Archivo por meses: noviembre 2019

Los nuevos enemigos de la libertad

Con la Guerra Fría en su apogeo se publicaron dos libros que abrirían una senda propicia en la batalla de las ideas: La mente cautiva, de Czeslaw Milosz y El opio de los intelectuales, de Raymond Aron. Ambos fueron una potente denuncia contra el totalitarismo marxista que, paradójicamente, aliado de las democracias liberales salió triunfante en el combate frente al totalitarismo nazi-fascista. El camino fue seguido por Jean François Revel en sus obras Ni Marx ni Jesús, ensayo sobre el antiamericanismo, el fracaso del comunismo y el futuro de la revolución liberal que se estaba fraguando en EEUU, y La tentación totalitaria, acerado alegato contra el comunismo y la URSS. El pensamiento vertido en estas obras identificaba a los enemigos de la libertad y desenmascaraba a tantos intelectuales europeos que suspiraban por la ideología y los dogmas de lo que Aron llamó la “Vulgata marxista”. El libro El futuro es hoy, de José María Aznar, es, en parte, legatario de aquella literatura de alerta ante los ataques a la democracia y a la libertad, y describe un escenario erizado con nuevas ofensivas que reeditan la Guerra Fría.   

El autor repasa lo acontecido en el mundo en los últimos treinta años, comenzando con el derribo del muro de Berlín, fin de la Historia según Fukuyama, certificado por dos acontecimientos más: La coalición internacional ante la guerra de Kuwait y la desintegración de la URSS. Este cambio de época que afecta al orden internacional tiene dos puntos de inflexión: El ataque yihadista a EEUU, que desmantela la confiada seguridad de Occidente dentro de su propio suelo, y la crisis económico-financiera, que reduce la economía global a castillo de naipes. El cambio de época coincide con un alarmante ocaso del orden liberal internacional surgido tras la IIGM bajo la jefatura de EEUU. Causas del ocaso son la labor de acoso y derribo emprendida contra el orden liberal por China, Rusia, Irán, Corea del Norte y los nacionalismos revolucionarios de Hispanoamérica, en particular, el venezolano; el repliegue de EEUU en su misión de gendarme global unido a la falta de convicciones y consiguiente división de la Unión Europea, que acarrea una erosión del vínculo transatlántico; la degradación de las instituciones y valores democráticos dando lugar, como ocurriera en el período de entreguerras, a democracias vulnerables, expuestas a todo tipo de fraudes y convertidas en meras democracias de apariencia externa pero interiormente adulteradas por un poder ejecutivo autoritario en detrimento de la sociedad civil (Democracias iliberales); la vulnerabilidad interna que cada país experimenta en su política doméstica; y, por último, un cibermundo como nuevo escenario tecnológico por el que campan terroristas, crimen organizado y regímenes autoritarios.

La pendiente es empinada e, incluso, resbaladiza, pero el autor alberga la firme convicción de que disponemos de recursos suficientes para derrotar nuevamente a los enemigos de la libertad. Son las recetas que siempre han funcionado: el Estado de Derecho, la ley, la economía libre, la iniciativa individual, la cooperación internacional… Aznar sostiene que las civilizaciones avanzan dándose reglas y respetándolas. También siendo leales a principios y valores éticos. No cree en el relativismo moral y sí en la claridad moral como nueva virtud a practicar. Si durante la Guerra Fría fue la perseverancia la virtud política con la que se resistió a la expansión comunista, hoy para volver a vencer resulta precisa la claridad moral. Además de valores, debe tenerse valor para defenderlos.

