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Los redentores

Según Karl Popper solo se conocen dos alternativas: la dictadura o alguna forma de democracia. “Y lo que nos decide a escoger entre ellas no es la excelencia de la democracia, que podría ponerse en duda, sino únicamente los males de la dictadura, que son indiscutibles”. El uso indiscriminado de la fuerza y el aniquilamiento del adversario son perversiones inherentes a las tiranías frente al diálogo y el respeto hacia el que disiente, beneficios exclusivos de sociedades libres y abiertas.

El reciente secretario general del nuevo partido Podemos ha afirmado que va a ganar las elecciones generales de 2015 e “iniciar un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. Sin duda, el vigente régimen de Monarquía parlamentaria no le gusta porque, en su opinión, no admite la discusión de todo. Una democracia no se sustituye a sí misma. Solo puede ser reemplazada por una dictadura. El sistema democrático ideal es un sueño. La democracia que tenemos, manifiestamente mejorable, puede y debe mejorarse día a día. Nuestra Constitución respetada pero sin ser objeto de culto como ídolo intocable. Un poder público más transparente y moralizante. También una opinión pública mejor formada, a cubierto de manipulaciones y demagogos. Una democracia regenerada sigue siendo una democracia. Pero la demagogia degenera el sistema democrático y acaba por desnaturalizarlo.

El programa de esta nueva formación evidencia un deseo de ruptura con el régimen actual. Los adalides de procesos revolucionarios se erigen en salvadores y purificadores ante situaciones ruinosas o decadentes y manifiestan la necesidad de una catarsis haciendo tabla rasa del estado anterior. La Historia nos surte de ejemplos en los que el borrón y cuenta nueva se salen con la suya. Cuando un dólar empezó a valer un millón de marcos, Hafnner contaba que cientos de redentores recorrían Berlín, cada uno con su propio estilo. Pero todos con su discurso antisistema contra la República de Weimar. El discurso contrario a nuestra democracia empezó incluso antes de su nacimiento Quien primero lo predicó fue Gonzalo Fernández de la Mora. Posteriormente, desde su propio escaño parlamentario, Blas Piñar prosiguió su oratoria de reproches contra el régimen democrático. Con el paso de los años la soflama antisistema perdió solidez argumentativa para convertirse en alegatos personales. Ruiz Mateos, Jesús Gil o Mario Conde también tacharon las instituciones con las que habían confraternizado antes. Con Podemos la arenga rupturista ha ganado vigencia y ha subido enteros. Una crisis económica descomunal que ha aumentado alarmantemente los umbrales de la pobreza, una marea de corrupción que anega las Administraciones públicas y una incapacidad manifiesta en los dirigentes políticos para poner orden en la inacabable y cansina cuestión territorial han generado un embalse de indignación cuyas consecuencias son el hastío y la desconfianza hacía el régimen y su clase política. Es la hora de nuevos redentores. Y parece que están aprovechando su oportunidad.

Por ahora, resulta llamativo su impreciso posicionamiento ideológico. Según los datos del CIS, el 33% de los encuestados no sabe ubicar ideológicamente a Podemos. En su programa conviven algunas propuestas que podrían ser de general aceptación por la sociedad con otras, la mayoría, radicales y propias de una izquierda decimonónica. En los últimos días, quizás como táctica electoralista, se percibe cierto  “mariposeo ideológico” en sus dirigentes tratando de dulcificar medidas populistas y de corte expeditivo barnizándolas de tinte socialdemócrata. Si nos atenemos a los gestos, canto de la Internacional con  puño en alto, su color es de izquierda. Pero cierto es que tiene seguidores y votantes que en anteriores comicios optaron por la derecha. Con las crisis económicas el malestar social desemboca en desafección ante lo existente. La Historia ha demostrado que en las clases bajas esa desafección discurre hacia al comunismo, mientras que en las clases medias la salida es fascismo. Lo paradójico del nuevo partido es que portando un programa y una estética comunistoide, sin embargo los miembros de su cúpula pertenecen a una clase media, si no acomodada, sí ilustrada: profesores de Universidad, profesionales liberales, gente, en suma, con estudios y “viajada”. No son compañeros del metal ni jornaleros del campo. Su identidad política es cuando menos confusa. Muy propio del redentorismo.

