Valor y esperanza

Fue la Transición un luminoso haz de sacrificios y esperanzas que se elevó sobre el horizonte español y como un rayo, precisamente, de esperanza se extendió de modo fulminante sobre la inmensidad nacional. Se formó una conciencia clara de los valores que comportaba y de su mejor forma de defenderlos. Los representantes políticos eran fieles depositarios de una confianza colectiva, hacían honor a ello y desarrollaban su gestión en consonancia con tal responsabilidad. No fueron héroes pero sí valientes por su audacia. A la hora de edificar el proyecto común de España no hubo cabida para soluciones impuestas por minorías ni para ambigüedades que perseguían equiparaciones postizas entre víctimas y verdugos.

Sin embargo, el nihilismo, que es lo contrario de la esperanza, constituye hoy la enfermedad del ciudadano español. Si como afirma Pegúy, la esperanza produce verdadera admiración, la falta de ella conduce al miserable embobamiento. Cada época tiene su mundo y sus valores propios. Como decía Pío Baroja en Las veleidades de la Fortuna, “lo esencial ha perdido valor. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal en una época para histriones”. La rampa por la que se va deslizando la sociedad española conduce directamente hacia el relativismo blandengue, tergiversa valores proponiendo comodidad y seguridad por encima de justicia y libertad, y bien particular por encima de bien común. Triunfa el antojo del yo. Hasta la cultura es puesta en liza contra los valores permanentes, perennes. Alexis Carrel sostuvo que “ante los triunfos de la ciencia, del progreso, que nos aportan riqueza y confort, los valores morales han disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas. Solo importan el conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este conocimiento nos da sobre el mundo material y los seres vivientes”. Sin embargo, solo la mística es superior al conocimiento.

Frente a la irresponsable responsabilidad, afirmamos la responsabilidad del responsable, Frente a esa revanchista obsesión por resucitar un pasado de antagonismos que erosiona la convivencia, reconocemos a la ejemplaridad sacrificada en aras de la concordia, a la verdadera abnegación por lograr que los valores esenciales de una época estén en vigor. Ayudar y servir. No hay mejor forma de liderazgo que el servicio. No debemos imitar a Pilatos y lavar nuestras manos en lo que se refiere a las responsabilidades cívicas. De valor y esperanza habló el Rey Felipe VI en su reciente discurso durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Sus palabras fueron norma y luz, reservas y energías  para recorrer juntos los caminos del futuro. Nos regaló el incentivo del valor y la esperanza. Solo resulta vencido quien pierde la vida o el valor. Resulta vencedor quien esperanzado continua el combate.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 26 de octubre de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/231956/opinion/valor-y-esperanza.html

El contraste de Berlín: 60 años del muro de la vergüenza

Hubo un tiempo en que por la zona soviética de Berlín, circulaba una célebre anécdota sobre el abastecimiento que en 1948 la aviación anglosajona facilitó a los sectores occidentales de la capital alemana durante el bloqueo con que la URSS sometió a la ciudad: Solamente hay una diferencia entre nuestro sector ruso y el occidental. Nosotros vivimos del aire. Ellos viven por el aire. Salvar mediante un puente aéreo aquél asedio sobre dos millones de personas fue una demostración de poderío y eficacia por los angloamericanos y, simultáneamente, significó el primer fiasco grave de los soviéticos en el empleo de la coacción. El cerco pretendía impedir la creación de la futura República Federal de Alemania, de ahí que la primera condición rusa para levantarlo fuera la de frenar la reunificación de las tres zonas occidentales en un nuevo Estado. La hazaña de Berlín, como se denominaría a la operación humanitaria más importante de la historia, permitió por vía aérea la entrada en la capital alemana de un millón y medio de toneladas de alimentos, ropa, combustible y demás productos de primera necesidad durante once meses (del 25 de junio de 1948 al 12 de mayo de 1949). Suficiente para hacer vivir e, incluso, trabajar a los berlineses occidentales contribuyendo al resurgir del espíritu de éstos, que con su alcalde Ernst Reuter al frente, decidieron, desde entonces, resistir y desafiar abiertamente la barbarie comunista.

Sin este primer muro contra la libertad no se entendería lo que supuso un 13 de agosto de 1961 la construcción del famoso muro de Berlín. Un entramado de alambradas, fosos, adoquines y hormigón, reforzado con abundancia de guardias y perros, de ametralladoras y tanques, que dividió la ciudad en dos, separó a familias, amigos y vecinos impidiendo entre ellos verse y hablarse, resquebrajó viviendas, atravesó calles  y parques públicos, no respetó las iglesias y hasta las utilizó como parte del mismo muro, y fragmentó líneas del Metro cancelando algunas estaciones. Berlín se convirtió en foco de conflictos entre EEUU y la URSS, provocó mas de un centenar de muertos y otro tanto de heridos entre quienes intentaron huir del comunismo y se constituyó en un símbolo de la Guerra Fría hasta el 9 de noviembre de 1989 en que fue derribado por la fuerza de la libertad.

