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Pastores, líderes

España está tan vaciada que apenas quedan pastores o líderes. Son lo mismo. Los pastores atesoran cualidades de líder. No viceversa. Tienen los pastores buenos andares y excelente vista. Promover y dirigir una empresa requiere estrategia y audacia. Mirada larga y paso corto. Una y otro tienen los pastores para dar y tomar. Vísteme despacio que tengo prisa. “Con la prisa de un sastre en vísperas de pascuas”, se lee en El Quijote para sinonimizar al apresurado, al precipitado, al alocado. “Los ojos sirven para algo más que para mirar, para algo que parece lo mismo y que no es lo mismo: para ver”, escribió el insigne Ruano en sus habituales columnas.

Los pastores son no eruditos, sino cultos porque conocen su entorno, que cultivan con frecuencia. Miran al cielo y saben si lloverá o hará calor. Granizará, helará o habrá ventisca. Curan heridas cicatrizándolas a base de naturaleza; algo de curanderos tienen. Son sencillamente, unos personajes singulares. No en vano, fueron los primeros en conocer aquél gran acontecimiento que partirá en dos el calendario de la Humanidad, antes y después de Cristo. “A Belén pastores”, canta el villancico. Y hasta David, vencedor ante Goliat, era un humilde pastor. Eso no quita para que algunos estén en Babia: Aquellos pastores originarios de dicha villa que descendían desde León hasta Extremadura y la Andalucía Occidental por la cañada leonesa, en busca de zonas de herbaje para sus rebaños. En las noches claras ante la hoguera, quedaban ensimismados observando la luna y las estrellas. Uno de sus compañeros advertía: “¿Qué le pasa a ese?”. “Déjalo, que está en Babia”, decía otro, que le sabía acordándose de su tierra.

Ser pastor es vocacional. Viriato, aquél caudillo lusitano que se resistió a la dominación romana de la Península, era pastor; y tanto le satisfacía su labor pastoril que prefirió volver con su rebaño antes que seguir guerreando. Pero terminó siendo asesinado por la traición de los suyos. Ser pastor encierra algo de liderazgo. Sobre todo por la humildad y el servicio que atesora. “Humus” significa suelo. Nadie mejor que un pastor para estar pegado al terreno. Qué mayor servicio que el dirigir a un puñado de bocas hambrientas hacia mejores lugares para saciar el hambre. En nuestros clásicos el campo es soledad. ¿Y qué es el liderazgo, sino soledad? Hay una literatura de hondo arraigo entre nosotros, con su plasticidad musical, pastoral y campestre, de siembra y siega. Lo bucólico y pastoril está presente en Cervantes. Leguas de campiña y millones de españoles que aran su vega, escardan su huerta y empujan su ganado en la dehesa. En tiempos como los de ahora, que padecemos esa España rural vaciada y huérfana de líderes, cobran vigor las palabras de Ortega y Gasset: “No creo posible otro camino para llegar a la prosperidad de España que el que pasa por el campo”. No nos engañemos, unos hombres sirven para pastor, otros para mastín de ganado. Nos faltan líderes y pastores. Son lo mismo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 1 de mayo de 2022 https://www.elimparcial.es/noticia/238392/pastores-lderes.html

Ni verdad ni libertad

En plena dictadura nazi, durante una representación en Hamburgo del Don Carlos, drama escrito por Friedrich Schiller, al decir el Marqués de Posa: “Señor, conceded libertad de pensamiento”, hubo por parte del público un aplauso de varios minutos. Al día siguiente, el don Carlos fue retirado de todos los teatros de Alemania. Algo parecido ocurre en las actuales sociedades democráticas con esa tiranía censora de la corrección política que se dedica a acallar la libertad de expresión y a silenciar al discrepante de la mayoría. El resultado es un mundo en donde no se permite a la gente pensar ni decir lo que uno piensa, si no es manejando palabras, datos o información previamente acordada y validada por el ortodoxo discurso cultural dominante. De forma que si algún osado se atreve a pensar por cuenta propia y a decir lo que piensa, es declarado subversivo y proscrito, siendo cancelado y condenado al ostracismo y a la muerte civil. Sin duda, la corrección política dinamita la democracia porque fulmina la igualdad ante la ley, vulnera la libertad de expresión y anula la presunción de inocencia, piezas todas básicas en un Estado de Derecho.

