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12 de julio. San Juan Gualberto (… -1073)

Este santo florentino protagonizó una llamativa anécdota a la que se atribuye su decisión de abrazar el estado religioso. Su familia andaba enzarzada en sangrientas venganzas, y cierto día topó en un camino solitario con el mayor enemigo de los suyos, que se encontraba inerme ante él. El hombre se arrodilló para suplicarle que le perdonase la vida por amor de Jesucristo en la cruz, y Juan Gualberto, conmovido, le abrazó diciéndole que no podía haberse buscado un abogado mejor. Luego, al entrar en una iglesia, vio que el crucifijo inclinaba la cabeza ante él, dándole las gracias.

Ingresó en San Miniato de Florencia, pero se dice que huyó de allí cuando los monjes quisieron elegirle abad, prefiriendo obedecer que mandar, y huir del peligro en que están los que ocupan lugares altos. Con un compañero fue en busca de otros parajes y fundó una comunidad en Vallombrosa, en la Toscana, con una adaptación personal de la regla de San Benito, extendiéndose por toda la península italiana. En Vallombrosa tuvo que resignarse a la dignidad abacial.

Manso, benigno, grave, modesto, severo con los rebeldes y suave con los flacos, muy compasivo con los enfermos, celoso de la santa pobreza, San Juan Gualberto presenta una estampa de monje que sólo vive para la oración y la caridad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

11 de julio. San Benito de Nursia (480-547)

Monje barbudo de hábito negro, con el rostro iluminado por una luz indecible, con ojos limpios y profundos, pendientes de una lejanía que está más allá de lo que podemos ver, y portando una pluma en la mano con la que escribe santas palabras sobre la humildad y la obediencia, así retrató un anónimo español del siglo XVI a Benito en un cuadro que se conserva en el monasterio de Leyre. Nacido en Nursia, en la Umbría, estudió en Roma, cuyo ambiente debió sentir tan amenazador para su fe que prefirió retirarse a la soledad para hacer vida ascética. En Subiaco, se le unen discípulos y funda doce monasterios de los que es superior.

Hasta que, después de graves vicisitudes ente las que no faltan la calumnia y un intento de envenenamiento, se instala en las alturas de Montecasino, entre Roma y Nápoles, y sobre las ruinas de un templo pagano levante el gran monasterio cuna de la orden benedictina. Allí escribe su famosísima regla que iba adoptar todo el orbe cristiano, modelo de espiritualidad y discreción, que es como uno de los documentos fundacionales de la antigua Europa.

Patrón de Europa le nombró precisamente el Papa Pablo VI, ya que su regla, por la que se rigen millares de monjes en todo el mundo, ha hecho que el patriarca del monacato occidental fuera uno de los grandes constructores de la personalidad europea; como Montecasino es nuestro símbolo de cultura cristiana, sobre cimientos paganos, arrasado por los bárbaros y destruido nuevamente en la Segunda Guerra Mundial, persistiendo en medio de las peores tormentas como una lámpara encendida por San Benito y que no se apaga.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

10 de julio. San Cristóbal (¿siglo III?)

Mártir de Asia Menor, a quien ya se rendía culto en el siglo V. Su nombre griego, Cristóbal, «el portador de Cristo«, es enigmático y se empareja con una de las leyendas más bellas y significativas de toda la tradición cristiana, siendo patrono de viajeros, que, al viajar hoy en automóvil, son, más bien, automovilistas. De estatura colosal, con gran fuerza física y con el orgullo de no conformarse con servir a amos que no fueran dignos de él. Primero un rey, aparente señor de la tierra, y luego el Diablo, verdadero príncipe de este mundo, le defraudan, uno y otro se vanaglorian de no temer a nadie, pero el rey tiene miedo al Diablo, y el Diablo tiembla ante la sola mención de una cruz donde murió un tal Jesucristo.

¿Quién podrá ser ese raro personaje tan poderoso aun después de morir? Se lanza a los caminos en su busca y termina por apostarse al vado de un río por donde pasan incontables viajeros a los que él, por su hercúlea corpulencia, lleva hasta la otra orilla a cambio de unas monedas. Nadie le da la razón del hombre muerto en la cruz que aterroriza al Diablo.

Hasta que un día cruza la corriente cargado con un insignificante niño a quien no se molesta en preguntar. ¿Qué va a saber aquella frágil criatura? A mitad del río su peso se hace insoportable y sólo a costa de enormes esfuerzos consigue llegar a la orilla: San Cristóbal llevaba a hombros más que el universo entero, al mismo Dios que lo creó y redimió. Por fin había encontrado a Aquél a quien buscaba.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

9 de julio. Santa Verónica de Julianis (1660-1727)

De pequeña se llamaba Úrsula, era la menor de siete hermanas y huérfana de madre desde los cuatro años, su padre, instalado en Plasencia como intendente general de Hacienda, hacía planes para casarla adecuadamente, contando con sus atractivos. Caprichosa vehemente, terca y traviesa, nada parecía anunciar en ella una futura mística.

