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Lecturas jurásicas (y IV) libertad o comunismo

En el Berlín ocupado por los aliados tras la II Guerra Mundial, dos soldados, uno de EEUU y otro de la URSS, discuten sobre democracia. El norteamericano da su definición de ésta: “La democracia significa que yo puedo ir a Washington y frente a la Casa Blanca gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. El soldado soviético replica: “También nosotros tenemos democracia. Yo puedo ir a Moscú y frente al Kremlin gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. Por encima de la anécdota, queda la categoría. Esa ignorancia voluntaria de los hechos, que le impide reconocerlos, uno de los rasgos más acusados de la ideología comunista.

No hay forma más perfecta de sumisión que aquella que conserva la apariencia de libertad, advertía Jean-Jacques RousseauTiene que parecer democrático, pero todo debe quedar bajo nuestro control, solía decir quien fuera presidente de la Alemania Oriental, el comunista Walter Ulbricht. Y es que el vicio inconfesable del comunismo es una democracia sin libertad. Cuando un comunista reclama democracia y libertad es porque no tiene el poder. El comunismo demanda libertad como antesala indispensable de la tiranía que implantará cuando llegue al poder. Cuando a un comunista en el gobierno le reclaman libertad, pregunta ¿para qué? La libertad la desean solo para conquistar el poder.

En su obra Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, el polítólogo francés Raymond Aron estudió con detalle aquellos siniestros regímenes marxistas que fueron las democracias populares. Los rasgos característicos de las mismas eran la noción de que un partido, y solo uno, tiene el derecho de existir, lo que acarrea el monopolio ideológico por ese partido y la eliminación de los partidos rivales, en tanto que pretendan sustituir al que ocupe el poder. Un segundo elemento fue el sistema de propaganda para el control y uso de las masas. Un tercero era la reconstitución del orden social, mediante una jerarquía por razón de la función, del cargo y no de la persona.

En plena Guerra fría, el británico Ernest Bevin, político laborista, se jactaba de que “las izquierdas entienden a las izquierdas”, insinuando que los socialdemócratas en Inglaterra y Europa harían muy buenas migas con los comunistas. Los cándidos de entonces, como Bevin, no alcanzaban a comprender que los comunistas nunca quisieron mantener buenas relaciones ni con la socialdemocracia ni con la democracia; solamente pretendían ser los amos destruyendo a todo el que se pusiera en su camino. El comunismo jamás apoya la democracia, sino que se aprovecha de ella para alcanzar sus objetivos. Las elecciones le sirven pero solo como una ruta amplia mientras no puede escalar el monte por el atajo expeditivo de la revolución. Mientras tanto, rompen el juego de la convivencia democrática y desestabilizan la vida pública provocando disturbios y urdiendo bulos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 2 de mayo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/225113/lecturas-jursicas-y-iv:-libertad-o-comunismo.html

Lecturas jurásicas (III)

A su regreso de Moscú, el jefe de un koljós cuenta a los trabajadores de la explotación colectiva los enormes progresos urbanos de la capital soviética. “He visto, dice, grandes barrios con rascacielos modernísimos con todo confort habitados por obreros”. Uno de los campesinos le replica: “Pues yo no vi nada de eso cuando estuve el mes pasado en Moscú”. El jefe del koljós le responde severamente: “Debiste callejear menos y leer más los periódicos del Partido”.

El comunismo no solo fue un vasto sistema de represión y muerte, también un perverso modelo global de falsedad y manipulación. Disparates como los siguientes certifican el metódico y sistemático empleo de la mentira. El 28 de agosto de 1949 se cumplía en Alemania el bicentenario del nacimiento de Johann Wolfgang Goethe, que además había nacido en Weimar, ciudad de la Alemania del Este. El Partido Comunista, el Ministerio de Cultura e, incluso, la Stasi, la policía secreta del Estado, iniciaron una campaña casi desesperada para reivindicar que esa aristocrática figura de la Ilustración era una suerte de protocomunista. Planearon un elaborado festival para mostrar a Occidente que a los comunistas les importaba más la alta cultura que a los capitalistas. Un funcionario del Ministerio de Cultura llegó a decir en un discurso: “Si miráis en la obra de Goethe veréis que siempre trabajó en favor del materialismo dialéctico marxista sin darse cuenta de ello”. En 1952, el departamento de propaganda del Comité Central del Partido Comunista polaco entregó un panfleto a agitadores del Partido que contenía consignas como estas: “Los imperialistas americanos están reconstruyendo la Wehrmacht neonazi y preparándola para invadir Polonia, mientras que la URSS ayuda a los polacos a desarrollar tecnología, cultura y arte”.

