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Acallar la libertad

“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (Voltaire). Habiendo izquierdistas prestos a tirarse por un barranco tras su caudillo, en cambio, no lo están para defender hoy la libertad de expresión. Por eso, el autor del libro, izquierdista de toda la vida, ha cambiado de bando. Dave Rubin es creador y presentador de The Rubin Report, programa de entrevistas de estilo irónico y desenfadado emitido en TV y en You Tube. En ese singular hábitat audiovisual repara un día en que la izquierda, el bando de la libertad y la tolerancia, prohíbe ahora que determinados oradores hablen en Universidades, boicotea a personas por no emplear el lenguaje afín a la ideología de género y coacciona a los cristianos a traicionar su conciencia. Lo más grave es que los promotores de esta iracunda cancelación se sirven de violencia, censura, escraches, difamación, campañas de desprestigio o bloqueos y caza de brujas virtuales para arruinar la vida a los rebeldes contra la corrección política y el pensamiento único. Un modus operandi que guarda escalofriantes similitudes con las siniestras tácticas de la Alemania nazi. Rubin concluye que la izquierda ha perdido el juicio volviéndose autoritaria y puritana, sustituyendo la batalla de las ideas por la de los sentimientos y trucando la sinceridad por la indignación.

Una doble experiencia avala al autor: habiendo salido del armario por su orientación sexual, cae en la cuenta de que por sus ideas políticas estaba escondiéndose de nuevo en el armario. Mientras expone su pensamiento, detalla episodios personales y ajenos que evidencian cómo viviendo en sociedades libres la gente teme decir lo que piensa por miedo a una izquierda histérica y vociferante que, espoleada por la indignación, encrespa el ambiente creando un purgatorio político en el que mantiene confinados a muchos. El título original del libro, Por qué dejé la izquierda, permitía explicar al autor su periplo intelectual del progresismo al liberalismo clásico, facilitado por pensadores contemporáneos o “mentores”, como Jordan B. Peterson, Sam Harris, Ben Saphiro, Thomas Sowell, Dennis Prager, Bret Weinstein, Ayaan Hirsi Ali, Christina Hoff Sommers o Peter Thiel. Sin embargo, más que indicar los motivos de su abandono, Rubin prefirió alumbrar una obra didáctica sobre cómo dejar la izquierda y dónde ir después. Estamos ante un mapa en el que seguir un rumbo. Una guía para quienes se autocensuran por temor a la mafia progre. A ellos, el autor les dice que no están solos y que deben salir políticamente del armario y comenzar a decir ya lo que piensan. Si muchos lo hacemos no podrán callarnos a todos. El libro enseña cómo hacerlo y proporciona herramientas intelectuales para saber quién eres, dónde estás y cuáles son tus aliados en estos tiempos convulsos y confusos. A los que ya dejaron la izquierda o nunca militaron en ella, el libro ayuda a entender la locura del actual clima político, enrarecido por un endiosado progresismo que posterga la defensa de los derechos individuales priorizando una falsa preocupación paternalista por la colectividad. Con una ridícula mentalidad victimista, los progres han inyectado el virus de la interseccionalidad, contagiando con pasmosa facilidad “asociaciones de oprimidos”, que  alientan el odio al “opresor”. Por las páginas de la obra desfilan cuestiones como el matrimonio homosexual, transexualidad, aborto, feminismo, racismo, delitos de odio, inmigración, escasez de alimentos, cambio climático, drogas o armas de fuego…todas son hoy puntos de fricción a causa de una nefasta cultura emocional del victimismo que genera toneladas de indignación y tristeza. No extraña que Rubin proponga reírse como arma más eficaz en defensa de la libertad de expresión. Nos recuerda a Oscar Wilde: “Si quieres decirle a la gente la verdad, hazlo con humor o te matarán”. Sin duda, la gente está perdiendo el juicio y el sentido del humor, pero con la guerra cultural nos jugamos más que la cordura. También nos jugamos la libertad. En suma, el volumen es un manual para salir victorioso de esa guerra impulsando los valores, hoy amenazados, que fundamentan las democracias libres y pluralistas.

