Archivo por meses: junio 2020

Ciberizquierda

Como vuelve la burra al trigo, así la izquierda española con Franco. No tenemos problemas suficientes en nuestras sociedades tan sofisticadas, entonces va la izquierda y se los inventa con esa insistente obsesión por inflamar la convivencia. En lugar de defender la democracia contra los ciberataques y la corrupción, incluida la moral (que ya infecta hasta la canción de Eurovisión), el izquierdismo se empeña en arremeter contra un militar que lleva más de cuarenta años enterrado en el Valle de los Caídos. Al contrario que Mac Arthur, Franco no dijo que volvería, pero la obsesión de algunos es ganarle al Caudillo la guerra civil. Incapaces de desalojarle del poder, el dictador murió en la cama, pretenden ahora sacarlo de su tumba. Hace tiempo que han perdido su rumbo y sus banderas no solo en España, sino también en el resto de Europa. Ya no se ocupan ni preocupan de la defensa de los débiles. Han dejado de interesarse por los que estamos vivos dedicándose machaconamente a agitarnos y encresparnos mediante el uso y abuso de los muertos, tanto los de las zanjas, como los de los sepulcros y el callejero. Y así no se progresa, sino se regresa. No se gobierna, sino que se  desmanda un país. No se genera concordia sino se reaviva el odio. Ese es el único programa que ellos parecen querer cumplir.

Aquél maestro de la democracia que fue Jean François Revel, denunció, sistemática e inapelablemente, el sinfín de rémoras de que adolece la izquierda: El sectarismo que le induce a anteponer siempre los intereses partidistas a los generales. La incapacidad para el juego limpio despreciando a todo el que no piensa como él. La hipocresía demagógica, ese océano de paradojas, incoherencias y contradicciones en que se sumerge, evidenciando su devoción a la mentira y la manipulación elevadas éstas a sistema de gobierno, de conducta y de victoria. La izquierda es, en fin, el caballo de Troya de los sistemas democráticos. Como esos virus troyanos campando a sus anchas por los terminales informáticos y bloqueando e inutilizando las redes digitales, así se maneja la izquierda en las actuales sociedades democráticas tratando de abatir la estabilidad, el progreso y el bienestar de los ciudadanos.  

La izquierda debiera evitar su extravío y dejar de quebrar viejas telarañas de la historia, abandonar su partidismo estrecho que acarrea locuras extemporáneas y procedimientos anuladores de la libertad humana y ser más propicia para el sentido común y el consenso, tan necesarios y convenientes hoy para una óptima gobernación del país. Debe favorecer un clima conciliador en el que resulte fácil encontrar los términos medios. Si hay diferencias irreconciliables entre los distintos dirigentes, la democracia se convierte en algo corrosivo e inestable. Déjense de desenterrar muertos no vaya a ser que acaben desenterrando los cables de fibra óptica y paralicen el progreso y la prosperidad de la nación. Tendríamos que volver a cultivar helechos como en los koljoses.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 14 de mayo de 2017. https://www.elimparcial.es/noticia/177609/ciberizquierda.html

Virus sin corona

Del nacionalismo dijo Einstein que es una enfermedad infantil, el sarampión de la humanidad. De esta anacrónica patología hizo la mejor descripción el neurólogo y padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, confirmada años más tarde por Michael Ignatieff: “el nacionalismo toma los hechos naturales de un pueblo (lengua, territorio, tradición e historia), y los convierte en una idílica narración con el propósito de crear conciencia dentro de la colectividad, que le conduzca a imaginar una identidad nacional con pretensiones de autodeterminación. El nacionalista toma las diferencias menores y las transforma en grandes distinciones, se embellecen y repulen los pasados gloriosos, y pueblos que nunca habían pensado en sí mismos como tales comienzan, de repente, a imaginarse naciones”. Los enfermos más graves deliran creyendo ver a un camarada posándose en la Luna con la bandera del terruño.