Antes del muro, los berlineses ya se sentían excepcionales por vivir una situación excepcional, única en la historia. Por arte de los acuerdos y desacuerdos ruso-occidentales, se hallaron encajonados en mundos distintos y remotísimos a pesar de su proximidad y separados por una línea divisoria pintada en el pavimento. La antigua capital del Reich, situada en mitad de la zona de ocupación rusa y dejada fuera de las nuevas repúblicas alemanas occidental y oriental, constituía una isla sin nacionalidad, partida en dos por desavenencias entre comunistas y demócratas. Con ser de tantos, era la ciudad de nadie en la que concurrían peculiaridades como el control por los rusos de la red de comunicaciones desde un edificio central enclavado en el lado occidental. O que millares de berlineses trabajaran en sector distinto de su domicilio.

Berlín era una mecha encendida en el polvorín de Europa; un peligroso agujero abierto en el telón de acero por el cual Occidente se asomaba a la tiranía del comunismo y, al mismo tiempo, ejercía un fuerte magnetismo sobre un millón de alemanes subyugados bajo esa tiranía a escasos metros del mundo libre. Moscú no podía tolerar que el contraste entre el lado occidental y el lado comunista, entre la libertad y la represión, entre la esperanza y el derrotismo estuviera a la vista de todos. Por eso las autoridades germano-orientales se vieron obligadas a levantar un muro. Su construcción certificó el fracaso de un sistema político y la admisión de la derrota. Aquello fue un desesperado intento, el primero en la historia de la humanidad, de erigir una barrera, no para impedir que penetraran invasores, sino para encerrar a un pueblo y evitar su salida.   

El muro simbolizó el espíritu de todos los berlineses: el de los occidentales para ser libres y el de los orientales en busca de libertad. El alcalde Reuter, fallecido en 1953, no conoció el muro, pero cuando arreciaban los duros días del bloqueo pronunció estas perdurables palabras: ¿Rendirse? Es mucho mejor vivir con la amenaza del hambre y del frío a vivir con la seguridad de una inacabable esclavitud. Aquí en Berlín, nadie necesita de lecciones académicas sobre la democracia, la libertad y tantas otras cosas bellas que hay en el mundo. Aquí cada uno vive todo eso, lo vive cada día y cada hora. En momentos de revuelo mundial en que proliferan partidarios de levantar barreras aislantes, conviene recordar las nefastas consecuencias de regímenes con muros.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El debate de hoy el 13 de agosto de 2021

Acallar la libertad

“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” (Voltaire). Habiendo izquierdistas prestos a tirarse por un barranco tras su caudillo, en cambio, no lo están para defender hoy la libertad de expresión. Por eso, el autor del libro, izquierdista de toda la vida, ha cambiado de bando. Dave Rubin es creador y presentador de The Rubin Report, programa de entrevistas de estilo irónico y desenfadado emitido en TV y en You Tube. En ese singular hábitat audiovisual repara un día en que la izquierda, el bando de la libertad y la tolerancia, prohíbe ahora que determinados oradores hablen en Universidades, boicotea a personas por no emplear el lenguaje afín a la ideología de género y coacciona a los cristianos a traicionar su conciencia. Lo más grave es que los promotores de esta iracunda cancelación se sirven de violencia, censura, escraches, difamación, campañas de desprestigio o bloqueos y caza de brujas virtuales para arruinar la vida a los rebeldes contra la corrección política y el pensamiento único. Un modus operandi que guarda escalofriantes similitudes con las siniestras tácticas de la Alemania nazi. Rubin concluye que la izquierda ha perdido el juicio volviéndose autoritaria y puritana, sustituyendo la batalla de las ideas por la de los sentimientos y trucando la sinceridad por la indignación.