El que fuera presidente del Gobierno de España dedica un apartado a nuestro país, en el que hay también enemigos de la libertad, la democracia y la ley: El populismo y los nacionalismos separatistas vasco y catalán. Aquél gestó el pacto de Estella, primer acto de exclusión de los dos partidos constitucionalistas. El catalán ha vuelto a su esencia insurreccional y golpista amenazando la convivencia ciudadana con sus ramalazos totalitarios. Sin embargo, Aznar reconoce que la democracia española ha sido carcomida por errores propios de los partidos que firmaron el pacto de 1978. El más grave está siendo la deriva del PSOE, cuya inquietante trayectoria en los últimos años revela su desleal propósito de romper el consenso constitucional repitiendo errores del pasado como el regreso de las dos Españas. Muestras del disparate socialista son el pacto del Tinell, y su obsesión por aislar al PP, los Gobiernos tripartitos en Cataluña de Pascual Maragall y José Montilla, en los que confluyen un nacionalismo furtivo y un PSOE desnortado, el impulso por José Luis R. Zapatero al Estatuto catalán saturado de odio hacia lo español y de letra y espíritu inconstitucionales y, finalmente, una moción de censura frentepopulista y revanchista para aupar a Pedro Sánchez al Gobierno de la nación. Ciertamente, quien conoce su pasado, sabe afrontar su presente para ganar el futuro. Con su libro Aznar está en esa senda.

Reseña publicada por Raúl Mayoral Benito en El debate de hoy el 18 de febrero de 2019 sobre el libro El futuro es hoy, de Jose María Aznar. https://eldebatedehoy.es/cultura/el-futuro-es-hoy/

Incoherencias progresistas

Los que llevaban el comité no sé cómo lo harían, pero yo me peleaba cada día con ellos. Porque les decía: había un burgués y os habéis puesto siete. Testimonios como este, de un trabajador durante la guerra civil española, en el fragor de la revolución del movimiento obrero, definen ese rasgo tan habitual en los políticos de la izquierda: la incoherencia, el decir o hacer hoy una cosa y mañana la contraria.

La incoherencia en la ideología izquierdista (comunismo, socialismo, anarquismo…), se constata con su primera experiencia de poder: los Soviets. En El Capital, Marx propugna la abolición del implacable capitalismo decimonónico que acumulaba tremendas injusticias para la clase obrera. La revolución bolchevique derriba el sistema burgués zarista para imponer la dictadura del proletariado. Pronto se revela que el remedio es peor que la enfermedad. Así, arranca la primera y más duradera de las incoherencias. El remedio, lleno de errores y horrores, se prolongaría hasta 1989. Sin embargo, los propios dirigentes soviéticos, la izquierda mundial y hasta los intelectuales entusiasmados por el sistema liberador de la hoz y el martillo no querían reconocerlo, o como dice Jean Francois Revel, no les importaba, a pesar de que los medios erigidos en principios sagrados por la izquierda daban resultados contrarios a los que se esperaban. No aceptaban, nunca lo han aceptado, que las democracias liberales proporcionaran a sus ciudadanos el progreso y la libertad que el socialismo había sido incapaz de engendrar. Reveladoras son, a este respecto, las palabras pronunciadas por Stalin cuando presentaba al VIII Congreso extraordinario de los Soviets, el proyecto de Constitución: “Se habla de democracia, pero ¿qué es la democracia?, la democracia en los países capitalistas, donde existen clases antagónicas, es, en definitiva, la democracia de los fuertes, la democracia para la minoría que posee. En cambio, la democracia de la URSS es una democracia para los trabajadores, es decir, para todos. Por consiguiente, los principios de la democracia resultan viciados no en el proyecto de nuestra Constitución de la URSS, sino en las Constituciones burguesas. Por eso yo pienso que la Constitución de la URSS es la única Constitución en el mundo que sea democrática de verdad”. Sin comentarios. Hay personas que al hablar ya se descalifican por sí mismas.

Con semejante lastre, la izquierda desfiló por el pasado siglo impedida para exponer sus argumentos con el imprescindible apoyo del razonamiento lógico. Tras el mayo del 68 francés, la izquierda protagoniza la apropiación indebida del término progreso. Se autoproclama exclusiva depositaria de las llaves del progreso e incapacita al liberalismo para alcanzarlo. Desde entonces, sectarismo y demagogia se convierten en inseparables compañeros de viaje del progresismo. La visión de la realidad con el doble rasero explica la hostilidad de la izquierda solo hacia determinadas dictaduras, y justifica el terrorismo desestabilizador contra las democracias occidentales. La democracia se degenera con la demagogia. La prensa empieza a escribir al dictado de Gramsci y acaba manipulando a la opinión pública.