¿Qué es, cómo surge y actúa este virus que está infectando la cultura de la milenaria civilización occidental? Como bien puntualiza Darío Villanueva en su obra Morderse la lengua. Corrección política y posverdad, “estamos ante una forma posmoderna de censura que, al menos inicialmente, no tiene su origen, como era habitual, en el Estado, el Partido o la Iglesia, sino que emana de una fuerza líquida o gaseosa hasta cierto punto  indefinida, relacionada con la sociedad civil. Pero no por ello menos eficaz, destructible y temida”. Con un sustrato ideológico de raíz netamente marxista, la corrección política nace en la década de los setenta en los campus universitarios de Estados Unidos, con el fin excluir ciertos usos lingüísticos considerados como tendenciosos contra etnias y minorías. Y lo que empieza como un movimiento de apariencia respetuosa hacia el multiculturalismo se convierte, según Michael Burleigh, en una ideología maniquea cuando “la izquierda hizo un cínico cálculo para crear coaliciones de víctimas”. Por eso, la llamada victimofilia ha sido uno de los cimientos más sólidos en la construcción de la corrección política. Aquel viejo grito de ¡Proletarios de todo el mundo, uníos! ha sido sustituido por otro más novedoso: ¡Oprimidos de todo el mundo, uníos! Y si ellos no se unen, se encarga de unirlos la teoría de la interseccionalidad, introducida en la década de los ochenta por la activista y profesora de Derecho, Kimberle Williams Crenshaw, que sostiene que “el racismo, el sexismo, la xenofobia, la transfobia y otras formas de opresión son el resultado de la intersección de diversas formas de discriminación”. Posteriormente, este fenómeno corrector de las palabras o guerra de las palabras, al decir de Sarah Dunant, comienza a impregnar grandes espacios de la vida pública, desde la política a la economía, pasando por la ciencia, la educación y los medios de comunicación. Se generaliza como una corriente en defensa de minorías, en concreto, raciales y sexuales, empeñada en viciar el lenguaje con tintes excluyentes y liberticidas y al servicio de intereses políticos. Y en un claro abuso de poder, sus partidarios, erigiéndose en histéricos e iracundos guardianes del idioma, atribuyen de forma autoritaria a las palabras el significado caprichoso y sectario por ellos deseado. Toda una ingeniería semántica al servicio de una forma de censura, pero también de dominación. ¡Qué razón tenía George Orwell cuando afirmaba que el lenguaje es una poderosa herramienta para cambiar la sociedad! Insiste en ello Ludwig Wittgenstein en su Tratado Lógico Filosófico al aseverar que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Hoy, la corrección política se ha convertido en una moda impuesta de forma implacable en Occidente por comisarios del lenguaje. Una auténtica tiranía presentada bajo falsa apariencia de progresismo y tolerancia. Tolerancia represiva propone Herbert Marcuse. Y es que bajo esa máscara se esconde todo un movimiento totalitario de ideología izquierdista, un bolchevismo cultural como lo define Edoardo Crisafulli, que, mediante la manipulación del lenguaje y el pensamiento único, anula libertades de expresión, de pensamiento, de conciencia, religiosa, de prensa, o de cátedra, siendo una seria amenaza para las democracias libres y pluralistas.

