Archivo por meses: marzo 2019

Educación ante el fracaso

El científico español, Darío Gil, vicepresidente de Ciencia y Tecnología de IBM Research, manifestaba recientemente en una conferencia sobre innovación abierta y colaborativa organizada por el Instituto Tomás Pascual, que en Estados Unidos predomina mucho más que en España una cultura de tolerancia y comprensión hacia el fallo y el fracaso. En España, se tiene, además, miedo al fracaso. Damos más importancia, decía el científico, a los objetivos y a los procedimientos que a las personas. En efecto, los españoles tenemos temor a cometer errores, nos mostramos temerosos a fracasar. Y ello, porque enfrente suele haber otro españolito o muchos españolitos que se ríen abiertamente del fallo. En lugar de palabras de ánimo hacia el errado se pronuncian palabras de burla. Es como si el fracasado fuera un maldito.

Recuerdo la anécdota vivida en un viaje de estudios a Berlín con un grupo de compañeros universitarios. Estábamos descansando en el banco de una plaza berlinesa cuando frente a nosotros apareció un muchacho adolescente con su monopatín intentando hacer una pirueta sobre aquél artilugio con ruedas. No solo lo intentó varias veces sin conseguirlo, sino que en uno de los intentos se vino abajo dando con sus huesos sobre el duro suelo. Los españoles que presenciamos la escena rompimos a carcajadas. Uno de los nuestros tenía una risa tan ruidosa, que parecía un mariscal de campo. Hacia él se vino el teutón y sin mediar palabra le extendió el monopatín para que lo agarrara y le hizo un gesto como que debía salir al centro de la plaza a hacer lo que él no había podido lograr. Evidentemente, nuestro amigo, que carecía de habilidades para colocarse sobre aquellas cuatro ruedas, meneó su cabeza en señal negativa al mismo tiempo que frenó sus risotadas. Entonces, el que comenzó a reír a mandíbula batiente fue el chico de Berlín, que volvió al centro de la plaza y nos deleitó con toda una exhibición de cómo deslizarse sobre un monopatín. Aquél alemán no tuvo miedo al fracaso. Y seguro que pronto lograría culminar la pirueta difícil que ante nosotros no consiguió rematar.

Nuestro amigo, el mariscal de campo, y también todos nosotros, aprendimos una sabia lección: un fracaso es un error que no se ha sabido transformar en experiencia.

Semana Santa

En el mundo frenético y en los tiempos azarosos en que vivimos, la celebración de una fiesta religiosa como los Sagrados Misterios es de suma importancia para quienes profesamos la fe católica. A veces, no alcanzamos a darnos cuenta pero conviene resaltar su significado en el achatado tiempo actual, evocando y reviviendo intensa y profundamente los tremendos y sagrados acontecimientos históricos protagonizados por el Hijo de Dios, cuando vivió como Hombre. Un terrible itinerario el que tuvo que padecer Jesucristo para lograr después de tres días sepultado la Resurrección, demostrando que no hay gloria duradera sin dolor y sin muerte.

La Semana Santa es la solemne celebración del Misterio Pascual: el Crucificado es el Resucitado. El contenido de nuestra fe no es la muerte, sino la Resurrección, como acceso a la vida que no acaba, la vida eterna. El Amor, Dios ha triunfado sobre la muerte. Dios es del mundo de los vivos. No del de los muertos. La Pascua es el triunfo, pero la Pasión es el medio. Así fue en la vida de Cristo; así sucede ahora en la Iglesia. Esto nos recuerda a las palabras del Maestro a los de Emaús: Porque conviene que el Cristo y los que le siguen padezcan para entrar en la Gloria.

Por eso la Semana Santa es semana de dolor, de pasión, de muerte, pero también semana de amor y de vida. Porque la Cruz no es símbolo de discordia, sino de amor y redención. Como señalara el poeta José María Pemán, Cristo vino para anular diferencias entre los hombres, para escandalizar de amor y caridad el mundo. El catolicismo es una admirable lección de respeto de lo humano sin lo cual sería inútil hablar de unidad entre los hombres. Dios nos ha creado en la diversidad: diversidad de climas, de razas, de recursos naturales, de culturas, de costumbres. El verdadero católico es aquél que sabe con amor descubrir al prójimo que no se parece a él. Todo lo que hay en el cristianismo es humano. Todo lo humano, excepto el pecado que es la nada, es asimilable por el cristianismo. Cristo es el modelo del verdadero humanismo.

