Gracias, Dios mío

Berlín, 1948. Un soldado norteamericano hace guardia todas las noches en el puesto fronterizo entre la zona estadounidense y la rusa. Al otro lado de la valla cumple el mismo deber un soldado soviético con el cual el americano entabla relación amistosa. Todos los días, al avisarle el mando de que está a punto de finalizar su guardia y de su inminente relevo, el soldado norteamericano dice: “Sólo faltan cinco minutos, gracias Dios mío”. El ruso responde también diariamente: “Sí, solamente cinco minutos, gracias Stalin”. Una noche el americano preguntó a su compañero soviético ¿Qué vas a decir cuando muera Stalin? El ruso contestó con alivio filosófico: Entonces diré ¡Gracias Dios mío!

Se necesita algo más que el factor económico para aglutinar a los europeos. Lo cultural siempre será un factor más propicio para la cohesión humana que la pura economía o el mero mercado. Ya lo decía Jean Monnet: En la Unión Europea no unimos Estados, unimos hombres. Europa es unidad espiritual y cultural cuyo eje vertebrador es la creencia religiosa. En Occidente, hablar de religión es hablar de cristianismo, el pegamento entre sus pueblos. Pero hay épocas en que tiene lugar el eclipse de Dios. Ocurrió hace más de tres siglos con la Paz de Westfalia y hoy parece reproducirse el mismo error. Los dirigentes europeístas han decidido despojar a la cultura, y con ello al hombre europeo, del caudal religioso. La fe ya no es un patrimonio, sino es un estorbo y Dios está de salida.

Consecuencia de esta deriva es la democracia secularizada, un ordenamiento estrictamente laico de la vida pública que excluye la visión religiosa y certifica la incompatibilidad entre religión y democracia. Se impone así un laicismo agresivo con máscara de neutralidad que no es sino una vulgar nueva forma de totalitarismo. Al excluir la religión de la plaza pública ésta no se vacía, sino que se llena de sucedáneos, de religiones al revés. Y el laicismo es una religión al revés. Es la religión del Estado, una nueva religión política que pretende controlar las conciencias, imponer sus opciones haciéndolas pasar por verdades, decidir lo que ha de enseñarse en la escuela, tergiversar el significado de los hechos históricos del pasado y atribuir a los Parlamentos la facultad de pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, como si las leyes estuvieran por encima de la verdad.

La clarividente Angela Merkel sostiene que el problema de Europa no es que se construyen mezquitas, sino que se cierran iglesias. Diagnóstico certero que enlaza con el que hiciera San Juan Pablo II: La marginación de las religiones que han contribuido, y todavía contribuyen, a la cultura y al humanismo de los que Europa está legítimamente orgullosa son, al mismo tiempo, una injusticia y un error de perspectiva. Reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa. Sin la Cruz, Europa dejará de ser Europa. Hasta un anónimo soldado soviético lo sabía.

Sanados por la esperanza

Alcanzamos a distinguir que una cosa es tener esperanza y otra estar en la creencia firme. Y, sin embargo, como afirmaba Péguy, la esperanza produce verdadera admiración. Para Jerome Groopman, además, desempeña una estimable función en el proceso de curación de las enfermedades. Incluso, si la sanación deviene científicamente imposible, la esperanza se revela como un gran aliado para la entereza y la serenidad.

En su libro La anatomía de la esperanza, este profesor de Medicina de la Universidad de Harvard, estudioso de patologías como el cáncer y el sida, nos enseña ciencia y emociones en situaciones límite, pero también trascendencia. Afirma que tan sólo estamos empezando a ser conscientes del alcance de la esperanza y no hemos definido sus límites, ya que puede ayudar a algunos a vivir más tiempo, y a todos, a vivir mejor”. Groopman no describe la esperanza como un remedio ñoño y almibarado ni tampoco como si fuera un bálsamo de fierabrás. La define como “el sentimiento que experimentamos cuando vemos -con los ojos de la mente- un camino hacia un futuro mejor”. Un sentimiento que “nos da el coraje de enfrentarnos a nuestras circunstancias y la capacidad de superarlas”. Y es que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la bioquímica cerebral.