La finalidad de la corrección política es imponer un hombre nuevo, una nueva sociedad, en suma, una nueva cosmovisión con una cultura única y una ética única y, tal vez, pretender erigirse en una nueva religión, una especie de religión al revés. Ya lo afirma Douglas Murray en su obra La masa enfurecida: “La interpretación del mundo a través de la lente de la “justicia social”, de la “política identitaria grupal” y la “interseccionalidad” es quizás el esfuerzo más audaz y exhaustivo por crear una nueva ideología desde el fin de la Guerra Fría”. Lo que no logró Stalin con sus divisiones y tanques, conquistar y destruir Occidente, puede conseguirlo esta izquierda del siglo XXI que, desorientada tras perder sus banderas tradicionales en defensa de los intereses obreros, ha visto en la corrección política el caballo de Troya con que dominar las ciudadelas democráticas occidentales. A extramuros de la fortaleza, tres arietes, en complicidad con el intruso, intentan derribar los portones: la ideología de género, la memoria histórica y el mito del cambio climático. Tanto el caballo de Troya como los arietes son de pura fabricación marxista.  En este contexto, la corrección política es una eficaz herramienta que manufactura estereotipos para alterar la identidad sexual, desordenando el sistema de procreación natural, para manipular el pasado, reescribiendo la Historia y para atribuir categoría divina a la Tierra, alumbrando una religión sustitutoria. Se configura, así una nueva ¿vieja? Humanidad en la cual la identidad del grupo se superpone a la identidad individual, propio de las sociedades totalitarias moldeadas por el fascismo o el marxismo.

Asistimos a una batalla cultural que se está librando sobre un campo minado porque los corifeos de lo políticamente correcto han trucado las ideas por las emociones, los argumentos por la indignación y la racionalidad por la intimidación. Es la cultura de la queja, de la que habló Robert Hughes. Con ello, enrarecen la convivencia y la vida pública sembrando división y odio. Resulta muy difícil entablar una discusión civilizada con una masa indignada, histérica y vociferante que, además, emplea contra el disidente armas como la censura, la difamación, las campañas de desprestigios, los escraches, las provocaciones en las redes sociales, los bloqueos en plataformas, cuando no la violencia. Un modus operandi que, como sostiene Dave Rubin en No quemes este libro, “guarda escalofriantes similitudes con las tácticas adoptadas en la Alemania nazi. En esta deriva irracional y frenética, los apóstoles de la corrección política hacen pasar por verdades absolutas lo que son meros postulados ideológicos, falacias y sofismas, cuando no meras ocurrencias sin base científica alguna. En definitiva, eluden la verdad si contradice su relato. Precisamente, uno de las consecuencias más letales de la corrección política es el desprecio a la ciencia cuando ésta no sirve convenientemente como apoyo a sus dogmas. Es el mismo desprecio ejercido por el nacionalsocialismo hacia las evidencias científicas cunado éstas disentían de las falsas teorías de la superioridad aria.  

¿Cómo enfrentarse y combatir esta epidemia sobre el lenguaje y el pensamiento? Primeramente hay que hacer mucha pedagogía y ser didácticos con aquellas personas que, ya por buena fe, ya por miedo al aislamiento o exclusión, se autocensuran asumiendo las tesis de la corrección política. Fue precisamente Alexis de Tocqueville en La democracia en América el primero en observar cómo el miedo a ser aislado socialmente, indujo a las personas a omitir sus opiniones si éstas no coinciden con la mayoría. Y en segundo lugar, hay que actuar de forma organizada y con valentía para desmontar las mentiras e imposiciones con las que opera este fundamentalismo y superar así esa espiral de silencio a la que se refería Elizabeth Noelle-Neumann. Cuenta Vaclav Havel en su libro El poder de los sin poder, que en los regímenes comunistas “el individuo no está obligado a creer todas estas mistificaciones, pero ha de comportarse como si las creyera, o por lo menos, tiene que soportarlas en silencio o comportarse bien con los que se basan en ellas. Por tanto, está obligado a vivir en la mentira”. En una sociedad libre las personas tienen derecho a sostener las ideas que deseen, aunque resulten diferentes a las de la mayoría. Y ésta debe respetar ese derecho. Raymond Aron sostenía que una de las diferencias entre los sistemas democráticos y las dictaduras era el respeto a las minorías en los primeros, que estaba ausente en las segundas. Es necesario defender la libertad pero también la verdad. En las actuales circunstancias, adquieren vigencia las palabras de Roger Scruton: “el concepto de verdad desaparece del paisaje intelectual y se sustituye por el de poder”. Hoy, cuando la crisis de la verdad es la crisis de la libertad, no debiéramos olvidar que la verdad nos hace libres.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en la revista Demos el 2 de abril de 2022 https://revistademos.com/

Comisarios del lenguaje

Uno de los instrumentos más importantes manejados por el poder político a lo largo de la historia para imponer sus pretensiones a los ciudadanos es el lenguaje, la palabra. Por eso, el dictador soviético Stalin solía decir que “de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario”.

