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La Doctrina Socia de la Iglesia, ¿una tercera vía?

En etapas pasadas, incluso desde dentro de la propia familia cristiana, se ha llegado a insinuar que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) podría erigirse en el mismo plano de igualdad que las dos grandes ideologías políticas más extendidas en el mundo: el liberalismo y el marxismo. En esta dinámica errónea y perversa de equiparar y hacer competir a la DSI con los postulados de Adam Smith y de Carlos Marx, se ha llegado a catalogar las enseñanzas sociales de la Iglesia ante la cambiante realidad histórica como una especie de tercera vía. Craso error.

La DSI es un instrumento de evangelización que forma parte esencial del mensaje cristiano, lo que permite considerarla como una consecuencia de la fe y como un modo de ser, el modo como los cristianos vivimos y actuamos en el mundo. Por ello, se trata de algo muy distinto a las ideologías, y en ningún caso presenta una esencia o naturaleza política, de forma que no puede ser considerada como una tercera vía entre la ideología liberal y la socialista. Así, lo sostiene Juan Pablo II en la Encíclica Sollicitudo rei socialis: “la Doctrina Social de la Iglesia no es una tercera vía, sino otro género de cosa, teología, y teología moral”. Posteriormente, en Centesimus annus, el Papa afirma: “la fe cristiana, que no es ideología, no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica; y reconoce que la vida humana se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas”. Y añade: “La Iglesia respeta la autonomía legítima del orden democrático; pero no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o constitucional”

Cosa muy diferente es, que al ser la DSI una enseñanza práctica para la vida, una norma rectora del comportamiento, que puede actuar como auténtico motor de impulso para la acción dotándose de una naturaleza operativa. De este modo, puede proporcionar soluciones justas a los problemas derivados de la cuestión social. Estas circunstancias han provocado que la DSI haya servido de fuente inspiradora para ciertas iniciativas ideológicas superadoras de las imperfecciones y excesos del capitalismo liberal y del socialismo marxista. Es el caso de la fórmula de síntesis política aplicada en la Alemania de Konrad Adenauer y de Ludwig Ehard, los artífices del milagro alemán. Dicha fórmula consistió en conjugar, con la habilidad propia de estos brillantes personajes, las ideas liberales con grandes dosis de sensibilidad social, es decir, liberalismo y humanismo, dando lugar a la economía social de mercado. El teórico más notable de esta corriente fue, sin duda, Muller-Armack, que retomó las tesis del pensador católico alemán Guillermo Röpke, quien también postuló un humanismo económico con un evidente influjo de la DSI, sustentada, por aquél entonces, por la Unión Cristianodemócrata del Canciller Adenauer.

En cuanto al fenómeno de la tercera vía, experimentó cierta vigor auspiciado por dos políticos europeos, Tony Blair y Gerhard Schröeder, que hicieron ondear su bandera, al mismo tiempo que arrojaban el lastre de la tradición socialista. Con ideas innovadoras intentaron diferenciar su política de “nuevo laborismo”, de “renovada izquierda progresista” y de “nuevo centro”, de los modelos propios de la vieja izquierda y de la nueva derecha. Postularon que su ideología era una unión de las tradiciones socialista y liberal, una fusión de la justicia social con la libertad individual en una economía de mercado. Insuflaron un nuevo aire a las apolilladas ideas laboristas y socialdemócratas con el fin de hacerlas más atractivas, sin embargo, las vistieron de ropajes tan propios del pensamiento liberal, que aunque el izquierdismo se vista de seda, liberalismo se queda. En todo caso, y para desilusión de Blair y Schröeder, el intelectual Ralph Dahrendorf en su obra Reflexiones sobre la Revolución en Europa afirmaba que “la tercera vía o vía intermedia, no existe, es una utopía porque, en teoría, pretende ser una mezcla de logros socialistas y oportunidades liberales”; el propio Dahrendorf se pregunta “Qué logros ha tenido el socialismo, su respuesta es contundente: ninguno. La tercera vía no puede contener ingredientes socialistas, ya que el socialismo y todas sus variantes han muerto”.  

Por el contrario, lo que hoy goza de una enorme vitalidad y mantiene intacta su vigencia son los tres principios básicos sobre los que se asienta la DSI: la solidaridad, la subsidiariedad y el respeto a la dignidad humana.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el El Rotativo el 15 de octubre de 2005.