Una doble experiencia avala al autor: habiendo salido del armario por su orientación sexual, cae en la cuenta de que por sus ideas políticas estaba escondiéndose de nuevo en el armario. Mientras expone su pensamiento, detalla episodios personales y ajenos que evidencian cómo viviendo en sociedades libres la gente teme decir lo que piensa por miedo a una izquierda histérica y vociferante que, espoleada por la indignación, encrespa el ambiente creando un purgatorio político en el que mantiene confinados a muchos. El título original del libro, Por qué dejé la izquierda, permitía explicar al autor su periplo intelectual del progresismo al liberalismo clásico, facilitado por pensadores contemporáneos o “mentores”, como Jordan B. Peterson, Sam Harris, Ben Saphiro, Thomas Sowell, Dennis Prager, Bret Weinstein, Ayaan Hirsi Ali, Christina Hoff Sommers o Peter Thiel. Sin embargo, más que indicar los motivos de su abandono, Rubin prefirió alumbrar una obra didáctica sobre cómo dejar la izquierda y dónde ir después. Estamos ante un mapa en el que seguir un rumbo. Una guía para quienes se autocensuran por temor a la mafia progre. A ellos, el autor les dice que no están solos y que deben salir políticamente del armario y comenzar a decir ya lo que piensan. Si muchos lo hacemos no podrán callarnos a todos. El libro enseña cómo hacerlo y proporciona herramientas intelectuales para saber quién eres, dónde estás y cuáles son tus aliados en estos tiempos convulsos y confusos. A los que ya dejaron la izquierda o nunca militaron en ella, el libro ayuda a entender la locura del actual clima político, enrarecido por un endiosado progresismo que posterga la defensa de los derechos individuales priorizando una falsa preocupación paternalista por la colectividad. Con una ridícula mentalidad victimista, los progres han inyectado el virus de la interseccionalidad, contagiando con pasmosa facilidad “asociaciones de oprimidos”, que  alientan el odio al “opresor”. Por las páginas de la obra desfilan cuestiones como el matrimonio homosexual, transexualidad, aborto, feminismo, racismo, delitos de odio, inmigración, escasez de alimentos, cambio climático, drogas o armas de fuego…todas son hoy puntos de fricción a causa de una nefasta cultura emocional del victimismo que genera toneladas de indignación y tristeza. No extraña que Rubin proponga reírse como arma más eficaz en defensa de la libertad de expresión. Nos recuerda a Oscar Wilde: “Si quieres decirle a la gente la verdad, hazlo con humor o te matarán”. Sin duda, la gente está perdiendo el juicio y el sentido del humor, pero con la guerra cultural nos jugamos más que la cordura. También nos jugamos la libertad. En suma, el volumen es un manual para salir victorioso de esa guerra impulsando los valores, hoy amenazados, que fundamentan las democracias libres y pluralistas.

Hemos subestimado el peligro grave y real contra la libertad de expresión y estamos olvidando el verdadero significado de ser libres. La única manera de combatir esta crisis es seguir con nuestra vida como si aquella no existiera, diciendo lo que pensamos sin censurarnos y viviendo sin complejos de acuerdo con nuestros principios. Rubin concluye que pensar por uno mismo es lo único que se necesita en una era de irracionalidad. Con razón el subtítulo del libro es “huye de la mafia progre y piensa por ti mismo”. Toda una contundente y razonable fórmula para lograr un futuro asentado firmemente en el individuo y no en la colectividad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de hoy el 24 de julio de 2021. https://eldebatedehoy.es/noticia/politica/24/07/2021/dave-rubin/

Alemania 1949

El mismo día en que se cumplía el cuarto aniversario de la capitulación alemana en la II GM (8 de mayo de 1949), el presidente de la Asamblea Constituyente reunida en Bonn, Konrad Adenauer, proclamaba la aprobación de la Ley Fundamental de la nueva República de la Alemania Occidental. 70 años de la promulgación de una Constitución, que, primero, lo fue de la  Alemania conocida como la RFA, y más tarde, a partir del 3 de octubre de 1990, de una Alemania reunificada, tras incorporarse la extinta RDA, la Alemania Oriental.

Los constituyentes de Bonn miraron más al pasado que al porvenir a la hora de elaborar la Ley Fundamental. Se acordaron más del artículo 48 de la Constitución de Weimar, que concedía al Presidente la facultad de legislar por decretos, acarreando las funestas consecuencias ya conocidas, que de la conveniencia de dotar al país de un sólido instrumento de gobierno. Los trabajos preparatorios fueron arduos y complejos. El primer proyecto de Constitución fue rechazado por los Gobiernos de ocupación; el segundo, por los socialistas, que perseguían dotar al Gobierno federal de demasiados poderes en materia de impuestos. Se negaron los cristianodemócratas y los propios aliados occidentales, especialmente, Francia y EEUU.

