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La ética del poder en Romano Guardini

La efeméride traída aquí no es “redonda” ya que cabalga entre dos años: 1950 y 1951. En el primero, Romano Guardini publicó El ocaso de la Edad Moderna. Un año más tarde, El poder. Una interpretación teológica. Setenta y cinco años de ambas obras entrecruzadas constantemente, según el autor, pues en muchos puntos las reflexiones contenidas en El Poder presuponen y prosiguen lo dicho en El ocaso. Para Guardini, la Edad Moderna es un concepto cultural que describe el trayecto del hombre occidental desde 1600 al primer tercio del siglo XX. Con el Renacimiento emergió una nueva concepción del mundo caracterizada por el despertar en el hombre de su anhelo de libertad y por la sensación de haber sido coartado por la autoridad. Se incubó mediado el siglo XIV, levantando acta de defunción de la Edad Media. La transformación operó durante los siglos XV y XVI consolidándose en el XVII. El resultado, según Guardini, es que el hombre de la Edad Moderna, cegado por su fe rebelde en el autonomismo (“el antojo del yo”), se desvincula de la comunidad, de la tradición y de las conexiones religiosas, haciéndose indiferente hacia la fe cristiana y escéptico hacia todo lo religioso. El hombre se hace mundano.

El cambio afectó a la política, presentada ahora como un ámbito regido por sus propias leyes y cuya meta era la conquista, defensa y explotación del poder. Las injusticias cometidas desde éste no sólo dejaban al poderoso con la conciencia tranquila, también con la firme convicción de cumplir con su deber. Es Maquiavelo el primero en teorizar sobre esta práctica tachando la visión que predominó en la Edad Media, según la cual, si en política se cometía una injusticia, se hacía contra el dictado de la conciencia. En el medievo, términos como poderoso y humilde eran sinónimos. La humildad era una virtud de fuerza, que proporcionaba magnanimidad en el ejercicio del poder. El humilde era el fuerte, el magnánimo, el audaz, quien se abaja de su trono haciéndose par de los demás. La humildad suponía un noble y generoso servicio al prójimo. Con la Edad Moderna, la palabra humildad perdió su significado, convirtiéndose en equivalente a debilidad, incluso, a cobardía. Según Guardini, es una palabra que compendia todo lo que Nietzsche denominaría “decadencia” y “moral de esclavos”.

La Modernidad representó el triunfo rápido e incontenible del poder del hombre sobre la naturaleza mediante la ciencia y la técnica. Ambas se justificaban por ser útiles para la seguridad y el bienestar humanos, e, incluso, para la plenitud de valores, permitiendo encubrir los estragos ocasionados por la falta de escrúpulos de científicos y técnicos. Pero la convicción de que todo aumento de poder técnico constituía un provecho y un progreso, quebró, marcando el final de la Edad Moderna y el comienzo de una nueva época. El poder se tornó ambiguo y problemático: puede operar tanto el bien como el mal; lo mismo puede construir que destruir. Y eso nos amenaza a nosotros mismos, como seres humanos, porque la técnica ya no servía al bienestar sino al dominio, siendo el hombre expuesto a ese dominio. El peligro aumenta desenfrenadamente desde el momento en que es el anónimo Estado el que ejecuta la operación dominadora. Una objetiva voluntad de poder pretende adquirir el señorío absoluto sobre la naturaleza y sobre el hombre mismo. En los sistemas totalitarios esa voluntad se une al absolutismo del Estado, convirtiendo el ateísmo en principio político y declarando enemiga toda religiosidad. Surge una inquietante idea: la planificación universal.

El balance que formula Guardini sobre la Edad Moderna es sobrecogedor: ha aumentado el poder en proporciones gigantescas, pero el sentimiento de responsabilidad, la pureza de la conciencia y la fortaleza del carácter no han ido al compás de ese incremento. ¿No sería mejor, se pregunta el autor, menos bienestar y más responsabilidad propia en vez de un elevado nivel de vida y una constante pérdida de responsabilidad? El poder cobra objetividad, desarrollándose autónomamente y desviándose del hombre. El poder se hace demoníaco, porque nada existe sin dueño y si la conciencia humana no asume la responsabilidad del poder, los demonios lo ejercen por su cuenta. El hombre tiene motivo para temer su propia obra. No está preparado para administrar el enorme incremento de su poder ni siquiera para utilizarlo con acierto. Incluso, como apunta Guardini, tampoco tiene conciencia del problema. Pero el problema es evidente: Ausencia de una ética del uso del poder y de una educación orientada a lo mismo.

