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La auctoritas de la educación

El maestro es la clave del arco del sistema educativo. Este se derrumba si la figura del maestro se debilita. La piedra angular del aula se está agrietando y amenaza ruina. Su solidez, su autoridad, su dignidad como docente se está perdiendo. Cuando falta el buen profesor, difícilmente sobresalen los buenos alumnos. El buen profesor no es aquél que sabe mucho, sino aquél que sabe enseñar y, además, lo hace contagiando en el alumno la pasión por aprender y la curiosidad por saber.

Hay quienes sostienen que la falta de autoridad en la escuela tiene origen en la falta de autoridad en el hogar y en la familia. Massimo Recalcati, autor de La hora de clase (Editorial Anagrama), explica que el pacto generacional entre docentes y padres se ha roto. El maestro como extensión de la paternidad en el aula suponía una soldadura de la alianza entre generaciones. Hoy, los padres se han aliado con los hijos y han abdicado de sus responsabilidades como padres. Son los profesores, quienes a veces humillados y en la soledad más absoluta, están haciendo de padres de los alumnos. La nueva alianza entre padres e hijos desactiva, según Recalcati, toda función educativa por parte de los adultos, que en vez de apoyar el trabajo del profesorado, se han convertido en sindicalistas de sus propios hijos. Con el fin de asegurar a éstos una vida sin traumas, fácil y exitosa, los padres exigen la abolición del obstáculo y de la dificultad que ponen a prueba a sus hijos. Denuncian la carga excesiva de deberes, culpan a los profesores de los fallos de los alumnos y ven en las sanciones e, incluso, en los suspensos ramalazos de autoritarismo, justificando su reclamación ante el claustro. Los padres, absorbidos por un falso igualitarismo, se confunden con sus hijos y acaban por aislar al cuerpo docente.

Hubo un tiempo en que se hacía el silencio en clase cuando un profesor asomaba por la puerta. La auctoritas de la educación se está disolviendo. Hoy no se tolera el fracaso como tampoco se tolera el pensamiento crítico. El uso masivo de la tecnología permite sin esfuerzo la adquisición de un saber siempre disponible de inmediato. ¿Hay reacción? Sí, la profesora del Instituto sevillano Isidro Arcenegui en Marchena, Eva Romero Valderas, ha dicho que está harta de aguantar la mala educación con la que llegan, cada vez en mayor porcentaje, los niños al Instituto; harta de la falta de consideración hacia su persona cuando entra en las clases, harta del proteccionismo de los padres, que quieren que sus hijos aprueben sin esfuerzo y sin sufrir, harta, en fin, de la falta de valoración del esfuerzo que sí hacen los maestros. Eva, que se llama como la primera mujer de la Humanidad, ha sido la primera profesora en rebelarse públicamente contra el actual estado de la enseñanza. A mí me gusta enseñar y transmitir. Me gusta el trato con los alumnos, los quiero y animo. Me considero un motor social de cambio, una fuerza generatriz. No soy un burro de carga dispuesto a aguantar hasta que reviente. De sus palabras se desprende la auctoritas de la educación.

La educación y el cambio

En los azarosos tiempos que corren la palabra cambio ha adquirido valor de concepto talismán. Revestida con ropajes de ídolo ejerce una aparatosa fascinación sutilmente aprovechada por el universo de la propaganda tanto política como comercial. Cambio es poderosa voz atractiva y cuasi mágica que, enlazada a otra como progreso, pareciera contener la solución a todos los problemas humanos. La innovación es irresistible, el progreso es inevitable y la resistencia es inútil (postulaba The New York Times en un editorial). Pero no es así siempre, ni siquiera casi siempre. Sobre todo cuando se interpreta la novedad como ruptura expeditiva y total sin resquicio alguno para la graduación y la permanencia. Que el cambio y la continuidad no son incompatibles lo expresó con su habitual maestría el medievalista Jacques Le Goff: Los grandes acontecimientos históricos obedecen a una lógica muy singular: la continuidad y el cambio, si no hay continuidad, se fracasa; si no hay cambio, se muere de inanición.