Además de ser un poderoso recurso psicológico, la esperanza también genera efectos físicos. Las tesis de este investigador de Harvard son base para toda una auténtica biología de la esperanza. La creencia y la expectativa, elementos clave en la esperanza, ejercen influencia sobre el propio cuerpo humano, ya que posibilitan el bloqueo del dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. También puede tener efectos significativos sobre procesos fisiológicos fundamentales como la respiración, la circulación y la función motora. Groopman afirma que “la esperanza nos cambia profundamente el espíritu y el cuerpo, y que puesto que nada está absolutamente determinado, no sólo hay razones para tener miedo, sino también para la esperanza. Así que debemos buscar maneras de sujetar las riendas del miedo y soltarlas para la esperanza”.

 Juan Pablo II y Benedicto XVI, dos Papas tan actuales como el periódico del día, nos dicen lo mismo: “No tengáis miedo” y “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”. Y es que como decía Gabriel Marcel, “donde hay esperanza, hay cristianismo”. Será porque la esperanza se basa en la bondad de Dios.

8-Mentiras

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Frase aleccionadora con la que comienza su obra, El conocimiento inútil, Jean François Revel. El año 2020 ha sido en España un año pródigo en mentiras. Un hombrecillo de revuelto cabello e indumentaria poco apropiada para un serio y escrupuloso portavoz del Gobierno, tranquilizó a los españoles diciendo que en nuestro país solamente se darían uno o dos casos de contagios por coronavirus. Durante la nefasta jornada del 8 de marzo pasado, algunas feministas escasamente responsables portaban en la calle un farsante mensaje: “el machismo mata más que el coronavirus”. Nos han mentido en el número de fallecidos por COVID-19. A estos embustes siguieron otros: “No vamos a dejar a nadie atrás”, “hemos vencido al virus”, “no pactaremos con independentistas” y el engaño acerca de informes ocultos sobre los fondos europeos. La última falacia, que adopta la forma de contradicción, ha sido el esperpéntico acto de apisonar las armas de los asesinos al mismo tiempo que se gobierna pactando con los asesinos. Es doctrina cristiana combatir el pecado y salvar  al pecador. Pero siempre que concurra el arrepentimiento de éste. Otra trola más.

La verdad habla por sí sola, pero la mentira habla por el Gobierno. Vivimos en una impostura permanente con unos dirigentes instalados en el reino del engaño. Su liturgia es la patraña. Cada día hay más especialistas en falsificar números y palabras, generando manipulación. Se extiende la sensación de que lo único que interesa es el poder, creando para su mantenimiento un método basado en el enredo sistemático. Como cuenta Víktor Kemplerer en sus Diarios, “los regímenes totalitarios siempre han especulado claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a las nuevas generaciones deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria, y lograr entremezclar verdades con mentiras”. Para engañar se necesita mentir y que te crean; aunque mientas, si la gente no te cree, no hay engaño. Dice un proverbio árabe que cuando alguien te engaña, la primera vez es culpa suya, pero que a partir de la segunda, la culpa es ya enteramente tuya.

En una democracia, la responsabilidad de los medios de comunicación y de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. El derecho a la información de los ciudadanos debe garantizarse exponiendo hechos y verdades y al mismo tiempo desenmascarando las falsedades y rectificando las mentiras. La opinión pública tiene derecho a conocer lo verdadero y a denunciar la falsedad. Cuando en una sociedad se renuncia a divulgar la verdad y a desmentir la mentira se derrumba vertiginosamente la confianza en las instituciones y se quiebra la convivencia. ¡Qué lejos estamos de aquél hombre soñado por Jefferson! “el hombre que no teme a las verdades, nada tiene que temer de las mentiras”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 7 de marzo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/222768/opinion/8-mentiras.html

La gran farsa

Tras el derribo del muro de Berlín, el primer movimiento de la izquierda fue esquivar cualquier ejercicio de reflexión. Hubo algunos amagos de revisión crítica, pero sin muestras de arrepentimiento. A comienzos de 1991, se prepara, lo que Jean François Revel tituló en su libro, La gran mascarada. La intelligentsia de izquierdas, lejos de experimentar cierto remordimiento de conciencia, se afanó día a día en producir a gran escala argumentos y justificaciones que omitieran o postergaran las enseñanzas de la Historia en un intento por camuflar una tiranía bajo la máscara del Bien. Se diseñó una estrategia puramente dialéctica: como finta preliminar, se sostuvo que al comunismo no hay que juzgarlo por sus actos, sino por sus intenciones. Su fracaso es, entonces, imputable al mundo, a la Humanidad, y no a la idea comunista. Tras esta primera andanada, llega el golpe definitivo: Puede que el modelo económico comunista sea nefasto, pero es el único sistema capaz de salvar al mundo del consumismo, del imperio del dinero, en suma, del liberalismo desenfrenado.