Para la época que se avecina, Guardini señaló la tarea decisiva: ordenar el poder de forma que el hombre, al usarlo, pueda seguir existiendo como tal. Deberá elegir entre ser como hombre, tan fuerte como lo es su poder, o entregarse a éste y sucumbir ante la astucia y la violencia, desembocando en el nihilismo. Ante tan exigente reto, Guardini proporciona a modo de virtudes, la fórmula. La virtud primera será la seriedad en el deseo de verdad. La segunda será la fortaleza espiritual y heroica pues tendrá en frente a la mentira concretada en consignas y propaganda. Tercera virtud: el ascetismo, repudiado por la Modernidad al constituir todo aquello que ésta pretendió abolir. Por ello, la Edad Moderna se destruyó a sí misma. El hombre deberá alcanzar una auténtica interioridad personal que, mediante la conciencia de verdad, le capacite para oponerse a las tendencias disolventes. Mediante la renuncia y la abnegación deberá aprender a ser dueño de sí, de su propio poder. (“Sed señores de vosotros mismos y para los demás”). La libertad que da este dominio orientará aquella seriedad hacia soluciones verdaderas. Convertirá el mero valor en fortaleza, desenmascarando a los falsos heroísmos por los cuales el hombre se deja inmolar, fascinado por impostados absolutos. Finalmente, de todo esto surgirá un arte espiritual de gobernar, una ética sobre el recto uso del poder, que distinga entre lo justo y lo injusto, entre el fin y los medios, para que el hombre pueda vivir con dignidad y alegría. Esto constituirá el verdadero poder.

Artículo publicado en el diario ABC por Raúl Mayoral Benito el 12 de marzo de 2026.  https://www.abc.es/opinion/raul-mayoral-benito-etica-poder-romano-guardini-20260310042446-nt.html

Chesterton y su batalla espiritual

Por una extraña casualidad, escribe Augusto Assía en Vidas inglesas, a la misma hora en que, en su casa de campo de Beaconsfield, fallecía Gilbert Keith Chesterton, anunciaba George Bernard Shaw, en Newcastle, que no hablaría más en público. Dos titanes de la palabra escrita y hablada se sumieron en el silencio. El primero involuntariamente. El segundo por su libre renuncia. Aunque hay silencios que valen por discursos, sin embargo, el de estos diestros combatientes en la contienda de las ideas, que habían encandilado a la sociedad londinense y, en general, a la inglesa, sorprendió y convulsionó a quienes estaban acostumbrados a las habituales batallas dialécticas entre ambos. Los ingleses se vieron hurtados del goce de presenciar aquellas refriegas intelectuales que con tanto fragor como afán proselitista protagonizaron Chesterton y Shaw. En aquellas justas de la razón y de la agudeza estos contendientes manejaban con pericia y arrojaban con brío y ardor armas incendiarias como la paradoja, el retruécano, el juego de palabras y la frase chispeante.

Sus compatriotas llamaban a Chesterton “monumento andante de Londres” por la envergadura de su anatomía. Durante un banquete en su honor, Bernard Shaw, rival de razón y fe, le dedicó en su discurso esta sarcástica alabanza: “Tan galante es nuestro agasajado, que esta misma mañana cedió su asiento en el tranvía a tres señoras”. Pero lo cierto es que el Altísimo otorgó como don a Chesterton una fina inteligencia y una ágil inventiva compensando su exuberancia. Y a través de ese talento el escritor quiso encontrar la verdad mediante el ingenio y la originalidad. Y aunque lo más llamativo es el medio, la anécdota orteguiana, sin embargo, lo categórico, el fin fue la fe católica. Porque en 1922 Chesterton encontró la verdad convirtiéndose al catolicismo. Consideraba que la característica más curiosa de su época era el desvío del mundo hacia el vacío o el abismo, el continuo y suave colapso de una cosa tras otra como castillos de naipes que se desmoronan al menor soplo. El colapso de todo, menos de una tradición de la verdad que no es de este mundo.

Y desde entonces se propuso librar la batalla de las ideas frente a la cultura imperante en su país, fruto de un anglicanismo chovinista que consideraba a los católicos como británicos de segunda. Junto a otros escritores compatriotas, como Christopher Dawson, Robert H. Benson, Hilarie de Belloc, Evelyn Waugh o Graham Greene, Chesterton pretendió la transformación de la cultura y la sociedad de su tiempo abordando cuestiones polémicas en su época como la familia, el feminismo, la libertad religiosa, el capitalismo o los totalitarismos. Siempre sostuvo que, teniendo a Dios como padre, el mundo resulta ser una patria inteligible dotada de sentido. Por eso no cabe ni la renuncia a la vida ni la desesperación. Ni mucho menos la ciega confianza en un hipotético progreso. Precisamente vaticinó desatinos espantosos si la cultura se distraía con vaguedades y ocurrencias identificadas con el progreso o la modernidad. Porque Chesterton apostaba por un progreso en el que los hombres se amaran considerándose hermanos e hijos de Dios. Sin embargo, denunciaba como peligro el falso progreso en el que los hombres no reconocen a Dios como Padre desarrollándose las más salvajes y oscuras tendencias del ser humano, convirtiendo a éste en una máquina dominada por máquinas, un número que maneja números y frustrándose un crecimiento de la dimensión moral interior y personal. Un cristiano, precisamente porque es cristiano, afirmaba Chesterton, debe sentirse más que nadie obligado a trabajar por un progreso que sea progreso para todos, y por una promoción social que lo sea de todos.