Las teorías estalinistas son confirmadas por el escritor Jean François Revel, que en su libro “El conocimiento inútil” sostiene que todos los dictadores han sido raptores de la enseñanza y la prensa, dos ámbitos en donde la manipulación del lenguaje causa verdaderos estragos.

Las narraciones de la novela de George Orwell, titulada “1984”, sobre la manipulación de las palabras y la deformación de la historia, lejos de ser ciencia ficción, se aproximan, a pasos agigantados, a la realidad.

Editorial del programa Entre líneas, presentado y dirigido por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 12 de octubre de 2004.

Lo verosímil no es verdadero

En las horas posteriores al terrible atentado del 11-M, y cuando ya se abría paso la autoría del terrorismo islámico, un emisora radiofónica informó sobre la existencia de un terrorista suicida entre los fallecidos que viajaban en los trenes de cercanías.

Era una noticia verosímil. Gran parte de los atentados que los terroristas islámicos causan contra sus objetivos, se comete por fanáticos que se suicidan, muriendo, según ellos, por y en nombre de Alá. Por tanto, resultaba verosímil que unos terroristas islámicos atentaran en España mediante el método del fanático suicida.

Sin embargo, a medida que avanzaban las investigaciones sobre el atentado y sus autores, la tesis del terrorista suicida iba perdiendo credibilidad. Finalmente, la noticia resultó no ser cierta. Hoy, la opinión pública asume que aquella noticia no era verdadera. Incluso, la emisora que la emitió reconoció posteriormente que no hubo terroristas suicidas en el atentado del 11-M.

Lo que comenzó siendo una noticia verosímil, jamás llegó a convertirse en verdad.

Editorial del programa Entre líneas, presentado y dirigido por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 5 de octubre de 2004.

Ni mentiras ni exageración

En la película Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock (1959), el protagonista, Cary Grant, que interpreta a un alto ejecutivo del mundo de la publicidad, dice que “en su profesión, la palabra mentira no existe; en su lugar, se emplea el término exageración”.

Un vistazo al tratamiento informativo que los diarios nacionales realizan de las noticias y hechos lleva a preguntarnos si en el mundo del periodismo sucede lo mismo que en la publicidad, como decía el personaje de la obra de Hitchcook. Si la respuesta a este interrogante es afirmativa, y creo que lo es, solo que en vez de publicidad, hay propaganda, no habría opción para Thomas Jefferson, cuando dijo aquello de “si tuviera que elegir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría ni un momento en quedarme con esto último”. Tras el desolador panorama del periodismo patrio, que miente exagerando, no cabe elección. De hecho, todo periódico publica al días dos verdades absolutas y una relativa: la fecha y el precio, en el primer caso, y el pronóstico meteorológico, en el segundo.

Lamentablemente, esa desolación se traslada a la opinión pública, pieza fundamental para el buen funcionamiento de una robusta democracia. Y es que, no puede haber auténtica democracia participativa, si los ciudadanos no están en condiciones de emitir juicios críticos ni objetivos. Para que la opinión pública ejerza como tal en democracia, es preciso que la información recibida sea veraz y completa. Sin embargo, ¿recibimos información veraz? ¿son creíbles nuestros medios de comunicación? ¿existe hoy una opinión pública con criterio ?

Dicen que no conviene abrumar al lector con preguntas, sino brindarle respuestas. Lograr que la opinión pública esté más y mejor informada, disponga de criterio propio, ejerza el hábito de la reflexión y sea rigurosa con los medios de comunicación, exige, previamente, dos condiciones: primero, que el periodismo deje de ser puro negocio y asuma su responsabilidad social, es decir, publique información contrastando y verificando las fuentes, y diferencie esa información de la opinión, y, segundo, que se tenga muy claro que la información ni pertenece al poder ni tampoco a los medios. La información adquiere su verdadero significado y su verdadera esencia en los ciudadanos.

Cumpliendo estos presupuestos, Thomas Jefferson podría volver a elegir, y a nadie se le ocurriría equiparar el mundo de la información al de la publicidad, o lo que es lo mismo, a la propaganda.

