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Piezas básicas de un puzle

La historia del papado lo es de entrega y generosidad, de martirio, sin clavos como decía Pío XII, y de santidad. Sin la historia del papado no se entiende la historia de la humanidad. Juan XXIII y Juan Pablo II son piezas básicas para componer el puzle de la pasada centuria. Tras las terribles experiencias de los totalitarismos, sus pontificados constituyen una gran obra pacificadora y educadora, especialmente, en el mundo europeo. Ambos desarrollaron una intensa labor en la defensa de los derechos del hombre, de la dignidad humana y de la justicia social.

Juan XXIII, intuitivo e inspirado, comprendió «el signo de los tiempos» y cambió el rumbo de la historia. De espíritu bondadoso y talante atrayente, no sólo para el católico –también para el hombre de buena voluntad–, convocó el Concilio Vaticano II, que abriría las puertas y ventanas de la Iglesia para salir a la búsqueda de una humanidad mejor. Hoy está desfasado hablar de aquel gran acontecimiento en clave de ruptura o de discontinuidad. Como dijo Benedicto XVI, sólo una «hermenéutica de la continuidad» nos lleva a una lectura justa y correcta del Concilio. Juan XXIII propuso toda una verdadera renovación eclesial y una profunda reconstrucción social. No es el Evangelio el que cambia, afirmaba Roncalli, somos nosotros, que comenzamos a comprender mejor.

Juan Pablo II, universal y mediático, se erigió en el Papa de la libertad del hombre, y por ende, de los pueblos, condicionado por su origen polaco. Rescató a la Iglesia de cierto marasmo y la puso a dialogar con los hombres de ciencia. Desarrolló una viva y penetrante actividad en el campo eclesial pero también en el cultural y social. En suma, muy cercano a los terrenos del hombre. Viajaba por y para el Evangelio. Popular entre la juventud y referente de toda una generación. Wojtyla nos advirtió de que no tuviéramos miedo si abríamos las puertas a Cristo, a quien nadie tiene derecho a expulsar de la Historia. En sus últimos días, Juan Pablo II nos enseñó su más imponente legado: que la debilidad del cuerpo puede ser compatible con la fortaleza del alma. Vivió libre y murió digno.

Como sucesores de Pedro, Juan XXIII y Juan Pablo II siempre anunciaron el mismo mensaje: que la religión de Cristo es una religión a favor del hombre y por ello es la religión del amor.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 27 de abril de 2014. https://www.larazon.es/religion/piezas-basicas-de-un-puzle-GI6208811/

El apagón del 14 de abril

La II República es a la democracia lo que la silla eléctrica a la electricidad. No llegó por sufragio universal. Las elecciones del 12 de abril fueron municipales y 22.150 concejales monárquicos triunfaron sobre 5.775 republicanos. Pero como un cortocircuito en el sistema, se proclamó la II República. Comenzó como progreso, pronto mudó a retraso y sucumbió en tragedia por sectarismo y demagogia. El no es esto, no es esto, de Ortega, Marañón o Pérez de Ayala, demuestra que el amor de aquél régimen a la libertad fue una simple y verbal declaración. De la alegría soleada del 14 de abril se pasó a los negros nubarrones de un republicanismo radical, antirreligioso y netamente masónico desembocando en oscuridad frentepopulista, sometida a la estricta obediencia soviética.

El Frente Popular hundió a la República en un reguero criminal de elecciones amañadas y eliminación de adversarios, como José Calvo Sotelo, crimen de Estado igual al cometido por el fascismo italiano con Matteotti. La táctica de los Frentes Populares, creada por el stalinista Dimitrof, fue la favorita del partido comunista que siempre se comportó en los sistemas democráticos de la época como un submarino en inmersión del cual solo se ve el periscopio. Durante la República actuó como caballo de Troya atacando con total desfachatez a la democracia desde dentro y avanzando hacia el poder en alianza con unos socios, aniquilados implacablemente (Andres Nin, del POUM), cuando estorbaban en el camino hacia la victoria final.

También fue grande el desacierto político de hombres como Niceto Alcalá-Zamora, y grande su responsabilidad en la guerra civil. Por su conducta personalista y estrecha, cerrando el camino a las fuerzas triunfantes en las elecciones de 1933, el que fuera presidente de la República entregó ésta al marxismo. Fue una víctima más del régimen que deliberadamente ayudó a implantar y que acabó por eliminarle. Alcalá-Zamora, católico y republicano, burgués y “de orden” fue el figurón que tremolaron los republicanos para aplacar el temor de los conservadores. En 1945 publicó un libro, Régimen político y convivencia en España. Lo que debe ser y lo que no debe ser, en el que demuestra cómo la misma República violó su propia legalidad aunque descuide señalar que él consintió en ello. Se refería a la revuelta de Asturias de octubre de 1934, brutal golpe de Estado de la izquierda marxista contra la legalidad republicana. Esta fue defendida únicamente por la derecha combatiendo y encarcelando a los golpistas, puestos en la calle más tarde por el gobierno del Frente Popular mediante una parodia de amnistía.  

Algunos se empeñan hoy en presentar aquél fatídico régimen como un idílico hábitat de libertad y justicia, olvidando que el marxismo jamás soporta la democracia sino en cuanto sirve a sus fines. Y si se ve contrariado, rompe el juego parlamentario y quiebra la convivencia democrática tratando de imponerse por la fuerza. Los grandes remedios contra el marxismo son siempre la democracia, la libertad y el bienestar, que nunca vieron la luz durante el apagón republicano.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 15 de abril de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/188721/opinion/el-apagon-del-14-de-abril.html

Fuente gráfica: Diario ABC