El monopolio del progresismo quiebra con el derribo del muro. La destrucción del infamante hormigón deja al descubierto que izquierda y progreso son incompatibles. En su obra “Reflexiones sobre la Revolución en Europa”, Ralph Dahrendorf, tratando de desentrañar la denominada tercera vía, sostiene que “la tercera vía o vía intermedia, no existe, es una utopía porque, en teoría, pretende ser una mezcla de logros socialistas y oportunidades liberales”; el propio autor se pregunta qué logros ha tenido el socialismo, su  respuesta es contundente: ninguno. Dahrendorf escribe su libro a principios de los noventa, cuando comienzan a dar sus frutos las políticas conservadoras que Ronald Reegan y Margaret Thatcher habían iniciado años antes. Su eficacia permite lograr un verdadero progreso económico y político. Por entonces, los socialistas españoles ensayan desde el poder sus políticas progresistas. ¿Quién hacía más y mejor política social? ¿Quién generaba más y mejor progreso? ¿Un gobierno que, incapaz de crear 800.000 puestos de trabajo prometidos electoralmente, aumentaba el número de desempleados y conducía al país a la bancarrota, o los gobiernos de Reegan o de Thatcher con sus políticas conservadoras que creaban empleo y saneaban la economía?.

Muestras de incoherencia como la anterior son hoy protagonizadas por la izquierda en España. Políticos, intelectuales y hasta periodistas de izquierda o progresistas, que tanto monta, monta tanto, resultan pródigos en abastecernos de continuos episodios de contradicción ideológica. No es coherente considerar el consumo de drogas como signo de modernidad y progresía y luego utilizarlo para difamar si quien ha consumido drogas es el candidato a presidente de EE.UU., un mal estudiante de Texas. Tampoco resulta coherente propalar que en el Iraq de Sadam, al menos, había seguridad, cuando en la transición española se denostaba como antidemócrata al nostálgico que aseveraba con Franco, vivíamos mejor. Pero la incoherencia del doble rasero siempre ha tenido una especial obsesión con la religión. Ahora, que no con cualquier religión, sino, únicamente, con la católica. Los voceros progresistas no respetan las creencias católicas y dedican constantemente a la Iglesia calificativos como intransigente, dogmática, tenebrosa y carca. Esos mismos progres son los que guardan silencio ante el trato humillante y vejatorio que algunos versículos del Corán otorgan a la mujer.

Un último ejemplo de incoherencia progresista. Al celebrarse el tercer centenario de la toma de Gibraltar por los británicos, cierto dirigente socialista de Andalucía, indignado pero con enorme ardor patrio, manifestó la españolidad de la roca: “Gibraltar es España y queremos que vuelva a España lo antes posible”. Lástima que ese patriotismo se quede corto para afirmar la españolidad de tierras catalanas o vascas. No obstante, hay quienes consideran necesario españolizar, incluso, a las entidades financieras. Había un presidente de banco y os habéis puesto siete que diría aquél trabajador harto de la farsa de la revolución obrera.

Artículo pubicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 16 de febrero de 2005.

De carreras y revoluciones

En algo están de acuerdo defensores y detractores de la Ley Wert: el sistema educativo se halla en estado de emergencia. Se impone, de un lado, reducir ese lacerante 25% de fracaso escolar, y de otro, lograr una mejoría en el rendimiento y en el esfuerzo. Si no, las consecuencias serán letales. Con alumnos mal formados se resentirá el nivel académico de nuestros universitarios y la calidad de nuestros profesionales e investigadores no será la mejor posible sumiendo a España en la postración. Sin potenciar el talento, sin recompensar el mérito, no hay sistema educativo. Escasea en el alumno el hábito del esfuerzo, la tenacidad por entender y aprender los contenidos. Y debe exigírsele el conocimiento de los mismos y evaluar ese conocimiento premiando el talento y corrigiendo el fracaso.