Piezas básicas de un puzle

La historia del papado lo es de entrega y generosidad, de martirio, sin clavos como decía Pío XII, y de santidad. Sin la historia del papado no se entiende la historia de la humanidad. Juan XXIII y Juan Pablo II son piezas básicas para componer el puzle de la pasada centuria. Tras las terribles experiencias de los totalitarismos, sus pontificados constituyen una gran obra pacificadora y educadora, especialmente, en el mundo europeo. Ambos desarrollaron una intensa labor en la defensa de los derechos del hombre, de la dignidad humana y de la justicia social.

Juan XXIII, intuitivo e inspirado, comprendió «el signo de los tiempos» y cambió el rumbo de la historia. De espíritu bondadoso y talante atrayente, no sólo para el católico –también para el hombre de buena voluntad–, convocó el Concilio Vaticano II, que abriría las puertas y ventanas de la Iglesia para salir a la búsqueda de una humanidad mejor. Hoy está desfasado hablar de aquel gran acontecimiento en clave de ruptura o de discontinuidad. Como dijo Benedicto XVI, sólo una «hermenéutica de la continuidad» nos lleva a una lectura justa y correcta del Concilio. Juan XXIII propuso toda una verdadera renovación eclesial y una profunda reconstrucción social. No es el Evangelio el que cambia, afirmaba Roncalli, somos nosotros, que comenzamos a comprender mejor.

Juan Pablo II, universal y mediático, se erigió en el Papa de la libertad del hombre, y por ende, de los pueblos, condicionado por su origen polaco. Rescató a la Iglesia de cierto marasmo y la puso a dialogar con los hombres de ciencia. Desarrolló una viva y penetrante actividad en el campo eclesial pero también en el cultural y social. En suma, muy cercano a los terrenos del hombre. Viajaba por y para el Evangelio. Popular entre la juventud y referente de toda una generación. Wojtyla nos advirtió de que no tuviéramos miedo si abríamos las puertas a Cristo, a quien nadie tiene derecho a expulsar de la Historia. En sus últimos días, Juan Pablo II nos enseñó su más imponente legado: que la debilidad del cuerpo puede ser compatible con la fortaleza del alma. Vivió libre y murió digno.

Como sucesores de Pedro, Juan XXIII y Juan Pablo II siempre anunciaron el mismo mensaje: que la religión de Cristo es una religión a favor del hombre y por ello es la religión del amor.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 27 de abril de 2014. https://www.larazon.es/religion/piezas-basicas-de-un-puzle-GI6208811/

Vivió libre, murió digno

Lo cuenta en sus Memorias el que fuera Secretario de Estado del Papa Pablo VI, Cardenal Villot. En plena guerra fría, y ante el arrollador empuje del comunismo en Europa, algunas voces del Vaticano concluyen que la única vía para la supervivencia de la Iglesia católica era la coexistencia condescendiente con los hijos de Marx. Pablo VI tiene la última palabra. Accedería a plegarse si la jerarquía eclesiástica de las naciones de más allá del telón de acero, consienten unánimemente la claudicación ante el materialismo ateo de la hoz y el martillo. Una voz en Cracovia se alza discrepante y resistente: No caben concesiones a quien te priva de libertad y te arrebata el alma. El tiempo le abastecería de razón. Ese mismo tiempo miniaturizó al dictador que ironizó sobre las divisiones del Papa. Para verdades, el tiempo, para justicia, Dios, pensó Woytila al presenciar los escombros y la polvareda tras el derribo de un infamante muro.

Marcado por el drama familiar y por la tragedia nacional, muerte y muerte en ambos casos, se forja como robusto valedor de la vida. Oprimido como polaco por Oeste y Este se erige en férreo defensor de la libertad. Fuertemente agarrado a asideros inquebrantables, su fe en Cristo y su esperanza en María, Totus Tuus, resulta victorioso en la contienda. En 1978, hora crucial para la Historia, llega con el diagnóstico ya escrito: Todo lo que se intente sin Dios o contra Dios es edificar sobre arena. Aplica la terapia: La fe no se propaga solo misionalmente, en extensión, también culturalmente, en profundidad. No tengáis miedo y abrid las puertas a Cristo. El efecto es sanador. Nos hace libres de temores y de necesidades. No hay mejor tesoro que la Verdad revelada.

