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La voz del episcopado

El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, ha intervenido en un desayuno informativo organizado por un diario nacional, La Razón. En una primera exposición se ha referido a tres aspectos que integran la propuesta cristiana: La comprensión de la persona humana, el diálogo Iglesia-sociedad y la relación entre Historia y vida eterna. Nada fuera de lo que contenía aquella ya lejana, pero famosa Carta a Diogneto. Desde entonces, el encaje de la Iglesia en el mundo ha sido la cuestión nuclear que ha provocado conflictos y controversias entre creyentes y no creyentes. Pasan los siglos y aún nos preguntamos cómo es la forma de presencia del católico en la vida pública.

Sobre el primer aspecto, y con su inteligente percepción Monseñor Argüello, ha efectuado un severo pero acertado diagnóstico: “El tiempo moderno ha reducido la persona a un individuo autónomo con pretensión de poder”. Es lo que Romano Guardini llamó el antojo del yo. Además, el prelado indica que la modernidad ha traído nuevos desafíos tecnológicos que cuestionan el propio concepto de persona como la Inteligencia Artificial y los algoritmos. La primera puede acarrear el desertar de lo humano y los segundos se erigen en tiranos que nos controlan, nos distraen y nos enferman. En tal contexto, ha reivindicado la dignidad del ser humano. Y ha recordado que el perdón es aquí imprescindible porque, si bien existe una gran sensibilidad ante el mal, no la hay, en cambio, hacia el perdón. Señalamos culpas y errores en los demás, sin reconocer los nuestros y, además, somo reacios a perdonar.

Respecto al segundo aspecto, diálogo Iglesia-sociedad, los católicos vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Como ha afirmado Argüello, la Iglesia vive en la sociedad y ello supone un aprendizaje costoso porque los fieles somos, a la vez, católicos y ciudadanos. Y ante el momento presente en que la democracia está en crisis, los católicos podemos contribuir a superar esa crisis fortaleciendo la conciencia sobre el valor mismo de la democracia: “Hay que ayudar a hacer pueblo, demos, a “cultivar la amistad social” como proponía el Papa Francisco, creando espacios de encuentro para “recomponer el demos y devolver al mismo tiempo al poder referencias éticas (otra vez Guardini y su ética del poder), ya que la democracia no puede proporcionarlas por sí misma, debido a que el relativismo moral y el positivismo jurídico ya no dan más de sí. Y los católicos debemos hacer esa contribución con humildad, sin complejos ni vergüenza.

Finalmente, en cuanto a la relación entre Historia y vida eterna, el arzobispo afirma que somos peregrinos hacia el Cielo, una plenitud ansiada porque hay en nuestro corazón un latido que es un anhelo hacia aquella. Y en nuestro peregrinaje vivimos en la Historia y asumimos el compromiso de fidelidad con aquellas realidades que están más vinculadas al Reino de Dios: la dignidad humana, el bien común, el desarrollo pleno de la vida humana. En suma, debemos ser fieles a la santidad como perfección de la caridad.

Por último, en el turno de preguntas, varias concreciones más del presidente de nuestra Jerarquía: Respecto a regularización de inmigrantes por el Gobierno, Argüello se ha referido a que “la acogida del extranjero atraviesa toda la Escritura”. La Iglesia nunca ha defendido la apertura indiscriminada de puertas, reconociendo el derecho de todo ser humano a desarrollar su vida en su país de origen. Pero al que viene hay que acogerlo, protegerlo, promoverlo e integrarlo. Debemos estar alerta ante las ideologías y el emotivismo que esas ideologías saben manejar para finalmente manipular las conciencias. No creemos en el paraíso en la Tierra y por ello sospechamos de todas esas ideologías que sí lo creen y prometen instaurarlo. Como ya ocurrió en el período de entreguerras del siglo pasado. La defensa de la vida hay que llevarla a cabo con la razón, aunque a nosotros, como creyentes, nos baste la fe. Sobre los abusos en el seno de la Iglesia, ha sido un hecho muy doloroso porque se han producido en el ejercicio del Ministerio sacerdotal con un uso bastardo de la autoridad y la confianza. La respuesta de la Iglesia ha sido lenta y tardía. El camino hacia el Cielo es de semillas que sembramos y germinan aquí en la Historia, pero darán fruto pleno en la vida eterna, en el Reino de Dios. Sus palabras han sido una invitación a hacer de nuestra vida un camino de actos con trascendencia de eternidad.