El totalitarismo soviético hizo del cinismo su recurso supremo, hábilmente aprovechado en proporciones descomunales y sabiamente combinado con el momento oportuno de acuerdo con la mejor técnica comunista. El resultado: añagazas para embaucar a las masas, temerosas en su gran parte, y sobre todo, para controlar absolutamente el poder. En 1948 los comunistas de la Europa del Este abandonaron sus intentos de adquirir legitimidad a través de un proceso electoral y dejaron de tolerar cualquier forma de verdadera oposición. En todas partes se siguieron estos patrones: eliminación de los partidos derechistas o anticomunistas, destrucción de la izquierda no comunista y, después, eliminación de la oposición dentro del propio partido comunista. No por ello la política fue clausurada en las llamadas democracias populares. Sin embargo, la política se había convertido en algo que se desarrollaba, no entre varios partidos, sino en el seno de un único partido. Y así se mantendría hasta el derribo del muro de Berlín en 1989.

En su Diario fin de siglo, Jean François Revel nos advierte de que “todavía tenemos demasiado arraigadas, pese a la victoria de las democracias, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento.”

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224819/opinion/lecturas-jurasicas-iii.html

Lecturas jurásicas (II)

¿Quién es Stalin? pregunta un inspector a un alumno durante un examen oficial en una escuela de algún lugar de la URSS. El niño, a quien de antemano le han ordenado decir las respuestas, contesta sin titubear: Stalin es mi padre¿Y quién es tu madre? prosigue preguntando el inspector. Mi madre es el Estado, responde el alumno. ¿Qué quieres ser de mayor? Ante esa pregunta el niño titubea y, en lugar de responder según el guion impuesto, ser un trabajador disciplinado y leal a la patria del proletariado, contesta valientemente: ¡Quiero ser huérfano!

Bajo la tiranía comunista es frecuente que las personas adopten lo que Hannah Arendt definió como una personalidad totalitaria: “el ser humano completamente aislado que, sin otros lazos sociales con la familia, los amigos o los simples conocidos, deriva su sensación de ocupar un lugar en el mundo únicamente a partir de su pertenencia a un movimiento, de su afiliación a un partido”.

Los planes bolcheviques en la Europa de la posguerra mundial fueron presentados nítidamente a la Komintern por su secretario general, camarada Dimitroff: “Para asegurar la Revolución comunista y la posición preeminente del proletariado, los niños en los que aún no han arraigado las progresivas ideologías del marxismo y del leninismo, deben ser alejados de todas aquellas influencias a las que están expuestos en el ambiente capitalista que hasta ahora les ha rodeado. Por este motivo, serán sometidos a una educación del Estado en los vastos territorios que ya han sido liberados desde la Revolución de Octubre. No llegarán a conocer todos aquellos nocivos conceptos e ideas que se les quería inculcar en la antigua Europa de la burguesía, y si ya los hubieran aprendido, volverán a olvidarlos”.

Tras una interrupción motivada por la ensordecedora y desenfrenada ovación del auditorio, el orador continuó con voz estentórea: “Además, las madres de esos niños y también aquellas mujeres que aún no son madres, serán alejadas de la dañina influencia del mundo de la ideología burguesa del Oeste de Europa, para darles ocasión de participar de la reconstrucción del socialismo en los territorios que siempre han constituido la patria del proletariado internacional. Allí formarán columnas de trabajo colectivas. Respecto a los hombres, éstos lucharán con el arma al brazo por la futura unión mundial de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y esto tendrán que hacerlo incluso aquellos que todavía no se han percatado de que este es el único camino para la liberalización de la humanidad. Si uno de estos hombres intentara traicionar nuestra causa negándose a luchar contra el capitalismo mundial, nosotros sabremos hacer que sufra las consecuencias de tal locura”. Sonoros y prolongados aplausos.