En conclusión, que el asesinato masivo y la atrocidad en serie quedan santificadas por las buenas intenciones; que el comunismo es intrínsecamente bueno, pero extrínsecamente influenciable, pudiéndose en ocasiones echar a perder; y que el peligro actual es el liberalismo. Según Revel, tres rasgos definen la ideología comunista “la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios y la negativa a analizar la causa de los fracasos”. La ideología comunista sobrevive hoy travestida con ropajes de feminismo, ecologismo, animalismo o de ideología de género. Pero ya no pueden engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías y conocidos son sus métodos.

En su aleccionador libro, El telón de acero, Anne Appelbaum atribuye a los juicios amañados con los que Stalin se deshacía caprichosamente de sus correligionarios más incómodos, una función pública didáctica: Si la Europa comunista no había superado a la capitalista, si el nivel de vida era bajo, si las infraestructuras presentaban fallos, si el suministro de productos sufría retrasos o era insuficiente, los juicios amañados tenían una explicación para todo ello: los espías extranjeros, los saboteadores nefandos y los traidores que se hacían pasar por leales comunistas habían secuestrado el progreso. Hoy, en medio del desgobierno provocado por un perverso cálculo político y un maniqueo sectarismo ideológico, percibimos ciertos tics legatarios de aquella depurada técnica totalitaria empleada por la nomenclatura para desviar la culpa y escurrir el bulto buscando cabezas de turco a quien imputar el desaguisado propio.

Han pasado y pasan muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que ya saldrán. En su novela más famosa, El cero y el infinito, el ex comunista Arthur Koestler escribe: “El partido promete una cosa: después de la victoria, un día en que ya no pueda perjudicar, el material de los archivos secretos se hará público. Entonces, el mundo sabrá qué había detrás de esa farsa de títeres”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 29 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211556/opinion/la-gran-farsa.html

Curas

Uno de tantos intrépidos transportistas de marcancías me hablaba de los parabienes públicos que recibe por hacer su trabajo en este convulso tiempo de pandemia, transportando con su camión alimentos, ropa o cualquier otro objeto allí donde se necesitan. Se quitaba méritos renunciando a tales reconocimientos, en comparación, decía, con la heroica tarea que los sanitarios están realizando por los enfermos del virus. Comprensible reflexión. De pronto, entre el personal sanitario, incluyó también a los curas, porque los sacerdotes también curan a su manera, dijo. Repuesto de la clerical sorpresa, ante tanto anticlericalismo trasnochado y caducos prejuicios laicistas en el ambiente, apostillé que, en efecto, la palabra cura viene del latín curatio que significa cuidado. El cura lo es porque cura las almas.      

Comenzamos entonces un instructivo diálogo sobre la necesaria labor de sacerdotes y párrocos detectando males, sugiriendo remedios y aportando cimientos firmes y no movedizos. Porque no es solo en esta angustiosa coyuntura por la que atravesamos, decía el transportista, también en circunstancias ordinarias. Hay curas que desde sus sacristías logran llevar aliento y sosiego a quien lo necesita. Y aludía a la semejanza con el servicio prestado a través de su camión. Los sacerdotes cargan un imaginario camión de arena, de esa arena del desierto sobre el cual muchas almas están haciendo su particular travesía para que ésta les resulte lo más liviana posible. O cargan el remolque con piedras liberando a los espíritus de tan pesada carga. Según el camionero, vivimos en una franca desorientación que nos acarrea desconcierto. No es extraño que nos invadan la fría desolación y la inquitante congoja. A la miseria material, se suma la espiritual, decía. Diariamente, desde su cabina percibe cómo teorías erróneas y doctrinas disolventes van ganando terreno, esparciéndose una confusa mezcolanza de actitudes negativas y destructivas. La naturaleza humana en su origen es buena pero imperfecta, apunté. Sí, y la falta de vida sobrenatural, con los sinuosos errores y las debilidades y apostasías, provocan un efecto perturbador en las almas, precisó él, y ahí es donde los curas hacen una apostolado encomiable. Por eso, hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte, que por la perseverancia de millares de justos. 