La Constitución de 1949 articuló la República bajo los signos de la federación y el parlamentarismo. El poder legislativo se integra por dos cámaras: el Bundestag, parlamento federal con representantes del pueblo elegidos por sufragio universal por un período de cuatro años, y el Bundesrat o Consejo federal, en el que están representados los Estados federales por medio de delegados. El Presidente de la República es un mero presidente parlamentario sin posibilidades de actuación directa sobre el Gobierno, con unos poderes emanados, no directamente del pueblo, sino de la Asamblea y sin posibilidad de dictar decretos. El hombre alemán del momento anhelaba un Presidente con mando firme, sin embargo, el resultado fue otro. Muchos auguraron una vida efímera a aquella Constitución, a pesar de los reiterados parabienes recibidos por la necesaria creación de un Estado alemán, que nacía sin un régimen fuerte. En aquél escenario concurría, además, la incógnita de la cohesión territorial del nuevo Estado. La Baviera católica, que ejerció una influencia decisiva compensando el influjo que otrora ejerciera la Prusia protestante, rechazó la Constitución por 101 votos contra 64. Sin embargo, reconoció por mayoría relativa que estaba obligada a respetar el texto constitucional al haber sido aceptado por los demás Estados de la zona occidental. Se alejaba así la inquietud sobre si los bávaros se dejarían seducir por veleidades separatistas.

La Ley Fundamental acabó por consolidarse entre el pueblo alemán. La Alemania Occidental comenzó entonces a renacer de sus cenizas, no con un régimen fuerte, pero sí con un hombre titánico como Adeanuer, elegido Canciller en las elecciones de 1949 y que con su Ministro de Economía, Ludwig Erhard, protagonizó el milagro alemán. Gracias a una política liberal de reducida presión fiscal, abstencionista, de fomento de riqueza, con incentivos para el productor, estímulo para las ganancias y ambiente favorable al ahorro y a la capitalización, Alemania superó en crecimiento a la Inglaterra laborista de entonces, con una economía intervencionista, de fuerte presión fiscal y de distribución del producto social entre las clases proletarias. Dos triunfos emocionales más para los alemanes en aquellos años serían la vuelta a casa de los prisioneros cautivos en la URSS, los últimos de Stalingrado, y la victoria en la final del Mundial de Fútbol de Suiza en 1954, frente a Hungría. Alemania comenzaba a ser de nuevo nación.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 12 de mayo de 2019. https://www.elimparcial.es/noticia/201182/opinion/alemania-1949.html

¿Quién fue Paneque?

En la serie La Casa de papel, de Netflix, uno de los personajes exclama muy enfadado “Me cago en la madre que parió a Paneque”. Expresión muy típica de la comarca del Campo Arañuelo que denota ofuscamiento. Se ha suscitado un debate sobre quién era Paneque. Algunos han rebobinado la cinta porque aseguraban haber oído Panenka, mítico lanzador de penaltis de peculiar estilo, pero no, el film dice Paneque y no Panenka.

¿Quién fue Paneque? El verdadero nombre de este personaje era René Rocheteau, original de Castellane, en la Provenza francesa. En 1800, a la edad de 18 años, se enroló en la sección de intendencia del ejército napoleónico como aprendiz de panadero. Además de estar metido en harina, René siempre soñó con conocer mundo.

El 18 de octubre de 1807 René Rocheteau cruza el Bidasoa junto con la primera división del Ejército de Napoleón. Por fin, cumple uno de sus sueños: pisar suelo español, lo que le permitirá conocer la excelente calidad de los cereales y de la harina de Castilla, a la que siempre consideró, aunque fuera nominalmente, tierra cercana a su villa de origen.

A las pocas semanas de su estancia en España, René advirtió la excelente calidad del trigo español. Los habituales tipos de panes que elaboraba para la tropa (pain brié, baguette, fougasse o bougnat…), resultaban más tiernos y sabrosos que los hechos con la harina que siempre manejó en el cuartel de Sevigné. Lo confirmaba la opinión mayoritaria de la soldadesca. René estaba seguro de que en España perfeccionaría su oficio y pericia sobre el pan.

Panes franceses

En una escaramuza a orillas del Ebro, a pocas leguas de Zaragoza, Laurent Fablet, oficial panadero del Ejército napoleónico, obsérvese que digo napoleónico y no francés, fue muerto por esquirlas de pólvora procedente del sector donde operaban las tropas del general Palafox. Para René había llegado la hora de su ascenso: panadero mayor de la Grande Armée. Ahora sí que podría innovar en la elaboración de panes y crepes y galettes.