 

El Papa León XIV nos visita

En la primera semana de Cuaresma, tiempo penitencial, pero también de auténtica conversión, o sea, de verdad, ha querido la Providencia agraciarnos con la noticia ya oficial de la venida del Santo Padre a España durante los días 6 a 12 del próximo mes de junio. Gran acontecimiento el que viviremos los españoles y, en especial, los católicos, recibiendo al Papa que nos honra con su visita. Una visita que es de importancia capital ante momentos de encrucijada, de dilemas, en suma, de retos. Pero con la confianza en que León XIV está haciendo lo que es justo con palabras y actitudes atinadas, lúcidas y penetrantes. Sus ideas, sus métodos, su acción, más que de ayer, son de hoy, de mañana, de siempre. Porque apuesta por la verdad, por la justicia, por la dignidad de la persona humana. Apuesta por el Evangelio, por sus esencias y sus principios.

Sólo así nuestra religión católica tiene futuro y será pujante. Sólo así nuestro apostolado en la vida pública transitará por el “camino de la perfección” que San Pablo nos enseña en el “Himno a la caridad” en su Primera Carta a los Corintios. Esa perfección que consiste en la caridad, esto es, en el distintivo del católico mientras estamos en este mundo. En la síntesis de toda su vida: de aquello que cree y de aquello que hace. Y es esa caridad la que imprime el sello a la santidad. Porque es en la vida de los Santos en donde reconocemos la variedad de sus dones espirituales y sus características humanas. Es la vida de cada uno de ellos un himno a la caridad, un cántico viviente al amor de Dios. Cuánta razón tiene Monseñor Munilla al decir que los Santos suelen romper la lógica humana hasta el punto de resultar molestos porque el testimonio de su vida, unido a la denuncia de su palabra, dejan al descubierto nuestra mediocridad y nuestras incoherencias.

Que el anuncio del viaje del Papa nos sirva de guía y de acicate en este tiempo de Cuaresma para ser, de veras, nosotros mismos sin dejarnos llevar por las circunstancias, condicionados por las personas y los ambientes, creando una ficción en torno a nosotros y padeciendo por no ser lo que realmente somos. Porque, en ocasiones, el riesgo de la fragmentación y de la incoherencia humanas radica en vivir hacia el exterior y no mirar dentro de uno mismo. Hagamos, pues, conversión, tengamos necesidad de un cambio del corazón. Recuerda que sólo un Pablo convertido pudo cambiar el mundo.

Fuente gráfica: Vatican Media

Modelo Meloni o el itálico modo

De entrada (prima facie), el sustantivo “modelo” unido a una mujer induce a pensar en una pasarela de la moda, italiana, por supuesto. Sin embargo, cuando la mujer se apellida Meloni, la expresión se torna en rasgo de buen gobierno. Georgia Meloni no deja de sorprender. Hace un tiempo, su modelo para solucionar la inmigración en Europa mediante la creación de centros de deportación era visto con recelo y desdén en la mayoría de las cancillerías europeas. La izquierda tachó la iniciativa de inhumana y a su promotora de xenófoba. No se olvide que esa misma izquierda decretó en Europa la alerta antifascista cuando la dirigente italiana accedía a la presidencia del Gobierno de su país.