Su magna tarea iba finalizando. Anciano, sedente y silente pero presente, sin renuncia y con dignidad. Se nos fue apagando con la satisfacción del deber cumplido, servir veloz y fielmente al mensaje de Cristo, pues la Verdad del Hombre no puede desviarse ni aplazarse. Para nosotros, agradecidos y orgullosos por habernos propuesto, no impuesto, el amor de y hacia el Altísimo, comienza la recogida de su imperecedero fruto. Que los católicos no se entierran, se siembran.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 13 de abril de 2005.

Presencia católica en el espacio público

La expulsión de la religión de la vida pública y su reclusión en una reducida intimidad se presenta hoy como señal de modernidad. Pero semejante operación nos retrotrae a la Europa surgida de la Paz de Westfalia (1648). Entonces, el nuevo orden promovió el destierro de la creencia religiosa del espacio público por ser la fe causa de alteración de la convivencia provocando intolerancia y odio, conflictos y guerras. Posteriormente, la Ilustración certificaría que el progreso y la prosperidad solo requieren de razón y ciencia pudiendo los hombres vivir felizmente sin religión.

Indica el catedrático de Derecho eclesiástico del Estado, Rafael Palomino, en su obra Neutralidad del Estado y espacio público, que actualmente se experimenta un retorno a la concepción westfaliana sobre la religión. En las sociedades democráticas emerge triunfante esa moderna tendencia a juzgar el hecho religioso como una manifestación íntima de la persona, con lo que se admite el valor relativo de todas las religiones facilitando su desalojo de la esfera pública. El resultado son sociedades fuertemente secularizadas de corte, no ya aconfesional, sino netamente laicista, propicias a excluir del debate público las controversias morales de raíz religiosa. Se margina así a grupos sociales que comienzan a generar conciencia de minoría sin serlo numéricamente. Aunque apenas perceptible, se está produciendo un proceso de guetización de sectores católicos que no pueden defender sus ideas y propuestas sin caer en la sospecha de oscurantismo o fundamentalismo, mientras que postulados de otros colectivos sí logran airearse y atravesar el umbral de la reflexión pública. Ante semejante escenario ¿cómo debieran ser las formas de presencia e influencia de los católicos en la sociedad?

El libro La opción benedictina, de Rod Dreher, intensamente debatido en círculos cristianos,  responde al anterior interrogante. La obra acierta en el diagnóstico, el mismo que formulara en la primera mitad del siglo pasado Reinhold Niebhur, teólogo y escritor norteamericano: “Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad, no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura”. La terapia que propone Dreher es la preparación para el fatal desenlace imitando el retiro reconstituyente de San Benito ante los espectaculares desórdenes morales, las grandes crisis materiales y los nuevos bárbaros que se avecinan. Pero, ¿existen más opciones que este repliegue? ¿Podrían los católicos intentar la renovación del mundo mediante su reconversión previa? ¿Somos capaces de mostrar el verdadero cristianismo, el renovador, el revolucionario, el del dinamismo transformador del amor, que es fundamento de las acciones del cristiano?

El verdadero católico es aquél que con amor fraterno y misericordioso alcanza a descubrir al prójimo que no se parece a él. Una de nuestras constantes debilidades es la inclinación a rebajar la fe al mismo nivel de la organización terrenal, arriesgándonos a vivir un catolicismo aprisionado en toda esa atmósfera de realidades demasiado humanas de la nación, las costumbres, o las ideologías. Bajo la capa de la fe, que es la que esencialmente acoge los intereses supremos de Dios, hay cosas humanas que nosotros tratamos de defender, junto a otras cosas auténticamente divinas, que, a veces, tratamos de atacar, por ejemplo, el prójimo. Procuremos que la fe impregne todas nuestras actividades y que nos ayude a asumir nuestras responsabilidades en este mundo (estar en el mundo sin ser del mundo). Si esta fe cuenta verdaderamente para nosotros debe, al mismo tiempo, estar dotada de una fuerza interior, de la que podamos obtener recursos específicamente católicos para ser capaces de comprender la paradoja cristiana de que para enriquecerse el hombre debe perder y para tener debe dar. Basamento del precepto paulino que prohíbe a quien se ha alistado en la milicia de Dios embarazarse con los negocios seculares. La batalla de nuestra época se libra no solamente en el frente civil, también en el espiritual. Y los católicos no podremos ganarla sin estar profundamente arraigados en Cristo y fuertemente unidos en la fe. Dando verdadero testimonio del Salvador, puede ser posible despertar a un mundo que nada quiere con Dios, pero que en el fondo posee valores cristianos, y demostrarle que su felicidad consiste precisamente en cultivar esos valores.