Las sociedades requieren de cambios y transformaciones para progresar materialmente; pero también de principios sólidos de los que nutrirse para crecer moralmente. Principios perdurables, de siempre y en cualquier latitud geográfica: voluntad, tenacidad, esfuerzo y pasión por el buen hacer. Los cambios, antes que en las estructuras y procesos sociales, comienzan con una idea en la mente de una persona: el pionero, el emprendedor, el promotor, el precursor, el avanzado, el adelantado; el que es tachado por casi todos como loco, lunático, chalado, chiflado, grillado… Con el transcurrir del tiempo, la idea deja de ser percibida como ocurrencia y su autor pasa a ser reconocido como inventor, científico, descubridor, innovador, creador. Pronto, la fuerza y la eficacia de la idea se transmiten ampliamente por contagio, que no por adoctrinamiento ni por imposición, para acabar convertida en ancha y universal corriente de pensamiento siendo base propicia para remplazar la duda por la afirmación y alumbrar una renovación histórica. Reconocimiento categórico de que en el origen está la inteligencia y la palabra, y no la acción. Según Indro Montanelli, este tipo de ideas brilla en la mente del hombre una vez cada tres siglos, siendo optimistas. Una idea así, la tuvo Cristóbal Colón, otra Copérnico, una tercera, acaso, Einstein. El italiano coincide con Alexis Carrel: jamás una obra de arte ha sido hecha por un comité de artistas ni un gran descubrimiento por un comité de sabios. La síntesis de que tenemos necesidad para el progreso del conocimiento de nosotros mismos debe elaborarse en un cerebro único.

Hoy quizás hayamos perdido la fe en esos cerebros únicos, en esas ideas claras y fuertemente amartilladas con que resolver los problemas que agobian a la Humanidad. Nunca ha sido más necesaria que en esta hora una educación que espolee el talento y la creatividad con su interesante rebullir de ideas, constantemente en movilidad y expansión, invariablemente generando y agitando el cambio.

Educación para elegir

Decía Baltasar Gracián que vivir es saber elegir. Y para ello se necesitan buen gusto y un juicio rectísimo no siendo suficientes el estudio y la inteligencia. Muchos, con su inteligencia rica y sutil, con un juicio riguroso, estudiosos y de cultura amena, se pierden cuando tienen que elegir. Siempre se casan con lo peor, tanto que parecen hacer ostentación de equivocarse. Por ello, saber elegir es uno de los máximos dones del cielo.

Un presupuesto imprescindible de la elección es el orden. Según el catedrático de Psiquiatría, Enrique Rojas, en su libro “5 consejos para potenciar la inteligencia” el orden empieza en la cabeza, y sin él es imposible ser feliz porque quien no sabe lo que quiere, no puede serlo. El orden como herramienta potenciadora de la inteligencia es un sedante, una fuente de placer, y precursor de la armonía en la vida de una persona. En su libro, Rojas distingue muchas inteligencias desde la teórica hasta la práctica, pasando por la analítica, la sintética, la matemática o la emocional, hoy tan actual y debatida, y cuya ausencia, según el escritor, está causando una epidemia de inmaduros sentimentales a los que el compromiso les causa pánico.

La inteligencia emocional como competencia personal está siendo elevada excesivamente a una especie de categoría premium entre las cualidades o habilidades de la persona. Incluso, en el ámbito de la enseñanza se han implantado con cierto afán de supremacía métodos pedagógicos basados en la teoría de Howard Gardner sobre las inteligencias múltiples. Y a buen seguro que la inteligencia emocional es un valioso recurso no sólo en ámbito educativo, sino también en el laboral y, en general, en cualquier experiencia humana. Pero no arrinconemos el valor del conocimiento; no posterguemos el impulso que nos proporcionan la constancia, la voluntad o la disciplina, igualmente necesarias para la educación, para la formación y, en suma, para abordar cualquier reto vital.