¡Qué viejas resultan aquellas recientes palabras de la ministra de Educación, Celaá, afirmando que los hijos son del Estado! ¡Cómo inquietan a unos padres que vemos cómo el Estado pretende asumir el monopolio docente! Una clara usurpación de funciones estrictamente parentales, que entraña consecuencias letales por la intromisión ideológica que supone en espacios propios de la personalidad del individuo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 18 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224492/opinion/lecturas-jurasicas-ii.html

Lecturas jurásicas (I)

El “tyrannosaurus rex”, tenía las dimensiones de una locomotora, pero su cerebro no rebasaba el tamaño de un plátano. Carnívoro y de instinto carroñero, ha sido considerado como el mayor depredador. Aquél gigante desapareció de la Tierra, lo mismo que el comunismo. ¿O no? Igual que el tiranosaurio violentaba la convivencia de su ecosistema, la ideología comunista implica una subversión total de la sociedad utilizando a su conveniencia formas democráticas.

Por la Hungría de la Guerra Fría circulaba un chiste sobre la definición de comunismo: “una lucha incesante contra una serie de dificultades que jamás existirán en ningún otro sistema político”. En Mi siglo, el polaco Aleksander Wat, otro intelectual desengañado del edén comunista, certificaría la maldad y el sadismo del terrorífico régimen. Así menciona algunas de aquellas dificultades: “La pérdida de la libertad, la tiranía, el maltrato y el hambre habrían sido más fáciles de soportar sin la obligación de llamarlas libertad, justicia, el bien del pueblo. Las mentiras, por su propia naturaleza parcial y efímera, se revelan como tales cuando se enfrentan con los esfuerzos del lenguaje por descubrir la verdad. Pero aquí todos los medios de revelación habían sido confiscados de manera permanente por la policía”.

Es, precisamente, en aquella desgraciada Europa, llamada “del Este”, donde se implantaría cruel e implacablemente la barbarie del comunismo siguiendo el frío y tenebroso manual diseñado por los teóricos de La Komintern (Internacional Comunista), un organismo dedicado a derrocar los regímenes capitalistas según las directrices leninistas y que, como describiera el historiador Richard Pipes, constituyó entonces una declaración de guerra a todos los Gobiernos existentes. Con asombrosa nitidez describe Anne Appelbaum en su libro Tras el telón de acero cómo los nuevos jefes de la Europa del Este crearon una sociedad comunista. Aún sabiendo que lo prioritario era la economía, sin embargo, durante los primeros meses tras la guerra y debido a la fuerte oposición popular, las prioridades fueron políticas: Estado policial, control férreo de la sociedad civil y sometimiento de los medios de comunicación. No hubo revolución económica, sino institucional, y tras ella el Estado se hizo paulatinamente con el control de la economía.

Según la visión marxista, una economía planificada es una forma superior de economía popular en la cual la industria era el futuro, por lo que ésta siempre interesó a los comunistas mucho más que los sectores atrasados como la agricultura, o irrelevantes como el comercio al por menor. El objetivo de la industrialización era también político: cuando todos fueran obreros de la industria, entonces todos apoyarían al comunismo. Mientras, la destrucción de la clase media privaría a la oposición de seguidores y aliados. Por ello, los líderes comunistas sentían aversión hacia los pequeños negocios. La producción a pequeña escala, decían, engendra burguesía y capitalismo. Aquellas economías comunistas crecieron después de la guerra porque empezaban de cero, pero pronto quedaron rezagadas con respecto a las de la Europa libre. Nunca lograron, si quiera, alcanzarlas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 11 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224171/opinion/lecturas-jurasicas-i.html

Rebaño

El almirante Wilhem Canaris solía decir a sus amigos que cuando se cruzaran con un rebaño de ovejas no dejaran de hacer el saludo nazi. “Al fin y al cabo”, añadía con su característico humor, “nunca se sabe”. Canaris fue el personaje más desconcertante de la Alemania nazi. Jefe de la Abwehr, el servicio de espionaje militar alemán, y furibundo antihitleriano, sería arrestado por la Gestapo por su participación en la conjura contra Hitler del 20 de julio de 1944, y ejecutado el 9 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenburg.