También urge destinar más recursos económicos y mejor capital  humano a la educación y a la investigación. Suelen decir los alemanes: si la vaca es flaca, ¿cómo queréis que dé mucha leche? ¡Darle más heno! Las coyunturas económicas desfavorables se toleran mucho mejor con modelos productivos en los que aumenta la inversión en formación e investigación. La cifra de 56% de desempleo juvenil y la correlativa emigración de nuestra juventud en búsqueda de trabajo, incluida la denominada fuga de cerebros, debiera convencernos de la decisiva influencia que tiene la escuela en el desarrollo y el bienestar de los pueblos. Proporciona la instrucción y formación humanas para que el joven se enfrente debidamente preparado con el ambiente social en que ha de moverse y aporta al futuro universitario la madurez precisa para emprender con garantía de éxito su formación especializada en una economía ya global y por ello más competitiva. Pero la escuela está lejos de este ideal. Y este desfase contagia a la Universidad impidiéndole que actúe como generadora de conocimiento a través de la formación, la investigación y la  innovación.

Decía H.G. Wells que la historia de la Humanidad se reduce cada vez más a una carrera entre la educación y la catástrofe. Un coetáneo suyo, Gramsci, proclamó que las auténticas revoluciones no se hacen en las fábricas sino en las escuelas.  La  educación es una cuestión crucial para el óptimo desarrollo de cada hombre y para el progreso de toda la sociedad. La democracia prospera fácilmente allí donde existe una opinión pública robustecida por una sólida educación.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Vanguardia el 27 de julio de 2013. http://hemeroteca.lavanguardia.com/preview/2013/07/27/pagina-22/92243474/pdf.html?search=De%20carreras%20y%20revoluciones

El águila y el topo

Con las bombas de Londres Inglaterra se ha estremecido en sus cimientos. Pero no ha caído. Un dicho inglés asegura que el Imperio británico se apoya en cuatro columnas: la Corona, la Cámara de los Comunes, la Royal Navy y los editoriales del Times. Siguen en pie dichos puntales, Y ha emergido un contrafuerte más: Tony Blair (no nos dividirán, no nos atemorizarán, lucharemos). Su valor ante la tragedia representa la continuidad histórica de Churchill (no nos rendiremos jamás). Ese es el milagro de Inglaterra. Churchill, aristócrata y conservador, Blair, burgués y laborista, pero ambos adoptan los mismos pasos, coinciden ante la Historia para convertirse en estadistas.

Blair ha protagonizado la evolución desde la estrechez de miras del socialismo sectario a la ancha visión del gran estadista. Se ha librado de la ceguera del topo para disfrutar de la visión panorámica del águila. Así, ha hecho evolucionar políticamente al laborismo inglés hacia zonas más templadas, despojándole de sus prejuicios partidistas. Con Blair, cuando el laborismo se viste de seda, liberalismo se queda. Tras la masacre predomina un sentimiento generalizado de admiración hacia el pueblo inglés y su gobernante. Ambos conservan intactas las virtudes que hace 60 años auparon a Inglaterra a la victoria contra el totalitarismo: fortaleza, templanza y honor. Estamos, no hay duda, ante una sociedad decente, y eso, sin necesidad de legalizar el matrimonio entre homosexuales con derecho a adopción.

En latitudes alejadas de Blair, predomina, desgraciadamente la ceguera del topo. Otra vez con la manida denuncia del imperialismo capitalista depredador, con la desgastada acusación de que el Occidente rico es culpable, con la justificación del terrorismo por el agravio de la pobreza. ¿Se atreverían esos trasnochados “progres” a explicar a un superviviente del holocausto que la barbarie de Hitler se justifica por el mar de injusticia universal que supuso para Alemania el Tratado de Versalles?

Ante los aplausos que Blair cosecha de sus adversarios conservadores, muchos en España no están soportando la comparación. Todas las comparaciones son odiosas, pero las de estos días con Londres resultan moralmente devastadoras. Ahora que puestos a comparar, también en España Alfonso Guerra ha recibido aplausos de sus adversarios políticos. ¿Será que, como Blair, ha dejado de ser topo para convertirse en águila?  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 13 de julio de 2005.

Fuente fotográfica: Tony Blair. Diario El Mundo.

Guardianes del lenguaje

Desde que en la Antigüedad clásica Mefistófeles le dijera a Fausto que con palabras se inventa un sistema, los tiranos han practicado frecuentemente la subversión del lenguaje para fingir una realidad a la medida de sus intereses y conveniencias. No en vano, el dictador soviético Stalin afirmaba que “de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario”. La posmodernidad relativista acarrea un vicio nefasto: la adulteración del lenguaje. Es el nuevo caballo de Troya que penetra en las ciudadelas de hogares y aulas preñado de un ejército de dogmas, falacias, mitos y utopías. Argamasa de un pensamiento débil y políticamente correcto que persigue tapar las verdades objetivas y absolutas.