La epidemia parte de un paciente cero: un excéntrico novelero que inventa una historia, narrada con aparatosa fascinación, y termina convenciendo a una legión de incautos e incultos con la mansedumbre del rebaño. Luego, mediante una educación patriotera, lacrimógena y endogámica se construye un entramado de poder, que deviene en totalitario. Porque el nacionalismo no es un problema político ni jurídico, sino moral. Más que una patología, es una inmoralidad. Allí donde predomina el colectivismo y reina la tribu, se anula la libertad del hombre. Antes la lengua, territorio o tradición que la persona, simple número dentro del sujeto colectivo que es la nación. Para el genial Indro Montanelli, conocedor de esta letal calentura, los nacionalistas excluyentes quieren pensar en términos de nación y Estado, pero su actitud es de aldea o tribu; “nacionalismo de colonia”, lo llamó.

En España, ese nacionalismo ha sido siempre insaciable, consecuencia de su victimismo. El victimismo del nacionalismo vasco consiste en creerse que Euskadi ha sufrido la represión del franquismo desde tiempo inmemorial. Viven convencidos de que si el euskera no progresó es por culpa de Franco. Omiten que el propio Sabino Arana aprendió vasco siendo ya un adulto porque sus padres no se lo enseñaron. El nacionalismo catalán sitúa también al franquismo en el origen de sus males. Sin embargo, el que fuera presidente del Barcelona, Agustín Montal, y artífice del lema “más que un club”, solía presumir de que, aún vivo Franco, el Barcelona se adhirió a la campaña “catalá a l´escola”; de que en el Nou Camp se instaló la primera senyera y que los avisos desde los altavoces del estadio eran en catalán; de que el capitán del Barcelona llevaba como distintivo de su rango la bandera catalana y de que en el funcionamiento interior del club se adoptó el catalán como idioma. Enfermiza es su obsesión por la persecución franquista.

Hubo, sin embargo, un regionalismo catalán inspirado y dirigido por Francesc Cambó, que rechazó el separatismo y era opuesto al socialismo, o sea, inmune al virus. Sigamos las instrucciones de un sabio sobre esta epidemia para así disponer de antídoto: Nosotros no tenemos que ser catalanistas, con ser catalanes nos basta: catalanistas que lo sean los charnegos (Josep Pla).

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 1 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/210554/opinion/virus-sin-corona.html

Fuente gráfica: Raúl Arias.

Joselito, un siglo de conmoción

Aquella tarde de infausta memoria los tendidos del coso taurino de Talavera de la Reina,  junto a la venerada Virgen de El Prado, estaban atestados de aficionados. Desde que Joselito y Belmonte, Belmonte y Joselito comenzaron a deleitar con su espléndido toreo, a la vez elegante y brioso, las plazas acogían un volumen enorme de público, gentes que preferían esa emoción estética del nuevo arte a la morbosa del peligro. La lidia, como pelea con el toro, perdía adeptos. Joselito y Belmonte certificaron en los ruedos el final de esa rudimentaria faena de esquivar las acometidas de los astados, trayendo consigo ese arte, incomparablemente bello, que bien pudiera ser el octavo. Si antes giraba el torero alrededor del toro, Joselito y Belmonte obligaron a la fiera a girar en torno al diestro. Lo suyo era un toreo de concepto elevadamente artístico. Y fue entonces cuando las corridas de toros alcanzaron rango multitudinario. Fue entonces, como dice Jiménez Losantos en 100 de los nuestros, cuando las plazas de toros se hicieron monumentales.

Cuentan las crónicas que dos días antes de aquella gran corrida, en apenas dos horas se vendieron las entradas expedidas en la talaverana calle de La Corredera. A la ciudad toledana acudió José Gómez, Gallito, Joselito para fundirse con ella en imperecedera y trágica historia, convirtiéndola en permanente santuario de peregrinaje taurino. La muerte parece caprichosa. Aquél primaveral domingo, 16 de mayo, de hace un siglo llovió en Talavera y a punto estuvo de suspenderse la corrida. Sí se suspendió la de Madrid, cuyo cartel anunciaba a Belmonte y El Gallo, quien realmente debió haber toreado en la ciudad de la cerámica. Para Rafael Gómez estaba acordada aquella corrida, sin embargo, ambos hermanos se reemplazaron el uno al otro. Y finalmente, fatalmente, Joselito hizo cartel con otro matador, otro titán del toreo, su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías. Con g apareció anunciado en la dolorosa tarde, y con j le inmortalizaría García Lorca en una de las más bellas elegías de nuestra literatura. Ambos espadas debían repartirse los seis toros de la ganadería local Viuda de Ortega.  

