes clases sociales, la mayoría carecían de un empleo estable y sus escasos méritos académicos o profesionales no bastaban para justificar su rápido encumbramiento. “Una histérica plebe parlamentaria” como denominó en su Diario de Berlín el periodista Wiliam Shirer a los seiscientos diputados que vestían camisa parda. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, puede leerse en la obra anónima Una mujer en Berlín.

Con su nihilismo absoluto, su técnica propagandística y su régimen de terror, Hitler logró el truco de prestidigitación de equiparar el nazismo con el pueblo alemán, convirtiendo a éste en un borreguil instrumento sin voluntad. Al control total sobre la opinión pública, se añadió el adoctrinamiento escolar. El mismo Shirer explica cómo se nazificaron las escuelas mediante la implantación de nuevos libros de texto nazis que falsificaron la historia, “hasta extremos que a veces son cómicos”. Se practicó, además, un socavamiento sistemático de la autoridad de los padres por parte de las Juventudes Hitlerianas. “Divisiones de individuos sin carácter a las órdenes de idiotas marcando el mismo paso”, como las definió Odon von Horvarth en Juventud sin Dios. La pertenencia a dicha organización desligaba al afiliado de cualquier relación familiar.

En la citada obra de Heinz, uno de los protagonistas inquiere a otro personaje: “¿No ha comprendido usted que uno de los primeros objetivos del nacionalsocialismo consiste en acabar con todas las relaciones personales y en lugar de éstas, aplicar un principio rígido?” En otro momento, el mismo protagonista afirma que el nacionalsocialismo es la suma de barbarie más técnica moderna como ideología. Quien fuera Ministro de Armamento de Hitler, el arquitecto Albert Speer, afirmó durante el proceso de Nuremberg, en el que fue condenado a veinte años de prisión, que “la de Hitler fue la primera dictadura de un Estado industrializado en estos tiempos modernos”. Una dictadura que para ejercer el dominio sobre su propio pueblo, supo servirse a la perfección de todos los medios técnicos. Mediante la radio y el altavoz, ochenta millones de personas pudieron ser sometidas a la voluntad de un único individuo. Pero también el teléfono, el télex y la radio permitieron transmitir sin dilación las órdenes dictadas por la suprema jerarquía a los órganos inferiores donde fueron obedecidas ciegamente y sin cuestionarse debido a su elevada autoridad. Se hizo posible crear una extensa red de vigilancia de la población y conseguir un alto grado de confidencialidad de los actos criminales. Speer también afirmó que todos los Estados del mundo corren hoy el riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una dictadura ese peligro parece ineludible. Cuanto más se tecnifique el mundo, será más necesario que, en contrapartida, se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre a su propia dignidad.

Durante los años de la República de Weimar, nadie pensaba que Hitler, aquel “charlatán de cervecería”, llegaría a controlar Alemania y gran parte de Europa. Hubo mucha vacilación, candidez y cesiones entre los dirigentes alemanes de la época, que creyeron que podrían pararle los pies a aquel “pequeño cabo austríaco”, que siempre tuvo muy claro su objetivo. El presidente Hindenburg acabaría dándole el espaldarazo. Y la técnica le permitió culminar su sistema criminal. En tiempos como los actuales, debemos saber parar a tiempo a nuestros “pequeños cabos” y también liberarnos del control de la tecnología. Solo así evitaremos convertirnos en un manso rebaño.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 21 de febrero de 2021 https://www.elimparcial.es/noticia/222267/opinion/rebano.html

8-Mentiras

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Frase aleccionadora con la que comienza su obra, El conocimiento inútil, Jean François Revel. El año 2020 ha sido en España un año pródigo en mentiras. Un hombrecillo de revuelto cabello e indumentaria poco apropiada para un serio y escrupuloso portavoz del Gobierno, tranquilizó a los españoles diciendo que en nuestro país solamente se darían uno o dos casos de contagios por coronavirus. Durante la nefasta jornada del 8 de marzo pasado, algunas feministas escasamente responsables portaban en la calle un farsante mensaje: “el machismo mata más que el coronavirus”. Nos han mentido en el número de fallecidos por COVID-19. A estos embustes siguieron otros: “No vamos a dejar a nadie atrás”, “hemos vencido al virus”, “no pactaremos con independentistas” y el engaño acerca de informes ocultos sobre los fondos europeos. La última falacia, que adopta la forma de contradicción, ha sido el esperpéntico acto de apisonar las armas de los asesinos al mismo tiempo que se gobierna pactando con los asesinos. Es doctrina cristiana combatir el pecado y salvar  al pecador. Pero siempre que concurra el arrepentimiento de éste. Otra trola más.

