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Trabajar mejor, ganar más

El Gobierno pretende reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas, sin merma de salario. Los empresarios se lamentan de que con el vicio del absentismo la jornada de trabajo es ya inferior a 35 horas. La promotora de la medida es una ministra comunista del Gobierno de coalición, cuya propuesta ha sido derrotada en el Parlamento presentada sin el conveniente consenso del empresariado. ¡Qué tiempos aquellos en que empresarios y sindicatos resolvían por sí solos sus diferencias sin intromisión de los políticos!

En España disminuir las horas de trabajo podría resultar sensato si la productividad alcanzara niveles óptimos, pero padece un espectacular desplome. Igual que la competitividad. Además, con esa disminución se reducirá también la producción, resultando más desempleo, al no poder las empresas sostener sus plantillas por el elevado coste. Se avecinan mayor fragilidad económica y menor prosperidad social. Mi abuela, que no sabía de productividad ni de competitividad ni conoció el absentismo laboral, siempre repetía en sus tareas y labores: “Lo bien hecho bien parece”. Leyendo a Charles Péguy me topé con la idea de la obra bien hecha y recordé, no tanto a mi abuela, sino a su generación. “Nosotros hemos conocido, afirmaba el escritor francés, la piedad de la obra bien hecha, trabajada, mantenida hasta sus más estrechas exigencias. Hemos conocido un honor del trabajo. Era necesario que un palo de una silla estuviese bien hecho. No hacía falta que estuviese bien hecho para el patrón ni para los expertos ni para los clientes del patrón. Hacía falta que estuviese bien hecho él mismo, en sí mismo, por él mismo, en su ser mismo. Un honor quería que ese palo de silla estuviese bien hecho”. Un honor deportivo que llevaba al trabajador a hacer cualquier parte de la silla que no se viera exactamente con la misma perfección con que se hacía la parte que se veía. Había un disgusto por la obra mal hecha. Había un desprecio para aquel que hubiese trabajado mal. A los obreros ni siquiera se les pasaba por la cabeza esa idea.

Proseguía Péguy que en la mayoría de los oficios se cantaba. Hoy se refunfuña. Los obreros tenían ganas de trabajar. Se levantaban por la mañana, y a qué horas, y cantaban con la idea de que ellos partían a trabajar. Era su alegría y la raíz profunda de su ser. “Estos obreros hubieran sido sorprendidos, y cuán grande hubiera sido su disgusto, o ni siquiera eso, su incredulidad, cómo hubieran podido creer que no se bromeaba, si se les hubiera dicho que algunos años después los obreros, los compañeros, se proponían oficialmente hacer lo menos posible y que considerasen tal cosa como una gran victoria. Una idea semejante, suponiendo que la hubieran podido concebir, hubiese sido un golpe contra ellos mismos, contra su ser, hubiera sido dudar de su capacidad, porque eso hubiera supuesto que no hubieran rendido todo lo que podían”. Péguy pretendía la regeneración de la sociedad comenzando de abajo arriba. Hoy algunos pretenden degenerarnos de arriba abajo. Porque la mayoría de la gente prefiere trabajar más y ganar más a cobrar lo mismo trabajando menos horas.