En su novela Final en Berlín escribe Heinz Rein que “por muy heterogéneos que fueran los elementos que convergieron en el Partido nazi antes de convertirse en el Partido del Estado, tenían un denominador común: todos ellos eran descarriados o estaban a punto de descarriarse”. Un conglomerado de aventureros desarraigados, violentos mercenarios, mafiosos de los bajos fondos, interesados con afán de notoriedad, arribistas sin escrúpulos que practicaron una violencia brutal sobre sus adversarios políticos tomando el control de las calles en las ciudades alemanas. Aquellos bárbaros militantes serían descritos atinadamente por Theodor Pliever en su libro Berlín: “Y ocurrió que Hitler al hacer redoblar el tambor en una época de crisis y de decadencia cultural se hizo con todos los que vivían sin ideales políticos y religiosos. Junto a él se agruparon los más diversos elementos de la decadencia y su presencia bastó para dispersar las tradiciones, que hasta entonces se habían mantenido intactas y fuertemente unidas”. Como cuenta Luis Abeytua en Lo que sé de los nazis, muchos de los jerarcas del hitlerismo procedían de las más humildes clases sociales, la mayoría carecían de un empleo estable y sus escasos méritos académicos o profesionales no bastaban para justificar su rápido encumbramiento. “Una histérica plebe parlamentaria” como denominó en su Diario de Berlín el periodista Wiliam Shirer a los seiscientos diputados que vestían camisa parda. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, puede leerse en la obra anónima Una mujer en Berlín.

Con su nihilismo absoluto, su técnica propagandística y su régimen de terror, Hitler logró el truco de prestidigitación de equiparar el nazismo con el pueblo alemán, convirtiendo a éste en un borreguil instrumento sin voluntad. Al control total sobre la opinión pública, se añadió el adoctrinamiento escolar. El mismo Shirer explica cómo se nazificaron las escuelas mediante la implantación de nuevos libros de texto nazis que falsificaron la historia, “hasta extremos que a veces son cómicos”. Se practicó, además, un socavamiento sistemático de la autoridad de los padres por parte de las Juventudes Hitlerianas. “Divisiones de individuos sin carácter a las órdenes de idiotas marcando el mismo paso”, como las definió Odon von Horvarth en Juventud sin Dios. La pertenencia a dicha organización desligaba al afiliado de cualquier relación familiar.

En la citada obra de Heinz, uno de los protagonistas inquiere a otro personaje: “¿No ha comprendido usted que uno de los primeros objetivos del nacionalsocialismo consiste en acabar con todas las relaciones personales y en lugar de éstas, aplicar un principio rígido?” En otro momento, el mismo protagonista afirma que el nacionalsocialismo es la suma de barbarie más técnica moderna como ideología. Quien fuera Ministro de Armamento de Hitler, el arquitecto Albert Speer, afirmó durante el proceso de Nuremberg, en el que fue condenado a veinte años de prisión, que “la de Hitler fue la primera dictadura de un Estado industrializado en estos tiempos modernos”. Una dictadura que para ejercer el dominio sobre su propio pueblo, supo servirse a la perfección de todos los medios técnicos. Mediante la radio y el altavoz, ochenta millones de personas pudieron ser sometidas a la voluntad de un único individuo. Pero también el teléfono, el télex y la radio permitieron transmitir sin dilación las órdenes dictadas por la suprema jerarquía a los órganos inferiores donde fueron obedecidas ciegamente y sin cuestionarse debido a su elevada autoridad. Se hizo posible crear una extensa red de vigilancia de la población y conseguir un alto grado de confidencialidad de los actos criminales. Speer también afirmó que todos los Estados del mundo corren hoy el riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una dictadura ese peligro parece ineludible. Cuanto más se tecnifique el mundo, será más necesario que, en contrapartida, se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre a su propia dignidad.