Contaba Gabriel Cisneros, uno de los “padres” de la Constitución, que durante la visita de unos popes rusos a España en plena Transición, se entrevistaron con algunos políticos (él entre ellos), y preguntaron si en la dictadura de Franco se admitía el derecho de propiedad. Al contestar los políticos que sí, los popes no reconocieron mérito alguno al cambio democrático experimentado por nuestra nación ya que según ellos resulta mucho más difícil por revolucionario cambiar de sociedad que de régimen. Esperemos que si el nuevo partido “protesta” se convirtiera algún día en partido de gobierno, no nos cambie ni el régimen ni la sociedad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Mundo el 23 de enero de 2015 (Página 7). https://www.elmundo.es/espana/2015/01/23/54c16cf3ca474178178b4584.html

Fuente gráfica: diario El Mundo.

Una derecha sin complejos

¿Por qué un partido político, cuyos gobiernos logran por dos veces sanear las cuentas públicas y disminuir la tasa de desempleo estimulando la economía y generando riqueza, es objeto de un “cordón sanitario”? ¿Por qué un partido político que obtiene dos mayorías absolutas en poco más de una década es tachado de apestado y radical, sus líderes son tildados de enemigos de la democracia y sus afiliados y votantes son despreciados como ciudadanos de menor cuantía o peor derecho que los simpatizantes de la izquierda? La respuesta no se halla en los predios de la política sino en los de la cultura, en donde la derecha está ausente. Desde la cátedra universitaria, las editoriales del libro, la producción cinematográfica, los laboratorios de investigación, los micrófonos audiovisuales, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se pregona con insistencia dogmática que ser de derechas es un anatema o que la inteligencia es exclusiva del progresismo.

En 1933 en un semanario socialista de Palma de Mallorca, titulado “El Obrero Balear” se leía la noticia del acuerdo adoptado por el pleno del Comité provincial de la UGT de “celebrar un paro general indefinido en todos los gremios y oficios de Palma, si viene a ésta en campaña, el diputado agrario Gil Robles, por considerar funesta para el pueblo, en general, y para la clase trabajadora, en particular, la actuación y propaganda del diputado de referencia. El paro empezará el día de su llegada a esta isla, terminando cuando se marche”. El cordón sanitario contra la derecha viene de lejos. A la izquierda le ha resultado en ocasiones difícil adaptarse al hábitat de la democracia, debido a esa genética e irrefrenable inclinación a emplear procedimientos más expeditivos que democráticos haciendo de la agitación social su arma. Sus dirigentes solían oponerse a limitaciones de la libertad hasta que accedían al poder. “O nosotros en el poder o el desorden en la calle”, ha sido con frecuencia su consigna. Luego, una vez alcanzado el poder, la libertad duraba lo que las rosas: una mañana. La incoherencia y el sectarismo eran a menudo su especialidad y también su perdición.

El patrimonio ideológico del Partido Popular consiste en la defensa de unos valores de ambición nacional y para la conveniencia pública y de todos, que son tributarios de los principios programáticos sustentadores de la derecha democrática española del último siglo. Maura, Gil Robles, Fraga han sido políticos cuyo pensamiento regeneracionista y reformista ha conformado el ideal conservador adecuándolo a las diferentes coyunturas de la reciente historia de España. Con la promoción de esos valores, el PP ha alcanzado dos mayorías absolutas (en 2000 y 2011), logro este que se le resiste al PSOE desde 1986, y sus Gobiernos han solventado situaciones de crisis económica, logrando, además, provechos históricos y decisivos para España como ingresar en la Europa del euro o evitar una intervención de nuestra economía por las instituciones comunitarias.  