Para el autor inglés lo que muchos combaten no es al verdadero Dios, sino la falsa idea que se han hecho de Dios: un Dios que protege a los ricos, que no hace más que pedir y acuciar, que siente envidia de nuestro progreso, que espía continuamente desde arriba nuestros pecados para darse el placer de castigarlos. Sin embargo, como él mismo afirmaba citando a San Francisco de Sales “No temáis a Dios, que no quiere haceros mal, sino amadle mucho porque desea haceros mucho bien”. Y es que nuestro Dios es tan poco rival del hombre, que ha querido hacerle su amigo, llamándole a participar de su misma naturaleza divina y de su misma eterna felicidad. Según Assía, la vida de Chesterton fue una portentosa exhibición de atletismo intelectual y de entusiasmo espiritual, sabedor de que, si bien sobre las mareas de la superficie se libra la batalla de las ideas, sin embargo, en las profundidades se desata la pugna espiritual entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. Siempre sostuvo que los que quieren enseñar a los hombres a confundir, les enseñan antes a olvidar. Aviso muy actual.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de marzo de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/294722/opinion/chesterton-y-su-batalla-espiritual.html

 

Liderar haciendo futuro, ganando la eternidad

La semana pasada un diario nacional informaba en sus páginas sobre la organización de un evento para jóvenes, Future Makers. A través de propuestas centradas en educación, vivienda, empleo y política, los asistentes reclamaban a los partidos políticos “reformas que ayuden a la juventud a edificar sus proyectos de vida y llevar sus ambiciones lo más alto posible”. Cierta actitud alegre y confiada, cándida, como de optimista de verbena, resulta de pensar que nuestros dirigentes, de uno y otro color, centren sus políticas en un colectivo electoralmente insignificante sobre el que se ciernen negros nubarrones, aunque con impetuosas ganas de cambiar el mundo. Es mejor centrarse en uno mismo.

Un día después, el periódico, a través de su suplemento, publicó la entrevista realizada en un convento de clausura a una monja madrileña de tan sólo veinte años, que desde hace tres decidió tomar distancia del mundo, pero sin apartarse del mundo. Joven igual que los protagonistas de Future Makers, pero con una notabilísima diferencia, ella vive voluntariamente entre rejas, aunque gozando de una plena libertad interior. Cuando el entrevistador pregunta a la religiosa la opinión sobre la juventud, responde que se halla muy despistada. “Cuando quitas a Dios de tu propia vida aparecen todo tipo de ideologías. Por eso la gente vive agobiada y triste porque tu dios no puedes ser tú ni el influencer de al lado”. Incluso, reconoce que antes de cambiar de vida, ella vivía de forma incoherente.

Entre los asuntos abordados en la concentración juvenil destacaron, entre otros, el miedo al fracaso, el compromiso social y el liderazgo cultural. Es este del liderazgo un tema muy manoseado en las últimas décadas, especialmente, por algunos gurús y chamanes que dicen ser curanderos de los males de las organizaciones. De la misma manera que para prender algo, debes portar fuego, para liderar un grupo de personas debes previamente liderarte a ti mismo. ¿Cómo vas a restaurar la sociedad si antes no te has restaurado tú? Se necesita mucha humildad y un sincero afán de servir a los demás, porque en eso consiste el buen liderazgo, en ser coherente y ejemplar, para luego ser influyente debido a que el ejemplo es tan poderoso como la fuerza de penetración de una flecha de acero.

Ni a la humildad ni al servicio se llega a la velocidad de un AVE (de los de antes). Exige un proceso lento que parte de conocerse a sí mismo, de abrir el corazón y limpiarlo de cachivaches: soberbia, vanidad, envidia, tristeza… y de quitarse máscaras porque el que se finge fantasma acaba siéndolo. Durante esa apacible travesía se debe escuchar a la voz de la conciencia, que siempre conduce al bien y a la verdad, y empaparse de optimismo, del entusiasmo de la confianza y del alegre impulso de la esperanza, porque el pesimismo es contrario a toda obra fecunda. Con tales logros, llegarán otros: administrar el tiempo, disfrutar del silencio y la soledad para meditar y contemplar, ejercer tu libertad interior, estudiar y formarse. Se entra así en la dimensión de las tres “p”: prudencia, paciencia y perseverancia, que te proporcionan calma y serenidad para, primero, aceptar, y después superar la adversidad. Y una vez que se es líder de sí mismo, uno crece de dentro hacia afuera estando ya en disposición de liderar a los demás. Ignoro si esto será un liderazgo cultural, profesional o político, pero sí es un liderazgo coherente y ejemplar, basado en la entrega a los demás, en el amor, no en la fuerza. Liderar a corazón abierto no sólo hace futuro, también gana la eternidad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 10 de febrero de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/293697/opinion/liderar-haciendo-futuro-ganando-la-eternidad.html

España 2040, un proyecto de Bien Común para la próxima década

Con el mismo afán de aquel lema regeneracionista “¡Escuela y Despensa!” de Joaquín Costa, el Centro para el Bien Común Global de la Universidad Francisco de Vitoria reúne en esta obra, España 2040. Un proyecto de bien común para la próxima década, las reflexiones de académicos, en su mayoría, y de destacados miembros de la sociedad civil, a fin de reordenar nuestro viejo caserón patrio puesto patas arribas por el nefasto sectarismo gubernamental. Como la idea precede a la acción, el debate de las ideas ha de ser previo al político. Son, precisamente, las Universidades, los laboratorios de investigación y los centros de conocimiento quienes deben generar el pensamiento que luego los políticos transformarán en programas electorales y aplicarán como políticas públicas.