A los diecisiete años se hizo capuchina en un convento de Cittá di Castelo, en la Umbría, y adoptó el nombre de Verónica, el espejo de Dios. Siendo maestra de novicias, llamó la atención porque protagonizaba fenómenos inexplicables que alarmaron a las autoridades eclesiásticas. Tenía visiones y éxtasis, pero, además, llevaba impresos en manos y pies los estigmas de la Pasión. El obispo de la diócesis, de acuerdo con la abadesa y con la ayuda de un docto jesuita y de tres médicos, estudió el caso con la desconfianza que es de rigor. Pero las heridas se renovaban tras ser curadas.

Ante la imposibilidad de aclarar los hechos, se impuso a la monja el severo castigo de ser recluida en su celda, sin oír misa ni comulgar. Se la consideraba una impostora. Sin embargo, los fenómenos persistían y ella los vivía con una actitud serena, confiada y alegre, de absoluta obediencia y humildad. Más tarde fue abadesa hasta su muerte. Santa Verónica gobernó el convento con un espíritu práctico, una solicitud por los detalles de la vida cotidiana, una sensatez y un buen humor que desconcertaban a quienes creían que la unión íntima con Dios incapacita para vivir en este mundo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

8 de julio. San Procopio (… – 303)

Nacido en Jerusalén, Procopio vivía en Scitópolis, donde era lector, exorcista y traductor de las Escrituras. Hombre muy espiritual y mortificado que solo vivía de pan y agua. Al comenzar la persecución de Diocleciano, fue conducido junto con otros cristianos a Cesárea, y allí el gobernador Flaviano le ordenó que sacrificase a los dioses. Al negarse, citando unos versos de Homero, Procopio fue decapitado.

La tradición cristiana no se conformó con esto, y en torno a él se tejió una absurda leyenda que le supone personaje principal y pagano con la misión de perseguir al cristianismo, y no lejos de Antioquía se le atribuye una visión semejante a la de San Pablo en el camino de Damasco. Una vez convertido, su historia se despeña de disparate en disparate, con prodigios bélicos que consigue con la ayuda de una cruz que es casi un amuleto y otros aparatosos milagros, hasta que muere entre terrible torturas.

Pero hay que quedarse con nuestro sencillo San Procopio, el verdadero, y sus claras y sólidas virtudes, no con el fantoche que parece un supermán a lo divino. Hay que recordar al clérigo que sólo hizo lo que debía hacer, entre otras cosas morir mártir, eso sí, citando a Homero, como quien se permite humorísticamente un adorno heredado del paganismo porque le sobra fe ante el verdugo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

7 de julio. San Fermín (… -¿303?)

La tradición le supone de Pamplona, Fermín, hijo de Firmo y Eugenia, nacido tal vez donde hoy se levanta la Iglesia de San Lorenzo. El obispo de Tolosa del Languedoc, San Saturnino, envió a Pamplona a un apóstol cuyo nombre era Honesto, y años más tarde el propio obispo visitó la ciudad navarra y bautizó allí a los primeros cristianos con el agua de un pozo cuyo emplazamiento está señalado en una calle pamplonesa.

Fermín, recién bautizado, se instaló en la Tolosa francesa, donde se le ordenó y finalmente se le consagró obispo de Pamplona. Luego se dedicó a evangelizar las Galias, estuvo en Beauvais, en la Picardía y en los Países Bajos, y fue decapitado en Amiens. Siglos más tarde se descubrieron sus restos, y parte de sus reliquias fueron llevadas a Pamplona, donde desde fines del siglo XVI su fiesta se celebra el 7 de julio, acompañada con estrépito y una canción popular y bullangera.

En Amiens, ciudad que también le tiene por patrón, y en el resto de la Iglesia universal, San Fermín es conmemorado el 25 de septiembre, pero en Pamplona el día de este Santo no es de otoño, sino de comienzos de verano, una fiesta estival en la que el ruido folklórico contribuye a la gloria del primer obispo navarro que fue a morir por la fe tan lejos de su patria.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

6 de julio. Santa María Goretti (1890-1902)

Marietta, hija de la viuda Assunta Goretti, es la mayor de seis hermanos, y la familia subsiste penosamente trabajando como colonos en unas malas tierras pantanosas de la región de Ancona. Con ellos viven otros braceros, los Serenelli, y su hijo Alessandro, de veinte años, empieza a fijarse en Marietta, que al parecer está muy desarrollada para su edad. Lo demás es de sobra conocido: quiere forzarla, ella se resiste y por fin la apuñala asestándole catorce heridas, a consecuencia de las cuales Marietta muere al día siguiente en un hospital después de perdonar al asesino.