A las 6 de la tarde, tras anunciar los clarines el cambio de estoque, el toro Bailaor, burriciego, áspero, brusco provocó una verdadera catástrofe nacional. Algunos mozos de espada tuvieron que vaciar sus botijos sobre las nucas de tantos espectadores horriblemente conmocionados. Aquél trauma convulsionó el toreo. Tiempo después cuando dos aficionados se encontraban y recordaban la tragedia se fundían en un abrazo sin acertar a pronunciar palabra alguna hasta que el más resignado o animoso exhalaba un “Todo está perdido”. Tan arraigadas estaban las corridas de toros en las costumbres del pueblo español que merecieron el nombre de fiesta nacional. La fiesta de los toros, además de su inmensa belleza estética, es una verdadera institución, auténtica cultura. Cien años después, millones de españoles estamos conmocionados. Se tiene la impresión de que todo está perdido. Pero ni virus epidémicos ni virus ideológicos podrán con España y su fiesta nacional.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de mayo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/213105/opinion/joselito:-un-siglo-de-conmocion.html

Fuente fotográfica: Archivo Campúa

Buenos políticos

¿Qué está permitido en política? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Contribuir al bien común o al bien propio y particular? Viendo el actual panorama de la política en España la respuesta no está clara. Algunos políticos buscan su bien particular, otros el bien de su partido. Con ello, unos y otros causan perjuicio a los ciudadanos y a la sociedad. Llevamos un tiempo en que nuestros dirigentes no hacen política sino propaganda y viven entregados a sus regateos despreocupándose absolutamente del bien común. Cuando se es político y gobernante hay que subordinarse a las conveniencias superiores del bien público y ofrecer con garantías de honestidad un programa de buena gobernación.

¿Por qué quienes ejercen el poder público no son personas espiritualmente eminentes y de carácter firme? ¿Por qué no son personas de juicio justo y seguro, que resulten coherentes consigo mismo en todas las circunstancias? ¿Por qué no son personas de doctrina clara y sana, de designios rectilíneos y de recta conciencia ¿Por qué no son personas capacitadas para ser guías y dirigentes como genuinos representantes de los ciudadanos y no como simples mandatarios de la cúpula de un partido? La sociedad ya está cansada de políticos que no cesan en ofrecer mesianismos falsos, en forjar vanas ilusiones y en vender humo. Hay un hartazgo en los ciudadanos ante dirigentes que diseñan estrategias de clientelismo para mantenerse en un poder desde el que son incapaces de servir a la comunidad. Echamos de menos a gobernantes que sean promotores de la prosperidad, del orden y de la justicia y funden toda su acción política sobre la verdad.

En la hora presente corremos el riesgo de que los políticos prescindan de la sociedad e ignoren totalmente las necesidades de sus gobernados. Ya no reclamamos que en el gobierno de la nación se acumule una gran sabiduría política. Es un reto de difícil consecución. Tan solo pedimos que quienes gestionan la cosa pública acierten a descubrir los males existentes, remediarlos en lo posible, intensificar los bienes reales y completar y acercar el consenso a un tipo ideal y benefactor para la sociedad. Pero para ello deben olvidarse de que son hombres de partido; que reparen en que no forman parte de un comité político, sino que integran el la soberanía nacional. Y esto significa que son los rectores de la vida del país y deben amparar a todos los que quieran vivir dentro de la Constitución y la Ley.

Por eso, un gobernante no debe hacer distinciones desde el poder entre quién es su amigo o su enemigo particular o político. Nada hay más disolvente en una sociedad que la sensación de que los gobernantes, como tales, se guían en el momento de la acción política por criterios partidistas y no de servicio al bien común. Porque el político, el buen político, representa al bien común.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial de 9 de septiembre de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/204680/opinion/buenos-politicos.html