El resultado es todo un proyecto colectivo de bien común con la mirada puesta en la España de 2040, es decir, toda una propuesta de ambición nacional para mañana y a primera hora en la que deben participar, más que los políticos, los ciudadanos, porque más que cambiar políticas, resulta urgente un cambio cultural que provoque un fuerte compromiso cívico. Las dieciséis aportaciones mantienen la misma secuencia: el diagnóstico y la terapia. Sabemos lo que nos pasa y sabemos cómo se nos pasa.

Resulta llamativo que la mayoría de los autores inserten en sus formulaciones llamadas de atención, alerta ¿o quizá ya alarma? ante esa incomprensible “voluntad de los españoles de extinguirse” con una tasa de natalidad de 1,6 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo generacional. Dicho talón de Aquiles está presente a lo largo de una obra que propone, además de fortalecerlo, también regenerar la democracia, preservar la Justicia y el Estado de Derecho, simplificar el sector público, corregir la organización territorial, sanear la economía, aprovechar las fuentes de energía, repoblar el entorno rural, garantizar nuestra seguridad interior, rearmar la política exterior y de Defensa, reparar el sistema educativo y encauzar el desarrollo tecnológico. Aun así, el exhaustivo trabajo está impregnado tanto de esperanza en lograr una España mejor, como de confianza en la superación de crisis y desafíos de todo tipo, tras más de cinco siglos de unidad y fortaleza.

Son dos los retos que angustian la hora presente: el pesimismo nacional y la división entre españoles sobre un escenario erizado por el riesgo de ruptura de la nación, la quiebra constitucional, la inmoralidad de la corrupción política, la ruina del sector público, la debilidad de la economía, el suicidio demográfico y el deterioro de una convivencia alejada de la concordia y proclive a la discordia.

A ello se suma la incertidumbre y la inestabilidad provocadas por el actual “desorden mundial” tras arrumbarse el orden liberal basado en el multilateralismo y la cooperación internacional. Otros desafíos que los españoles debemos acometer para la próxima década en aras del bien común son cinco: el fortalecimiento de la democracia, la prosperidad económica, la seguridad tanto interior como exterior, la demografía y la educación.

Las últimas líneas del libro recogen las dos tareas decisivas a emprender por los españoles en este proyecto para el bien común de España: recuperar el dominio de nuestro propio destino y redescubrir un nuevo propósito histórico como Nación en el marco de la comunidad hispánica. Aunque, con otras palabras, pero eso mismo apuntó décadas atrás nuestro ilustre don Gregorio Marañón en Españoles fuera de España: “Pienso en los raudales de energía derrochados por los españoles en contiendas que son artificios por ellos mismos creados, y que, con la mitad de esa energía aplicada al bien común, se hubiera podido hacer de España la Nación más prospera del continente”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de enero de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/293013/los-lunes-de-el-imparcial/vv.-aa-espana-2040.html

La hora de la sociedad civil

Según Felipe González, tenemos un Parlamento a la italiana pero carecemos de  políticos italianos, siempre prestos y dispuestos al pacto. De un político italiano se dirá siempre que es doblemente político. Una especie de redundancia. En opinión de José María Aznar, algunos han roto el pacto del 78, aquél que surgió de la Transición y que logró la reconciliación entre los españoles en convivencia democrática. Resultando imposibles entre la clase política los grandes consensos que permiten la estabilidad de una nación, es la hora de la ciudadanía, pero no de una masa amorfa sin dirección, sino de grupos sociales vigorosos, maduros y bien articulados. Es la hora de idear de nuevo el porvenir juntos, de volver a encontrar un proyecto colectivo de ambición nacional sugestivo y fecundo que ilusione. Y para ello se necesita un sustrato de personas que piensen, que solo piensen.

Sin duda, nuestro régimen político no sólo es perfectible, sino que está muy necesitado de modificación y de más apertura al ciudadano. Pero en esa transformación debemos conservar valores firmes como la seguridad y la libertad. En suma, tender a un régimen más abierto y participativo sin desperdiciar el caudal de experiencia ni abandonar logros ni realizaciones estimables. Cada día es más necesario que el español se sienta personaje activo del quehacer cotidiano nacional; cada día es más conveniente sacar a la mayoría de la opinión pública de su estado actual de atonía; cada día es más razonable preparar hombres públicos en número suficiente para las necesidades del mañana.

Hoy ante la tentación totalitaria que domina en ciertos ámbitos internacionales o ante el deseo de revancha destructiva que anida en algunas posiciones ideológicas, resulta urgente redoblar el esfuerzo de todos por garantizar los niveles de libertad y responsabilidad que nuestro tiempo histórico nos exige. Es la misma ciudadanía la que debe recordar a los dirigentes políticos que la política ha de ser un medio para conseguir un fin y no es un fin en sí misma. Que es inmoral malgastar en vaivenes y disputas partidistas las energías que deben emplearse en estabilizar España por la vía de la concordia superando antagonismos y heridas históricas. Y, por supuesto, que la Constitución es nuestro marco de referencia fuera del cual nadie está legitimado. El buen gobernante es el que da importancia al ciudadano, pide su opinión y sirve al interés general. Vigorizar la democracia pasa por hacer más efectiva, exigente y responsable la participación ciudadana. La democracia se salva con compromisos éticos y cívicos de los dirigentes y de la sociedad civil.