A pesar del retorno a Westfalia, hay derramada por esta cultura moderna una tenue, aunque vehemente noticia de Dios. Y esa cultura, que en su espantosa soledad alcanza a percibir su propia crisis, está llamando desesperadamente a las puertas de la religiosidad. Quizás nuestra opción sea abrírselas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de Hoy el 12 de marzo de 2019.

Los manantiales de Europa

La civilización y cultura occidentales son ríos que brotan del manantial grecolatino. Un tesoro rescatado gracias a la colosal obra benedictina de evangelización de Europa. En monasterios y abadías los monjes con su oración, pensamiento y trabajo se erigieron en cimientos de la civilización occidental, demostrando que la Iglesia no sólo no teme a la cultura, sino que es su fomentadora más constante. Con distintas formas y revestimientos la tradición europea se fundamenta en el mismo núcleo central: en el hombre, que es para la antigua Grecia la medida de todas las cosas y para la Europa cristiana imagen y semejanza de Dios. Este espíritu europeo, centrado sobre el sentido de la dignidad humana, es la seña de identidad del Viejo continente y evidencia que muchas naciones, no sólo europeas, deben hoy su acervo de valores al Cristianismo.  

La actual desmemoria sobre aquél común patrimonio en que caen algunas corrientes europeas es síntoma del delirio de la posmodernidad. De nuevo toca arrancar de la persona todo atisbo de trascendencia, expandir la indiferencia religiosa y certificar la incompatibilidad entre fe y razón. En suma, Dios estorba. No es táctico invocarlo. Es el mismo mensaje que ya difundieran hace más de un siglo sus acusadores, Marx, Nietzsche, y Freud: La alienación del hombre acabará el día en que éste tenga conciencia de que su único Dios es él mismo. Desgastado mensaje tributario de la Ilustración con su razón divinizada. La ejecución de Luis XVI representó la muerte de la autoridad divina. El hombre quiere resolver desde abajo cuestiones dependientes antes de arriba y él decide lo que es justo e injusto, lo bueno y lo malo. El mundo fue directo hacia la devastación causada por los totalitarismos. Todo un funesto retroceso de la civilización occidental.

Hoy se percibe el mismo afán por colocar a la Iglesia sobre el banquillo de los acusados ante un tribunal popular, documentar sus actuaciones traidoras a los intereses de las masas para después proclamar una sentencia y ejecutar el castigo. Otra vez agrandar al hombre y reducir a Dios. Pero el exilio de Éste acarrea el colapso de aquél y le arroja a esa espantosa soledad espiritual del hombre moderno que nada posee fuera de su precaria existencia individual. El agnosticismo, la congoja y el egoísmo del hombre nuevo parecen la negación exacta de las tres virtudes teológicas: fe, esperanza y caridad. Pero pese a todo, por nuestra Europa sigue esparciéndose una tenue, aunque ardiente, noticia de Dios.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 14 de julio de 2014. Página 37.

Cardenal Herrera Oria

Para muchos madrileños estas tres palabras designan en la capital una gran avenida y una estación del Metro. Pero Angel Herrera Oria (Santander, 1886-Madrid, 1968), es una figura que emerge admirable en la evangelización de la España contemporánea. Luchó incansablemente, primero como seglar (abogado del Estado y periodista), y después como religioso (sacerdote, obispo y cardenal), por una sociedad mas justa y mas cristiana ejerciendo influencia extensa y decisiva en el escenario nacional del siglo XX. El 22 de febrero se cumple, precisamente, el L aniversario de su proclamación cardenalicia por Su Santidad Pablo VI (quien con afecto le llamaba el Maritain español). El azar, o quizás la Providencia, ha querido que también cincuenta años mas tarde dos prelados españoles, Ricardo Blázquez y Jose Luis Lacunza, sean investidos de la púrpura cardenalicia por el Papa Francisco.