Hemos subestimado el peligro grave y real contra la libertad de expresión y estamos olvidando el verdadero significado de ser libres. La única manera de combatir esta crisis es seguir con nuestra vida como si aquella no existiera, diciendo lo que pensamos sin censurarnos y viviendo sin complejos de acuerdo con nuestros principios. Rubin concluye que pensar por uno mismo es lo único que se necesita en una era de irracionalidad. Con razón el subtítulo del libro es “huye de la mafia progre y piensa por ti mismo”. Toda una contundente y razonable fórmula para lograr un futuro asentado firmemente en el individuo y no en la colectividad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de hoy el 24 de julio de 2021. https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/24/07/2021/dave-rubin/

¿Quién fue Paneque?

En la serie La Casa de papel, de Netflix, uno de los personajes exclama muy enfadado “Me cago en la madre que parió a Paneque”. Expresión muy típica de la comarca del Campo Arañuelo que denota ofuscamiento. Se ha suscitado un debate sobre quién era Paneque. Algunos han rebobinado la cinta porque aseguraban haber oído Panenka, mítico lanzador de penaltis de peculiar estilo, pero no, el film dice Paneque y no Panenka.

¿Quién fue Paneque? El verdadero nombre de este personaje era René Rocheteau, original de Castellane, en la Provenza francesa. En 1800, a la edad de 18 años, se enroló en la sección de intendencia del ejército napoleónico como aprendiz de panadero. Además de estar metido en harina, René siempre soñó con conocer mundo.

El 18 de octubre de 1807 René Rocheteau cruza el Bidasoa junto con la primera división del Ejército de Napoleón. Por fin, cumple uno de sus sueños: pisar suelo español, lo que le permitirá conocer la excelente calidad de los cereales y de la harina de Castilla, a la que siempre consideró, aunque fuera nominalmente, tierra cercana a su villa de origen.

A las pocas semanas de su estancia en España, René advirtió la excelente calidad del trigo español. Los habituales tipos de panes que elaboraba para la tropa (pain brié, baguette, fougasse o bougnat…), resultaban más tiernos y sabrosos que los hechos con la harina que siempre manejó en el cuartel de Sevigné. Lo confirmaba la opinión mayoritaria de la soldadesca. René estaba seguro de que en España perfeccionaría su oficio y pericia sobre el pan.

Panes franceses

En una escaramuza a orillas del Ebro, a pocas leguas de Zaragoza, Laurent Fablet, oficial panadero del Ejército napoleónico, obsérvese que digo napoleónico y no francés, fue muerto por esquirlas de pólvora procedente del sector donde operaban las tropas del general Palafox. Para René había llegado la hora de su ascenso: panadero mayor de la Grande Armée. Ahora sí que podría innovar en la elaboración de panes y crepes y galettes.

Transcurridos varios meses de su llegada a España, nuestro protagonista se mostraba pletórico. Y no tanto por el adquirido alto grado en la jerarquía de Intendencia, como por estar pisando suelo español. René siempre admiró a España y tuvo un elevado concepto de los españoles. Gracias a su abuelo Philippe, quien viajó por España como comerciante de telas, René supo que los españoles siempre fueron bravos guerreros. Desde El Cid Campeador hasta Hernán Cortés, pasando por el Gran Capitán. Incluso, tuvo egregios hombres de armas y de letras como Cervantes, o soldados que terminaron llevando el Evangelio a Oriente como San Ignacio de Loyola. En verdad, René vivía sus días con gran alborozo y entusiasmo.