Transcurridos varios meses de su llegada a España, nuestro protagonista se mostraba pletórico. Y no tanto por el adquirido alto grado en la jerarquía de Intendencia, como por estar pisando suelo español. René siempre admiró a España y tuvo un elevado concepto de los españoles. Gracias a su abuelo Philippe, quien viajó por España como comerciante de telas, René supo que los españoles siempre fueron bravos guerreros. Desde El Cid Campeador hasta Hernán Cortés, pasando por el Gran Capitán. Incluso, tuvo egregios hombres de armas y de letras como Cervantes, o soldados que terminaron llevando el Evangelio a Oriente como San Ignacio de Loyola. En verdad, René vivía sus días con gran alborozo y entusiasmo.

El 2 de diciembre de 1808 René pudo, por fin, conocer Madrid. Napoleón llega a las puertas de la capital de España, por el norte, en el villorrio de Chamartín. Por su excelente quehacer como panadero del ejército imperial, René se aloja en el mismo palacio que Napoleón, propiedad de la princesa de Salm Salm. Ello le permitió conocer algo de la Villa y corte y le hizo ser testigo de excepción de todo cuanto se fraguó en el cuartel general esos días hasta la Navidad de 1808.

Sería al mediodía del 28 de julio de 1809 cuando René Rocheteau, junto a la plana mayor de la Intendencia francesa, cayó prisionero a manos de las tropas españolas mandadas por el comandante Gregorio Cuesta, cuya posición estaba cercana al pueblo toledano de Mejorada.

Cautivo tras las líneas enemigas, René presenció la derrota de su ejército en la batalla llamada de los Montes de Talavera. Nuestro protagonista temió por su vida, sin embargo, su buen hacer en el oficio de panadero haría de él un tipo con suerte. La cuerda de prisioneros en la que marchaba René Rocheteau fue conducida a la prisión de Talavera de la Reina. Allí el alcaide decidió que los cautivos que tuvieran destreza en algún oficio fueran llevados bajo vigilancia a reparar y compensar muchos de los destrozos que los franceses habían causado a su paso por las villas y aldeas del contorno.

Uno de los pueblos que más castigo había sufrido fue El Puente del Arzobispo, en donde tuvo lugar una batalla, quizás más sangrienta que la acontecida en los montes próximos a Talavera, y en la que el impío Ejército napoleónico había quemado gran parte de las casas, incluida la iglesia, matado a varones y mancillado a mujeres. Aquí vino a parar nuestro protagonista.

El oficio de panadero de René Rocheteau fue su mejor salvoconducto. En la villa de El Puente del Arzobispo no había sobrevivido ningún habitante capacitado para elaborar el pan. Por ello fue muy apreciado. Además, los franceses habían arrasado los campos de cereales próximos al municipio. Fue gracias a las tropas inglesas del duque de Wellington, que surtieron a la población con varios quintales de trigo, traídos desde campos extremeños, como pudo alimentarse a los puenteños. Eso y la maestría de René que muy pronto se hizo popular y hasta querido entre los moradores del pueblo. Elaboraba todo tipo de panes, tal y como él los conocía en su país natal. Pero lo que más entusiasmaba a sus nuevos vecinos fueron los crepes o dulces hechos con trigo candeal así como las galettes, piezas de sabor salado a base de trigo sarraceno o alforfón.

El Puente del Arzobispo

La gente se agolpaba ante la tahona y alborozada pedía a gritos y a su manera tan exquisitos productos:

– ¡ René, un pané !

René, negando con la cabeza, respondía:

– ¡ No pané ! ¡Crepé y galette !

Tras varios días repitiéndose aquellas imágenes y sonidos, lo cierto es que algún jovenzuelo con atinado gracejo y sumo desparpajo comenzó a llamar a René con el apodo de Panequé.

Sus panes y sus crepes y galettes se hicieron muy deseados por aquellos contornos. De la villa de Oropesa, de Belvís de Monroy o de la propia Talavera de la Reina acudían personas a adquirir y degustar el producto elaborado por un René cada vez más españolizado.

Cierto día, René enfermó y aunque el aprendiz de panadero pudo, a duras penas, cocer el suficiente pan para abastecer al pueblo, sin embargo, por unos días dejaron de ahornarse en la tahona aquellas deliciosas crepes y galettes marca René.

Por entonces, un capitán del Regimiento de Coraceros, que había sido ayudante de campo del Marqués de la Romana, se acercó a El Puente del Arzobispo con el objeto de saborear los dulces y salados géneros de René, al que todos nombraban por Panequé.

Cuando al militar se le informó de que el mostrador de la tahona estaba falto del delicioso manjar debido a la baja de Panequé, exclamó:

– Y ¿para esto me he desandado yo del camino a Navalmoral de la Mata, perdiendo media jornada? ¡maldita sea mi suerte! ¡Me cago en la madre que parió a Paneque!