Durante los años de la República de Weimar, nadie pensaba que Hitler, aquel “charlatán de cervecería”, llegaría a controlar Alemania y gran parte de Europa. Hubo mucha vacilación, candidez y cesiones entre los dirigentes alemanes de la época, que creyeron que podrían pararle los pies a aquel “pequeño cabo austríaco”, que siempre tuvo muy claro su objetivo. El presidente Hindenburg acabaría dándole el espaldarazo. Y la técnica le permitió culminar su sistema criminal. En tiempos como los actuales, debemos saber parar a tiempo a nuestros “pequeños cabos” y también liberarnos del control de la tecnología. Solo así evitaremos convertirnos en un manso rebaño.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 21 de febrero de 2021 https://www.elimparcial.es/noticia/222267/opinion/rebano.html

8-Mentiras

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Frase aleccionadora con la que comienza su obra, El conocimiento inútil, Jean François Revel. El año 2020 ha sido en España un año pródigo en mentiras. Un hombrecillo de revuelto cabello e indumentaria poco apropiada para un serio y escrupuloso portavoz del Gobierno, tranquilizó a los españoles diciendo que en nuestro país solamente se darían uno o dos casos de contagios por coronavirus. Durante la nefasta jornada del 8 de marzo pasado, algunas feministas escasamente responsables portaban en la calle un farsante mensaje: “el machismo mata más que el coronavirus”. Nos han mentido en el número de fallecidos por COVID-19. A estos embustes siguieron otros: “No vamos a dejar a nadie atrás”, “hemos vencido al virus”, “no pactaremos con independentistas” y el engaño acerca de informes ocultos sobre los fondos europeos. La última falacia, que adopta la forma de contradicción, ha sido el esperpéntico acto de apisonar las armas de los asesinos al mismo tiempo que se gobierna pactando con los asesinos. Es doctrina cristiana combatir el pecado y salvar  al pecador. Pero siempre que concurra el arrepentimiento de éste. Otra trola más.

La verdad habla por sí sola, pero la mentira habla por el Gobierno. Vivimos en una impostura permanente con unos dirigentes instalados en el reino del engaño. Su liturgia es la patraña. Cada día hay más especialistas en falsificar números y palabras, generando manipulación. Se extiende la sensación de que lo único que interesa es el poder, creando para su mantenimiento un método basado en el enredo sistemático. Como cuenta Víktor Kemplerer en sus Diarios, “los regímenes totalitarios siempre han especulado claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a las nuevas generaciones deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria, y lograr entremezclar verdades con mentiras”. Para engañar se necesita mentir y que te crean; aunque mientas, si la gente no te cree, no hay engaño. Dice un proverbio árabe que cuando alguien te engaña, la primera vez es culpa suya, pero que a partir de la segunda, la culpa es ya enteramente tuya.

En una democracia, la responsabilidad de los medios de comunicación y de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. El derecho a la información de los ciudadanos debe garantizarse exponiendo hechos y verdades y al mismo tiempo desenmascarando las falsedades y rectificando las mentiras. La opinión pública tiene derecho a conocer lo verdadero y a denunciar la falsedad. Cuando en una sociedad se renuncia a divulgar la verdad y a desmentir la mentira se derrumba vertiginosamente la confianza en las instituciones y se quiebra la convivencia. ¡Qué lejos estamos de aquél hombre soñado por Jefferson! “el hombre que no teme a las verdades, nada tiene que temer de las mentiras”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 7 de marzo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/222768/opinion/8-mentiras.html

La gran farsa

Tras el derribo del muro de Berlín, el primer movimiento de la izquierda fue esquivar cualquier ejercicio de reflexión. Hubo algunos amagos de revisión crítica, pero sin muestras de arrepentimiento. A comienzos de 1991, se prepara, lo que Jean François Revel tituló en su libro, La gran mascarada. La intelligentsia de izquierdas, lejos de experimentar cierto remordimiento de conciencia, se afanó día a día en producir a gran escala argumentos y justificaciones que omitieran o postergaran las enseñanzas de la Historia en un intento por camuflar una tiranía bajo la máscara del Bien. Se diseñó una estrategia puramente dialéctica: como finta preliminar, se sostuvo que al comunismo no hay que juzgarlo por sus actos, sino por sus intenciones. Su fracaso es, entonces, imputable al mundo, a la Humanidad, y no a la idea comunista. Tras esta primera andanada, llega el golpe definitivo: Puede que el modelo económico comunista sea nefasto, pero es el único sistema capaz de salvar al mundo del consumismo, del imperio del dinero, en suma, del liberalismo desenfrenado.