Es hora de recoger el testigo del consenso y del espíritu de la reconciliación que con sacrificio y generosidad contribuyeron a construir una España libre, estable y próspera. Como afirmó Abraham Lincoln el verdadero ciudadano demócrata es aquel que no queriendo ser esclavo tampoco desea ser amo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 27 de febrero de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/210487/opinion/la-hora-de-la-sociedad-civil.html

Cuando la independencia judicial es oposición al Gobierno

Casualmente, la Sentencia del Tribunal Constitucional que declara conforme con la Constitución la Ley de Amnistía para la normalización institucional, política y social en Cataluña, se ha dictado noventa años después de la pronunciada por el Tribunal de Garantías Constitucionales con motivo de los sucesos acaecidos también en Cataluña en octubre de 1934. Con fecha 6 de junio de 1935, dicho Tribunal falló: “Que debemos condenar y condenamos a cada uno de los procesados, don Luis Companys Jover, don Juan Bautista Lluhí Vallescá, don Martín Esteve y Guáu, don Martín Barrera Maresma, don Pedro Zoilo Mestres Albet, don Buenaventura Gasol Rovira y don Juan Comorera Solé, como autores de un delito de rebelión militar, a la pena de treinta años de reclusión mayor, con las accesorias de interdicción civil…”

Aquella sentencia de junio de 1935 fue destruida por un Decreto-Ley posterior aprobado deprisa y corriendo ¿Le suena, lector? El Frente Popular ganó las elecciones (hoy está comprobado el amaño), celebradas el 16 de febrero de 1936.  La Diputación Permanente de las Cortes se reunió el 21 de febrero mediante una convocatoria del día anterior por telegrama. El Decreto-Ley constaba de un solo artículo precedido de una brevísima Exposición de Motivos: “Siendo inequívoca la significación del resultado de las elecciones a Diputados a Cortes en cuanto a la concesión de una amnistía por delitos políticos y sociales, en favor de la cual se ha pronunciado la mayoría del Cuerpo electoral, y tratándose de una medida de pacificación conveniente al bien público y a la tranquilidad de la vida nacional, en que están interesados por igual todos los sectores políticos; de acuerdo con el Consejo de Ministros, a propuesta de su Presidente y previa la aprobación de la Diputación permanente de las Cortes, vengo en disponer lo siguiente: Artículo único. Se concede amnistía a los penados y encausados por delitos políticos y sociales. Se incluye en esta amnistía a los Concejales de los Ayuntamientos del País vasco condenados por sentencia firme. El Gobierno dará cuenta a las Cortes del uso de la presente autorización. Dado en Madrid a veintiuno de Febrero de mil novecientos treinta y seis. Niceto Alcalá-Zamora y Torres. El Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña Díaz”.

Se calcula que la amnistía benefició a unas treinta mil personas que habían sido condenadas como consecuencia de la Revolución de Octubre de 1934, instigada por el Partido Socialista. El Tribunal de Garantías Constitucionales también tuvo que actuar para aplicar el Decreto-Ley, al haber condenado a los consejeros de la Generalidad y a otras personalidades políticas. Posteriormente, y tras salir de la cárcel, los miembros del Gobierno catalán fueron repuestos en sus funciones mediante un Decreto de 1 de marzo de 1936. Era esta una de las principales reivindicaciones del Front d’Esquerres, que había triunfado en las circunscripciones electorales catalanas y apoyaba al nuevo Gobierno del Frente Popular.

El Tribunal de Garantías Constitucionales fue una institución esencial en el régimen de la II República. No se trataba de un Consejo áulico, sino un órgano electivo, propicio a todas las sorpresas que deparan esta clase de instituciones. Aun así, logró mantenerse independiente en una época en que el sectarismo impregnaba la política de un régimen como aquel. Independencia equivalía, por entonces, a oposición al Gobierno. Desgraciadamente, esta cualidad de la independencia no se predica hoy del infausto Tribunal Constitucional. Resta añadir que los juristas que hace noventa años supieron resistir como independientes, algunos de ellos también supieron sellar con su sacrificio el culto que habían tributado al Estado de Derecho: Pradera, Beceña y Riaza fueron vilmente asesinados en zona roja; Traviesas, ponente de la sentencia condenatoria, murió en el frente de Oviedo; Martín Álvarez, Sabater y Ruiz del Castillo fueron encarcelados por los rojos y salvaron sus vidas de milagro. No olvide dos cosas, lector, primera, la independencia de la Justicia es lo que diferencia a una democracia de una tiranía. Segunda, la Historia se repite.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de junio de 2025. https://www.elimparcial.es/noticia/285301/opinion/cuando-la-independencia-judicial-es-oposicion-al-gobierno.html

