San Lucas cuenta este episodio, inmediatamente posterior al de la Anunciación. El arcángel Gabriel ha dicho a María que sucederá lo inimaginable, y lo subraya citando al Génesis («¿acaso hay algo difícil, para Dios?») a propósito de otro nacimiento que nadie espera: «A pesar de su vejez, tu prima Isabel ha concebido un hijo».
Entonces la Virgen se pone en camino, va a toda prisa a la región montañosa de Judea (a tres días de caravana desde Nazaret) para visitar a Isabel, y al encontrarse con ella el Mesías, que Nuestra Señora lleva en su seno, recibe el primer homenaje alborozado del futuro Juan Bautista, que tampoco ha nacido aún.
Lope de Vega lo poetizó así, como cruce de signos luminosos que no se ven. Isabel saluda a la Virgen con palabras que luego han formado parte del Avemaría: «Bendita tú eres entre todas las mujeres…» Y María responde con un cántico de gozo y humildad; la misericordia de Dios ha hecho aquel prodigio por el que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.
En el retablo del Prado, Fra Angélico pintó a las dos saludándose con emoción y gravedad, ante un horizonte de montañas que inunda una luz infinita.
Fuente: La Casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
El calendario reúne en este día a dos paradigmas del poder de la cruz: un monarca triunfal y conquistador, y la doncella guerrera condenada a muerte por unos obispos. El rey de Castilla y la buena lorenesa. Santos medievales que ciñeron espada y que en los combates de este mundo hicieron estrago entre el enemigo.
Ambos, tan diferentes, son las dos caras de la Historia vista por Dios: la serenidad del éxito y el fracaso humano hasta morir en la hoguera por hereje; la lucha contra los infieles y guerras enconadas entre cristianos. El soberano y la pastora analfabeta de Domremy, en tierras próximas, casi vecinas. Fernando, el rey santo de los castellanos y leoneses, que conquistó definitivamente buena parte de Andalucía, «no por nuestros merecimientos, sino por los de Cristo, cuyo caballero somos», duerme en una abarrocada y suntuosa capilla de la catedral sevillana. Y Juana, la Doncella de Orleáns, que se pierde en campañas estériles y confusas en las que acabó abandonándole la cobardía y la ingratitud de su señor, a quien había hecho coronar, pereciendo en el fuego y cuyas cenizas se entregaron al aire de Francia, de la que hoy es patrona.
Los dos, triunfo y derrota, gloria y frustración, logro visible y humo, grandeza y tragedia, guiados por un sentido humilde y poderoso del deber, forman parte de los misteriosos planes de Dios, interpretando dos papeles aparentemente antagónicos de la santidad que se completan en el reverso de la Historia, más allá de lo que vemos, según la sabiduría de la Providencia.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol
Giovanni María Montini fue el Papa del mundo. Elegido en 1963, tras la muerte de Juan XXIII, hasta 1978, decidió continuar con el Concilio Vaticano II, y agitar ese «nido de avispas», como él mismo le había dicho a su amigo Juan XXIII, realizando la gran síntesis entre mundo y evangelio, fe y cultura, evangelio y sociedad, persona y Dios, eso es tanto como decir que consiguió la cuadratura del círculo, la pirueta de la que sólo es capaz la fe.
Mundo es un concepto ambivalente en el vocabulario católico. Mundo es lo opuesto al cielo, es el exterior de las catedrales al que las gárgolas góticas vomitan el pecado, es el rebaño que ignora al pastor, el leviatán que vive en el fondo de los océanos. Pero es también el lugar al que Dios regala a su hijo, el hábito con el que el Creador ha decidido vestirse para darse a conocer.
Mundo es, para San Pablo VI, el hogar de María, a la que declaró «Madre de la Iglesia», madre del mundo, madre de todos. El mundo como cordón umbilical que alimenta al niño, a todos los niños a los que compuso un gran poema de la vida, la Humanae vitae. mundo es también una promesa de luz y salvación, de amor y esperanza.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Con pan y circo, los romanos fueron los primeros en producir en serie anestesia para la ciudadanía. Mientras el mundo avanzaba a trompicones entre guerras, pestes, hambre y muerte hubo hombres de fe que no se distrajeron ni arredraron. Con esfuerzo y perseverancia, embalsaron el saber y el conocimiento en monasterios. Siglos después, serían los manantiales de la civilización occidental. Cristiana. Son sinónimos.
A esta construcción cultural, el primer tajo se lo daría la Paz de Westfalia. Era el momento de la Reforma protestante: cuius regio, eius religio. Pero también el momento de la Contrarreforma católica. Se libró la primera batalla cultural de la Historia. Sutilmente, mediante la decoración de pórticos y paredes en templos y catedrales. Primer medio de comunicación social. España triunfa en esa batalla. El segundo corte a la concepción cristiana del mundo sería obra de la Revolución francesa. La guillotina, nunca mejor dicho, que con su siglo de las Luces, eclipsa a Dios y encumbra al hombre. Craso error. El resultado tarda en llegar, pero llega en el siglo XX: el super hombre ario y el homus sovieticus. El nuevo hombre destruye al hombre. Fascismo y comunismo, que proceden del mismo tronco: el totalitarismo. Propugna la hegemonía colectiva: el Estado, la raza o el partido. Cualquier excusa vale si anula la libertad y dignidad del hombre.