Gracias, Dios mío

Berlín, 1948. Un soldado norteamericano hace guardia todas las noches en el puesto fronterizo entre la zona estadounidense y la rusa. Al otro lado de la valla cumple el mismo deber un soldado soviético con el cual el americano entabla relación amistosa. Todos los días, al avisarle el mando de que está a punto de finalizar su guardia y de su inminente relevo, el soldado norteamericano dice: “Sólo faltan cinco minutos, gracias Dios mío”. El ruso responde también diariamente: “Sí, solamente cinco minutos, gracias Stalin”. Una noche el americano preguntó a su compañero soviético ¿Qué vas a decir cuando muera Stalin? El ruso contestó con alivio filosófico: Entonces diré ¡Gracias Dios mío!

Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Ya lo decía Jean Monnet: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres. Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa. En Occidente, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error. Los dirigentes europeístas han decidido despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. La fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.

Consecuencia de esta deriva es la democracia secularizada, un ordenamiento estrictamente laico de la vida pública que excluye la visión religiosa y certifica la incompatibilidad entre religión y democracia. Se impone así un laicismo agresivo con máscara de neutralidad que no es sino una vulgar nueva forma de totalitarismo. Al excluir la religión de la plaza pública ésta no se vacía, sino que se llena de sucedáneos, de religiones al revés. Y el laicismo es una religión al revés. Es la religión del Estado, una nueva religión política que pretende controlar las conciencias, imponer sus opciones haciéndolas pasar por verdades, decidir lo que ha de enseñarse en la escuela, tergiversar el significado de los hechos históricos del pasado y atribuir a los Parlamentos la facultad de pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, como si las leyes estuvieran por encima de la verdad.

La clarividente Angela Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa. Hasta un anónimo soldado soviético lo sabía.

Lecturas jurásicas (y IV) libertad o comunismo

En el Berlín ocupado por los aliados tras la II Guerra Mundial, dos soldados, uno de EEUU y otro de la URSS, discuten sobre democracia. El norteamericano da su definición de ésta: “La democracia significa que yo puedo ir a Washington y frente a la Casa Blanca gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. El soldado soviético replica: “También nosotros tenemos democracia. Yo puedo ir a Moscú y frente al Kremlin gritar: Truman no es un buen presidente. Quiero un presidente mejor que Truman. Y no me ocurre nada”. Por encima de la anécdota, queda la categoría. Esa ignorancia voluntaria de los hechos, que le impide reconocerlos, uno de los rasgos más acusados de la ideología comunista.

No hay forma más perfecta de sumisión que aquella que conserva la apariencia de libertad, advertía Jean-Jacques RousseauTiene que parecer democrático, pero todo debe quedar bajo nuestro control, solía decir quien fuera presidente de la Alemania Oriental, el comunista Walter Ulbricht. Y es que el vicio inconfesable del comunismo es una democracia sin libertad. Cuando un comunista reclama democracia y libertad es porque no tiene el poder. El comunismo demanda libertad como antesala indispensable de la tiranía que implantará cuando llegue al poder. Cuando a un comunista en el gobierno le reclaman libertad, pregunta ¿para qué? La libertad la desean solo para conquistar el poder.

En su obra Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, el polítólogo francés Raymond Aron estudió con detalle aquellos siniestros regímenes marxistas que fueron las democracias populares. Los rasgos característicos de las mismas eran la noción de que un partido, y solo uno, tiene el derecho de existir, lo que acarrea el monopolio ideológico por ese partido y la eliminación de los partidos rivales, en tanto que pretendan sustituir al que ocupe el poder. Un segundo elemento fue el sistema de propaganda para el control y uso de las masas. Un tercero era la reconstitución del orden social, mediante una jerarquía por razón de la función, del cargo y no de la persona.

En plena Guerra fría, el británico Ernest Bevin, político laborista, se jactaba de que “las izquierdas entienden a las izquierdas”, insinuando que los socialdemócratas en Inglaterra y Europa harían muy buenas migas con los comunistas. Los cándidos de entonces, como Bevin, no alcanzaban a comprender que los comunistas nunca quisieron mantener buenas relaciones ni con la socialdemocracia ni con la democracia; solamente pretendían ser los amos destruyendo a todo el que se pusiera en su camino. El comunismo jamás apoya la democracia, sino que se aprovecha de ella para alcanzar sus objetivos. Las elecciones le sirven pero solo como una ruta amplia mientras no puede escalar el monte por el atajo expeditivo de la revolución. Mientras tanto, rompen el juego de la convivencia democrática y desestabilizan la vida pública provocando disturbios y urdiendo bulos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 2 de mayo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/225113/lecturas-jursicas-y-iv:-libertad-o-comunismo.html

Lecturas jurásicas (III)

A su regreso de Moscú, el jefe de un koljós cuenta a los trabajadores de la explotación colectiva los enormes progresos urbanos de la capital soviética. “He visto, dice, grandes barrios con rascacielos modernísimos con todo confort habitados por obreros”. Uno de los campesinos le replica: “Pues yo no vi nada de eso cuando estuve el mes pasado en Moscú”. El jefe del koljós le responde severamente: “Debiste callejear menos y leer más los periódicos del Partido”.