Actualmente Meloni es una mujer mucho más eficaz, moderada y coherente que Ione Belarra, Yolanda Díaz o Marichús Montero. Y, por supuesto, no provoca en las mujeres el miedo que sí causan José Ábalos o Paco Salazar, aun por separado. Hoy el Consejo de ministros europeos de Interior ha aprobado un conjunto de medidas para facilitar la expulsión de inmigrantes ilegales siguiendo el modelo de centros de retorno o deportación que Meloni proyectó en el pasado. El mérito de la italiana es doble: Además de sacar adelante su proyecto, impulsado por el Comisario de Migraciones, un austríaco, lo hace bajo la presidencia danesa, de ideología socialdemócrata, lo que fue el PSOE antes de llegar Zapatero y Sánchez a destrozarlo. La nota discordante la dio el ministro español Marlaska, oponiéndose enrabietado a la medida. Entra bastidores, Georgia se limitó a presenciar la pasarela. Un éxito.

Meloni es una dirigente de otra latitud. En Italia, decir “político italiano” es una redundancia, porque allí todos son políticos. Y más, las mujeres, que, aunque no gobiernan, sin embargo, inspiran, promueven y dirigen, tanto en la familia como en la sociedad. A la cumbre del G-7 celebrada en Apulia, Italia en junio de 2024, asistieron por invitación de Meloni, que presidía la reunión internacional, Zelenski, Milei, Lula da Silva y el Papa Francisco. Para la posteridad quedará la finezza de la italiana al excluir el derecho al aborto en el comunicado final de la Cumbre. Pero lo más sorprendente de esta política católica fue su respuesta al Papa, cuando, perplejo éste por el manejo y la soltura de la anfitriona entre tantos líderes mundiales, la preguntó: “Señora ¿Cómo lo hace?” Ella respondió: “Como lo hacemos siempre las mujeres, sin extravagancias, mandando sin que se note”. Sinatra tenía su fórmula: “A mi manera”. Meloni, tiene su modelo: la Cristiandad. Ojo, porque es mujer, es italiana, o sea, una gran política.

¡Preparados! ¡listos! ¡ya!

Son éstas expresiones propias del comienzo de una prueba deportiva, atlética, gimnástica. Pero también serían propias del inicio de cualquier prueba en la vida. Mejor dicho, de la prueba más decisiva para nuestra vida que es la de la renovación interior. A esa transformación íntima, recóndita, profunda nos convoca el Adviento. Una llamada para empezar de nuevo, gracias a quien hace nuevas todas las cosas.

“Estad atentos, vigilad” (Mc. 13.33). “Estad en vela” (Mt. 24.42), son convocatorias a la conversión. Nueva oportunidad para el reinicio de una vida más mejorada, mejor vivida en paz y amor. Y esa gran ocasión nos la ofrece la venida del Salvador, Jesús de Nazaret. Fue éste un pueblecito en donde el ángel del Señor anunció a María y el Verbo se hizo carne, dando origen a la Redención. Una verdadera revolución, no a modo de estridente algarabía por las calles, sino de suave renovación en los corazones, suponiendo un cambio absoluto y radical en la escala de valores.

De Nazaret partieron José y María hacia Belén, lugar en el que nació el Niño Dios. Nazaret es el punto de partida de una esforzada carrera, de un Camino que es la Verdad y la Vida. De Nazaret sí puede salir cosa buena, Natanael. A veces nos equivocamos porque nuestros planes no son los de Dios. Hagamos sus planes empezando desde dentro. En tiempo de Adviento, estemos preparados, atentos, listos; en silencio y recogimiento, disponiendo fuerzas para la conversión. ¡Ya!

Sobre

Hay un silencio glaciar, sinónimo de mudez, y hay un silencio sonoro que vale por discursos, porque un mutismo vale más que mil palabras. Ambos han sido protagonizados por el sanchismo ante dos hechos trascendentales para la paz y la libertad en el mundo: el acuerdo auspiciado por Donald Trump entre Israel y los terroristas de Hamás, y la concesión del Premio Nobel de la Paz a la defensora de la democracia María Corina Machado. Ante acontecimientos tan felices, la izquierda española ha quedado desnuda y colgada de la brocha demostrando que ni ansía la paz ni defiende la libertad.