Por entonces, un comunista da una vuelta de tuerca al antiguo pan y circo. El atornillador es Gramsci. Innova en la maquinaria. No basta con entretener al hombre. Hay que penetrar en su conciencia. Lavar su cerebro con la educación que queremos, con la realidad que creamos, con la información que fabricamos. La información es poder. Aliados con la tecnología, el poder y la información son aún más poderosos. De sociedades totalitarias pasamos a una sociedad globalizada, uniforme, que a a base de desmemoria histórica, de ideología de género y del mito del cambio climático, trafican con mercancías de contrabando. Una sociedad de pensamiento único y de ética homogénea. Es como fundar una pseudoreligión o religión al revés expulsando ¿otra vez? a Dios de la vida pública. Es el tercer tajo a la única religión defensora del hombre frente a los enemigos del hombre. Enésimo intento sin éxito.
Parafraseando a Fukuyama, los nuevos bárbaros pretenden certificar el fin de la Historia y dominar la Humanidad al dictado. En este globalismo caben todos, menos aquella tradición que emergió hace dos mil años en Judea. No toleran ni respetan al que piensa diferente. Con su corrección política cancelarán a los rebeldes. En la nueva globalidad cabe, incluso, lo malo, porque se desdibujan las diferencias entre el bien y el mal. Todas las opiniones tienen el mismo valor. Todo vale: terrorismo, salvajismo, populismo, el deseo de este o aquel… El antojo del yo.
De todo esto y algo más, nos hablan tanto el libro de Alex Rosal, “Despierta y combate a los bárbaros que arruinan tu vida”, como el de Raúl Mayoral, «Pregón de combate para jóvenes de espíritu». El autor del segundo escribió este tras el ejemplo del primero. Ambos, son libros de denuncia y esperanza. Denuncian todo un plan para crear, no un mundo mejor, sino un mundo igualitario, mediocre y sectario. Bajo el control de la tecnología. De esperanza, porque contienen todo un pregón de combate. ¡Despierta!
Debió de nacer en las cercanías de Autun, en la Borgoña, en el seno de una familia numerosa y complicada de la que estuvo a punto de ser mártir; su tío, que hacía vida eremítica, se lo llevó con él, y así vivieron en la soledad quince años; durante su santo aprendizaje, se interesó por el joven, el obispo de Autun, quien le hizo sacerdote para luego nombrarle abad de San Sinforiano.
La fama de sus virtudes y su lucha sin tregua contra la esclavitud y el paganismo atrajeron la atención del rey Childeberto, que le nombró obispo de París, y empiezan así sus esfuerzos por cristianizar las costumbres del soberano y de su corte. Las caridades de Germán no tienen límite. También hace milagros para salvar vidas apagando con sus oraciones el incendio de una casa, y al ver que los que no pueden pagar los impuestos llenan las cárceles, cae de rodillas ante las prisiones implorando al Cielo su libertad, y en seguida las puertas se abren solas. Por eso en su escudo hay cadenas y llamas.
Antes de morir octogenario, San Germán funda en las afueras de París una abadía dedicada a San Vicente, una de cuyas reliquias acababa de recibir de Zaragoza; allí será enterrado, y al iglesia aún perpetúa su nombre en la ciudad, que es también el de un barrio famoso en el mundo entero, Saint Germain-des-Prés.
Fuente: La Casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Esta es una de las fechas más inglesas del santoral. Se conmemoran dos figuras mayores de la primitiva Iglesia en las Islas británicas: el apóstol de Inglaterra y el monje que historió genialmente los orígenes del cristianismo entre los anglosajones. El principio de la fe y su memoria escrita.
Agustín era prior del monasterio de San Andrés, en el Celio romano, y en 596 fue el hombre elegido por el Papa Gregorio el Grande para encabezar una expedición misionera de cuarenta monjes destinados, según el retruécano latino del pontífice a convertir a los «anglos» en «angelos». Tras desembarcar en Kent, abrazó la religión cristiana el rey Etelberto, y San Agustín, arzobispo de los ingleses con sede en Canterbury, funda otras dos sedes episcopales, Londres y Rochester, bautiza a miles de anglosajones hasta entonces paganos… y fracasa, quizá por ser muy romano y los bretones muy apegados a su tradición, en el intento de llegar a un acuerdo con la Iglesia bretona.
No muchos años después aparece el que ya en vida era llamado «venerable» Beda, un sapientísimo benedictino de la Nortumbria, discípulo de San Benito Biscop, que vivió en los monasterios de Wearmouth y Jarrow, y cuya existencia, como él mismo dice, no tiene historia. «Mis delicias han sido estudiar, enseñar y escribir», confiesa. La piedad, el afán de saber y el afán no menor de transmitirnos lo que sabe dan perfil humano a este remoto monje, gracias al cual conocemos a través de su Historia eclesiástica de los pueblos ingleses, a los antiguos cristianos de Inglaterra.