Como una derecha de ideas es más sólida que una de intereses, harían bien los dirigentes populares en abandonar esa posición acomplejada que les debilita e inhabilita para actuar con hegemonía en el debate ideológico, librarse de actitudes timoratas ante cordones sanitarios y decidirse, de una vez por todas, a combatir intelectualmente ese discurso cultural dominante que les presenta como una formación rancia y reaccionaria. Una falacia construida por una izquierda que se cree ungida de legitimidad democrática para detentar el monopolio en la expedición de certificados: o estás conmigo y eres un demócrata, o estás contra mí y eres un fascista. Otra farsa que acarrea ese discurso a desmontar es la ocurrencia tan extendida de que si bien los populares suelen ser competentes en economía, sin embargo, no son aptos en la defensa del Estado del bienestar. La mejor política social es la que espolea la economía, fortalece el tejido empresarial y crea empleo, contribuyendo a paliar la penuria, acrecer el bienestar y promover la prosperidad, y permitiendo el avance de amplias capas de la sociedad. Y ahí, el PP ha batido por goleada al PSOE. Por ello, sus Gobiernos deben perseverar en una acción política, jamás disociada de la ética, que acierte a combinar un firme y constante progreso social con la férrea defensa del orden constitucional y de las libertades cívicas haciendo posible una democracia de ciudadanos más que de partidos. Esta ha de ser la ruta favorable no sólo para España, sino también para Europa. Pero, hoy el mayor y más apremiante reto al que se enfrenta el PP estriba en ganar el debate de las ideas mostrándose a los ciudadanos como lo que realmente es: una derecha demócrata, constitucionalista y sin complejos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 30 de julio de 2015 (Página 15). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20150730.html

Política y propaganda

Decía Winston Churchill con su conocida ironía que el político debe ser capaz de predecir lo que va a ocurrir mañana, pasado mañana y el año próximo, y de saber explicar por qué lo que predijo no ocurrió finalmente. Más que hacer predicciones, el político debe dar explicaciones sobre lo que pretende hacer. Y luego hacerlo. La política es comprometerse con la realización de hechos. También es conveniente contar lo realizado. Ello reporta credibilidad al dirigente y confianza en la sociedad. Pero eso ya no es política, sino propaganda. Los partidos en el poder acuden a las urnas fiados más en lo que han hecho que en lo que proyectan hacer. Basan sus estrategias electorales en la propaganda más que en la política. Y la verdadera política consiste en hacer más que en relatar. Los partidos en la oposición al carecer de experiencias de gobierno que narrar, lo fían todo a lo que harán si alcanzan el poder. Su discurso suele ser más político que propagandístico. Por ello, parecen estar en mejores condiciones de generar emoción, y a la vez, incertidumbre.

Hoy es evidente la recuperación en la inversión y en el consumo; también  el saneamiento de las cuentas públicas y la adquisición de cierto prestigio internacional. Pero el Partido Popular debiera centrar su campaña electoral en lo que hará más que en lo que ya ha logrado. Sin olvidar que en un programa electoral son más importantes las omisiones que las promesas porque las omisiones definen una actitud y confirman una política. A los populares les resulta ahora más necesaria que nunca otra recuperación: La de los casi dos millones y medio de votantes perdidos durante esta legislatura que consideran que aquéllos han renunciado a asumir el puesto rector que la sociedad esperaba de ellos y viven inmersos en una orfandad política. Esa reconquista implica, asimismo, rescatar aquellas señas de identidad que hicieron de un partido un referente reconocible entre los suyos y, tal vez, entre los ajenos, como una organización preparada para esa tarea abrumadora de defensa de la libertad y del orden constitucional y para una gestión, siempre solvente, del progreso económico y la prosperidad social. En suma, como una formación política presta y dispuesta para gobernar España sirviendo a los intereses nacionales.