El comunismo no solo fue un vasto sistema de represión y muerte, también un perverso modelo global de falsedad y manipulación. Disparates como los siguientes certifican el metódico y sistemático empleo de la mentira. El 28 de agosto de 1949 se cumplía en Alemania el bicentenario del nacimiento de Johann Wolfgang Goethe, que además había nacido en Weimar, ciudad de la Alemania del Este. El Partido Comunista, el Ministerio de Cultura e, incluso, la Stasi, la policía secreta del Estado, iniciaron una campaña casi desesperada para reivindicar que esa aristocrática figura de la Ilustración era una suerte de protocomunista. Planearon un elaborado festival para mostrar a Occidente que a los comunistas les importaba más la alta cultura que a los capitalistas. Un funcionario del Ministerio de Cultura llegó a decir en un discurso: “Si miráis en la obra de Goethe veréis que siempre trabajó en favor del materialismo dialéctico marxista sin darse cuenta de ello”. En 1952, el departamento de propaganda del Comité Central del Partido Comunista polaco entregó un panfleto a agitadores del Partido que contenía consignas como estas: “Los imperialistas americanos están reconstruyendo la Wehrmacht neonazi y preparándola para invadir Polonia, mientras que la URSS ayuda a los polacos a desarrollar tecnología, cultura y arte”.

El totalitarismo soviético hizo del cinismo su recurso supremo, hábilmente aprovechado en proporciones descomunales y sabiamente combinado con el momento oportuno de acuerdo con la mejor técnica comunista. El resultado: añagazas para embaucar a las masas, temerosas en su gran parte, y sobre todo, para controlar absolutamente el poder. En 1948 los comunistas de la Europa del Este abandonaron sus intentos de adquirir legitimidad a través de un proceso electoral y dejaron de tolerar cualquier forma de verdadera oposición. En todas partes se siguieron estos patrones: eliminación de los partidos derechistas o anticomunistas, destrucción de la izquierda no comunista y, después, eliminación de la oposición dentro del propio partido comunista. No por ello la política fue clausurada en las llamadas democracias populares. Sin embargo, la política se había convertido en algo que se desarrollaba, no entre varios partidos, sino en el seno de un único partido. Y así se mantendría hasta el derribo del muro de Berlín en 1989.

En su Diario fin de siglo, Jean François Revel nos advierte de que “todavía tenemos demasiado arraigadas, pese a la victoria de las democracias, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento.”

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224819/opinion/lecturas-jurasicas-iii.html

Lecturas jurásicas (II)

¿Quién es Stalin? pregunta un inspector a un alumno durante un examen oficial en una escuela de algún lugar de la URSS. El niño, a quien de antemano le han ordenado decir las respuestas, contesta sin titubear: Stalin es mi padre¿Y quién es tu madre? prosigue preguntando el inspector. Mi madre es el Estado, responde el alumno. ¿Qué quieres ser de mayor? Ante esa pregunta el niño titubea y, en lugar de responder según el guion impuesto, ser un trabajador disciplinado y leal a la patria del proletariado, contesta valientemente: ¡Quiero ser huérfano!

Bajo la tiranía comunista es frecuente que las personas adopten lo que Hannah Arendt definió como una personalidad totalitaria: “el ser humano completamente aislado que, sin otros lazos sociales con la familia, los amigos o los simples conocidos, deriva su sensación de ocupar un lugar en el mundo únicamente a partir de su pertenencia a un movimiento, de su afiliación a un partido”.

Los planes bolcheviques en la Europa de la posguerra mundial fueron presentados nítidamente a la Komintern por su secretario general, camarada Dimitroff: “Para asegurar la Revolución comunista y la posición preeminente del proletariado, los niños en los que aún no han arraigado las progresivas ideologías del marxismo y del leninismo, deben ser alejados de todas aquellas influencias a las que están expuestos en el ambiente capitalista que hasta ahora les ha rodeado. Por este motivo, serán sometidos a una educación del Estado en los vastos territorios que ya han sido liberados desde la Revolución de Octubre. No llegarán a conocer todos aquellos nocivos conceptos e ideas que se les quería inculcar en la antigua Europa de la burguesía, y si ya los hubieran aprendido, volverán a olvidarlos”.