Una liberal en política

Con tono imperturbable y ameno, Esperanza Aguirre ha escrito un libro de lectura ágil y contenido conciso pero intenso. Las páginas recogen aspectos biográficos y, especialmente, históricos sobre hechos de la política española desde la Transición hasta el momento actual. Incluyen, además, una sugerente propuesta para abordar el necesario debate de las ideas, el que viene rehuyendo remolonamente su Partido en los últimos años. Como funcionaria del Cuerpo de Técnicos de Información y Turismo, la autora describe su propia trayectoria en la política, primero, desde Unión Liberal ocupando una concejalía del Ayuntamiento de Madrid. Posteriormente, desde el Partido Popular participando en los Gobiernos de España y de la Comunidad de Madrid, en la presidencia del Senado y, de nuevo, en el consistorio de la capital tras ganar las elecciones. Confiesa que sería una visita a la Rumanía de Ceaucescu lo que impulsó su salto a la arena política. Allí comprobó la miseria y el horror a que conduce el comunismo. Si a eso se unen sus lecturas de autores liberales como Mises, Hayek, Revel o Friedman, y artículos de The Economist, así como el magisterio de todo un maestro de liberales, Pedro Schwartz, el resultado es una liberal en política, como reza el título de su libro.

La obra sirve también para conocer de primera mano la trayectoria del Partido Popular, al que Aguirre llegó procedente de la Unión Liberal, bajo las presidencias de Aznar, Rajoy, Casado y hoy Feijóo. Partido que no abandonó pese a la invitación a marcharse que Rajoy cursó a liberales y conservadores. Es el momento en que la formación política referente para una gran mayoría de ciudadanos incurre en una anodina y letal indefinición ideológica. Esperanza sobrevivió a esa travesía del desierto. Hoy, con la misma fuerza de siempre, desarrolla una entusiasta actividad animando a recomponer la derecha española y convertirla, de nuevo, en la casa común de quienes se oponen al sanchismo, como hiciera Aznar frente al socialismo de González. El libro, que es un ejemplo de ello, plantea la pregunta clave ¿Por qué la derecha no sabe ilusionar a los españoles? La respuesta hay que encontrarla en los predios culturales, poco transitados por unos timoratos dirigentes que evitan la confrontación intelectual con sus adversarios, creyendo erróneamente que a la izquierda sólo se la combate desde los campos de la economía.

Aguirre considera la era sanchista como la más aciaga de la historia reciente de España. Tacha a Sánchez de caudillo que, alejado de los postulados de la socialdemocracia, ha abrazado las tesis radicales del comunismo, entre ellas, la monserga de la corrección política y la tabarra woke. Advierte de las pretensiones del presidente del Gobierno de cambiar el régimen fulminando la división de poderes, la independencia judicial y la de los medios de comunicación y hostigando a empresarios y autónomos, la verdadera fuente de empleo y riqueza en una sociedad. Existe un riesgo real de convertir la democracia en una especie de autocracia mediante una utilización fraudulenta de las instituciones. Certeramente señala la necesidad de reformar la Ley Electoral. En su libro también hay hueco para denunciar la Agenda 2030, una nueva religión con sus corifeos y sacristanes y su sibilino lenguaje inclusivo y sostenible.

Para librar la batalla cultural, Aguirre propone como fórmula la defensa de la nación y de la libertad. Defender España y una sociedad libre constituyen el mayor y mejor proyecto para ilusionar a los españoles. Las últimas páginas de su libro constituyen la evidencia de cómo puede descenderse desde los principios a la experiencia. En ellas se reúnen sólidos ejemplos de cómo sus ideas liberales aplicadas desde el Gobierno de la Comunidad de Madrid introdujeron mayores cotas de libertad, progreso y prosperidad en favor de los madrileños en ámbitos como el educativo, sanitario o económico. Ello es fruto del indeleble amor a la libertad individual que tiene Esperanza Aguirre, quien en política siempre predicó con el ejemplo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de mayo de 2025. https://www.elimparcial.es/noticia/283886/cultura/resena-de-una-liberal-en-politica-de-esperanza-aguirre.html

 

Fabrice Hadjadj: un combatiente espiritual

Para Miguel de Unamuno la agonía del cristianismo consistió en una contienda que se desata no entre intelecto y sentimiento, sino entre Cristo y Lucifer. Esa lucha religiosa supone para el hombre combatir por una divinidad que le vive por la fe y que por lo mismo está constantemente amenazada de morir por incredulidad. Este depender Dios del poder creer del hombre representa el nudo gordiano de su combate. Rasgos netamente unamunianos perviven en el pensamiento del filósofo francés Fabrice Hadjadj, cuando sostiene que “el verdadero combate se juega en el interior, en el campo propio, que las grandes batallas espirituales empiezan dentro de cada persona en su capacidad para resistir al pesimismo y abrazar una esperanza auténtica”. Porque el pesimismo (nada puede hacerse), que es contrario a la gracia y a la fe, nos lleva, como el escepticismo (nada debe hacerse), a la indiferencia, al más puro nihilismo. Es esta la peor de las actitudes en que puede incurrir un católico. Mucho peor que el miedo. Porque este pensador cristiano también se refiere al miedo ante el reto que supone vivir en el mundo actual: “Lo primero que experimentamos es la emoción menos confesable: el miedo. No tanto el miedo de morir, como el miedo de vivir a la altura del desafío”.