Coincidiendo con el descubrimiento de entregas de sobres que sobrevuelan de aquí para allá, el sanchismo ha sufrido un sobrecogedor sobresalto en su cínica sobreactuación en el concierto internacional, viéndose sobrepasado por la realidad de las sobrevenidas noticias del acuerdo de paz y del Nobel de la Paz. En Moncloa, se percibe el sobrecejo de su inquilino, quien padece un sobrecalentamiento en el ánimo, consecuencia de sobrecargar con excesivo sobrepeso en una legislatura con sobredosis de prórroga presupuestaria que se sobreentiende acabada.

Si ya está siendo sobrehumano sobrevivir ante una sobreexcitación causada por el sobreviento judicial que sopla sobre familiares y colaboradores, la sobreimpresión es mayor, sobre todo, al tener que soportar en las sobremesas de los hogares españoles el protagonismo sobresaliente del presidente Trump y la resistente opositora Machado. Únase a ello, los sobresueldos, los sobrepagos y los sobreprecios del otrora sobrero Ábalos. El resultado es que Sobrepedro ya no está sobreseguro ni puede sobrellevar ni sobreponerse a tan sobreabundante sobrecarga.

Fuente gráfica: Diario El Mundo

Trabajar mejor, ganar más

El Gobierno pretende reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas, sin merma de salario. Los empresarios se lamentan de que con el vicio del absentismo la jornada de trabajo es ya inferior a 35 horas. La promotora de la medida es una ministra comunista del Gobierno de coalición, cuya propuesta ha sido derrotada en el Parlamento presentada sin el conveniente consenso del empresariado. ¡Qué tiempos aquellos en que empresarios y sindicatos resolvían por sí solos sus diferencias sin intromisión de los políticos!

En España disminuir las horas de trabajo podría resultar sensato si la productividad alcanzara niveles óptimos, pero padece un espectacular desplome. Igual que la competitividad. Además, con esa disminución se reducirá también la producción, resultando más desempleo, al no poder las empresas sostener sus plantillas por el elevado coste. Se avecinan mayor fragilidad económica y menor prosperidad social. Mi abuela, que no sabía de productividad ni de competitividad ni conoció el absentismo laboral, siempre repetía en sus tareas y labores: “Lo bien hecho bien parece”. Leyendo a Charles Péguy me topé con la idea de la obra bien hecha y recordé, no tanto a mi abuela, sino a su generación. “Nosotros hemos conocido, afirmaba el escritor francés, la piedad de la obra bien hecha, trabajada, mantenida hasta sus más estrechas exigencias. Hemos conocido un honor del trabajo. Era necesario que un palo de una silla estuviese bien hecho. No hacía falta que estuviese bien hecho para el patrón ni para los expertos ni para los clientes del patrón. Hacía falta que estuviese bien hecho él mismo, en sí mismo, por él mismo, en su ser mismo. Un honor quería que ese palo de silla estuviese bien hecho”. Un honor deportivo que llevaba al trabajador a hacer cualquier parte de la silla que no se viera exactamente con la misma perfección con que se hacía la parte que se veía. Había un disgusto por la obra mal hecha. Había un desprecio para aquel que hubiese trabajado mal. A los obreros ni siquiera se les pasaba por la cabeza esa idea.

Proseguía Péguy que en la mayoría de los oficios se cantaba. Hoy se refunfuña. Los obreros tenían ganas de trabajar. Se levantaban por la mañana, y a qué horas, y cantaban con la idea de que ellos partían a trabajar. Era su alegría y la raíz profunda de su ser. “Estos obreros hubieran sido sorprendidos, y cuán grande hubiera sido su disgusto, o ni siquiera eso, su incredulidad, cómo hubieran podido creer que no se bromeaba, si se les hubiera dicho que algunos años después los obreros, los compañeros, se proponían oficialmente hacer lo menos posible y que considerasen tal cosa como una gran victoria. Una idea semejante, suponiendo que la hubieran podido concebir, hubiese sido un golpe contra ellos mismos, contra su ser, hubiera sido dudar de su capacidad, porque eso hubiera supuesto que no hubieran rendido todo lo que podían”. Péguy pretendía la regeneración de la sociedad comenzando de abajo arriba. Hoy algunos pretenden degenerarnos de arriba abajo. Porque la mayoría de la gente prefiere trabajar más y ganar más a cobrar lo mismo trabajando menos horas.