Van a ser necesarias las ideas de siempre y otras a crear. La aparición de nuevos actores y de circunstancias novedosas hacen de la adaptación al medio una auténtica exigencia. No parece que se esté dando con la estrategia acertada para esa adecuación al terreno. Acostumbrado a tener en frente a un socialismo tan conocido como un familiar, el PP no sabe como hincarle el diente al nuevo comunismo emergente ni a un revival de centrismo que ansía enlazar con la Transición. No es suficiente con tener ideas, hay que darles salida para que adquieran fuerza y eficacia, que son la base para la acción. La batalla de las ideas consiste en manifestarlas, defenderlas y contribuir a crearles ambiente. Ello requiere presencia en el mundo de la cultura, conexión con intelectuales que piensen en sintonía y diálogo con los medios de comunicación para influir más y mejor en la opinión pública. Así es como se sitúan las ideas propias en el centro del debate político para luego desde el Gobierno procurar convertirlas en hechos, concretándose en un sólido tejido de aplicaciones prácticas, que al reflejarse sobre los ciudadanos se ponen a su servicio. El resultado es crédito y liderazgo.  

Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Si al ciudadano se le explica lo que se va hacer, se le informa de lo mucho que hay por hacer; si se pide su participación y colaboración en un proyecto de ambición nacional que opere como canalizador de esfuerzo colectivo y genere entusiasmo y orgullo de país, probablemente disminuirían en gran medida el ambiente de franca desorientación y el desánimo en que están sumidos muchos de los votantes y simpatizantes del PP, y al mismo tiempo, podría atraerse buen número de electores alejados y acampados en los predios de la abstención. A menos de dos meses para unas elecciones generales que muchos vaticinan como decisivas para el alma y el cuerpo de España y para su hechura constitucional, el derrotismo pudiera ser el peor enemigo de un partido que precisa de un aldabonazo para la renovación en mensajes y en personas. Su electorado preferiría ir con paso firme y decidido a la urna. No querría votar con resignación ni con la nariz tapada. Desea victorias eficaces, no victorias sin alas, que acaban convirtiéndose en derrotas heroicas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 5 de noviembre de 2015 (Página 15). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20151105.html

Liberar la cultura

 “Cuando un príncipe dotado de prudencia ve que su fidelidad en las promesas se convierte en perjuicio suyo y que las ocasiones que le determinaron a hacerlas no existen ya, no puede y aun no debe guardarlas, a no ser que él consienta en perderse”. Ignoro si el presidente del Gobierno leyó este texto de Maquiavelo en El Príncipe antes de decidir la retirada del anteproyecto de Ley Orgánica de Protección del Concebido y los Derechos de la Embarazada. Pero lo cierto es que no ha guardado fidelidad a una de las promesas del programa electoral con el que alcanzó el poder. ¿Qué hay detrás de esta decisión del Gobierno? ¿Engaño o complejo?

No veo a Arriola, cual eminencia diabólica oculta entre bastidores, urdiendo maquiavélicamente fraudes y artificios contra los votantes del PP. Ni creo que este partido sea, en palabras de un obispo, una “estructura de pecado” ni un “siervo del imperialismo transnacional neocapitalista”. Sí considero hoy la política más como una acción de mercadotecnia que como sabia tarea dotada de dimensión moral. O en palabras de Vaclav Havel, una especie de tecnología del poder, un juego virtual para consumidores, en vez de un asunto serio para ciudadanos serios. Los partidos se asemejan a empresas que venden masivamente su producto, su programa electoral. Continuamente testan el mercado para conocer las preferencias de los electores. Seguro que Rajoy tomó su decisión con base en una concienzuda y rigurosa prospección de las tendencias de voto y calcula que el incumplimiento de su compromiso le dará más ganancias que pérdidas. Ya se verá.