En conclusión, que el asesinato masivo y la atrocidad en serie quedan santificadas por las buenas intenciones; que el comunismo es intrínsecamente bueno, pero extrínsecamente influenciable, pudiéndose en ocasiones echar a perder; y que el peligro actual es el liberalismo. Según Revel, tres rasgos definen la ideología comunista “la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios y la negativa a analizar la causa de los fracasos”. La ideología comunista sobrevive hoy travestida con ropajes de feminismo, ecologismo, animalismo o de ideología de género. Pero ya no pueden engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías y conocidos son sus métodos.

En su aleccionador libro, El telón de acero, Anne Appelbaum atribuye a los juicios amañados con los que Stalin se deshacía caprichosamente de sus correligionarios más incómodos, una función pública didáctica: Si la Europa comunista no había superado a la capitalista, si el nivel de vida era bajo, si las infraestructuras presentaban fallos, si el suministro de productos sufría retrasos o era insuficiente, los juicios amañados tenían una explicación para todo ello: los espías extranjeros, los saboteadores nefandos y los traidores que se hacían pasar por leales comunistas habían secuestrado el progreso. Hoy, en medio del desgobierno provocado por un perverso cálculo político y un maniqueo sectarismo ideológico, percibimos ciertos tics legatarios de aquella depurada técnica totalitaria empleada por la nomenclatura para desviar la culpa y escurrir el bulto buscando cabezas de turco a quien imputar el desaguisado propio.

Han pasado y pasan muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que ya saldrán. En su novela más famosa, El cero y el infinito, el ex comunista Arthur Koestler escribe: “El partido promete una cosa: después de la victoria, un día en que ya no pueda perjudicar, el material de los archivos secretos se hará público. Entonces, el mundo sabrá qué había detrás de esa farsa de títeres”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 29 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211556/opinion/la-gran-farsa.html

Curas

Uno de tantos intrépidos transportistas de marcancías me hablaba de los parabienes públicos que recibe por hacer su trabajo en este convulso tiempo de pandemia, transportando con su camión alimentos, ropa o cualquier otro objeto allí donde se necesitan. Se quitaba méritos renunciando a tales reconocimientos, en comparación, decía, con la heroica tarea que los sanitarios están realizando por los enfermos del virus. Comprensible reflexión. De pronto, entre el personal sanitario, incluyó también a los curas, porque los sacerdotes también curan a su manera, dijo. Repuesto de la clerical sorpresa, ante tanto anticlericalismo trasnochado y caducos prejuicios laicistas en el ambiente, apostillé que, en efecto, la palabra cura viene del latín curatio que significa cuidado. El cura lo es porque cura las almas.      

Comenzamos entonces un instructivo diálogo sobre la necesaria labor de sacerdotes y párrocos detectando males, sugiriendo remedios y aportando cimientos firmes y no movedizos. Porque no es solo en esta angustiosa coyuntura por la que atravesamos, decía el transportista, también en circunstancias ordinarias. Hay curas que desde sus sacristías logran llevar aliento y sosiego a quien lo necesita. Y aludía a la semejanza con el servicio prestado a través de su camión. Los sacerdotes cargan un imaginario camión de arena, de esa arena del desierto sobre el cual muchas almas están haciendo su particular travesía para que ésta les resulte lo más liviana posible. O cargan el remolque con piedras liberando a los espíritus de tan pesada carga. Según el camionero, vivimos en una franca desorientación que nos acarrea desconcierto. No es extraño que nos invadan la fría desolación y la inquitante congoja. A la miseria material, se suma la espiritual, decía. Diariamente, desde su cabina percibe cómo teorías erróneas y doctrinas disolventes van ganando terreno, esparciéndose una confusa mezcolanza de actitudes negativas y destructivas. La naturaleza humana en su origen es buena pero imperfecta, apunté. Sí, y la falta de vida sobrenatural, con los sinuosos errores y las debilidades y apostasías, provocan un efecto perturbador en las almas, precisó él, y ahí es donde los curas hacen una apostolado encomiable. Por eso, hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte, que por la perseverancia de millares de justos. 