El desorden del poder

En su obra El poder Romano Guardini afirma que los sabios de todas las grandes culturas han conocido el peligro del poder y han hablado de su sometimiento. Los riesgos de este es que induce al orgullo y al desprecio del derecho. Al hombre violento, dice Guardini, se contrapone el que guarda la moderación, respeta a los hombres y mantiene el derecho.

Hubo un tiempo en que poderoso y humilde eran términos sinónimos, porque la humildad era una virtud de fuerza, que proporcionaba magnanimidad en el ejercicio del poder. Y el humilde era el fuerte, el magnánimo, el audaz, que se abaja de su trono y se hace par de los demás. La humildad así concebida suponía un noble y generoso servicio al prójimo. Sin embargo, durante toda la Edad Moderna, la palabra humildad ha perdido su significado, convirtiéndose en sinónimo de debilidad, incluso, de cobardía. Como sostiene Guardini, es ya una palabra que reúne todo el compendio de lo que Nietzsche denominó “decadencia” y “moral de esclavos”.

Hoy la política debiera ser una simbiosis perfecta entre poder y humildad. Así no sería visto aquel con temor o desconfianza o expuesto al rechazo y la condena. El poder tiene el riesgo de su desorden, que consiste en considerarlo un absoluto desembocando en la rebelión contra la ley y en el ejercicio de la violencia.

Fuente gráfica: Diario El Mundo 30 de mayo de 2025

Él me obligó

La ristra de mensajes de whatsApp entre Pedro Sánchez y José Luis Ábalos publicados estos días por la prensa revelan dos hechos que muchos ciudadanos intuían sin atreverse a certificar. Primero, que Sánchez dirige el PSOE con estalinista mano de hierro siendo implacablemente intolerante con la discrepancia. Demasiada evidencia constituye el expediente abierto a unos ingenuos diputados socialistas de las Cortes de Castilla y León que mientras censuraban al Gobierno, olvidaron apagar un micrófono, convertido en aliado del presidente. El segundo hecho es consecuencia del anterior. El todopoderoso Sánchez obligó a Ábalos a ser el portavoz de la moción de censura que en 2018 acabó con el gobierno de Mariano Rajoy.

Ábalos siempre fue muy ligero de cintura, tanto a la altura de los bolsillos, de chaqueta o pantalón, como para abajo. Manejar ingentes cantidades de dinero en efectivo y pernoctar en Paradores de Turismo son sus dos grandes debilidades. Al contrario que su mentor, que dice haber escrito Manual de resistencia, el exministro pensaba titular sus memorias Manual de débil resistencia. Muy debilitado, se vino abajo cuando su jefe le ordenó subirse a la tribuna del Congreso para decirle a Rajoy y, al mismo tiempo, a todos los españoles que “la decencia debe ser algo esencial, no algo accesorio”.

Para quien nunca ha conocido la decencia resulta harto difícil aquilatarla. Pero José Luis tragó carros y carretas. Y como su padre saltaba al ruedo, él saltó irremediablemente al albero del hemiciclo, consciente de que su jefe, tan despiadado con sus subordinados, puede resultar menos noble que un novillo dispuesto a embestir. Sin poder servirse del ChatGPT, por entonces no operativo, Ábalos se vio en la titánica tarea de elaborar un sólido discurso contra la corrupción. Le resultó tremendamente arduo denunciar aquello en lo que él siempre creyó y constituía su forma de vida. Aun así, lo logró. Y además con éxito en el resultado. Cayó el Gobierno del PP y engañó a media España.