Alessandro fue condenado a treinta años de trabajos forzados, más tarde se convierte y asiste, junto a Assunta Goretti a la beatificación de su víctima en 1947. La canonización de Santa María Goretti en 1950 fue todo un desafío. En la era de Freud, en el siglo de la exaltación incondicional del sexo, una mártir de la pureza suena a ridiculez ñoña. No están los tiempos para tomarse tan trascendentalmente algo que el psicoanálisis y la sociología van a reducir a tragedia muy laica y muy vulgar. Esta es una figura de la santidad para el escarnio

Desde luego, impresionan las cifras que encierran una biografía tan breve, doce años, como Santa Inés, una niña. ¿Qué se le puede pedir a una niña de esta edad? Unos dirán: no había para tanto, qué exageración, ¿por qué no podemos comportarnos igual que los perros? Otros ven el cuerpo humano y la vida misma de una manera sagrada, y esta perspectiva irrenunciable fue lo que hizo de Marietta un símbolo del respeto por los dones de Dios, que no deben abaratarse zoológicamente.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

5 de julio. San Miguel de los Santos (1591-1625)

Miguel Argemir, hijo de un notario, nació en Vic, «la ciudad de los santos», la más levítica de las ciudades catalanas. Fue educado en un ambiente de gran piedad, lo cual influyó en que siendo aún niño hiciese voto de virginidad perpetua. Los psicólogos modernos y la gran mayoría de los curas de hoy pondrían graves reparos a una decisión como ésta. ¿Qué sabe un niño de corta edad, cómo puede comprometerse para toda la vida? Una cosa así, ¿no puede representar un trauma incurable? Miguel no parece un hombre traumatizado, pero sí alguien que tiene mucha prisa, como si previera que tiene poco tiempo por delante.

Su primera vocación es la de ser eremita solitario en Montseny, pero aquello no puede ser, es aún un chiquillo, los conventos de Vic también lo rechazan, hay que esperar a que crezca y madure, él no quiere esperar, sabe muy bien adonde va, y a los doce años consigue que le admitan en los trinitarios calzados de Barcelona. No le gusta la orden por demasiado blanda, y en 1608 hace profesión con diecisiete años en los trinitarios descalzos de Oteiza, en Navarra. Luego estudiará en Alcalá de Henares, Baeza y Salamanca, y siendo aún un simple colegial maravillará con los prodigios de sus éxtasis públicos que le levantan del suelo y le mantienen suspendido en el aire.

En 1622 se le nombra superior del convento de Valladolid y allí muere en olor de santidad a los treinta y tres años. San Miguel de los Santos, hombre de gobierno, escritor místico, predicador, fue canonizado en 1862 y es patrono de su ciudad natal.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de julio. Santa Isabel de Portugal (1270-1336)

Nacida en el Reino de Aragón, hija de Pedro III el Grande, y sobrina nieta, por su abuela paterna, Violante de Hungría, de la otra Santa Isabel, cuyo nombre llevaba. A los doce años la casaron con Don Dionisio de Portugal, matrimonio que puso a prueba una paciencia sin límites, por el carácter violento del soberano y sus continuas infidelidades.

Tampoco su hijo Alfonso, bien llamado el Bravo, era precisamente apacible, y después de mediar en la guerra que se hacían padre e hijo (por lo que sufrió destierro acusada de favorecer la rebelión), ya viuda (1325), tras retirarse a su fundación de Santa Clara, en Coimbra, habiendo ingresado en la orden tercera de San Francisco, tuvo que reconciliar al rey Alfonso con su nieto el rey castellano.

Eso fue en el último verano de su vida, agotada por ayunos y penitencias, con fama de santidad por sus inagotables caridades y su solicitud para los enfermos, Santa Isabel patrona de Coimbra y de todo Portugal sigue muy viva en el recuerdo popular.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de julio. Santo Tomás (siglo I)

Hasta la Resurrección, Tomás, uno de los Doce, parece que es uno más, casi inidentificable entre las figuras apostólicas. Pero en el Capítulo veinte del Evangelio de San Juan se distingue del resto de sus compañeros con una actitud terca y desconfiadísima, negándose a creer que el Señor ha resucitado porque él no estaba entre los discípulos a los que se apareció: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré».

Se resiste a admitir aquello sin pruebas evidentes, sin comprobaciones. Ver para creer. Pasados ocho días, Jesús se presta a lo que le pide, y Tomás pronuncia anodadado la famosa confesión de fe: «Señor mío y Dios mío. El incrédulo es así uno de los que llegan más lejos en la formulación explícita de la fe». También Santo Tomás fue quien llevó más lejos la predicación del Evangelio, hasta la India. «Dichosos los que creyeron sin ver», fueron las palabras de Cristo.

Es decir, dichosos nosotros, a pesar de nuestra tentación constante de pedir pruebas o, por qué no, milagros, que nos confirmen en medio de la debilidad, sin comprender el don que se nos brinda, el de creer, esperar y amar a Dios más allá del alcance de los sentidos. Creer envueltos en la noche y en el silencio de Dios, que aquí está su Luz y su Palabra.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.