Editorial del programa Entre líneas, dirigido y presentado por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 28 de septiembre de 2004.

Mentira, capital Moscú

El afán expansionista de Rusia no viene de ahora. Ni siquiera de la época de los soviets. Sino de siglos y siglos de conquistas territoriales que empezaron con Pedro I el Grande y acabarían conformando todo un Imperio, la denominada Rusia imperial de los zares, que finaliza con Nicolás II, depuesto por la revolución bolchevique. En 1853, se preguntaba Carlos Marx si el gigante ruso se detendrá en su marcha hacia el dominio mundial. Sostenía el pensador que los límites naturales de Rusia van de Dantzig o del mismo Stettin hasta Trieste, y sus directores harán lo imposible por agrandar estas fronteras. Rusia no tiene más que un adversario: la potencia explosiva de las ideas democráticas y el anhelo innato de la Humanidad hacia la libertad. Marx hablando sobre democracia y libertad, sí. Y también sobre el expansionismo ruso.

De Marx puede asegurarse que fue un flaco profeta al considerar a Rusia el país más inasequible al comunismo. Dijo que el marxismo no podría triunfar en Rusia, y fue allí donde se implantó primero. Aseguró que por la fuerza de las leyes históricas se impondría, en cambio, en las naciones occidentales, como más industrializadas y con más alto nivel de vida y es allí en donde el comunismo siempre ha fracasado. Ya con Lenin en el Kremlin continuó esa tendencia nacionalista, ahora internacionalista, de expansión conquistadora. En 1924, con el régimen bolchevique intentando asentarse, Rusia pretendió crear los Estados Unidos de Asia con capital en Moscú, incluida China. Por eso, los soviéticos vieron siempre con reparo el nacimiento de un Estado comunista en China, un país de vastas dimensiones y abundante población, que hacían para Rusia muy difícil el manejo de dicha nación como satélite, sin, ni siquiera, un despliegue cómodo de tropas soviéticas en aquellos territorios tan alejados del Kremlin. Hoy Rusia y China son grandes aliados.

La especialidad más definitoria de la Unión Soviética como método de gobierno y dominación fue propalar mentiras y generar manipulación. Día tras día, primero, la GPU y, luego, el KGB se dedicaron a hacer un colosal acopio de falsedades para destruir vidas y haciendas. Fue derribado el comunismo, pero en Moscú continúan conservando las mismas mañas. De casta le viene a Putin. Solzhenitsyn, gran conocedor del terrorífico régimen soviético escribió en 1973: “No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira”.

En su Diario fin de siglo, Jean François Revel sostiene que “todavía tenemos demasiado arraigadas pese a la victoria de las democracias, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento”.

Artículo publicado pro Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 28 de febrero de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/236209/mentira-capital-mosc.html

Batalla cultural

La derecha en España lleva cuarenta años ausente en la batalla de las ideas. Sin embargo, las dos últimas mayorías absolutas de la democracia española (2000 y 2011), han sido del PP. Por el contrario, el PSOE, con el discurso cultural dominante a favor, no logra dicho triunfo electoral desde 1986. ¿Qué es más importante para gobernar? ¿Ganar la batalla de la cultura o gestionar con solvencia erario público y economía?

Por los datos electorales, la mayoría de los españoles se ha inclinado durante el actual régimen democrático por gobiernos “gestores” más que “ideólogos”. Han dado más confianza a dirigentes capaces de estimular la economía y generar riqueza saneando las cuentas públicas y reduciendo la tasa de desempleo. Han preferido a políticos conseguidores de logros históricos y decisivos para España como el ingreso en el euro o la no intervención de la economía nacional por las instituciones comunitarias, resolviendo situaciones de crisis económicas.

Tomando por criterio de buen gobernante el binomio regeneracionista de Costa “escuela y despensa”, cultura o economía, la derecha se inclina por el cometido en el que resulta ser más competente, lo económico, dejando el campo libre para que la izquierda moldeé la sociedad a su antojo. La pregunta que cabe hacerse es si esto será siempre así. Porque pudiera ocurrir que de remodelar tanto la mentalidad de los ciudadanos se acabe por obturar sus facultades de percepción, anulando con ello su capacidad de elección?

