Archivo por meses: marzo 2021

La gran farsa

Tras el derribo del muro de Berlín, el primer movimiento de la izquierda fue esquivar cualquier ejercicio de reflexión. Hubo algunos amagos de revisión crítica, pero sin muestras de arrepentimiento. A comienzos de 1991, se prepara, lo que Jean François Revel tituló en su libro, La gran mascarada. La intelligentsia de izquierdas, lejos de experimentar cierto remordimiento de conciencia, se afanó día a día en producir a gran escala argumentos y justificaciones que omitieran o postergaran las enseñanzas de la Historia en un intento por camuflar una tiranía bajo la máscara del Bien. Se diseñó una estrategia puramente dialéctica: como finta preliminar, se sostuvo que al comunismo no hay que juzgarlo por sus actos, sino por sus intenciones. Su fracaso es, entonces, imputable al mundo, a la Humanidad, y no a la idea comunista. Tras esta primera andanada, llega el golpe definitivo: Puede que el modelo económico comunista sea nefasto, pero es el único sistema capaz de salvar al mundo del consumismo, del imperio del dinero, en suma, del liberalismo desenfrenado.

En conclusión, que el asesinato masivo y la atrocidad en serie quedan santificadas por las buenas intenciones; que el comunismo es intrínsecamente bueno, pero extrínsecamente influenciable, pudiéndose en ocasiones echar a perder; y que el peligro actual es el liberalismo. Según Revel, tres rasgos definen la ideología comunista “la ignorancia voluntaria de los hechos, la capacidad de vivir inmerso en la contradicción respecto a sus propios principios y la negativa a analizar la causa de los fracasos”. La ideología comunista sobrevive hoy travestida con ropajes de feminismo, ecologismo, animalismo o de ideología de género. Pero ya no pueden engañar a nadie. Bien claras están sus fechorías y conocidos son sus métodos.

En su aleccionador libro, El telón de acero, Anne Appelbaum atribuye a los juicios amañados con los que Stalin se deshacía caprichosamente de sus correligionarios más incómodos, una función pública didáctica: Si la Europa comunista no había superado a la capitalista, si el nivel de vida era bajo, si las infraestructuras presentaban fallos, si el suministro de productos sufría retrasos o era insuficiente, los juicios amañados tenían una explicación para todo ello: los espías extranjeros, los saboteadores nefandos y los traidores que se hacían pasar por leales comunistas habían secuestrado el progreso. Hoy, en medio del desgobierno provocado por un perverso cálculo político y un maniqueo sectarismo ideológico, percibimos ciertos tics legatarios de aquella depurada técnica totalitaria empleada por la nomenclatura para desviar la culpa y escurrir el bulto buscando cabezas de turco a quien imputar el desaguisado propio.

Han pasado y pasan muchas cosas: unas que ya se van sabiendo, otras que ya saldrán. En su novela más famosa, El cero y el infinito, el ex comunista Arthur Koestler escribe: “El partido promete una cosa: después de la victoria, un día en que ya no pueda perjudicar, el material de los archivos secretos se hará público. Entonces, el mundo sabrá qué había detrás de esa farsa de títeres”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 29 de marzo de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211556/opinion/la-gran-farsa.html

Curas

Uno de tantos intrépidos transportistas de marcancías me hablaba de los parabienes públicos que recibe por hacer su trabajo en este convulso tiempo de pandemia, transportando con su camión alimentos, ropa o cualquier otro objeto allí donde se necesitan. Se quitaba méritos renunciando a tales reconocimientos, en comparación, decía, con la heroica tarea que los sanitarios están realizando por los enfermos del virus. Comprensible reflexión. De pronto, entre el personal sanitario, incluyó también a los curas, porque los sacerdotes también curan a su manera, dijo. Repuesto de la clerical sorpresa, ante tanto anticlericalismo trasnochado y caducos prejuicios laicistas en el ambiente, apostillé que, en efecto, la palabra cura viene del latín curatio que significa cuidado. El cura lo es porque cura las almas.      

Comenzamos entonces un instructivo diálogo sobre la necesaria labor de sacerdotes y párrocos detectando males, sugiriendo remedios y aportando cimientos firmes y no movedizos. Porque no es solo en esta angustiosa coyuntura por la que atravesamos, decía el transportista, también en circunstancias ordinarias. Hay curas que desde sus sacristías logran llevar aliento y sosiego a quien lo necesita. Y aludía a la semejanza con el servicio prestado a través de su camión. Los sacerdotes cargan un imaginario camión de arena, de esa arena del desierto sobre el cual muchas almas están haciendo su particular travesía para que ésta les resulte lo más liviana posible. O cargan el remolque con piedras liberando a los espíritus de tan pesada carga. Según el camionero, vivimos en una franca desorientación que nos acarrea desconcierto. No es extraño que nos invadan la fría desolación y la inquitante congoja. A la miseria material, se suma la espiritual, decía. Diariamente, desde su cabina percibe cómo teorías erróneas y doctrinas disolventes van ganando terreno, esparciéndose una confusa mezcolanza de actitudes negativas y destructivas. La naturaleza humana en su origen es buena pero imperfecta, apunté. Sí, y la falta de vida sobrenatural, con los sinuosos errores y las debilidades y apostasías, provocan un efecto perturbador en las almas, precisó él, y ahí es donde los curas hacen una apostolado encomiable. Por eso, hay más alegría en el Cielo por un pecador que se convierte, que por la perseverancia de millares de justos. 

Viéndole tan preciso y cabal, le pregunté cuáles eran a su juicio las cualidades de un cura. Y con la misma naturalidad con la que se pone al volante de su camión por la ruta diaria, comenzó a enumerar: Ser gran campeón de la fe y tener fe en la grandeza de su misión. Ser vigía permanente en la defensa de la Iglesia. Estar dotado de la suprema sabiduría de ésta, como escuela de santidad, para preparar las cosechas de Dios. Infundir, con oración y silencio interior, esperanza, aunque pequeñita, pero alentadora y consoladora. Abrigar un amor insobornable y sincero a la verdad, por encima siempre de la conveniencia propia. Ser hombre de nuestro tiempo y atento hacia el mundo. Tener como meta de noble aspiración el servir, con humildad y espíritu apostólico, a la comunidad. Ser ejemplo de enterísima humanidad, contemplativa y activa a la vez, y alejada del activismo frenético que hoy consume tantas energías. Caminar, con vocación irresistible y abnegada dedicación, por rutas de perfección sembradas de riesgos, de cruces. Ser exigente en sus tareas, abierto a la colaboración de todos, magnánimo para seguir su camino sin distraerse con banales impertinencias. Lanzar resplandores de aurora que iluminan el día y la noche. Conquistar entendimientos y corazones mediante procedimientos de cordura y de caridad. No dar frías lecciones sino generar, con tono grato y sereno, diálogos llenos de gracia y vida. Forjar hombres sólidamente acorazados y difícilmente vulnerables. Demostrar una fraternal audacia ante tanto demoledor menosprecio. Y sobre todo, edificar lenta pero tenazmente.

No son las buenas leyes, sino las buenas prácticas, las que transforman los pueblos. Decía Napoleón que “un sacerdote me hace el trabajo de cien policías”. “Mas hacen por el mundo los que oran que los que pelean”, aseveraba Donoso Cortés, quien también concluyó que “toda civilización es el reflejo de una teología”. Al final, va a ser verdad que toda problemática humana tiene una clave religiosa. Va a ser verdad que hay curas como titanes, como camiones, como camioneros. Vamos, creo yo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 17 de enero de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/221045/opinion/curas.html

Alcaldes

Se prohibió fumar en los cafés. También compartir prensa por temor al contagio. Se preguntaba Azorín ¿qué vais a hacer en un café si no fumáis ni leéis los periódicos? Un español que está en un café no puede hablar sino del Gobierno. Y un español que habla del Gobierno, claro está que ha de hablar mal, aseveraba el escritor. Pedro Sánchez es ya tan hábil en el empleo del bluff como lo fue Benito Mussolini. En el acopio de mentiras aún no supera a Goebbles, salvo que a sus trolas sume las de Tezanos y Simón. Donde Sánchez es insuperable es en la simplicidad de frase y de concepto. Padece también síntomas por cohabitar, como decía Azorín, entre profesionales de la revolución y explotadores del pueblo.

Una concepción socialcomunista desemboca fatídicamente en una planificación totalitaria. Se anega la libertad individual y frustra la iniciativa de los cuerpos sociales. El vacío es ocupado por colectivismo, subvenciones y un sistema impositivo que aniquila la pujanza de la sociedad civil. Si para manejar los pequeños negocios basta el buen sentido “¿cómo hombres que han renunciado enteramente al hábito de dirigirse a sí mismos podrán conseguir escoger bien a quienes deban conducirles?” se pregunta Alexis de Tocqueville en De la democracia en América. A esto es incapaz de responder un progresista. Ser progresista no significa ser partidario del progreso. Como ser antiprogresista no supone estar en contra del progreso. El progresista convierte al progreso en ideología, en un mito, en una religión al revés. Cuenta Gracián en El Criticón que un hombre, por vía de castigo, es encerrado en una cueva en compañía de feroces animales; a los gritos del prisionero acude un viandante que, veloz, llega a la caverna y separa la losa que la cierra. Salen del antro todas las fieras y van haciendo caricias al libertador; aparece después el prisionero quien mata a su bienhechor para robarle su hacienda. Querido lector, ese es un progresista.

Los alcaldes se han opuesto al saqueo progresista del Gobierno y con ello han fortalecido el poder municipal. “Corregir a Madrid con las capitales de provincia y a las capitales de provincia con las aldeas”, propugnaba Ortega y Gasset. Buen inicio para reformar las instituciones, según Ganivet. Y es que interesa mucho al Estado que el timón de los municipios se halle en las manos mejor dotadas por capacidad y por vocación, procurando a nuestros pueblos buenos administradores. Gran promotor del municipalismo fue José Calvo Sotelo, asesinado por socialistas en la II República. Aquí, la desmemoria es histórica.

Dicen los ingleses que “un hecho es como el alcalde de Londres; sólo él tiene verdadera e indiscutida dignidad”. Dignidad tuvo José Luis Alvárez. Fue alcalde de Madrid. Ganó las elecciones, pero la coalición de izquierdas se impuso y eligió a Tierno Galván. José Luis y su esposa abandonaron la Plaza de la Villa atestada de manifestantes de izquierda. Les abrieron paso sin tocarles ni un solo pelo. “¿Dónde está España?” preguntaba angustiado Larra. Quizás en los Ayuntamientos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 13 de septiembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/216722/opinion/alcaldes.html