El 2 de diciembre de 1808 René pudo, por fin, conocer Madrid. Napoleón llega a las puertas de la capital de España, por el norte, en el villorrio de Chamartín. Por su excelente quehacer como panadero del ejército imperial, René se aloja en el mismo palacio que Napoleón, propiedad de la princesa de Salm Salm. Ello le permitió conocer algo de la Villa y corte y le hizo ser testigo de excepción de todo cuanto se fraguó en el cuartel general esos días hasta la Navidad de 1808.

Sería al mediodía del 28 de julio de 1809 cuando René Rocheteau, junto a la plana mayor de la Intendencia francesa, cayó prisionero a manos de las tropas españolas mandadas por el comandante Gregorio Cuesta, cuya posición estaba cercana al pueblo toledano de Mejorada.

Cautivo tras las líneas enemigas, René presenció la derrota de su ejército en la batalla llamada de los Montes de Talavera. Nuestro protagonista temió por su vida, sin embargo, su buen hacer en el oficio de panadero haría de él un tipo con suerte. La cuerda de prisioneros en la que marchaba René Rocheteau fue conducida a la prisión de Talavera de la Reina. Allí el alcaide decidió que los cautivos que tuvieran destreza en algún oficio fueran llevados bajo vigilancia a reparar y compensar muchos de los destrozos que los franceses habían causado a su paso por las villas y aldeas del contorno.

Uno de los pueblos que más castigo había sufrido fue El Puente del Arzobispo, en donde tuvo lugar una batalla, quizás más sangrienta que la acontecida en los montes próximos a Talavera, y en la que el impío Ejército napoleónico había quemado gran parte de las casas, incluida la iglesia, matado a varones y mancillado a mujeres. Aquí vino a parar nuestro protagonista.

El oficio de panadero de René Rocheteau fue su mejor salvoconducto. En la villa de El Puente del Arzobispo no había sobrevivido ningún habitante capacitado para elaborar el pan. Por ello fue muy apreciado. Además, los franceses habían arrasado los campos de cereales próximos al municipio. Fue gracias a las tropas inglesas del duque de Wellington, que surtieron a la población con varios quintales de trigo, traídos desde campos extremeños, como pudo alimentarse a los puenteños. Eso y la maestría de René que muy pronto se hizo popular y hasta querido entre los moradores del pueblo. Elaboraba todo tipo de panes, tal y como él los conocía en su país natal. Pero lo que más entusiasmaba a sus nuevos vecinos fueron los crepes o dulces hechos con trigo candeal así como las galettes, piezas de sabor salado a base de trigo sarraceno o alforfón.

El Puente del Arzobispo

La gente se agolpaba ante la tahona y alborozada pedía a gritos y a su manera tan exquisitos productos:

– ¡ René, un pané !

René, negando con la cabeza, respondía:

– ¡ No pané ! ¡Crepé y galette !

Tras varios días repitiéndose aquellas imágenes y sonidos, lo cierto es que algún jovenzuelo con atinado gracejo y sumo desparpajo comenzó a llamar a René con el apodo de Panequé.

Sus panes y sus crepes y galettes se hicieron muy deseados por aquellos contornos. De la villa de Oropesa, de Belvís de Monroy o de la propia Talavera de la Reina acudían personas a adquirir y degustar el producto elaborado por un René cada vez más españolizado.

Cierto día, René enfermó y aunque el aprendiz de panadero pudo, a duras penas, cocer el suficiente pan para abastecer al pueblo, sin embargo, por unos días dejaron de ahornarse en la tahona aquellas deliciosas crepes y galettes marca René.

Por entonces, un capitán del Regimiento de Coraceros, que había sido ayudante de campo del Marqués de la Romana, se acercó a El Puente del Arzobispo con el objeto de saborear los dulces y salados géneros de René, al que todos nombraban por Panequé.

Cuando al militar se le informó de que el mostrador de la tahona estaba falto del delicioso manjar debido a la baja de Panequé, exclamó:

– Y ¿para esto me he desandado yo del camino a Navalmoral de la Mata, perdiendo media jornada? ¡maldita sea mi suerte! ¡Me cago en la madre que parió a Paneque!