Viéndole tan preciso y cabal, le pregunté cuáles eran a su juicio las cualidades de un cura. Y con la misma naturalidad con la que se pone al volante de su camión por la ruta diaria, comenzó a enumerar: Ser gran campeón de la fe y tener fe en la grandeza de su misión. Ser vigía permanente en la defensa de la Iglesia. Estar dotado de la suprema sabiduría de ésta, como escuela de santidad, para preparar las cosechas de Dios. Infundir, con oración y silencio interior, esperanza, aunque pequeñita, pero alentadora y consoladora. Abrigar un amor insobornable y sincero a la verdad, por encima siempre de la conveniencia propia. Ser hombre de nuestro tiempo y atento hacia el mundo. Tener como meta de noble aspiración el servir, con humildad y espíritu apostólico, a la comunidad. Ser ejemplo de enterísima humanidad, contemplativa y activa a la vez, y alejada del activismo frenético que hoy consume tantas energías. Caminar, con vocación irresistible y abnegada dedicación, por rutas de perfección sembradas de riesgos, de cruces. Ser exigente en sus tareas, abierto a la colaboración de todos, magnánimo para seguir su camino sin distraerse con banales impertinencias. Lanzar resplandores de aurora que iluminan el día y la noche. Conquistar entendimientos y corazones mediante procedimientos de cordura y de caridad. No dar frías lecciones sino generar, con tono grato y sereno, diálogos llenos de gracia y vida. Forjar hombres sólidamente acorazados y difícilmente vulnerables. Demostrar una fraternal audacia ante tanto demoledor menosprecio. Y sobre todo, edificar lenta pero tenazmente.

No son las buenas leyes, sino las buenas prácticas, las que transforman los pueblos. Decía Napoleón que “un sacerdote me hace el trabajo de cien policías”. “Mas hacen por el mundo los que oran que los que pelean”, aseveraba Donoso Cortés, quien también concluyó que “toda civilización es el reflejo de una teología”. Al final, va a ser verdad que toda problemática humana tiene una clave religiosa. Va a ser verdad que hay curas como titanes, como camiones, como camioneros. Vamos, creo yo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 17 de enero de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/221045/opinion/curas.html

Alcaldes

Se prohibió fumar en los cafés. También compartir prensa por temor al contagio. Se preguntaba Azorín ¿qué vais a hacer en un café si no fumáis ni leéis los periódicos? Un español que está en un café no puede hablar sino del Gobierno. Y un español que habla del Gobierno, claro está que ha de hablar mal, aseveraba el escritor. Pedro Sánchez es ya tan hábil en el empleo del bluff como lo fue Benito Mussolini. En el acopio de mentiras aún no supera a Goebbles, salvo que a sus trolas sume las de Tezanos y Simón. Donde Sánchez es insuperable es en la simplicidad de frase y de concepto. Padece también síntomas por cohabitar, como decía Azorín, entre profesionales de la revolución y explotadores del pueblo.

Una concepción socialcomunista desemboca fatídicamente en una planificación totalitaria. Se anega la libertad individual y frustra la iniciativa de los cuerpos sociales. El vacío es ocupado por colectivismo, subvenciones y un sistema impositivo que aniquila la pujanza de la sociedad civil. Si para manejar los pequeños negocios basta el buen sentido “¿cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismos podrán conseguir escoger bien a quienes deban conducirles?” se pregunta Alexis de Tocqueville en De la democracia en América. A esto es incapaz de responder un progresista. Ser progresista no significa ser partidario del progreso. Como ser antiprogresista no supone estar en contra del progreso. El progresista convierte al progreso en ideología, en un mito, en una religión al revés. Cuenta Gracián en El Criticón que un hombre, por vía de castigo, es encerrado en una cueva en compañía de feroces animales; a los gritos del prisionero acude un viandante que, veloz, llega a la caverna y separa la losa que la cierra. Salen del antro todas las fieras y van haciendo caricias al libertador; aparece después el prisionero quien mata a su bienhechor para robarle su hacienda. Querido lector, ese es un progresista.