En España, algunos políticos andan obsesionados con el léxico. Se afanan en que la terminología les resulte siempre favorable. Hay dirigentes que desvirtúan el concepto de Nación en un intento de equipararlo a realidades político-administrativas que nunca lo han sido, ni histórica ni jurídicamente. Hay dirigentes que tergiversan el significado de la palabra paz, ya sea disfrazando de misión de paz lo que son operaciones militares armadas expuestas al riesgo del terrorismo, ya sea confundiendo con loables deseos de paz lo que son las ansias de justicia y libertad de una castigada tierra española. Hay, en fin, dirigentes que se empeñan en llamar matrimonio a uniones entre dos personas del mismo sexo que jamás podrán serlo ni natural ni biológicamente. Tales desviaciones del lenguaje corroen y disuelven los conceptos de nación, orden social y relaciones internacionales. Y con ello, parafraseando a Mefistófeles, se inventa un régimen.

Todavía queda una parte considerable de la izquierda española conservada en el formol del totalitarismo, incapaz de librarse de esa irrefrenable inclinación a generar manipulación y propalar mentiras. El idioma no puede haberse vuelto loco, clamaba Hannah Arendt. Por si acaso, opongamos a las locuras de estos tiempos, las precisiones de la verdad. La falta de escrúpulos en el falseamiento del lenguaje encuentra siempre un límite cuando se topa con la verdad.

Artículo pubicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 25 de septiembre de 2005. Página 29.

Elogio del maestro

Atrás quedaron los tiempos en que el poder de las naciones se medía por el dominio de vastos territorios o por la potencia bélica. Sin descartar el capital económico, la verdadera riqueza de un país reside en contar con una sociedad firmemente educada y rectamente instruida. El liderazgo se gana hoy mediante un excelente capital humano.

Dos instancias marcan decisivamente la enseñanza y la instrucción durante la infancia y la adolescencia: la familia y la escuela, que han de rebosar de amor, la primera, y de afecto, la segunda. Ambas ejercen una influencia determinante en la fortaleza material y en el valor espiritual de una sociedad. Los padres tienen el deber y el derecho de educar a sus hijos. El maestro tiene una vocación por enseñar. Enseñar es algo más que un trabajo o una profesión, es una irresistible vocación por compartir el conocimiento y la verdad; es ofrecer generosamente un servicio al otro. Tanto el maestro rural como el catedrático de Universidad son artesanos de la enseñanza consagrados a forjar y moldear con su magisterio hombres de porvenir. Son verdaderos estadistas que miran lejos y piensan en grande.

En momentos de convulsión moral y zarandeo de valores como los presentes, la sociedad, en general, y el legislador, en particular, debieran esmerarse en preservar al prototipo de hombre público honesto y desinteresado, al profesional más valioso de todos los que tenemos: El maestro. Figura enhiesta de un macizo sistema educativo. Un servidor que conquista entendimientos y corazones. Que se entrega decididamente a sus alumnos con el gozo de quien da mucho a cambio de recibir poco o nada. No hay mayor poder que el servicio. Y en su ejemplar servicio, en la fuerza de su fecundo ejemplo reside la autoridad del maestro. Autoridad que hoy se necesita con urgencia respetar profundamente y respaldar vigorosamente mediante un amplio reconocimiento social y, en especial, de los padres, por esa entrañable y abnegada dedicación a favor de nuestros hijos.  

Ante un aprendizaje duro que discurre por rutas de perfección, el maestro conoce y fomenta las mejores cualidades de sus alumnos y obtiene de ellos con espíritu constructivo e incansable lo mejor de cada uno, que redundará, sin duda, en provecho personal del hombre del mañana y en beneficio de todos. El maestro escucha, comparte, ayuda, alienta, acompaña, consuela y celebra. Y como una prolongación de la paternidad en el aula, sabe el maestro que lo más importante del árbol no es el fruto sino la semilla. Que jamás habrá florecimiento sin cultivo.