Enseñar estimulando la inteligencia emocional o reforzando las inteligencias múltiples aporta beneficios, pero ello no puede hacerse en detrimento de los modelos tradicionales de enseñanza y aprendizaje ni haciendo tabla rasa con la exigencia y el esfuerzo por el saber. Sería como echar a la papelera al genio de Roma o la sabiduría de Atenas por no destilar gotas de novedad en una sociedad tan rabiosamente moderna. Siguiendo la máxima de Gracián, hay que saber elegir lo mejor de la tradición y lo mejor de la vanguardia.  

Educar para innovar

En el post anterior aludíamos a la razón de ser de la educación: formar personas con responsabilidad social, es decir, profesionales expertos, competentes que además sean solidarios al contribuir con su conocimiento y sabiduría al servicio de la comunidad. Tratemos ahora, querido lector, de responder a la pregunta de si nuestro actual sistema educativo estimula suficientemente en los estudiantes su capacidad y su competencia para la innovación creando algo útil o valioso que mejore la vida de los demás.

El sociólogo Manuel Castells explica que en la trayectoria laboral típica de la sociedad postindustrial una persona era preparada para realizar un oficio en el que trabajaría durante el resto de su vida productiva según un horario de 9 a 5. En la nueva economía propiciada por las tecnologías digitales de la información ya no sucede así. El nuevo profesional ha de ser  autoprogramable y debe tener la capacidad para reciclarse y adaptarse a nuevas tareas y nuevos procesos.

El actual modelo de enseñanza en el que los estudiantes son meros receptores del conocimiento transmitido por el profesor debiera dar paso a un modelo más depurado y eficaz que promueva en el alumno una actitud más activa y creativa en el proceso de aprendizaje logrando una mayor sintonía con el profesor. Al mismo tiempo, debe dotarse al sistema con las más avanzadas tecnologías del aprendizaje y del conocimiento (TAC). El resultado será la creación de ecosistemas de aprendizaje continuo, abierto y colaborativo. Y en la cúspide del modelo, las Universidades, centros de alta cultura y de alta ciencia, que debieran constituirse en focos intensos de expansión intelectual y de innovación social.

Nuestros futuros profesionales se formarían, entonces, con más y mejores aptitudes para la innovación y el emprendimiento, respondiendo así a los continuos retos exigidos por el acelerado ritmo de los cambios sociales y económicos. Y, además, con ese compromiso social contraído durante las etapas de su educación, por el cual el fin último del profesional no es la mera obtención de un lucro, sino la satisfacción de generar un gran valor social.  Un sistema educativo así es todo un desafío social y político.

Esteladas

El fútbol es el opio del pueblo; se manipula de forma torticera por hombres de negocios y políticos, sobre todo nacionalistas (Manuel Mandianes, autor de El fútbol no es así). Luego, el Barça es más que un bluff. Mandianes distingue entre amantes del fútbol (Amor, del Barça, Amas, de la Real), estudiosos (Valdano, por antonomasia, Sergio Ramos, en progresión) y fans. Estos últimos son peligrosos, igual que los fanáticos de la religión o de la política. Fanáticos de la raza y de la sangre, del orgullo, del dominio y del odio decía Jacques Maritain en ¿Sobrevivirá la democracia?, allá por 1947, cuando Di Stefano no pisaba aún el pasto de Chamartín. De ahí viene el problema catalán. Aspiraban los culés a ser los primeros de España y ante la saeta rubia se resignaron como segundos por esos campos de ancha es Castilla, donde caben tantas Copasuropa. Crearon una Liga propia, la Lliga de Prat de la Riba y Cambó, pero se resisten a ser líderes solo del Ampurdán.