Ya hay toda una tropa de agentes sociales, asesores, psicólogos o terapeutas que diseñan nuevos modelos de reconstrucción cultural, dictando cómo tenemos que vivir e, incluso, qué tenemos que comer. Por otro lado, no olvidemos que siendo el lenguaje una forma de acción, si algunos se empeñan en manipularlo se terminará degradando unas acciones y ensalzando otras al servicio de esa “corrección” manipuladora. Desde el mismo sistema educativo, clave del arco de la remodelación cultural, junto con la invención del pasado, y desde la cátedra universitaria, los laboratorios de investigación, las editoriales del libro, la producción audiovisual, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se insiste machaconamente en que determinados grupos sociales son, por sus creencias religiosas o por sus opiniones políticas, incompatibles con la dinámica del progreso.

Ante la confusión y el oscurantismo que remueven hoy los cimientos de la cultura no le queda más remedio a la derecha española que abandonar posiciones timoratas y acomplejadas. Debe armarse de ideas para afrontar el debate ideológico que consiste en manifestar y defender sin titubeos y determinación, esas ideas, y contribuir a crearles ambiente, convirtiéndolas en convenientes aplicaciones prácticas al servicio de los ciudadanos. Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Una derecha de ideas es más sólida que una de intereses. Y una democracia de ciudadanos es más robusta que una de partidos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral en el diario digital El Imparcial el 29 de noviembre de 2021 https://www.elimparcial.es/noticia/233086/batalla-cultural.html

Correctores

En tiempos de la II República, Melquíades Alvarez acudió a Oviedo a dar un mitin. Era la primera vez que el político subía a una tribuna tras haber abandonado las tesis republicanas y sumarse a la causa monárquica. Sus antiguos correligionarios ovetenses decidieron impedir el discurso. Cuando al orador le tocaba su turno, comenzó un vocerío y una pitada tremendos. Tras un cuarto de hora de alboroto y como los ruidosos empezaban a flaquear, alguien les alentó desde las gradas: “No le dejéis hablar que nos convence”. No dejando hablar, así actúan hoy los voceros de la corrección política o ideológica. Correctores que persiguen cerrar bocas y acallar libertades porque la verdad les suena a reproche ocasionándoles un problema.

Aldous Huxley y George Orwell advirtieron a Occidente del totalitarismo del futuro. Un totalitarismo no violento, de seda o terciopelo, a cargo de tiranos que no parecerían tiranos. Un totalitarismo que sería el peor de todos porque en nombre de la libertad, los ciudadanos serían sometidos a una forma perfecta de esclavitud. Un totalitarismo de raíz pagana y entramado tecnológico bajo el cual se recrearía una nueva sociedad a costa de cancelar la verdad, erosionar los derechos humanos y difuminar la distinción entre el bien y el mal. Ni a Huxley ni a Orwell se les hizo caso. Y las utopías han regresado. Que si una civilización global de armonía universal, que si un nuevo renacer del hombre. Lo viejo de siempre: tiranías con rostro humano que mantienen el substrato marxista, sin checas ni gulags, pero aplicadas hoy a la doctrina Gramsci.

Asistimos a una deriva totalitaria de la democracia en la que se crean formas de coacción sin hacer ruido y sin causar violencia. Opresiones legalizadas bajo una ley a la que se sacraliza como oráculo de verdad. Se proclama la legalidad por encima de la libertad. Con un metódico cambio de leyes, lo inexplicable acaba convirtiéndose en norma. Ya se considera normal que abandonar a una mascota sea más grave que matar a un niño dentro del seno materno. Ya se concibe al aborto o a la eutanasia como rigurosos procedimientos médicos. Ni asesinato ni delito. Así se deconstruye un nuevo orden en el que el mal ya no parece mal, alejando a la gente de lo verdadero y obligándola a creer en lo verosímil.