Debemos, pues, vivir este acompañamiento del Señor, que muere para salvarnos de la condenación eterna y debemos hacerlo con el alma alegre y agradecida de admiración a tanto amor con el que Dios nos acoge. Y esta alegría pascual no puede ni debe perder su significado entre los hombres. Es el renacimiento de la vida, es la redención aguardando luminosa tras las tinieblas del pecado y de la muerte. Es, en suma, un ardiente y generoso retorno a Cristo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de marzo de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/188062/opinion/semana-santa.html

Mejorar la educación

“España perdió el tren de la Ilustración, perdió el tren de la industrialización y puede perder el tren de la sociedad del conocimiento. Hay varias cosas sobre las que estoy seguro que todos los partidos políticos están de acuerdo.

Primera.– Necesitamos someter nuestra escuela a un proceso de transformación y mejora, no sólo porque la que tenemos es mediocre (no terriblemente mala, como con frecuencia se dice), sino porque en un mundo que cambia aceleradamente, los sistemas educativos también tienen que hacerlo para cumplir las expectativas de la sociedad.

Segunda.– En educación no hay milagros ni enigmas. Hay buenas y malas formas de hacer las cosas. En el año 2010, la revista Newsweek publicó un estudio comparando 32 naciones. En educación, Finlandia estaba en primer lugar y España, en el último. En cambio, en Sanidad, España ocupaba el tercer puesto, y Finlandia, el 18. ¿Por qué esa diferencia? Porque las administraciones educativas han sido ineficientes en la gestión, confusas en la planificación y casi siempre ideologizadas en su idea de la educación. Todos los ministros han pensado que con el BOE puede mejorarse la escuela, y eso es una ingenuidad, como sabe quien entienda algo de gestión del cambio en organizaciones. Para mejorar la educación hay que cambiar lo que sucede en las aulas y para eso hay que estar muy cerca de ellas.

(Objetivo 5-5-5)

España puede tener un sistema educativo de alto rendimiento en el plazo de cinco años, dedicando a Educación un presupuesto mínimo del 5% y cumpliendo cinco objetivos educativos:

1º.– Reducir el fracaso escolar al 10% de la población estudiantil. Es insoportable tener, como en la actualidad, una tasa superior al 20%.

2º.– Subir 35 puntos en la evaluación PISA. Sin duda, PISA no es perfecta, pero nos permite conocer la evolución histórica de nuestra educación y compararnos con otros países.

3º.– Aumentar el número de alumnos excelentes y acortar las distancias entre los mejores y los peores, que en España es muy grande dentro de un mismo centro.

4º.– Favorecer que todos los niños y adolescentes –tanto los niños con dificultades de aprendizaje, como los niños con altas capacidades– puedan alcanzar su máximo desarrollo personal, con independencia de su situación económica.

5º.– Fomentar la adquisición de los conocimientos y las habilidades para favorecer su realización personal, su inserción en el mundo laboral y su participación en la vida pública”.

(De la Carta de José Antonio Marina al próximo Gobierno. Diario El Mundo 1-2-2016).

La educación, siempre presente, no siempre visible

La educación siempre está presente, aunque no sea visible, en diversos ámbitos de lo cotidiano. Si tomamos como ejemplo el círculo familiar, a todo padre le acosan tres inquietudes. La primera y más elemental sería la relativa a su supervivencia y la de los suyos. Más fácilmente garantizadas en entornos pacíficos y tranquilos frente a los hostiles y convulsos por la concurrencia de desórdenes públicos y violencia social. La educación incide sobremanera en este aspecto, pues allí donde se goza de elevados niveles de educación resultan menores las probabilidades de altercados que provoquen riesgos para la seguridad física. Recordemos las palabras del Primer Ministro británico, David Cameron, con motivo de la ola de disturbios que sufrieron hace pocos años algunas ciudades inglesas: “El desastre moral de Europa tiene su origen en la educación”.

Una segunda inquietud de un padre es que sus hijos consigan el día de mañana un trabajo digno que les sirva de sustento igualmente digno. Aquí, la influencia del factor educativo es notablemente más determinante y capital que en el apartado anterior. No sólo la experiencia y práctica diarias, también el sentido común, nos dicen que aquéllas personas con más y mejor educación y con alto nivel de formación acceden a empleos de mayor cualificación profesional y bien remunerados. El saber no ocupa lugar pero determina el lugar que una persona ocupará o desocupará en la sociedad.