Viéndole tan preciso y cabal, le pregunté cuáles eran a su juicio las cualidades de un cura. Y con la misma naturalidad con la que se pone al volante de su camión por la ruta diaria, comenzó a enumerar: Ser gran campeón de la fe y tener fe en la grandeza de su misión. Ser vigía permanente en la defensa de la Iglesia. Estar dotado de la suprema sabiduría de ésta, como escuela de santidad, para preparar las cosechas de Dios. Infundir, con oración y silencio interior, esperanza, aunque pequeñita, pero alentadora y consoladora. Abrigar un amor insobornable y sincero a la verdad, por encima siempre de la conveniencia propia. Ser hombre de nuestro tiempo y atento hacia el mundo. Tener como meta de noble aspiración el servir, con humildad y espíritu apostólico, a la comunidad. Ser ejemplo de enterísima humanidad, contemplativa y activa a la vez, y alejada del activismo frenético que hoy consume tantas energías. Caminar, con vocación irresistible y abnegada dedicación, por rutas de perfección sembradas de riesgos, de cruces. Ser exigente en sus tareas, abierto a la colaboración de todos, magnánimo para seguir su camino sin distraerse con banales impertinencias. Lanzar resplandores de aurora que iluminan el día y la noche. Conquistar entendimientos y corazones mediante procedimientos de cordura y de caridad. No dar frías lecciones sino generar, con tono grato y sereno, diálogos llenos de gracia y vida. Forjar hombres sólidamente acorazados y difícilmente vulnerables. Demostrar una fraternal audacia ante tanto demoledor menosprecio. Y sobre todo, edificar lenta pero tenazmente.

No son las buenas leyes, sino las buenas prácticas, las que transforman los pueblos. Decía Napoleón que “un sacerdote me hace el trabajo de cien policías”. “Mas hacen por el mundo los que oran que los que pelean”, aseveraba Donoso Cortés, quien también concluyó que “toda civilización es el reflejo de una teología”. Al final, va a ser verdad que toda problemática humana tiene una clave religiosa. Va a ser verdad que hay curas como titanes, como camiones, como camioneros. Vamos, creo yo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 17 de enero de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/221045/opinion/curas.html

Alcaldes

Se prohibió fumar en los cafés. También compartir prensa por temor al contagio. Se preguntaba Azorín ¿qué vais a hacer en un café si no fumáis ni leéis los periódicos? Un español que está en un café no puede hablar sino del Gobierno. Y un español que habla del Gobierno, claro está que ha de hablar mal, aseveraba el escritor. Pedro Sánchez es ya tan hábil en el empleo del bluff como lo fue Benito Mussolini. En el acopio de mentiras aún no supera a Goebbles, salvo que a sus trolas sume las de Tezanos y Simón. Donde Sánchez es insuperable es en la simplicidad de frase y de concepto. Padece también síntomas por cohabitar, como decía Azorín, entre profesionales de la revolución y explotadores del pueblo.

Una concepción socialcomunista desemboca fatídicamente en una planificación totalitaria. Se anega la libertad individual y frustra la iniciativa de los cuerpos sociales. El vacío es ocupado por colectivismo, subvenciones y un sistema impositivo que aniquila la pujanza de la sociedad civil. Si para manejar los pequeños negocios basta el buen sentido “¿cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismos podrán conseguir escoger bien a quienes deban conducirles?” se pregunta Alexis de Tocqueville en De la democracia en América. A esto es incapaz de responder un progresista. Ser progresista no significa ser partidario del progreso. Como ser antiprogresista no supone estar en contra del progreso. El progresista convierte al progreso en ideología, en un mito, en una religión al revés. Cuenta Gracián en El Criticón que un hombre, por vía de castigo, es encerrado en una cueva en compañía de feroces animales; a los gritos del prisionero acude un viandante que, veloz, llega a la caverna y separa la losa que la cierra. Salen del antro todas las fieras y van haciendo caricias al libertador; aparece después el prisionero quien mata a su bienhechor para robarle su hacienda. Querido lector, ese es un progresista.

Los alcaldes se han opuesto al saqueo progresista del Gobierno y con ello han fortalecido el poder municipal. “Corregir a Madrid con las capitales de provincia y a las capitales de provincia con las aldeas”, propugnaba Ortega y Gasset. Buen inicio para reformar las instituciones, según Ganivet. Y es que interesa mucho al Estado que el timón de los municipios se halle en las manos mejor dotadas por capacidad y por vocación, procurando a nuestros pueblos buenos administradores. Gran promotor del municipalismo fue José Calvo Sotelo, asesinado por socialistas en la II República. Aquí, la desmemoria es histórica.