Los alcaldes se han opuesto al saqueo progresista del Gobierno y con ello han fortalecido el poder municipal. “Corregir a Madrid con las capitales de provincia y a las capitales de provincia con las aldeas”, propugnaba Ortega y Gasset. Buen inicio para reformar las instituciones, según Ganivet. Y es que interesa mucho al Estado que el timón de los municipios se halle en las manos mejor dotadas por capacidad y por vocación, procurando a nuestros pueblos buenos administradores. Gran promotor del municipalismo fue José Calvo Sotelo, asesinado por socialistas en la II República. Aquí, la desmemoria es histórica.

Dicen los ingleses que “un hecho es como el alcalde de Londres; sólo él tiene verdadera e indiscutida dignidad”. Dignidad tuvo José Luis Alvárez. Fue alcalde de Madrid. Ganó las elecciones, pero la coalición de izquierdas se impuso y eligió a Tierno Galván. José Luis y su esposa abandonaron la Plaza de la Villa atestada de manifestantes de izquierda. Les abrieron paso sin tocarles ni un solo pelo. “¿Dónde está España?” preguntaba angustiado Larra. Quizás en los Ayuntamientos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/216722/opinion/alcaldes.html

Desarraigo de la conciencia

En Vida y destino de Vasili Grossman, hay un personaje, Shtrum, científico caído en desgracia durante la dictadura estalinista, que siendo inocente, se niega a reconocerse culpable. Sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse malos mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: “Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste solo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa”.

El cargo de conciencia pesa y el remordimiento de conciencia produce desazón. No hay mejor almohada que una buena conciencia. Pero como decía Saint Exupery en El principito, es ésta una cosa demasiado olvidada. En tiempos de conmoción como los presentes ¿cómo reaccionamos? ¿a impulsos de la emoción o con el sosiego de la conciencia? “Somos los artesanos de nuestra propia existencia” nos dice Séneca. Y como pensamos, así actuamos. En el gueto de Varsovia, se contaba entre los judíos un chiste: Isaac estaba leyendo Der Sturmer, el periódico nazi en la Varsovia de 1941. Salomón le pregunta por qué leía ese pasquín antisemita. Isaac responde que leer que los judíos eran sumamente ricos y dominaban el mundo le subía emocionalmente el ánimo. 

Vivimos en una jungla de emociones. Medios de comunicación y redes sociales emiten machaconamente mensajes destinados a erizar la emoción. La política se ha convertido en espacio de encrespamiento emocional. Tremendo error es aderezar el debate político con el jugo amargo del cainismo. El deber político es un deber de conciencia. Los dirigentes en una sociedad democrática deben dar cuenta ante la ciudadanía. Demoledor, como él solo, Churchill sostenía que “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. El escritor alemán Hesse no le iba a la zaga: “la masa no es buena ni mala, sino indolente, y no hay nada que odie tanto como las llamadas a la conciencia”.

Hoy precisamos de llamadas fuertes, aldabonazos a tantas conciencias dormidas porque padecemos el desarraigo de la conciencia. No se hará nada de profundo y duradero para regenerar nuestra convivencia sin una previa llamada imperiosa a la conciencia de cada uno y a sus virtudes. Hechos de enorme gravedad resbalan por la superficie de la conciencia moral y nacional como si se tratara de algún episodio baladí. Asistimos a la estrepitosa quiebra de la conciencia de una sociedad, que desgarrada vagabundea sin destino y sin sentido. Heinz Rein, en Final en Berlín, pone en boca de Elisabeth Mattner durante los horribles y devastadores días de abril de 1945 que “para la mayoría en el gran incendio se ha quemado también la conciencia moral y se ha hecho tan evidente la falta de sentido de toda su vida que uno ya no puede vivir de otra manera que sin sentido”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de diciembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/219926/opinion/desarraigo-de-la-conciencia.html