Herrera fue un adelantado a su tiempo. Un audaz emprendedor dotado del don de la anticipación y del talento de la perseverancia. Como fundador y primer presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, instrumento de modernización del catolicismo español y cuyo carisma radica en un coherente ser y estar del católico en la vida pública, se anticipó a una de las enseñanzas del Concilio Vaticano II, el papel activo y autónomo del laicado como agente de evangelización. Fruto de ese carisma, formó minorías como levadura de movimientos sociales hondamente reformadores y alumbró propuestas creativas de fuerza innovadora en ámbitos claves como la educación (CEU), la prensa (Editorial Católica: red de diarios como El Debate o El Ya), y hasta la política (CEDA). Como hombre de gran inquietud social se erigió en lo que hoy sería un preclaro paradigma al servicio de la penetrante predicación papal de Francisco: La Iglesia es misionera. Salid a las periferias.

Ese afán por socorrer a los más necesitados y marginados (llegó a ser capellán de prisiones), presidió toda su vida estimulando la conciencia social de los españoles fiel al mensaje de Cristo. Si quieres darte a la vida activa, llénate primero de vida interior, decía Herrera. Monseñor Benavent, su obispo auxiliar y estrecho colaborador, comentaba de él que “se llenaba primero para después dar”. Su espiritualidad bebía en fuentes ignaciana y carmelitana. Su apostolado disponía de dos preciadas cualidades: la oración y la acción. La primera, en soledad y hacia el interior; la segunda, vertida hacia fuera, compartida y divulgativa. Como árbol lleno de fruto y repartiendo fruto. Su acción más prioritaria consistió en crear fecundas obras. Obras, y obras grandes, piden los días magníficos que vive el mundo, solía decir. La mayoría de ellas destinadas a erradicar la pobreza y la exclusión social y a transformar a los hombres por medio de la educación: Cáritas, Instituto Social Obrero, Instituto Social León XIII, Confederación Nacional Católica Agraria, Biblioteca de Autores Cristianos, Escuela de Ciudadanía Cristiana, el ya citado CEU o sus muy queridas Escuelas-Capilla Rurales, ingente obra misional y formadora en la provincia de Málaga, en cuyas áreas rurales aisladas y deprimidas hace más de sesenta años el analfabetismo alcanzaba el 70%. El logro de las Escuelas-Capilla fue de gran envergadura. Benavent lo narró así: “La cultura y el Evangelio llegaron a los rincones más inaccesibles de la diócesis, situados lejos de la parroquia, del médico, de la escuela, sin luz eléctrica ni otra vía de comunicación que los cauces de los ríos o los vericuetos y sendas de la montaña”. Cuando en 1968 muere el Cardenal, más de 30.000 niños y adolescentes malagueños sabían leer y escribir, además de rezar.  Otorgó importancia suprema a la educación como medio elevador del nivel social de las gentes. A esta fructífera tarea se consagró con su inagotable espíritu de sacrificio. Su potencia educativa tenía una manifiesta raíz cristiana: el amor hacia el otro. Sólido y pétreo basamento. No hay educación posible sin el afecto, la amistad y la ternura de quien transmite conocimientos y enseñanzas por el que los recibe.

Desde 1947, como Obispo de Málaga, sus homilías eran escuchadas con gran fervor en la catedral abarrotada y en plenas calles por altavoces que las retransmitían a través de Radio Nacional. Aún viven malagueños que con lágrimas en los ojos recuerdan a don Angel, el Siervo de Dios, en camino de ser elevado a los altares. Cuentan que durante una celebración del Sacramento de la Confirmación, Herrera Oria iba preguntando a los muchachos por los requisitos que debían concurrir en la comisión de un pecado mortal. Todos respondían como papagayos con la literalidad del Catecismo: “materia grave, advertencia plena o suficiente y pleno consentimiento de la voluntad”.  De pronto, un chiquillo, con el habitual gracejo malagueño espetó como respuesta: Que lo zea, que lo zepa y que lo quiera. Sorprendido el prelado le dijo al interrogado: “Veo que tú has entendido y aprendido muy bien el Catecismo”. Y ya no preguntó más.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 21 de febrero de 2015 (Página 17). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20150221.html

Buenos tiempos para los héroes.