Por encima de los cálculos electoralistas, sobresale una cuestión. Si en el puente de mando de la calle Génova han decidido dar un viraje al rumbo previamente trazado en busca de caladeros de votos diferentes de los que les auparon para gobernar, es porque desgraciadamente ni el valor provida, tachado de retrógrado por la presente cultura dominante, cotiza al alza, ni el PP, temeroso de un nuevo cordón sanitario aún con mayoría absoluta, se atreve a levantar, en escenario hostil, la bandera en defensa de la vida. El debate cultural se revela más prioritario que el político. La derecha en España lleva cuarenta años ausente del debate de las ideas. Acomplejada, refugiada en sus cuarteles de invierno, ha evitado siempre la confrontación intelectual con sus adversarios. Ante el binomio regeneracionista de Costa “escuela y despensa”, cultura o economía, la derecha siempre ha escogido su asignatura preferida: sanear las cuentas públicas, dejando que la izquierda moldeé la sociedad a su antojo. Esa renuncia continua a entablar la batalla cultural impide al PP transformar en moral de victoria lo que desde hace años es una pertinaz moral de derrota a pesar de sus dos mayorías absolutas.

El complejo del PP es evidente en la terminología. Desde Fraga a Rajoy pasando por Aznar, sus dirigentes han dado la impresión de preferirlo todo menos que les llamen conservadores o de derechas. Tales términos les resultan comprometedores como mercancía de contrabando. Prefieren fórmulas vagas e imprecisas para encubrir la realidad. La escasa determinación para hablar de pensamiento de derechas es uno de los males que más debilita y resta influjo a toda propuesta cultural que permita al PP dotarse de una identidad clara y de unos valores, los suyos, que mantenga inmutables a pesar de los vaivenes electorales. De una vez por todas debe jugar a ganar esa inevitable partida contra el actual monopolio cultural que desprecia, proscribe y ejerce intolerancia contra las ideas contrarias. Solo desbrozando los terrenos de la cultura podrán germinar semillas que proporcionen frutos políticos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 28 de septiembre de 2014 (Página 38). https://www.larazon.es/espana/liberar-la-cultura-CJ7487756/

La energía de la concordia

Nada hay que desgaste más a un régimen político que rebuscar los defectos del anterior. Los políticos de la Transición no cayeron en semejante error. Sellaron la reconciliación de los españoles, redactaron una Constitución de consenso, pero del verdadero, y se dispusieron a escribir una página más de la historia de España con esforzado esmero sin emborronar una sola palabra. Surgen aprendices de escribano empeñados en garabatear y hasta rasgar los folios que certifican la concordia entre los españoles. Son como francotiradores apostados en las trincheras del rencor que se afanan por reescribir nuestra historia, la de todos, con sus defectos y sus cualidades, sustituyéndola por una narración parcial con sabor a “vendetta” nacional. El éxito de la Transición fue el consenso de todos. Todos transigían en su pretensión, hacían concesiones desde su posición y cedían en sus argumentos. Hoy aquélla fórmula ha sido suplantada por un consenso de cosmética. Se transige, se concede y se cede siempre a favor de los mismos, una minoría, y lo más grave es que no se atiende la voz de quienes representan a una parte considerable de la sociedad española. Y no se puede gobernar de espaldas a ellos ni contra ellos. Un presidente de gobierno ha de serlo de todos los ciudadanos. Distinto es que sus decisiones contenten a todos. Pero ocurre que las medidas adoptadas en los últimos meses incomodan y desagradan siempre a los mismos.  