Dicen los ingleses que “un hecho es como el alcalde de Londres; sólo él tiene verdadera e indiscutida dignidad”. Dignidad tuvo José Luis Alvárez. Fue alcalde de Madrid. Ganó las elecciones, pero la coalición de izquierdas se impuso y eligió a Tierno Galván. José Luis y su esposa abandonaron la Plaza de la Villa atestada de manifestantes de izquierda. Les abrieron paso sin tocarles ni un solo pelo. “¿Dónde está España?” preguntaba angustiado Larra. Quizás en los Ayuntamientos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/216722/opinion/alcaldes.html

Desarraigo de la conciencia

En Vida y destino de Vasili Grossman, hay un personaje, Shtrum, científico caído en desgracia durante la dictadura estalinista, que siendo inocente, se niega a reconocerse culpable. Sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse malos mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: “Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste solo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa”.

El cargo de conciencia pesa y el remordimiento de conciencia produce desazón. No hay mejor almohada que una buena conciencia. Pero como decía Saint Exupery en El principito, es ésta una cosa demasiado olvidada. En tiempos de conmoción como los presentes ¿cómo reaccionamos? ¿a impulsos de la emoción o con el sosiego de la conciencia? “Somos los artesanos de nuestra propia existencia” nos dice Séneca. Y como pensamos, así actuamos. En el gueto de Varsovia, se contaba entre los judíos un chiste: Isaac estaba leyendo Der Sturmer, el periódico nazi en la Varsovia de 1941. Salomón le pregunta por qué leía ese pasquín antisemita. Isaac responde que leer que los judíos eran sumamente ricos y dominaban el mundo le subía emocionalmente el ánimo. 

Vivimos en una jungla de emociones. Medios de comunicación y redes sociales emiten machaconamente mensajes destinados a erizar la emoción. La política se ha convertido en espacio de encrespamiento emocional. Tremendo error es aderezar el debate político con el jugo amargo del cainismo. El deber político es un deber de conciencia. Los dirigentes en una sociedad democrática deben dar cuenta ante la ciudadanía. Demoledor, como él solo, Churchill sostenía que “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. El escritor alemán Hesse no le iba a la zaga: “la masa no es buena ni mala, sino indolente, y no hay nada que odie tanto como las llamadas a la conciencia”.

Hoy precisamos de llamadas fuertes, aldabonazos a tantas conciencias dormidas porque padecemos el desarraigo de la conciencia. No se hará nada de profundo y duradero para regenerar nuestra convivencia sin una previa llamada imperiosa a la conciencia de cada uno y a sus virtudes. Hechos de enorme gravedad resbalan por la superficie de la conciencia moral y nacional como si se tratara de algún episodio baladí. Asistimos a la estrepitosa quiebra de la conciencia de una sociedad, que desgarrada vagabundea sin destino y sin sentido. Heinz Rein, en Final en Berlín, pone en boca de Elisabeth Mattner durante los horribles y devastadores días de abril de 1945 que “para la mayoría en el gran incendio se ha quemado también la conciencia moral y se ha hecho tan evidente la falta de sentido de toda su vida que uno ya no puede vivir de otra manera que sin sentido”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de diciembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/219926/opinion/desarraigo-de-la-conciencia.html

Primeros de la nada

Creíamos que el modelo autonómico siempre garantizaría una atención más directa y permanente sobre los problemas diarios de los ciudadanos. Estábamos plenamente convencidos de que los intereses territoriales de municipios y provincias habrían de estar mejor defendidos con la división de España en Comunidades Autónomas. Nos tranquilizamos porque esa estructura administrativa nada tenía que ver con devaneos federalistas ni, mucho menos, secesionistas que tensionaran la unidad territorial de la nación, quedando a salvo la cohesión entre las distintas regiones de España. Además, el régimen de las Autonomías no impediría al Estado central, esa Administración fetén,  siempre decisiva y decisoria, servir a los intereses generales y actuar con eficacia, jerarquía, descentralización, desconcentración y coordinación, con sometimiento pleno a la Ley y al Derecho. Siempre tuvimos  muy claro que, en caso de un enemigo exterior, algo ya de por sí inimaginable, a estas alturas dada nuestra integración en la OTAN y en la Unión Europea, los españoles junto al Estado actuaríamos unidos como un solo hombre y en la misma dirección.