La inquietud por disfrutar de una existencia apacible y sosegada tras una larga e intensa vida profesional o laboral, preocupa asimismo a un padre de familia. Buena parte de ese disfrute se logra a través de cierto recreo o entretenimiento cultural en el que la educación y la formación recibida, o aún por recibir, se revela como un factor decisivo. La visita a un museo constituye una experiencia mucho más grata y fascinante para un conocedor de las corrientes culturales que para un un lego en conocimientos artísticos.

Podríamos concluir, amigo lector, que hay un espacio de seguridad, cohesión, satisfacción, progreso y felicidad alrededor de una persona y su familia en el cual la educación está siempre presente aunque en ocasiones no resulte visible. Una buena educación es suelo firme. Y de firmezas estamos necesitados en la hora actual ante tantas catástrofes humanitarias y naturales. Y termino con aquello apuntado por el escritor H.G. Wells: la Historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe.

Recuperar la educación

Nuestro sistema educativo padece anemia de voluntad, constancia, y disciplina.  Por eso, ni vive ni convive, sobrevive. Está casi reducido a escombros. Sin recompensar el mérito, sin premiar el trabajo bien hecho no puede construirse con solidez un sistema educativo. En su libro Escuela para todos. Educación y modernidad en la España del Siglo XX, Antonio Viñao denuncia que la enseñanza en España está montada sobre dos valores: la indolencia y la impunidad. “Si los alumnos trabajan y se esfuerzan, bien; si no lo hacen, también. Si su comportamiento es respetuoso y civilizado, estupendo; si son violentos, maleducados e irrespetuosos, qué se le va a hacer”.

Creo amigo lector, que se ha perdido el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Por ello, en las actuales circunstancias resultan más urgentes los alumnos voluntariosos que los inteligentes apáticos. La educación no marcha bien en España. Presentamos una situación escolar desoladora. Ahí están los informe PISA o de la OCDE para poner en evidencia el mal funcionamiento de nuestra enseñanza media y bachillerato. Los estudiantes tienen dificultades en matemáticas y en lengua; su lectura es precaria y ello acarrea que su escritura también lo sea.

La delicada situación por la que atraviesa nuestro país debiera servir de acicate a los políticos y a la sociedad civil, en suma, a todos los que estamos comprometidos con la educación en España para concertar ese gran pacto nacional tan deseado, a fin de lograr de una vez por todas una  enseñanza con rigor, libre y plural. Decía Salvador de Madariaga en su Ensayo “España” que “el rasgo más típico del español es un individualismo rebelde a la solidaridad. De dos maneras cabe refrenar esa tendencia: Una, por la evolución de los hombres determinada por la enseñanza y la educación; otra, por la evolución de las cosas, determinada por el desarrollo económico”. Dos necesidades que otro español brillante, Joaquín Costa, resumió en estas palabras: “Escuela y Despensa”; Educación y Economía, perentorias para que España elimine el feroz egoísmo y el estéril individualismo de sus habitantes y adquiera la virtud sin la que no hay existencia sana: la solidaridad.

Educar para la vida

La tarea de educar supone enseñar el significado de lo que es la vida. Ello requiere en el educador un alto sentido de la vida y de la sociedad en la que vive. Para George Steiner, ser educador es invitar a otros a entrar en el sentido. Es convertir a alguien en persona, ayudarla a que experimente sus sentimientos, a que asuma su responsabilidad y a que conozca su entorno. Y así podrá dotarse de una escala de valores. Porque educar es también una ardua tarea que se desarrolla mediante el compromiso y el testimonio y que culmina con la enseñanza de valores. Y llegados a este punto, estimado lector, resulta conveniente una precisión. Hoy está generalizado el concepto de los valores. Por doquier se habla de valores, de su apogeo o decadencia. Pero son muy pocos los que hablan del bien y del mal, de lo bueno y lo malo.

El filósofo Spaemann advierte que el discurso sobre los valores es trivial y peligroso a la vez. “Es peligroso por su ambigüedad; es trivial en tanto en cuanto cualquier sociedad comparte determinadas valoraciones. Sin ninguna duda, afirma Spaemann, el Tercer Reich alemán fue una comunidad de valores. Se denominó comunidad popular. Los valores que en aquel entonces se consideraron supremos -nación, raza y salud- se colocaron, por supuesto, por encima del Derecho y del Estado, y lo que es peor, por encima de la persona; y, al igual que en los países marxistas, el Estado no era más que una agencia de valores supremos”.

En lugar de valores, algunos preferimos hablar de virtudes. Como creyentes y sin afán de imposición, entendemos que para una educación integral del hombre resulta beneficioso el cultivo de lo que constituye la dimensión más profunda de la persona, el sentido de lo trascendental, que le abre a un orden de realidad sagrado.