Tras una interrupción motivada por la ensordecedora y desenfrenada ovación del auditorio, el orador continuó con voz estentórea: “Además, las madres de esos niños y también aquellas mujeres que aún no son madres, serán alejadas de la dañina influencia del mundo de la ideología burguesa del Oeste de Europa, para darles ocasión de participar de la reconstrucción del socialismo en los territorios que siempre han constituido la patria del proletariado internacional. Allí formarán columnas de trabajo colectivas. Respecto a los hombres, éstos lucharán con el arma al brazo por la futura unión mundial de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Y esto tendrán que hacerlo incluso aquellos que todavía no se han percatado de que este es el único camino para la liberalización de la humanidad. Si uno de estos hombres intentara traicionar nuestra causa negándose a luchar contra el capitalismo mundial, nosotros sabremos hacer que sufra las consecuencias de tal locura”. Sonoros y prolongados aplausos.

¡Qué viejas resultan aquellas recientes palabras de la ministra de Educación, Celaá, afirmando que los hijos son del Estado! ¡Cómo inquietan a unos padres que vemos cómo el Estado pretende asumir el monopolio docente! Una clara usurpación de funciones estrictamente parentales, que entraña consecuencias letales por la intromisión ideológica que supone en espacios propios de la personalidad del individuo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 18 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224492/opinion/lecturas-jurasicas-ii.html

Lecturas jurásicas (I)

El “tyrannosaurus rex”, tenía las dimensiones de una locomotora, pero su cerebro no rebasaba el tamaño de un plátano. Carnívoro y de instinto carroñero, ha sido considerado como el mayor depredador. Aquél gigante desapareció de la Tierra, lo mismo que el comunismo. ¿O no? Igual que el tiranosaurio violentaba la convivencia de su ecosistema, la ideología comunista implica una subversión total de la sociedad utilizando a su conveniencia formas democráticas.

Por la Hungría de la Guerra Fría circulaba un chiste sobre la definición de comunismo: “una lucha incesante contra una serie de dificultades que jamás existirán en ningún otro sistema político”. En Mi siglo, el polaco Aleksander Wat, otro intelectual desengañado del edén comunista, certificaría la maldad y el sadismo del terrorífico régimen. Así menciona algunas de aquellas dificultades: “La pérdida de la libertad, la tiranía, el maltrato y el hambre habrían sido más fáciles de soportar sin la obligación de llamarlas libertad, justicia, el bien del pueblo. Las mentiras, por su propia naturaleza parcial y efímera, se revelan como tales cuando se enfrentan con los esfuerzos del lenguaje por descubrir la verdad. Pero aquí todos los medios de revelación habían sido confiscados de manera permanente por la policía”.

Es, precisamente, en aquella desgraciada Europa, llamada “del Este”, donde se implantaría cruel e implacablemente la barbarie del comunismo siguiendo el frío y tenebroso manual diseñado por los teóricos de La Komintern (Internacional Comunista), un organismo dedicado a derrocar los regímenes capitalistas según las directrices leninistas y que, como describiera el historiador Richard Pipes, constituyó entonces una declaración de guerra a todos los Gobiernos existentes. Con asombrosa nitidez describe Anne Appelbaum en su libro Tras el telón de acero cómo los nuevos jefes de la Europa del Este crearon una sociedad comunista. Aún sabiendo que lo prioritario era la economía, sin embargo, durante los primeros meses tras la guerra y debido a la fuerte oposición popular, las prioridades fueron políticas: Estado policial, control férreo de la sociedad civil y sometimiento de los medios de comunicación. No hubo revolución económica, sino institucional, y tras ella el Estado se hizo paulatinamente con el control de la economía.

Según la visión marxista, una economía planificada es una forma superior de economía popular en la cual la industria era el futuro, por lo que ésta siempre interesó a los comunistas mucho más que los sectores atrasados como la agricultura, o irrelevantes como el comercio al por menor. El objetivo de la industrialización era también político: cuando todos fueran obreros de la industria, entonces todos apoyarían al comunismo. Mientras, la destrucción de la clase media privaría a la oposición de seguidores y aliados. Por ello, los líderes comunistas sentían aversión hacia los pequeños negocios. La producción a pequeña escala, decían, engendra burguesía y capitalismo. Aquellas economías comunistas crecieron después de la guerra porque empezaban de cero, pero pronto quedaron rezagadas con respecto a las de la Europa libre. Nunca lograron, si quiera, alcanzarlas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 11 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/224171/opinion/lecturas-jurasicas-i.html