Pero la amistad entre Pedro y José Luis ya no fue la misma desde aquel día. Y a estas alturas, se comprende que Ábalos no se lo perdone a Sánchez. El discurso que este le mandó pronunciar en el Congreso fue una auténtica traición a los principios de Ábalos. El trance más doloroso de su intervención fue al manifestar: “Nosotros no tenemos que decirle a nadie que se vaya del Partido, porque ya lo ha hecho. Nosotros no tenemos ningún caso así”. José Luis sabía que, más pronto que tarde, eso se volvería contra él, ya que permanecería fiel a sus valores y, además, jamás se iría voluntariamente del Partido. Hoy, apenas hace uso del whatsApp, salvo para enviar el mismo mensaje a sus señoritas de compañía: Él me obligó.

Manual de unanimidad

En su obra Bosquejo de Europa Salvador de Madariaga narra la anécdota del español que tras la Guerra Civil se exilia a Méjico y allí decide convertirse en concejal del municipio al que arriba. Como miembro de la corporación municipal, cierto día propone en el pleno la instalación de una farola en una plaza en la periferia de la ciudad y con deficiente iluminación. La propuesta es sometida a votación. Con el alcalde a la cabeza, los concejales van votando afirmativamente. Cuando le toca el turno al españolito proponente, este, ante la perplejidad de los demás, vota en contra de la proposición. Requerido de una explicación, responde: “Es que no soporto la unanimidad”. Concluye categóricamente Madariaga que el rechazo a la unanimidad es un rasgo muy característico del espíritu español.

Con anterioridad a las elecciones generales celebradas en 2023 algunos avezados observadores de la vida política nacional advirtieron de que aquellos comicios no se limitaban a escoger, uno entre dos candidatos, sino uno entre dos regímenes.  Meses después la senda peligrosa por la que se resbala la política gubernamental confirma el inquietante presagio. En estas líneas no nos sentimos obligados a arriesgar un pronóstico. Sencillamente, nos limitamos a ofrecer un panorama: El de un Gobierno promoviendo con la mayor desfachatez un ataque a la democracia desde dentro de ella y al amparo de ella con el único objetivo de quebrantarla. Un Gobierno protagonizando una impertinente farsa en la que el cinismo alcanza proporciones descomunales que ponen cada día más de manifiesto hasta dónde llega su déficit ético. Un Gobierno actuando siempre igual cuando se trata de combatir a un adversario que rebate sus doctrinas: ataca beligerantemente a la persona y no a los argumentos. Un Gobierno así, enfermo de demagogia y de sectarismo, aquejado de vaciedad dialéctica, ya no puede engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías, patentes sus tenebrosos métodos y oportunamente desmontadas sus añagazas con las que aún persiste en embaucar a una cándida ciudadanía.

Hoy, el sanchismo se mantiene por inercia. Y sabido es que la inercia supone fuerza, pero de categoría accesoria, que acaba por desembocar en falta de fuerza. Es como un actor en la escena, pero de importancia secundaria porque su protagonismo se ha visto oscurecido por esa turbia atmósfera de corrupción que impregna toda la gestión de gobierno. Ya nada de ésta, salvo la insoportable presión fiscal, interesa a una ciudadanía que día a día observa asombrada cómo el Consejo de ministros adolece de un sinfín de rémoras, pero especialmente, la de anteponer siempre con su hipocresía habitual los deseos y ambiciones personales de su jefe por encima de los intereses generales. Una ciudadanía que se debate entre el riesgo de incurrir en la indiferencia colectiva ante la falta de decoro institucional y la agitada espera del momento de la caída de un presidente insidioso y con pretensiones autoritarias.                   