De la mezcla de adversidad exterior y congoja interior nace una tragedia. Pero la tragedia queda descompensada si le falta ese humano contrapeso heroico, que al luchar contra la adversidad reviste a la tragedia de su clásica grandeza. El revuelto y azaroso estado en que vive inmersa la economía occidental, o sea, casi mundial, está alcanzando niveles de tragedia. Lo que comenzó siendo un cúmulo de errores y excesos en el ámbito financiero, acarreó una terrible crisis económica, ha generado serios problemas políticos y ha degenerado en crudos conflictos sociales. Asistimos a un proceso de descomposición que provoca la destrucción de todo tipo de valores y referentes tanto materiales como espirituales, y propicia la desorientación y desesperación humanas.

Este agrietado y ruinoso panorama fue descrito y denunciado por un hombre, ¿un héroe?, en su encíclica Caritas in veritate. Advirtió que no es moral reducir el patrimonio del hombre a sólo lo terreno, y, menos aún, apreciarlo a la luz de un interés únicamente individual. Censuró el otorgamiento de un sentido reverencial al dinero. Acusó a aquellas teorías erróneas que van ganando terreno, a esas falsas ideologías y engañosas promesas que pueblan las sociedades de espectros y pretenden esclavizar el mundo. Afirmó que la agonía económica que padecemos es consecuencia de graves dolencias morales. Que no es posible organizar la prosperidad económica olvidando su fundamento moral. Recordó que, para lograr una resurrección material, antes es preciso un renacimiento espiritual. Subrayó, en fin, que no se hará nada de profundo y duradero para un nuevo orden sin una previa llamada imperiosa a la conciencia de la persona y a sus virtudes. Y que los católicos somos indispensables en esta Humanidad en crisis y que, ante la situación actual, ni nos entregamos a los fáciles halagos de las concepciones optimistas del porvenir, ni nos rendimos a la desesperación.

Ese mismo hombre acude a una España en desazón, afectada por una radical crisis de valores y entregada a un peligroso nihilismo. Una España en la que muchos jóvenes viven con el deseo de aferrarse al seguro de la roca firme. Con la esperanza de encontrar un sólido liderazgo moral, empachados de mandamases expertos en reducir a escombros la política y la economía, la sociedad. Una juventud que clama porque en épocas como las actuales no sea manipulada con complicadas y espesas tesis, sino aleccionada con realidades tajantes. No sea víctima de ocurrencias, sino dotada de ideas claras. No sea engañada por aventureros y soñadores, sino enseñada por auténticos maestros de la acción pacífica y constructiva.


Ese hombre, consagrado a la oración y al estudio, pero sin aislamiento del mundo y de su época, de espíritu humilde pero paciente, constante y perseverante, visita una España necesitada de una nueva evangelización. Se reúne con una juventud a la que es preciso oír, pero también con urgencia hablar. Con seguridad que su pregón será toda una llamada fuerte a conciencias dormidas para despertar entendimientos y corazones. Un resplandor que ilumine las verdades eternas y la belleza de espíritu, y así gozar de auténtica libertad. Ojalá que el testimonio del Papa Benedicto XVI en la JMJ de Madrid 2011 sea fecundo y propicio para sembrar héroes en un mundo moderno.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Semanario Alfa y Omega el 11 de agosto de 2011. https://alfayomega.es/la-leccion-del-santo-profesor/

Falsa tolerancia

Mucho me temo que los magistrados del Tribunal de Estrasburgo al dictaminar que el crucifijo en la escuela viola el derecho de los padres a educar a sus hijos y la libertad religiosa de los alumnos, acaso, no manejen con soltura el concepto clave para abordar la cuestión: la laicidad. Este término supone que el Estado no profesa ninguna religión y que el mismo Estado no puede reducir las creencias religiosas a la esfera privada. Si además de comprender esto, los juristas de la Corte de Estrasburgo se hubieran esforzado en entender que el laicismo no es una postura neutral hacia la religión, sino que es la negatividad de la religión al relegar ésta al interior de la conciencia, la resolución dictada hubiera tenido un contenido muy diferente. Pero la sentencia es la que es. Ahora cabe preguntarse si resultará aplicable solamente al crucifijo o a símbolos religiosos de otras confesiones.