Por el poder casi ilimitado de esos medios de comunicación que informan al dictado de los poderosos arquitectos del orden mundial y con un sistema educativo monitorizado por una legión de ingenieros sociales, la nueva cosmovisión se extiende rápidamente enaltecida como si de una religión se tratara. Ideólogos del odio y la revancha manejan de forma artera la psicología de las emociones con la pretensión de secuestrar las conciencias supeditándolas a sus fines: Reescribir el pasado, desvanecer la identidad sexual y tachar de opio del pueblo solo a la religión católica. La crisis de la verdad lo es también de la libertad. Huxley y Orwell lo vaticinaron. Melquíades Alvarez lo padeció.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 23 de noviembre de 2021.  https://www.elimparcial.es/noticia/232860/correctores.html

Catacumba o catedral

Aquella rotunda sentencia de AzañaEspaña ha dejado de ser católica, parece quedarse corta ante las arremetidas contra la Iglesia. Bien pudiera afirmarse que España comienza a ser anticatólica. Y voces autorizadas vienen advirtiendo de la proliferación de ataques planificados y coordinados contra la Iglesia y los valores que representa, aunque sin llegar a un manifiesto y constante acoso. No es un desvarío pensar que en España se prescinde paulatinamente del hecho religioso. Salvo episodios puntuales de extravagancia ideológica, no se odia a la religión católica. Sencillamente se la desconoce. Un sacerdote que transita por grandes aglomeraciones urbanas no escucha insultos ni observa miradas cargadas de rencor, pero comprueba a su alrededor un frío glacial, una ausencia de esas pruebas inequívocas de sobrenatural respeto y acogedora cordialidad que la presencia religiosa ha suscitado en una sociedad cristiana. Súmese que privar a la Iglesia de su derecho a orientar a sus fieles es la pose moderna de la persecución religiosa, que otrora quemaba iglesias y hoy, más arteramente, se ocupa de reprobar a prelados o suprimir la religión en las aulas. Conviene, pues, en la hora actual alentar a los católicos a ejercer sus derechos en una democracia. Pero ¿cómo es hoy el modo de presencia de los católicos en la democracia? ¿Tiene pulso nuestra catolicidad? ¿Somos fecundos y creadores? Interrogantes espigados en uno: ¿Qué aportación original podemos ofrecer en la España actual?

El católico no ha de olvidar la dimensión pública de su fe; no debe autoexcluirse ni dejarse recluir en un estéril aislacionismo, sino intervenir decididamente con su compromiso, diálogo y participación en la marcha de los asuntos públicos, de los que, como decía Pío XII, es alícuotamente responsable. Ha de contemplar la realidad con sus avances, sus necesidades y con las grandes oportunidades que ofrece para desarrollar intensamente una labor creadora y eficaz en una sociedad que exige la colaboración fecunda de todas las tendencias y no desea divisiones partidistas ni antagonismos sociales. Y debe actuar, tanto o más que con su predicación hablada, con sus obras vivas. Su acción debiera ser la de un catecumenado capaz de hacer brotar un cristianismo verdaderamente apostólico en un ambiente secularizado. Si se limitara a hacer un apostolado completamente cristiano, desde la catedral y bajo el título de cristiano correría el peligro de formar un gueto exclusivista y reducido. No se trata de tener militantes con insignias, sino más bien de obrar en los campos de la política, la economía, la cultura, lo cotidiano, sin olvidar el respeto debido a la diversidad humana. No hay que constituir organizaciones católicas, sino meter a los católicos en las organizaciones de la vida llevando a ellas el mensaje de Cristo. Y así, hacer vivir el cristianismo a la sociedad, sin decírselo siquiera; despertando a un mundo que nada quiere con la Iglesia pero que en el fondo posee valores cristianos, y mostrándole que una convivencia ordenada y estable con cimientos firmes y no movedizos es más fácil de lograr mediante el cultivo precisamente de esos valores.

La angustia de España es social. La crisis ha ahondado la brecha de la desigualdad exponiendo a más ciudadanos ante la pobreza y la escasez. El desempleo sigue siendo una tragedia. Abordar este reto constituye una tarea magnífica y acaso la de más enjundia con que tienen que enfrentarse hoy los españoles. La Iglesia con su ancho y cordial espíritu de fraternidad y solidaridad puede cooperar en ella. Su ejemplo de aliento espiritual y de inventario social en obras de caridad, asistencia sanitaria y educativa en momentos convulsos demuestra que nunca ha traicionado su misión y continúa reclamando su presencia apostólica allí donde hay necesidades y emergencias humanas.