Un día, sin saber cuándo ni porqué, un enemigo exterior apareció. Desconocemos, cómo y por dónde entró. Igualmente ignoramos sus fuerzas. Supimos que era un adversario no convencional, desconocido, invisible, intangible, al que debíamos combatir, no con armas ni tiros, sino con mascarillas y respiradores, a la vez que con abundante higiene. Nuestro ejército debía estar compuesto de sanitarios y rastreadores, no de soldados. Hoy, la única certeza de la que disponemos es que está haciendo estragos en nuestras filas. La cosa no pintaba ni pinta bien. Para oscurecer aún más la situación, nosotros estamos divididos por luchas de clases, pugnas entre partidos y enfrentamientos a causa de separatismos locales. A los ojos, como escarpias, de nuestros vecinos europeos y transoceánicos, somos incomprensiblemente auténticos reinos de taifas que toman decisiones, no científicas, sino ideológicas, es decir, tardías, ineficientes y, por ello, engañosas y desprendidas del objetivo prioritario de salvar vidas. Y a causa de una burocracia corrosiva y unos viciosos comisionistas, somos incapaces de recabar cuántos recursos materiales nos resulten necesarios e idóneos para hacer frente al mortal invasor.

Otro agravante añadido es que nuestra clase dirigente, cada día más huérfana de clase y más incapaz para dirigir, no logra derrotar al virus, echándose unos a otros los muertos encima. El ínfimo nivel de ciertos políticos es manifiesto. No llegarían a jefes de negociado en los Ministerios de la Transición. Ni siquiera a ujieres en los del franquismo, ni con la recomendación de Sindicatos o del Frente de Juventudes incluida. No resulta extraño el panorama tan desolador que nos rodea: somos los primeros de la nada en la debacle económica y sanitaria A la muerte de más de cincuenta mil personas, al desempleo de millones de ciudadanos, a la quiebra de la economía se añade, por la vaciedad de una gestión maquiavélica y maniquea de un endiosado y superfluo Gobierno, apoyada y alabada por medios de comunicación mansurrones, la crisis de la verdad y de la libertad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 4 de octubre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/217445/opinion/primeros-de-la-nada.html

Quitavidas

En Así habló Zaratustra, Nietzsche elogia a “la muerte libre que viene a mí porque yo quiero”. Es el antojo del yo. Pero que a nadie se le antoje educar a sus hijos según sus convicciones. Vivimos una época en que los derechos humanos no se protegen con coherencia. Camuflados bajo sugerentes, pero contradictorias palabras, se inventan nuevos derechos: a morir dignamente o al suicidio asistido. La manipulación del lenguaje comenzó con aquella mercancía de contrabando de la calidad de vida ¿Quién decide lo que es calidad de vida? Sobre tan ambigua expresión se construye la farsa de que hay vidas que no merecen la pena vivirse. Así, existen la gran vida o la vida padre, una mala vida o estar enterrado uno en vida. Con clasificación tan vitalista, un postrado superviviente de Auschwitz hubiera recibido el tiro de gracia porque su vida no merecía la pena ser vivida.

Asegura el Gobierno socialcomunista que en España hay una gran demanda social por suicidarse de modo asistido. Incomprensible que la gente quiera irse prematuramente al otro barrio en los umbrales del paraíso comunista. Paradójico que un Gobierno se apresure a distribuir vacunas para defender vidas, mientras regula cómo extinguir la vida. Aprendices de camisas pardas echando los dados. Otra vez el hombre jugando a ser Dios. Luego, fingiéndose compungidos, ateos de salón se preguntarán ¿dónde estaba Dios cuándo sucedían hechos tan horribles? ¡Demonios! si lo habéis expulsado vosotros ocupando su lugar.