Cesare Mirabelli, ex presidente del Tribunal Constitucional de Italia, tiene escrito que la presencia de la religión en el ámbito público es un principio de libertad. Reflexiones como esta contribuyen a que la natural influencia de las religiones en lo temporal se perciba como un fenómeno enriquecedor y saludable. Sin embargo, va extendiéndose la tendencia a juzgar la fe católica como elemento pernicioso que debe catalogarse como un vago sentimiento íntimo del hombre, proclamándose, al mismo tiempo, una falsa tolerancia que termina por admitir el valor relativo de todas las religiones.

Lo sorprendente es que un tribunal europeo haya alumbrado una resolución tan huérfana de sintonía con la historia. El gran desenvolvimiento de Europa es obra del cristianismo. El poeta anglosajón T.S. Eliot nos apresuraba a hacer una Europa y hacerla bien pronto. Y sin el cristianismo, decía, no hay Europa.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC de 4 de noviembre de 2009 con la errata “magistrurgo” en lugar de “los magistrados del Tribunal de Estrasburgohttps://www.abc.es/opinion/abci-falsa-tolerancia-200911040300-1131177379734_noticia.html

Familia y parroquia

Recientemente, en la que ha sido su primera carta como arzobispo de Madrid, Carlos Osoro realza la misión de la parroquia como “comunidad de comunidades” y nos exhorta  a actuar en ella “con palabras y obras” en lo que es la “historia viva de una Iglesia que se hace presente en medio de los hombres”. Otro prelado, el arzobispo Vicenzo Paglia, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, nos advertía en los prolegómenos del XVI Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la Asociación Católica de Propagandistas, de la necesidad de un cambio de mentalidad: “concebir toda la pastoral de la Iglesia en términos de familia”. La celebración del Domingo ha de ser, según Paglia, “el centro de la relación parroquia-familia”.

En este agitado tiempo la Iglesia católica continúa desarrollando serenamente su acción. Con prudencia, pero sin perder de vista los apremios que exige el momento, encuentra hoy nuevos campos de apostolado y proporciona, como fuente de esperanza, orientaciones a nuevos y acuciantes problemas. Sería una gran falta de los cristianos del siglo XXI dejar que el mundo se haga sin nosotros, sin Dios o contra él. Por eso es crucial vigorizar la vida parroquial. La parroquia es acción misionera, una pequeña cristiandad, reducida en lo material, pero infinita en lo espiritual. No es solo una reunión de personas que van a misa, sino una comunidad plena de vida, de oración colectiva, de liturgia colectiva. Es una familia de familias, organización viva que actúa. Bajo sus auspicios, esa unidad asiste a los actos de la vida religiosa, a los bautizos, a los matrimonios y defunciones; a las alegrías y tristezas de los feligreses.

Hacia dentro y hacia fuera se vuelca el tesoro apostólico de la parroquia. Y ésta sale a las calles, entra en los lugares de trabajo y recorre los hogares. En una palabra, la Iglesia quiere un cristianismo que camine por el espacio público para llevar el espíritu católico y el mensaje revelado, cuya característica es la universalidad, hasta los últimos rincones de la sociedad. Porque la religión no es cuestión solamente de los cristianos reunidos en las iglesias, sino de tener cristianos en la política, en la empresa, en la escuela, en la cultura, en los medios de comunicación y hasta en los deportes.

La coherencia entre los ámbitos familiar y parroquial proporciona una resistencia pétrea ante vientos de crisis. Donde la familia permanece sana la sociedad puede reconstruirse a pesar de haber sufrido quebrantos, ya que los cimientos están firmes. Pero donde la familia se disuelve la sociedad, sea cual fuere su aparente solidez, está amenazada de próxima ruina. De ahí, el tesoro que representa la familia, como Iglesia doméstica, en tiempos convulsos. Nada hay más avanzado para el progreso del hombre que robustecer la institución familiar. Lo dijo Monseñor Paglia “hace falta una nueva primavera de las familias cristianas que están llamadas a devolver el vigor familiar a un mundo triste que vive en el individualismo”.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Semanario Alfa y Omega el 4 de diciembre de 2014. https://alfayomega.es/familia-y-parroquia/