La verdad habla por sí sola, pero la mentira habla por el Gobierno. Vivimos en una impostura permanente con unos dirigentes instalados en el reino del engaño. Su liturgia es la patraña. Cada día hay más especialistas en falsificar números y palabras, generando manipulación. Se extiende la sensación de que lo único que interesa es el poder, creando para su mantenimiento un método basado en el enredo sistemático. Como cuenta Víktor Kemplerer en sus Diarios, “los regímenes totalitarios siempre han especulado claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a las nuevas generaciones deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria, y lograr entremezclar verdades con mentiras”. Para engañar se necesita mentir y que te crean; aunque mientas, si la gente no te cree, no hay engaño. Dice un proverbio árabe que cuando alguien te engaña, la primera vez es culpa suya, pero que a partir de la segunda, la culpa es ya enteramente tuya.

En una democracia, la responsabilidad de los medios de comunicación y de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. El derecho a la información de los ciudadanos debe garantizarse exponiendo hechos y verdades y al mismo tiempo desenmascarando las falsedades y rectificando las mentiras. La opinión pública tiene derecho a conocer lo verdadero y a denunciar la falsedad. Cuando en una sociedad se renuncia a divulgar la verdad y a desmentir la mentira se derrumba vertiginosamente la confianza en las instituciones y se quiebra la convivencia. ¡Qué lejos estamos de aquél hombre soñado por Jefferson! “el hombre que no teme a las verdades, nada tiene que temer de las mentiras”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 7 de marzo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/222768/opinion/8-mentiras.html

La gran farsa

Tras el derribo del muro de Berlín, el primer movimiento de la izquierda fue esquivar cualquier ejercicio de reflexión. Hubo algunos amagos de revisión crítica, pero sin muestras de arrepentimiento. A comienzos de 1991, se prepara, lo que Jean François Revel tituló en su libro, La gran mascarada. La intelligentsia de izquierdas, lejos de experimentar cierto remordimiento de conciencia, se afanó día a día en producir a gran escala argumentos y justificaciones que omitieran o postergaran las enseñanzas de la Historia en un intento por camuflar una tiranía bajo la máscara del Bien. Se diseñó una estrategia puramente dialéctica: como finta preliminar, se sostuvo que al comunismo no hay que juzgarlo por sus actos, sino por sus intenciones. Su fracaso es, entonces, imputable al mundo, a la Humanidad, y no a la idea comunista. Tras esta primera andanada, llega el golpe definitivo: Puede que el modelo económico comunista sea nefasto, pero es el único sistema capaz de salvar al mundo del consumismo, del imperio del dinero, en suma, del liberalismo desenfrenado.

En conclusión, que el asesinato masivo y la atrocidad en serie quedan santificadas por las buenas intenciones; que el comunismo es intrínsecamente bueno, pero extrínsecamente influenciable, pudiéndose en ocasiones echar a perder; y que el peligro actual es el liberalismo. Según Revel, tres rasgos definen la ideología comunista “la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios y la negativa a analizar la causa de los fracasos”. La ideología comunista sobrevive hoy travestida con ropajes de feminismo, ecologismo, animalismo o de ideología de género. Pero ya no pueden engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías y conocidos son sus métodos.

En su aleccionador libro, El telón de acero, Anne Appelbaum atribuye a los juicios amañados con los que Stalin se deshacía caprichosamente de sus correligionarios más incómodos, una función pública didáctica: Si la Europa comunista no había superado a la capitalista, si el nivel de vida era bajo, si las infraestructuras presentaban fallos, si el suministro de productos sufría retrasos o era insuficiente, los juicios amañados tenían una explicación para todo ello: los espías extranjeros, los saboteadores nefandos y los traidores que se hacían pasar por leales comunistas habían secuestrado el progreso. Hoy, en medio del desgobierno provocado por un perverso cálculo político y un maniqueo sectarismo ideológico, percibimos ciertos tics legatarios de aquella depurada técnica totalitaria empleada por la nomenclatura para desviar la culpa y escurrir el bulto buscando cabezas de turco a quien imputar el desaguisado propio.

Han pasado y pasan muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que ya saldrán. En su novela más famosa, El cero y el infinito, el ex comunista Arthur Koestler escribe: “El partido promete una cosa: después de la victoria, un día en que ya no pueda perjudicar, el material de los archivos secretos se hará público. Entonces, el mundo sabrá qué había detrás de esa farsa de títeres”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 29 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211556/opinion/la-gran-farsa.html