La sociedad va sucumbiendo ante las tácticas de las pequeñas, pero progresivas, concesiones al relativismo, un totalitarismo de seda. Decía San Juan Pablo II que es fácil sucumbir al “espejismo de la muerte dulce” porque nadie quiere el sufrimiento humano. Precisamente por ser humanos, sufrimos y morimos. Estos quitavidas se han empeñado en ofertar el don de la muerte dulce poniendo dulzura a la amargura de la vida y ayudando a morir dignamente. Otra farsa más. Morirse así no es morir con dignidad, sino de mala muerte. Frente a ¿la bolsa o la vida? del salteador de caminos, ahora un salteador legal da a elegir ¿la muerte dulce o la vida hecha unos zorros? o zorras, que uno ya no sabe qué género emplear. Ni eutanasia ni encarnizamiento terapéutico, que es la excusa para la eutanasia. La medicina paliativa será siempre mejor  remedio.

Legalizar la eutanasia no es solo suprimir una sanción legal. Es también articular  estructuras y procedimientos que la hagan fácil y segura para todos. Es armar el sistema sanitario contra la vida. Una legislación como esta no se aplicará únicamente a quienes deseen servirse de ella para morir. Bajo su vigencia, se corre el riesgo de que cualquier enfermo pueda “ser suicidado”. Y la muerte es el único asunto humano que no tiene vuelta atrás. Decía el genial González-Ruano que “el hombre muere solo cuando Dios se cansa de que viva”. Nadie elige nacer. Tampoco debe elegirse morir.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 3 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/220178/opinion/quitavidas.html

La toma de Madrid

Igual que Franco tomó Madrid, lo mismo pretende el Caudillo Sánchez. Con parte de guerra incluido porque va camino de la inmortalidad. Sus huestes aguardan en Cerro Garabitas a que aparezca él campeando a lomos de una tesis doctoral. Tan auténtica como un Comité científico asesorando al Ministro de Sanidad, que día tras día nos demuestra tener vacíos los aposentos de la cabeza. El doctorcito cum laude desprecia entrar en Barcelona o Valencia; tampoco en aquellas Comunidades Autónomas que, como Castilla La Mancha o Andalucía, padecen de tasas de contagios iguales o superiores a las de la capital. No. Nuestro Adonis suspira por Madrid. Y persigue doblegarlo como a una curva de cayetanos prevaliéndose de Comités de expertos ideológicos, todos ellos peritos en discordias y revanchas. Su terapia contra el virus sería azotarlo hasta que sangrara.

Quienes han fracasado en combatir la pandemia a lo ancho del territorio nacional, adoptando con impertinente retraso un revoltijo de medidas y contramedidas, propias de un mando político, y no científico, arrojando un saldo de 53.000 fallecidos, exigen ahora que en la Comunidad de Madrid se apliquen los métodos que ellos quieren. No velan por la salud, sino por el hundimiento de una región que es la locomotora de España. Para mayor desvergüenza, esbirros al servicio de su plan se aplican al desorden en las calles. Ya es lamentable que un presidente del Gobierno desempolve aquel traje de demagogo opositor que vistió contra Rajoy cuando lo del ébola para exhibirlo frente a una presidente regional. Y quizás, hasta de regional. Como él.


A los de Moncloa, algo les debe haber salido mal en sus maquinaciones e intrigas para que pisen el acelerador del enfrentamiento y la revolución tan a fondo. Negociar los Presupuestos con separatistas y terroristas, impedir al Rey asistir a un acto judicial en Barcelona, acercar presos etarras al País Vasco, preparar el indulto en favor de los golpistas, hasta cambiar al embajador en Venezuela. Todo en dos telediarios. Acciones todas ellas tendentes a dinamitar el régimen constitucional nacido de la Transición y cambiarlo por la “republiqueta” de Iglesias. Aderezado con frase lapidaria que, lejos de sonar a pronóstico deportivo, se revela como la reedición de una amenaza guerracivilista: “Ustedes no volverán al Consejo de Ministros”. No solo ese lenguaje de tipo achulado, también las mañas de estos gobernantes nos recuerdan a la peor tradición de soeces provocaciones propias de agitadores nazis y soviéticos encaramados en una tribuna. 

Ante la prensa, y tras la reunión en la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, dijo Sánchez: “La voluntad del Gobierno es respetar el ámbito competencial de Madrid. Estamos aquí para apoyar, ayudar, no para tutelar ni evaluar ni mucho menos para suplantar a Madrid, que tiene sus facultades reconocidas en la ley”. En el Quijote, para indicar que una cosa es mentira, se decía que la afirmaba Turpín. Debía ser éste un personaje cortado por el mismo patrón que el Caudillo Sánchez. 

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 27 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/217200/opinion/la-toma-de-madrid.html