En este tinglado sanchista suceden muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que se sabrán y alguna que no se sabrá nunca. Detrás de un copioso racimo de obscenas mentiras el grupo de diputados peleles de obediencia servil permanece escondido y sumido en un inevitable desconcierto. Los más padeciendo una visión estrecha y fanática saturada de prejuicios, los menos recelando, pero cortos de miras. Ante tanta sinrazón disfrazada de argumentos huecos ¿Se hallará algún diputado en las orillas de la deserción? ¿Se animará alguno al heroísmo, aunque sólo sea en su afán de sobrevivir al sanchismo? ¿Alguno como verdadero español no soportará la unanimidad?

La revolución del sentido común

En La rebelión de las masas José Ortega y Gasset describe ciertos fenómenos de la humanidad actual. Uno de los que hace notar es que comienzan a surgir en el horizonte europeo grupos de hombres, los cuales, aunque parezca paradójico, no quieren tener razón. Nuestro filósofo se pregunta si se trata de fenómenos superficiales y transitorios o se inicia con ello un nuevo tipo de hombre y de vida que está dispuesto a vivir de la sinrazón. Cuando se libra la batalla cultural, por ejemplo, ante la locura woke, ese movimiento ferozmente identitario e inclusivo, cuyos partidarios vocean tantas insensateces, entre ellas, la de que no quieren ser racionales, debe recordarse necesariamente el texto de Ortega y oponer frente a la sinrazón el sentido común. Y cargado de razón Ángel Ganivet afirma en Idearium español haber restaurado algunas cosas, pero falta aún restaurar la más importante: el sentido común. No es casualidad que Donald Trump titulara La revolución del sentido común, su discurso de toma de posesión como nuevo presidente de los Estados Unidos de América.

Quienes desde los predios culturales han vencido en el combate de las ideas también han salido victoriosos en la contienda político-electoral: Georgia Meloni, Javier Milei y ahora el propio Trump constituyen ejemplos triunfantes en ambos campos. Ellos han entendido que, para limpiar la arena política, previamente habría que desbrozar la cizaña en el terreno cultural. Que podía salvaguardarse mejor la libertad, restaurando antes el sentido común. Que sólo desmontando los grilletes de la mentira podría liberarse la verdad. La victoria de los dos primeros dirigentes planteó la misma inquietud que hoy surge ante la vuelta de Trump. Transcurrido un tiempo, ni en Italia ni en Argentina se percibe una deriva totalitaria de la democracia, tampoco un menoscabo de la libertad como se padece en Venezuela, por ejemplo. Ciertamente habrá que esperar a lo que haga Trump, no a lo que dice, ya que suele ser ligero de lengua. Anunció que con él comenzaba una etapa dorada para América, “el día de la liberación”, lo llamó. Un lenguaje propio de los aliados que derrotaron al nazismo y liberaron a Europa de las garras de Hitler, aunque luego media Europa cayera bajo la tiranía estalinista del comunismo soviético. Sin embargo, las referencias del cuadragésimo séptimo presidente norteamericano a Dinamarca, Canadá o Panamá inquietan como cuando los alemanes pronunciaban Austria, Sudetes o Danzig. No se olvide que Hitler, quien sobrevivió a varios atentados, también se autodesignó como elegido por la Providencia. Esperemos que el mesianismo trumpista no acabe en tragedia.

En todo caso, para los de este lado del Atlántico el problema no es lo que hará Trump sino lo que estamos haciendo y haremos nosotros. Los europeos llevamos años instalados en la comodidad y en el apaciguamiento. Ya no estamos seguros de que la libertad se defienda a un alto e inevitable precio. Hemos dejado de confiar en nosotros, en Europa como estilo de vida, como baluarte de valores indisolublemente unidos a la concepción cristiana de la existencia. Occidente ha perdido la fe en su civilización. Incluso, algunos occidentales traicionan sus propias convicciones deseando la destrucción de la civilización occidental. Con una mentalidad así no resulta extraño que abunden entre nosotros actitudes timoratas o acomplejadas. Sin liderazgo político, sin fortaleza económica y con una cultura sometida al pensamiento único, que es, además, un pensamiento débil, Europa, Occidente, se dirige a su descomposición. O eso, o restauramos el sentido común.