Este mundo actual en el que haber nacido y, por consiguiente, vivir constituyen para Hadjadj una suerte nos desafía constantemente como católicos. Y él propone que, sin indiferencia ni miedo, perseveremos en la lucha, no abandonarla por el tedio ni el cansancio, y estar bien provistos del depósito de la fe, sólidamente pertrechados de espiritualidad. Nos insta a ser fieles a la máxima evangélica de vivir en el mundo sin ser del mundo, pero no atrincherarse frente al mundo. “No dejarse seducir por los valores del enemigo ni caer en la tentación de responder con las mismas armas”. Así podremos afrontar los retos que nos plantea la posmodernidad que, a diferencia de la modernidad, “no busca soluciones sino evasiones”. Si Pablo VI afirmaba que el drama del hombre moderno es haber salido de casa perdiendo la llave para volver, el drama del posmoderno es que ya no quiere volver al hogar. Se ha evadido, y en su evasión, ha terminado por extraviarse. Fascinado ante el imperio tecnológico-científico, se comporta inconscientemente disponiendo de forma egoísta y sin límite alguno de todo lo existente. En su frenética carrera lanzada hacia conquistas materiales confunde su deseo con la libertad y satura su hastiada existencia de tantas posibilidades como de peligros, de tanto progreso como desbarajuste, sin poder discernir entre el bien y el mal, quedando secuestrado en el zulo del relativismo. Incapaz de construir sobre lo que existe, el hombre de hoy se afana alegre y confiadamente por desmantelar los cimientos del pasado, ignorante de que con ello acelera la pérdida del contacto interpersonal dentro de sus espacios naturales. La consecuencia es la debilitación del matrimonio y el decaimiento de la relación entre padres e hijos, en suma, la disolución de la familia. En efecto, el hombre posmoderno no quiere volver a casa.

Hadjdj nos advierte del peligro de la deshumanización. “Europa desespera de lo humano”. Predomina el empeño en convertir al hombre en una especie de diana contra la que lanzar el dardo del antihumanismo. Un entorno de hostilidad rodea a la persona en esta época de angustia y quiebra de virtudes naturales. Hay afán por desarrollar proyectos de claro signo deshumanizador. Desde la ciencia hasta la política, pasando por la economía, la tecnología o la cultura, se pretende crear una especie de ecosistema inhóspito para el ser humano. Ante este horizonte de desafíos, el filósofo francés indaga sobre el martirio de la coherencia con el Evangelio a que es sometido el católico en el tiempo presente. Creen muchos ser católicos y por católicos son tenidos, pero jamás se han sentido conmovidos por la gloria de la verdad que es Cristo en acción. Con su apatía son cómplice s de quienes se aplican a la destrucción y al caos. A veces critican y deploran la decadencia de la moral y la corrupción de la vida pública, pero no sienten obligación alguna por detenerla. Se tiende a pensar que el mal viene de fuera y que los malos son los otros. Consecuentemente, son los otros quienes deben cambiar. Gran error. Soy yo, somos nosotros, los católicos, quienes debemos mejorar, hacer lo que no hacemos. Siempre es tiempo de conversión. Para combatir en esta época de confusión y desolación, en suma, de desesperación en la que ya no se cree en un mundo mejor, Hadjadj apela a la esperanza, a esa esperanza que no defrauda, Cristo: “La esperanza no es optimismo ni pesimismo; es la certeza de que, en medio de nuestra miseria, la misericordia divina siempre nos abre un camino”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 6 de diciembre de 2024. https://www.larazon.es/opinion/fabrice-hadjadj-combatiente-espiritual_202412066752379085d24c0001d1270e.html

El casero

En los años posteriores a la II Guerra Mundial dirigentes europeos como Konrad Adenauer o Winston Churchill emprendieron en sus naciones una prioritaria política de construcción de viviendas para acoger a los millones de ciudadanos sin techo cuyos hogares habían sido destruidos por los combates bélicos. Precisamente, Churchill hizo del impulso constructor de casas el eje de su campaña electoral de 1950. Y en ese debate hizo acto de presencia la pedantería laborista, que quiso remplazar la noción tan específicamente inglesa de “home”, hogar, por el término “unidad de alojamiento”. En uno de sus mítines, Churchill obtuvo un éxito sensacional provocando las risas de los asistentes al cantar con la música de la famosa canción Home sweet home: “Unidad de alojamiento, dulce unidad de alojamiento, no hay nada comparable a nuestra unidad de alojamiento”.

Décadas después, el socialismo extravagante de Zapatero intentó implantar en el parque nacional de viviendas las denominadas soluciones habitacionales. Propuesto como plan estrella de la entonces titular del Ministerio de la Vivienda, María Antonia Trujillo (hoy reclama la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos), pronto quedaría arrumbado como un esperpento en el desván del desprestigio. Aquella fórmula, más que una solución, era un problema habitacional, ya que se trataba de viviendas de 25 metros cuadrados. Casi un cuarto de baño en el chalet de los hoy marqueses de Galapagar. La ridícula propuesta fue la comidilla de nuestra prensa que durante días comparó la infraestructura japonesa de viviendas con la nacional. Aún resuenan las carcajadas de la opinión pública española. Actualmente, una medida así no la apoyaría ni Yolanda Díaz: en 25 metros cuadrados no hay espacio para sumar cómodamente una mascota más el morador.