Fuente: La Casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Era de Florencia, hijo de un notario, y estaba destinado a heredar a un rico tendero tío suyo, pero a los dieciocho años Felipe, atraído por la espiritualidad dominica, marchó a Roma, de donde ya no se iba a mover. Su gran ilusión era ser misionero, pero una voz le avisó: «Tus Indias están en Roma». A los treinta y seis años recibió las órdenes sagradas, afluyen los discípulos, que se reúnen en una especie de desván, el oratorio de San Girolamo della Caritá, habilitado para rezos, cánticos e instrucción religiosa.
Años después, Felipe funda su obra visible más perdurable, una congregación de sacerdotes regulares, los oratorioanos, para vivir en comunidad sin votos especiales. Los papas quieren hacerle obispo y cardenal, él no acepta. Su ejemplo y sus milagros hacen que el pueblo le venere en vida. En Roma, le conocía todo el mundo, «Pippo buono», Felipe el Bueno, era el conversador más simpático y bromista del barrio de los peregrinos, su humor excéntrico y bondadoso era como un imán. De madrugada se dedicaba a una vida contemplativa, pasaba largas horas rezando en la catacumba de San Sebastián, y experimentando éxtasis, trepidaciones y reacciones cardíacas tan violentas que en una ocasión se le rompieron dos costillas, hecho comprobado en su autopsia.
San Felipe Neri será hasta que muera, el hombre más alegre de la ciudad, que se sirve del humor como arma de mortificación personal y como medio de sabotear las tentaciones del orgullo: la risa a costa de uno mismo que libera de la hinchazón vanidosa y atrae divertidamente a todos hacia Dios.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol
Borgoñona, hija de un rico propietario de viñedos, MagdalenaSofía se formó con dureza y rigor bajo la tutela de su hermano, el abate Louis Barat, quien le hizo adquirir una cultura y un temple que parecían desproporcionados con su situación y su época, pero que la forjaron como una mujer fuerte y llena de celo por las almas en medio de la convulsión revolucionaria que rodeó Francia y en la que vivió durante su juventud.
Su propósito era hacerse religiosa contemplativa e ingresar en un convento de carmelitas, pero el encuentro con el padre Joseph Varin, futuro jesuita, y otro carácter de hierro, como su hermano, hizo que se inclinara hacia otra vida diferente. En 1801, funda en Amiens las Damas del Sagrado Corazón de Jesús para la educación de las jóvenes.
Durante veintitrés años fue superiora de esta comunidad, fundando ciento once casas en toda Europa, y enfrentándose con todo tipo de disensiones internas, incomprensiones y persecuciones. Su respuesta fue siempre una cita del Evangelio: «Iesus autem tacebat» (Sin embargo, Jesús callaba). «Estas tres palabras son toda mi fuerza», solía decir. El silencio que une a la voluntad de Dios para ganar las grandes batallas. Poco antes del 25 de mayo, Santa Magdalena Sofía anunció: «El jueves vamos al cielo». Y así fue.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol
Su singularidad estriba en haber sido un santo que se equivocó en materia teológica, pero se equivocó, todo hay que aclararlo, cuando lo que se discutía ara aún una cuestión abierta, y sólo después de su muerte la Iglesia se pronunció en contra de su tesis.
Natural del Norte de Francia, Vicente fue una de las luminarias intelectuales del famoso monasterio de Lérins, fundado por San Honorato. Fue un gran sabio que se hizo religioso una vez ahuyentados los vientos de la vanidad y de la soberbia. Hombre docto en las Escrituras y con profundos conocimientos de las letras clásicas. Un temible polemista que se lanza al fragor de la discusión teológica, oponiéndose a San Agustín, con quien intercambia vehementes latines y complicados argumentos sobre el delicadísimo problema de armonizar gracia divina y libertad.
En la querella del semipelagianismo parece que San Vicente se inclinó por soluciones que más tarde el magisterio había de rechazar, pero ahí está en la lista de los santos, apaciguado por el amor de Dios, que está más allá de las polémicas de los teólogos.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
Natural de Voltaggio, cerca de Génova, Juan Bautista fue cura en tiempos de Voltaire en la basílica de Santa María in Cosmedin, en Roma. Uno de esos lugares que en la ciudad eterna visitan inevitablemente los turistas con el popular mascarón de la Bocca della Veritá, que según se dice, muerde la mano a los mentirosos.
Se ocupaba de su ministerio sin brillantez y sin ruido, pero predicaba y confesaba en iglesias y conventos, en hospitales y cárceles, dedicando especial atención a los campesinos que frecuentaban los mercados de los alrededores, particularmente el antiguo foro.
Nadie se dio cuenta que convivía con un santo porque era todo sencillez, prestando humildemente un servicio espiritual, nada más. Lo cual no parece un motivo para pasar a la historia. Hizo lo que debía hacer sin llamar la atención, y sigue sin llamarla en medio de la barahúnda turística que acude a lo que fue su iglesia. A la muerte de San Juan Bautista de Rossi, sus bienes se reducían a unas pocas monedas de cobre, y ni la cama en que murió le pertenecía.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol