Sanados por la esperanza

Alcanzamos a distinguir que una cosa es tener esperanza y otra estar en la creencia firme. Y, sin embargo, como afirmaba Péguy, la esperanza produce verdadera admiración. Para Jerome Groopman, además, desempeña una estimable función en el proceso de curación de las enfermedades. Incluso, si la sanación deviene científicamente imposible, la esperanza se revela como un gran aliado para la entereza y la serenidad.

En su libro La anatomía de la esperanza, este profesor de Medicina de la Universidad de Harvard, estudioso de patologías como el cáncer y el sida, nos enseña ciencia y emociones en situaciones límite, pero también trascendencia. Afirma que tan sólo estamos empezando a ser conscientes del alcance de la esperanza y no hemos definido sus límites, ya que puede ayudar a algunos a vivir más tiempo, y a todos, a vivir mejor”. Groopman no describe la esperanza como un remedio ñoño y almibarado ni tampoco como si fuera un bálsamo de fierabrás. La define como “el sentimiento que experimentamos cuando vemos -con los ojos de la mente- un camino hacia un futuro mejor”. Un sentimiento que “nos da el coraje de enfrentarnos a nuestras circunstancias y la capacidad de superarlas”. Y es que un cambio de mentalidad tiene el poder de alterar la bioquímica cerebral.

Además de ser un poderoso recurso psicológico, la esperanza también genera efectos físicos. Las tesis de este investigador de Harvard son base para toda una auténtica biología de la esperanza. La creencia y la expectativa, elementos clave en la esperanza, ejercen influencia sobre el propio cuerpo humano, ya que posibilitan el bloqueo del dolor al liberar las endorfinas y encefalinas del cerebro, imitando así los efectos de la morfina. También puede tener efectos significativos sobre procesos fisiológicos fundamentales como la respiración, la circulación y la función motora. Groopman afirma que “la esperanza nos cambia profundamente el espíritu y el cuerpo, y que puesto que nada está absolutamente determinado, no sólo hay razones para tener miedo, sino también para la esperanza. Así que debemos buscar maneras de sujetar las riendas del miedo y soltarlas para la esperanza”.

 Juan Pablo II y Benedicto XVI, dos Papas tan actuales como el periódico del día, nos dicen lo mismo: “No tengáis miedo” y “la verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo, hasta el total cumplimiento”. Y es que como decía Gabriel Marcel, “donde hay esperanza, hay cristianismo”. Será porque la esperanza se basa en la bondad de Dios.

8-Mentiras

“La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Frase aleccionadora con la que comienza su obra, El conocimiento inútil, Jean François Revel. El año 2020 ha sido en España un año pródigo en mentiras. Un hombrecillo de revuelto cabello e indumentaria poco apropiada para un serio y escrupuloso portavoz del Gobierno, tranquilizó a los españoles diciendo que en nuestro país solamente se darían uno o dos casos de contagios por coronavirus. Durante la nefasta jornada del 8 de marzo pasado, algunas feministas escasamente responsables portaban en la calle un farsante mensaje: “el machismo mata más que el coronavirus”. Nos han mentido en el número de fallecidos por COVID-19. A estos embustes siguieron otros: “No vamos a dejar a nadie atrás”, “hemos vencido al virus”, “no pactaremos con independentistas” y el engaño acerca de informes ocultos sobre los fondos europeos. La última falacia, que adopta la forma de contradicción, ha sido el esperpéntico acto de apisonar las armas de los asesinos al mismo tiempo que se gobierna pactando con los asesinos. Es doctrina cristiana combatir el pecado y salvar  al pecador. Pero siempre que concurra el arrepentimiento de éste. Otra trola más.

La verdad habla por sí sola, pero la mentira habla por el Gobierno. Vivimos en una impostura permanente con unos dirigentes instalados en el reino del engaño. Su liturgia es la patraña. Cada día hay más especialistas en falsificar números y palabras, generando manipulación. Se extiende la sensación de que lo único que interesa es el poder, creando para su mantenimiento un método basado en el enredo sistemático. Como cuenta Víktor Kemplerer en sus Diarios, “los regímenes totalitarios siempre han especulado claramente con el primitivismo y la estupidez de la masa. Tratan de hacer extensiva esa estupidez también a las nuevas generaciones deformando el intelecto y estrangulando toda formación escolar y universitaria, y lograr entremezclar verdades con mentiras”. Para engañar se necesita mentir y que te crean; aunque mientas, si la gente no te cree, no hay engaño. Dice un proverbio árabe que cuando alguien te engaña, la primera vez es culpa suya, pero que a partir de la segunda, la culpa es ya enteramente tuya.

En una democracia, la responsabilidad de los medios de comunicación y de los intelectuales consiste en decir la verdad y denunciar la mentira. El derecho a la información de los ciudadanos debe garantizarse exponiendo hechos y verdades y al mismo tiempo desenmascarando las falsedades y rectificando las mentiras. La opinión pública tiene derecho a conocer lo verdadero y a denunciar la falsedad. Cuando en una sociedad se renuncia a divulgar la verdad y a desmentir la mentira se derrumba vertiginosamente la confianza en las instituciones y se quiebra la convivencia. ¡Qué lejos estamos de aquél hombre soñado por Jefferson! “el hombre que no teme a las verdades, nada tiene que temer de las mentiras”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 7 de marzo de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/222768/opinion/8-mentiras.html

La gran farsa

Tras el derribo del muro de Berlín, el primer movimiento de la izquierda fue esquivar cualquier ejercicio de reflexión. Hubo algunos amagos de revisión crítica, pero sin muestras de arrepentimiento. A comienzos de 1991, se prepara, lo que Jean François Revel tituló en su libro, La gran mascarada. La intelligentsia de izquierdas, lejos de experimentar cierto remordimiento de conciencia, se afanó día a día en producir a gran escala argumentos y justificaciones que omitieran o postergaran las enseñanzas de la Historia en un intento por camuflar una tiranía bajo la máscara del Bien. Se diseñó una estrategia puramente dialéctica: como finta preliminar, se sostuvo que al comunismo no hay que juzgarlo por sus actos, sino por sus intenciones. Su fracaso es, entonces, imputable al mundo, a la Humanidad, y no a la idea comunista. Tras esta primera andanada, llega el golpe definitivo: Puede que el modelo económico comunista sea nefasto, pero es el único sistema capaz de salvar al mundo del consumismo, del imperio del dinero, en suma, del liberalismo desenfrenado.

En conclusión, que el asesinato masivo y la atrocidad en serie quedan santificadas por las buenas intenciones; que el comunismo es intrínsecamente bueno, pero extrínsecamente influenciable, pudiéndose en ocasiones echar a perder; y que el peligro actual es el liberalismo. Según Revel, tres rasgos definen la ideología comunista “la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios y la negativa a analizar la causa de los fracasos”. La ideología comunista sobrevive hoy travestida con ropajes de feminismo, ecologismo, animalismo o de ideología de género. Pero ya no pueden engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías y conocidos son sus métodos.

En su aleccionador libro, El telón de acero, Anne Appelbaum atribuye a los juicios amañados con los que Stalin se deshacía caprichosamente de sus correligionarios más incómodos, una función pública didáctica: Si la Europa comunista no había superado a la capitalista, si el nivel de vida era bajo, si las infraestructuras presentaban fallos, si el suministro de productos sufría retrasos o era insuficiente, los juicios amañados tenían una explicación para todo ello: los espías extranjeros, los saboteadores nefandos y los traidores que se hacían pasar por leales comunistas habían secuestrado el progreso. Hoy, en medio del desgobierno provocado por un perverso cálculo político y un maniqueo sectarismo ideológico, percibimos ciertos tics legatarios de aquella depurada técnica totalitaria empleada por la nomenclatura para desviar la culpa y escurrir el bulto buscando cabezas de turco a quien imputar el desaguisado propio.

Han pasado y pasan muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que ya saldrán. En su novela más famosa, El cero y el infinito, el ex comunista Arthur Koestler escribe: “El partido promete una cosa: después de la victoria, un día en que ya no pueda perjudicar, el material de los archivos secretos se hará público. Entonces, el mundo sabrá qué había detrás de esa farsa de títeres”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 29 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211556/opinion/la-gran-farsa.html

Alcaldes

Se prohibió fumar en los cafés. También compartir prensa por temor al contagio. Se preguntaba Azorín ¿qué vais a hacer en un café si no fumáis ni leéis los periódicos? Un español que está en un café no puede hablar sino del Gobierno. Y un español que habla del Gobierno, claro está que ha de hablar mal, aseveraba el escritor. Pedro Sánchez es ya tan hábil en el empleo del bluff como lo fue Benito Mussolini. En el acopio de mentiras aún no supera a Goebbles, salvo que a sus trolas sume las de Tezanos y Simón. Donde Sánchez es insuperable es en la simplicidad de frase y de concepto. Padece también síntomas por cohabitar, como decía Azorín, entre profesionales de la revolución y explotadores del pueblo.

Una concepción socialcomunista desemboca fatídicamente en una planificación totalitaria. Se anega la libertad individual y frustra la iniciativa de los cuerpos sociales. El vacío es ocupado por colectivismo, subvenciones y un sistema impositivo que aniquila la pujanza de la sociedad civil. Si para manejar los pequeños negocios basta el buen sentido “¿cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismos podrán conseguir escoger bien a quienes deban conducirles?” se pregunta Alexis de Tocqueville en De la democracia en América. A esto es incapaz de responder un progresista. Ser progresista no significa ser partidario del progreso. Como ser antiprogresista no supone estar en contra del progreso. El progresista convierte al progreso en ideología, en un mito, en una religión al revés. Cuenta Gracián en El Criticón que un hombre, por vía de castigo, es encerrado en una cueva en compañía de feroces animales; a los gritos del prisionero acude un viandante que, veloz, llega a la caverna y separa la losa que la cierra. Salen del antro todas las fieras y van haciendo caricias al libertador; aparece después el prisionero quien mata a su bienhechor para robarle su hacienda. Querido lector, ese es un progresista.

Los alcaldes se han opuesto al saqueo progresista del Gobierno y con ello han fortalecido el poder municipal. “Corregir a Madrid con las capitales de provincia y a las capitales de provincia con las aldeas”, propugnaba Ortega y Gasset. Buen inicio para reformar las instituciones, según Ganivet. Y es que interesa mucho al Estado que el timón de los municipios se halle en las manos mejor dotadas por capacidad y por vocación, procurando a nuestros pueblos buenos administradores. Gran promotor del municipalismo fue José Calvo Sotelo, asesinado por socialistas en la II República. Aquí, la desmemoria es histórica.

Dicen los ingleses que “un hecho es como el alcalde de Londres; sólo él tiene verdadera e indiscutida dignidad”. Dignidad tuvo José Luis Alvárez. Fue alcalde de Madrid. Ganó las elecciones, pero la coalición de izquierdas se impuso y eligió a Tierno Galván. José Luis y su esposa abandonaron la Plaza de la Villa atestada de manifestantes de izquierda. Les abrieron paso sin tocarles ni un solo pelo. “¿Dónde está España?” preguntaba angustiado Larra. Quizás en los Ayuntamientos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/216722/opinion/alcaldes.html

Desarraigo de la conciencia

En Vida y destino de Vasili Grossman, hay un personaje, Shtrum, científico caído en desgracia durante la dictadura estalinista, que siendo inocente, se niega a reconocerse culpable. Sus amigos le aconsejan hacerlo para evitarse malos mayores. Socialista convencido, confiesa a su hija: “Creo que nos precipitamos al hablar de socialismo; éste no consiste solo en la industria pesada. Antes de todo está el derecho a la conciencia. Privar a un hombre de este derecho es horrible. Y si un hombre encuentra en sí la fuerza para obrar con conciencia, siente una alegría inmensa”.

El cargo de conciencia pesa y el remordimiento de conciencia produce desazón. No hay mejor almohada que una buena conciencia. Pero como decía Saint Exupery en El principito, es ésta una cosa demasiado olvidada. En tiempos de conmoción como los presentes ¿cómo reaccionamos? ¿a impulsos de la emoción o con el sosiego de la conciencia? “Somos los artesanos de nuestra propia existencia” nos dice Séneca. Y como pensamos, así actuamos. En el gueto de Varsovia, se contaba entre los judíos un chiste: Isaac estaba leyendo Der Sturmer, el periódico nazi en la Varsovia de 1941. Salomón le pregunta por qué leía ese pasquín antisemita. Isaac responde que leer que los judíos eran sumamente ricos y dominaban el mundo le subía emocionalmente el ánimo. 

Vivimos en una jungla de emociones. Medios de comunicación y redes sociales emiten machaconamente mensajes destinados a erizar la emoción. La política se ha convertido en espacio de encrespamiento emocional. Tremendo error es aderezar el debate político con el jugo amargo del cainismo. El deber político es un deber de conciencia. Los dirigentes en una sociedad democrática deben dar cuenta ante la ciudadanía. Demoledor, como él solo, Churchill sostenía que “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”. El escritor alemán Hesse no le iba a la zaga: “la masa no es buena ni mala, sino indolente, y no hay nada que odie tanto como las llamadas a la conciencia”.

Hoy precisamos de llamadas fuertes, aldabonazos a tantas conciencias dormidas porque padecemos el desarraigo de la conciencia. No se hará nada de profundo y duradero para regenerar nuestra convivencia sin una previa llamada imperiosa a la conciencia de cada uno y a sus virtudes. Hechos de enorme gravedad resbalan por la superficie de la conciencia moral y nacional como si se tratara de algún episodio baladí. Asistimos a la estrepitosa quiebra de la conciencia de una sociedad, que desgarrada vagabundea sin destino y sin sentido. Heinz Rein, en Final en Berlín, pone en boca de Elisabeth Mattner durante los horribles y devastadores días de abril de 1945 que “para la mayoría en el gran incendio se ha quemado también la conciencia moral y se ha hecho tan evidente la falta de sentido de toda su vida que uno ya no puede vivir de otra manera que sin sentido”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de diciembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/219926/opinion/desarraigo-de-la-conciencia.html

Quitavidas

En Así habló Zaratustra, Nietzsche elogia a “la muerte libre que viene a mí porque yo quiero”. Es el antojo del yo. Pero que a nadie se le antoje educar a sus hijos según sus convicciones. Vivimos una época en que los derechos humanos no se protegen con coherencia. Camuflados bajo sugerentes, pero contradictorias palabras, se inventan nuevos derechos: a morir dignamente o al suicidio asistido. La manipulación del lenguaje comenzó con aquella mercancía de contrabando de la calidad de vida ¿Quién decide lo que es calidad de vida? Sobre tan ambigua expresión se construye la farsa de que hay vidas que no merecen la pena vivirse. Así, existen la gran vida o la vida padre, una mala vida o estar enterrado uno en vida. Con clasificación tan vitalista, un postrado superviviente de Auschwitz hubiera recibido el tiro de gracia porque su vida no merecía la pena ser vivida.

Asegura el Gobierno socialcomunista que en España hay una gran demanda social por suicidarse de modo asistido. Incomprensible que la gente quiera irse prematuramente al otro barrio en los umbrales del paraíso comunista. Paradójico que un Gobierno se apresure a distribuir vacunas para defender vidas, mientras regula cómo extinguir la vida. Aprendices de camisas pardas echando los dados. Otra vez el hombre jugando a ser Dios. Luego, fingiéndose compungidos, ateos de salón se preguntarán ¿dónde estaba Dios cuándo sucedían hechos tan horribles? ¡Demonios! si lo habéis expulsado vosotros ocupando su lugar.

La sociedad va sucumbiendo ante las tácticas de las pequeñas, pero progresivas, concesiones al relativismo, un totalitarismo de seda. Decía San Juan Pablo II que es fácil sucumbir al “espejismo de la muerte dulce” porque nadie quiere el sufrimiento humano. Precisamente por ser humanos, sufrimos y morimos. Estos quitavidas se han empeñado en ofertar el don de la muerte dulce poniendo dulzura a la amargura de la vida y ayudando a morir dignamente. Otra farsa más. Morirse así no es morir con dignidad, sino de mala muerte. Frente a ¿la bolsa o la vida? del salteador de caminos, ahora un salteador legal da a elegir ¿la muerte dulce o la vida hecha unos zorros? o zorras, que uno ya no sabe qué género emplear. Ni eutanasia ni encarnizamiento terapéutico, que es la excusa para la eutanasia. La medicina paliativa será siempre mejor  remedio.

Legalizar la eutanasia no es solo suprimir una sanción legal. Es también articular  estructuras y procedimientos que la hagan fácil y segura para todos. Es armar el sistema sanitario contra la vida. Una legislación como esta no se aplicará únicamente a quienes deseen servirse de ella para morir. Bajo su vigencia, se corre el riesgo de que cualquier enfermo pueda “ser suicidado”. Y la muerte es el único asunto humano que no tiene vuelta atrás. Decía el genial González-Ruano que “el hombre muere solo cuando Dios se cansa de que viva”. Nadie elige nacer. Tampoco debe elegirse morir.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 3 de abril de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/220178/opinion/quitavidas.html

La toma de Madrid

Igual que Franco tomó Madrid, lo mismo pretende el Caudillo Sánchez. Con parte de guerra incluido porque va camino de la inmortalidad. Sus huestes aguardan en Cerro Garabitas a que aparezca él campeando a lomos de una tesis doctoral. Tan auténtica como un Comité científico asesorando al Ministro de Sanidad, que día tras día nos demuestra tener vacíos los aposentos de la cabeza. El doctorcito cum laude desprecia entrar en Barcelona o Valencia; tampoco en aquellas Comunidades Autónomas que, como Castilla La Mancha o Andalucía, padecen de tasas de contagios iguales o superiores a las de la capital. No. Nuestro Adonis suspira por Madrid. Y persigue doblegarlo como a una curva de cayetanos prevaliéndose de Comités de expertos ideológicos, todos ellos peritos en discordias y revanchas. Su terapia contra el virus sería azotarlo hasta que sangrara.

Quienes han fracasado en combatir la pandemia a lo ancho del territorio nacional, adoptando con impertinente retraso un revoltijo de medidas y contramedidas, propias de un mando político, y no científico, arrojando un saldo de 53.000 fallecidos, exigen ahora que en la Comunidad de Madrid se apliquen los métodos que ellos quieren. No velan por la salud, sino por el hundimiento de una región que es la locomotora de España. Para mayor desvergüenza, esbirros al servicio de su plan se aplican al desorden en las calles. Ya es lamentable que un presidente del Gobierno desempolve aquel traje de demagogo opositor que vistió contra Rajoy cuando lo del ébola para exhibirlo frente a una presidente regional. Y quizás, hasta de regional. Como él.


A los de Moncloa, algo les debe haber salido mal en sus maquinaciones e intrigas para que pisen el acelerador del enfrentamiento y la revolución tan a fondo. Negociar los Presupuestos con separatistas y terroristas, impedir al Rey asistir a un acto judicial en Barcelona, acercar presos etarras al País Vasco, preparar el indulto en favor de los golpistas, hasta cambiar al embajador en Venezuela. Todo en dos telediarios. Acciones todas ellas tendentes a dinamitar el régimen constitucional nacido de la Transición y cambiarlo por la “republiqueta” de Iglesias. Aderezado con frase lapidaria que, lejos de sonar a pronóstico deportivo, se revela como la reedición de una amenaza guerracivilista: “Ustedes no volverán al Consejo de Ministros”. No solo ese lenguaje de tipo achulado, también las mañas de estos gobernantes nos recuerdan a la peor tradición de soeces provocaciones propias de agitadores nazis y soviéticos encaramados en una tribuna. 

Ante la prensa, y tras la reunión en la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid, dijo Sánchez: “La voluntad del Gobierno es respetar el ámbito competencial de Madrid. Estamos aquí para apoyar, ayudar, no para tutelar ni evaluar ni mucho menos para suplantar a Madrid, que tiene sus facultades reconocidas en la ley”. En el Quijote, para indicar que una cosa es mentira, se decía que la afirmaba Turpín. Debía ser éste un personaje cortado por el mismo patrón que el Caudillo Sánchez. 

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 27 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/217200/opinion/la-toma-de-madrid.html

Parece mentira

“Todo lo que es mentira es vejez”, decía el humanista Ramón Pérez de Ayala. Padecemos un Gobierno que se nos cae de viejo. Menos de un año al frente de los designios públicos y ya muestra síntomas de senilidad. Es una patología que se repite siglo tras siglo: un vacuo inconsolable al mando, que desprecia con insolencia cualquier asidero ético o contrafuerte moral. Y ante él, nadie osa tomar la palabra, porque se cree ungido por los dioses y en poder de la razón. Y claro, la discrepancia ya no se tolera. Para la disidencia prepararán vagones de ganado. Y cuando solo cabe la ciega obediencia, la verdad se ausenta, batiéndose en retirada y la mentira lo invade y ocupa todo, primando la sospecha sobre lo que ofende o cuestiona la hegemonía del mando.

Se dinamitan las líneas divisorias entre la verdad y la mentira. La mentira pasa ahora por verdad y la verdad por mentira. Zozobran las inteligencias y naufragan los corazones. “Anhelamos la verdad porque en nosotros tan solo encontramos la felicidad”, expresaba Pascal. Lo mismo les sucede a los mentirosos, que parecen instalados en una confiada y alegre felicidad. Ficticia felicidad porque no puede ocultarse el inenarrable cúmulo de gestión en miseria, ruina y muerte. Se dedican a instituir el odio y el revanchismo como método de conducta y la modorra y la anestesia como estrategia de manipulación. Y para hallar la verdad, su verdad, crean un ente que pretende ser verdadero haciéndonos comulgar con las ruedas de molino de que el camino más corto entre dos puntos es la línea curva y no la recta. No hay mayor engaño que la realidad que este desgobierno está deconstruyendo día a día a golpe de derribo contra la concordia y la legalidad.

Estos aprendices trapisondistas han puesto la nada en movimiento. Y ya son los primeros de la nada. A su antojo, despegan la historia del álbum callejero. Reforman la escuela sabiendo que, en virtud de ello, se harán con la juventud, y quien es dueño de la juventud no tiene por qué temer el mañana. Con desprecio, tachan y damnifican a las víctimas, mientras con tozudez ensalzan y justifican a los verdugos. En este reino de la inmoralidad sobresale la férrea tutela sobre un inerme grupo parlamentario ya enajenado, porque ha renunciado a hacerse preguntas temeroso o inquieto por las respuestas.

Quien monta un tigre no puede descabalgar cuando se le antoja, dice un proverbio indio. El final de esta trayectoria de ruina y llanto es el abismo. El hundimiento se percibe con exactitud porque la mentira pesa más que la verdad. Porque la injusticia disfrazada de justicia mona se queda. Ese vacuo inconsolable camina torcidamente con sus complejos, su resentimiento y su pedantería. Nos inunda con su gris mediocridad. Y con la voz que no influye, sino que imita al tonto de toda boda castiza, nos grita. “Viva yo”. Parece mentira. Pero es verdad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de noviembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/218923/parece-mentira.html

Echarse al monte

“Pepe, ¿no nos encontraremos a nadie?” pregunta con miramientos la esposa al marido, ambos progresistas, al cruzar la verja del colegio privado y católico al que acuden a matricular a sus hijos. Algo de furtivo y, a la vez, teatral e hipócrita sobresale en el espíritu progresista que, en el fondo, anhela vivir como un tío rico y de derechas. De ahí, su propensión a cogerse “perras” a la hora de acostarse pensando en lo bien que viven los capitalistas.

Cuando llega el ansiado día en que alcanza a disfrutar de un nivel de vida propio de un burgués, el progresista donde dije digo, digo Diego. De puertas adentro no le preocupa rebajar su ideal de modelo de sociedad. Pero de puertas afuera, se apresura a condenar a la inmensa mayoría social con la mediocridad gris del igualitarismo, advirtiendo de la maldad que se esconde tras las sociedades libres. Con el progresismo en el poder, la libertad dura lo que las rosas: una mañana.

Indigente en aportar soluciones, el progresismo siempre está presto a inventar problemas allí donde no los hay. Con su petulancia ideológica, acostumbra a tirar el dinero ajeno, velando por su comodidad y seguridad por encima de la justicia, y por su bien privado por encima del bien común. En España, cada cierto tiempo el progresismo, con su partidismo miope, cicatero y trasnochado, sale de excursión por lo Cerros de Ubeda. Se echa al monte y pone el caserón patrio patas arriba levantando una polvareda de sectarismo, anticlericalismo y revanchismo. Otra vez fuera de sitio, otra vez fuera de sí. Ahora le ha dado por la matraca del hombre nuevo, que no tiene nada de nuevo, sino que supone un paso más hacia el pasado. Ya Napoleón exigía suprimir la tutela de la Iglesia sobre la enseñanza, para sustituirla por la intervención del Estado laico, nada neutral, tampoco imparcial, que pretendía imponer un dominio sutil pero brutal sobre la infancia y la juventud. Ese pretendido hombre nuevo fue proclamado por Fichte en su “Discurso a la nación alemana”, proyectado por los nazis con sus Hitlerjugend  e implantado por Mao Tse Tung a través de su revolución cultural, imitada por los dirigentes separatistas antiespañoles.

En todos los casos de estatificación de la enseñanza, el denominador común ha sido la anulación del derecho de los padres  a educar a sus hijos. Arrebatarles la autoridad para que sea detentada por el Estado, quebrando la figura del padre, de la familia y, por supuesto, de la Iglesia, que es a la vez, madre y familia. Otra vez el progresismo erigiendo la figura del Estado docente para modelar a nuestros hijos con el objetivo, no de enseñar, sino de adoctrinar. No de hacer ciudadanos más cultos o más sabios, sino, como decía Marcel Clèment, “rehacer la sociedad con millares de amnésicos borrando la memoria de la humanidad y destruyendo la herencia intelectual ”. Con todo, el peligro mayor es la indiferencia colectiva.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 22 de noviembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/219152/opinion/echarse-al-monte.html

Empresarios

Tocado, esperemos que no hundido, saldrá el sector empresarial de esta trágica pandemia. A las bajas producidas en sus filas por el letal virus, hay que sumar cuantiosas bajas en el Registro mercantil por la drástica paralización de la economía. Malas noticias para España al restar potencia a un extraordinario motor de creación de empleo y riqueza. Y pésimos augurios al hablar el irresponsable Iglesias de nacionalización de la actividad económica.

Históricamente, empresario y hombre de negocios nunca gozaron de buena prensa ante la izquierda. Desde su oprimida visión manchesteriana, el comunismo siempre los señaló para sentarlos en el banquillo de los acusados. En un libro escolar de la Rumanía comunista, bajo el epígrafe “Cómo trabajaban antes los obreros”, se proponía a los alumnos un ejercicio de redacción en el que desarrollar el siguiente esquema: Un obrero es aplastado por una viga que le cae encima. El patrono, mientras fuma un cigarro, dice: “¡Diablo! ¡Se fastidió la viga! Posiblemente haya crueles empresarios, igual que crueles ingenieros, médicos, abogados o funcionarios. La experiencia también demuestra que un comisario del pueblo (gerente estatal, eufemísticamente hablando), resultaba mil veces más duro que un patrono. Por no remontarnos a la cúspide de la terrorífica nomenclatura soviética sobre la que Nikita Kruschev contaba que cuando Stalin nos llamaba a su despacho no sabíamos si saldríamos de allí con vida.

El propietario particular, hoy autónomo, también fue perseguido por el comunismo, para quien la producción a pequeña escala engendraba burguesía y capitalismo. De ahí, su aversión hacia los pequeños negocios y su pretensión de exterminio del comercio minorista, ya que una economía planificada era, según sus disparatadas consignas, una forma superior de economía popular al estatificar industrias y comercio. Nuevamente, la práctica evidenció que el intervencionismo y la escasez son inseparables, mientras que la libertad es indicio claro de abundancia.

La socialdemocracia, en su versión más sectaria y de visión raquítica, tampoco considera a la iniciativa privada una fuente de progreso para la nación. Partidaria del dirigismo frente a la libertad económica, coexiste pero no convive armónicamente con los empresarios despreciando de modo obsesivo el principio básico para la prosperidad económica: es mejor aumentar la producción que distribuir la renta. El igualitarismo siempre ha sido la peor enfermedad socialdemócrata, a pesar de que un socialista como el francés Marcel Sembat dijera en 1914 que equiparar las fortunas por medio de impuestos equivaldría a intentar allanar el Mont Blanc con una apisonadora.

No resulta extraño que desde el Gobierno se insista puerilmente en una impertinente contraposición entre trabajadores y empresarios. Consecuencia de esa incoherencia de la vieja escuela progresista consistente en pedir unidad a todo una nación y promover nefastos antagonismos entre ideologías, clases y territorios. Cuando Sánchez invoca el Plan Marshall o los Pactos de La Moncloa, aún suponiendo que hable con la buena fe de un maestro de escuela, cabe preguntarse, no si sabe en qué consistieron aquellas iniciativas, sino si su vicepresidente Iglesias lo sabe.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 5 de abril de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211808/empresarios.html