Pasaban los años sin que el socialismo español encontrara una solución al problema de la vivienda. Tampoco al del paro. Hasta que Pedro Sánchez ha decidido tirar la casa por la ventana. Primero anuncia 50.000 viviendas de la Sareb para personas vulnerables. ¡Qué digo 50.000! ¡20.000 más! En total, 70.000 viviendas. Si en algo Sánchez es imbatible es en el uso aleatorio, como de bingo, de las cifras. Campo en el que se maneja como Pedro por su casa. Luego vendrá Paco con las rebajas demostrando que el anuncio promesa lo protagoniza el socialista como de costumbre, sin encomendarse a Dios ni al Diablo. Ni le importa siquiera cómo se encuentra el estado de las viviendas. Algunas de ellas son pasto de okupas. Otras se hallan inhabitables.

Que la realidad no te estropeé una promesa electoral. Ahora el Gobierno tendrá que gastarse 11 millones de euros para comprobar la situación de cada vivienda. Los españoles contienen el aliento: ¿Y si solo son habitables 5.000? La medida es propia de ese sanchismo de andar por casa, o sea, de mentiras a raudales y puro electoralismo, que convierten a Sánchez, no en un gran estadista pero sí en un enorme casero. Como La Casera, esa popular bebida espirituosa que acaba perdiendo fuerza, también a Sánchez se le va la fuerza por la boca.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de abril de 2023. https://www.elimparcial.es/noticia/253651/opinion/el-casero.html

Un siglo de agonía del cristianismo

María Zambrano siempre consideró a Miguel de Unamuno como el incansable poeta de la angustia española. Martin Heidegger aclaró la diferencia entre angustia y miedo. “Angustia es radicalmente distinto de miedo. Cuando se tiene miedo se pierde la seguridad para todo lo demás, es decir, se pierde la cabeza. La angustia no permite que sobrevenga semejante confusión. Lejos de ello, háyase penetrada por una especial tranquilidad”. En 1924 durante su destierro en Fuerteventura Unamuno, que perforaba el tipo social hasta llegar a las honduras del individuo, se excava a sí mismo en búsqueda de un asidero en las profundidades de su alma, y lo halla en el sentir de su íntima lucha religiosa, de la que cobra conciencia, sacándola a la luz de su obra. Meses después, durante su exilio en París, escribe: “La agonía de mi patria, que se muere, ha removido en mi alma la agonía del cristianismo”. En Unamuno la cuestión sobre la esencia de España coincide con el problema fundamental de su vida personal, no abordando una cuestión ajena, sino su propia existencia. Le duele Dios y España, resultándoles inseparables españolidad y cristianismo. Su españolidad es una manera de ser cristiano.

Esa tranquilidad angustiosa que mantiene a raya a la confusión, como refería Heidegger, la encontraba Unamuno en el valioso depósito del misticismo. Lecturas españolas de carácter religioso dejaron huella en la inagotable obra unamuniana: libros de ascética y de mística, de historia monástica, obras de teólogos y moralistas. Unamuno leyó siempre como moralista. Su moral lo fue de mártir, de apóstol. En su libro, ahora centenario, Agonía del cristianismo, culminado en el exilio parisense, Unamuno escribe las páginas mejor acabadas que recuerdan a aquellos místicos españoles referidos magistralmente en su primera obra En torno al casticismo. Para moldear la palabra agonía, (que es lucha, y el agonizante no está moribundo), se funden en un todo el profesor de filología, el filósofo, el escritor y el cristiano. La visión mística es el hilo que enhebra esa urdimbre. La verdadera contienda que se desata en Unamuno no es entre intelecto y sentimiento, sino entre Cristo y Lucifer. Esa lucha religiosa consiste en combatir por una divinidad que le vive por la fe y que por lo mismo está constantemente amenazada de morir por incredulidad. Este depender Dios del poder creer del hombre representa el nudo gordiano de su combate. Por eso lo concluyente para Unamuno es la agonía de un alma sobre la agonía de su Dios. En la inanidad de nuestra existencia alejada de Dios apreciamos la necesidad de Él, no como una necesidad lógica, sino vital, y este es el comienzo del acto de fe, en el que el hombre crea a su Creador.

En Agonía del cristianismo el autor nos muestra un cristianismo profundamente individualista, ya que de lo que se trata es de la salvación del alma individual. El grandioso individualismo de la mística española lo aprende preferentemente de San Pablo. Por eso no concibe al cristianismo como doctrina, sino como preparación para la muerte y para la resurrección, para la vida eterna. Unamuno renuncia al cristianismo social en todas sus formas: “El cristiano, en cuanto cristiano, no tiene que ver con eso”. Su cristianismo es de los que como San Pablo tratan de vivir y sobrevivir en Cristo. Unamuno se preguntaba: “Y las verdades, ¿se poseen o se viven?” A los católicos nunca nos bastará con conocer las verdades de nuestra fe, hay que vivirlas, porque si las viviéramos de veras, no nos dejaríamos cazar como moscas en los sofismas de la modernidad. Tanto espiritual como cultural, el combate continúa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 28 de octubre de 2024. https://www.abc.es/opinion/raul-mayoral-siglo-agoniadel-cristianismo-20241028101146-nt.html