Hoy los nuevos totalitarismos, con su rígida dogmática y su sentido pseudoreligioso, se empeñan en colocar a la Iglesia en el banquillo de los acusados, reducirla a los nuevos gulags o a la catacumba, que no lo olvidemos, es semilla de la catedral. Los católicos debiéramos volver la mirada a la Iglesia primigenia, palpando la vida de los cristianos de los primeros siglos, no una vida aparte, “enterrada”, sino una existencia en el mismo corazón de la corte imperial, entre los funcionarios, el pueblo, los esclavos. Unos cristianos, de los que como se dice en la Carta a Diogneto, tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, que no les es lícito desertar.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de abril de 2017. https://www.elimparcial.es/noticia/177150/opinion/catacumba-o-catedral.html

Minoría

Con su habitual serenidad pastoral los obispos españoles han elaborado un diagnóstico de lo que pasa en nuestra sociedad y nos proponen a quienes somos católicos una terapia. En el documento titulado Fieles al envío misionero realizan una aproximación a la realidad social y eclesial en la actual situación de “metamorfosis global que redunda en la vida religiosa”, un cambio de época en continuo dinamismo. Somos una sociedad desvinculada, desconfiada y enfrentada, de la cual la inteligencia artificial sabe lo que necesitamos en cada momento; actuamos más como un “enjambre digital”, que como un pueblo organizado; y somos presa fácil de un relativismo dominante y de un nihilismo emergente. El resultado es un empobrecimiento espiritual, una pérdida de sentido moral que conlleva a “vivir como si Dios no existiera”.

“Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad, no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura”. Estas palabras del teólogo y escritor norteamericano Reinhold Niebhur, dichas hace casi un siglo, quizás sigan teniendo vigencia hoy. Y aunque no sabemos con certeza si nos espera la ruina, sí, en cambio, puede afirmarse que Dios ha sido eclipsado. Ante el desafío que plantea la pregunta ¿Cómo evangelizar en la actual sociedad española? el documento episcopal contiene orientaciones, criterios, prioridades y líneas de trabajo para los próximos cinco años. Porque la Iglesia no puede permanecer indiferente en un occidente secularizado que niega a Dios y endiosa al hombre cuando el pánico que provoca una pandemia evidencia la fragilidad de la vida humana.

Entre líneas el documento de los obispos aborda esa asignatura pendiente que como católicos no terminamos de superar: nuestra forma de presencia en el espacio público de una moderna sociedad democrática. Con una hostil cultura ambiental que margina, ridiculiza o se burla de nosotros, con creyentes que “creen sin pertenecer” a la Iglesia, reeditando aquél cansino slogan de los setenta “creo en Dios pero no en la Iglesia”, con fieles que pueden incurrir en la tentación de reducir la fe a un sistema cuasifilosófico, conservando las formas exteriores de la religión y perdiendo su corazón, resulta muy difícil asumir el desafío evangelizador. Hora es ya de concienciarse de que somos minoría. Necesitamos “resetearnos” en nuestra misión recordando el concepto de minoría que Pío XI recoge en Quadragesimo anno y actuar en esta hora presente como minoría perfectamente unida en la doctrina, en los métodos, en la disciplina y hasta en el afecto que haga de todos un corazón y un alma solos. Como minoría que aporte en la vida pública espíritu y táctica nuevos, cierta intrepidez en nuestro apostolado, nueva técnica de organización, singular actividad de movimientos, amplia comprensión de personas e instituciones, colaboración con afines, sentido de unión, y, sobre todo, ideas sociales y, aún políticas, muy claras y sólidas bebidas en los documentos pontificios. Pero sobre todo minoría en la que todos y cada uno demos testimonio personal de amor al prójimo que haga patente nuestra identidad inseparable de nuestra pertenencia eclesial y con un adecuado método de conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Solo así será posible “recatolizar” España.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 18 de octubre de 2021.https://www.elimparcial.es/noticia/231659/minora.html