Afirmaba Franchés Cambó que de persistir la constelación (de estrellas, esteladas), materialista, la cuestión social no tiene remedio, dando lugar no a una lucha de hombres, sino de fieras. En el fútbol no hay lucha de clases ni de hombres, sino de fieras. La bestia Ronaldo, la pulga Messi, el mono Burgos. Desde aquellos tiempos, en que los recién iniciados en el nuevo deporte hacían sus primeros regates sobre terrenos de juego improvisados en solares polvorientos de los barrios suburbiales de nuestras ciudades, dirimiendo sus pugnas en la más absoluta soledad, hasta nuestros días, en que los estadios levantan sus estructuras gigantescas, catedralicias por San Mamés, repletos de públicos ardientes que vuelcan su entusiasmo y su apasionada parcialidad sobre los equipos que luchan en el campo, con cámaras de TV mostrando al último rincón del planeta la plasticidad de cómo un escupitajo de la estrella (estelada) se deposita sobre el césped, el fútbol ha pasado a ser, de un simple ejercicio deportivo, un espectáculo por el que se interesan grandes masas; un fenómeno social en el que se cuela el virus del totalitarismo infectándolo de intencionalidad política.

El nacionalismo estático, ya de por sí un anacronismo, se convierte, al regarse el terreno de juego, en una innovación tan dinámica como ligera. Figúrese usted si tendremos derecho a ser una nación que llevamos veinte siglos sin serlo, argumentó un central catalán, Oleguer, al seleccionador nacional para excusarse de vestir la roja. Quienes residen en las Chafarinas dicen lo mismo, solo que con el gordo de NavidadYa nos toca, por derecho. Cuando se reduce el ámbito de las ideas al círculo de lo puramente sentimental y estrechamente razonante, se inicia el proceso (procés), que a través del nacionalismo maquiavélico conduce al relativismo en la educación, en la historia y hasta en el fútbol. Se vuelve al Romanticismo: Morir por un verso, por una metáfora, por el 3%, por una estelada. Y ¿er zevillizmo qué? La catedral de Sevilla, según confesión de parte, iba para locura y se quedó en grandeza. Al pentaarrebato la estelada le suena a las maracas de Machín.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 22 de mayo de 2016. https://www.elimparcial.es/noticia/165147/esteladas.html

Educación y libertad

El propósito de la educación no es el de proporcionar posibilidades para alcanzar una ventaja económica sobre los que han sido menos afortunados. La educación significa mucho más que eso. Quienes consiguen educarse, formarse o instruirse deben hacerlo pensando en proporcionar algún día una contribución a sus semejantes, a su comunidad y a su país. Esa es su responsabilidad. Y esa es la razón última de la educación.  

Pero la educación por sí misma no es suficiente. Requiere de un espacio de libertad. Porque la libertad proporciona la diversidad, y ésta genera más oportunidades, que permiten el progreso y la justicia. Sí, la diversidad es fuente de progreso. La historia de la Humanidad demuestra que los hombres avanzan a través de la reflexión y el debate, del análisis y la discusión, de las pruebas y los errores. Decía Robert Kennedy que las mejoras ideas no surgen por decreto ni por ideología, sino por investigación y experimentos libres, y quienes discrepan con un  pensamiento crítico son necesarios en el progreso social.

Por eso, no apuestan por el progreso ni la justicia aquellos que pretenden dominar la manera de pensar de una sociedad controlando la educación de sus miembros. Sin duda, quienes así piensan o actúan son fanáticos y enemigos de la libertad, de la libertad del hombre, de la libertad de los padres a decidir la educación de sus hijos, de la libertad de la sociedad a ofrecer una educación alternativa a la del Estado. El fanatismo, según G.K. Chesterton, es  la incapacidad de una mente para imaginarse otra mente. El fanático tiene un solo universo y por ello está entre los más pobres de los hijos de los hombres.

La educación, de la mano de la libertad, crea sociedades abiertas y emprendedoras, siempre adaptables a los cambios, proclives a la innovación y tendentes al crecimiento. Sociedades que nunca se atascan con la cerrazón ideológica ni con el fanatismo dogmático.

Fuente gráfica: Semanario Alfa y Omega.