Avivar rescoldos que muchos creíamos ya apagados enturbia la paz social, perturba a la ciudadanía nacional y, por supuesto, no es ejemplo de buen talante. Azuzar los fantasmas del guerracivilismo, reeditar el lenguaje de los buenos y los malos, dispensar protagonismo a personajes que la historia ha convertido en estatuas o atribuirse el monopolio de la custodia de los derechos y libertades atenta contra el bien común de la sociedad española. Una política con tales ingredientes empuja a una nación ¿otra vez? al precipicio. Un gobernante no puede, no debe imitar el descenso que en el pasado otros protagonizaron, peldaño a peldaño, por las escaleras del antagonismo y la discordia. Se burlaría de los españoles que en 1978 apostaron mayoritaria y decididamente por la reconciliación, así como de las jóvenes generaciones que hoy crecen a su amparo.

Además, todo movimiento fundado en reflejos puramente “anti” resulta estéril, condena a la convulsión social y distrae energías necesarias para la ardua gobernación. Al final, ésta degenera en un cúmulo de decisiones mediocres fabricadas en serie desde las factorías de la inoperancia y de la necedad. La política como gestión del poder exige de una sabia mezcla de capacidad y voluntad si lo que se quiere es contribuir a la felicidad de los ciudadanos. Alguno pretende hacer felices a los españoles parapetado tras una bonhomía sonriente y una palabrería de diseño. Pero semejantes pertrechos resultan inútiles cuando se trata de afrontar catástrofes naturales como la quema de bosques, combatir epidemias sanitarias por intoxicación alimentaria o, incluso, facilitar el éxodo vacacional por carretera de miles de personas. Quien está obsesionado con cambiar la historia no dispone de tiempo para aclarar por qué mueren españoles en Guadalajara, Roquetas o en las lejanas tierras de Afganistán. El drama de una sociedad es ser dirigida por políticos que, camuflados tras una inventada sonrisa y un trasnochado talante, se sienten cautivos de su pasado y desarmados de ideas.

¿Qué sería de media Europa si se desempolvaran los enfrentamientos de la II guerra mundial o de la guerra fría?. ¿Sería beneficioso para Italia iniciar ahora el acoso a los neofascistas o para Polonia hostigar a los ex-comunistas?. Como expresaba aquél reclamo publicitario, España es diferente. Aquí se empieza por maquillar como luchadores por la libertad a los de un bando de la guerra civil, se reabren zanjas para desenterrar a los muertos de ese mismo bando y, ojala, no se termine señalando con el dedo acusador ¿a quién?. La paradoja es que los mismos que alientan la revisión sectaria de nuestro pasado más trágico, se sienten aguijoneados porque se hurgue en la herida del 11-M. Con filantropía de escaparate aconsejan que se deje en paz a las víctimas, que se serene esa propensión revisionista de los atentados con demasiado apego a la teoría de la conspiración, y que se mire de una vez hacia el futuro.

No, no es bueno remover de manera antojadiza la historia. Es un error descolocar el puzzle de nuestro pasado y menos aún sustituir las piezas por otras marcadas, porque la inexactitud provoca que no encajen. Desechemos las versiones maniqueas de la guerra civil. Admitamos que unos y otros cometieron actos deleznables pero también que en ambos bandos hubo gentes con buena fe. Apostemos por la concordia y si alguien siente nostalgia que repase la historia y hasta la literatura: “…Dos bandos. Aquí hay ya dos bandos. Mi familia y la tuya. Salid todos de aquí. Limpiarse el polvo de los zapatos. Vamos a ayudar a mi hijo…Porque tiene gente… ¡Fuera de aquí! Por todos los caminos. Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío. ¡Atrás ! ¡Atrás !” (Federico García Lorca, Bodas de Sangre, acto II).

Hace unos meses, con motivo de la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, el Presidente del Gobierno habló de exigencias y de esperanzas; de que todos debemos comprometernos con la defensa de nuestro planeta y de su medio ambiente, del que se está abusando. Dijo que el mundo no pertenece a las generaciones vivas, las cuales tienen la responsabilidad de asegurar a las generaciones venideras un futuro con las mismas o mejores condiciones de vida que las nuestras, en todos los rincones del planeta, cuyo destino comparte todo el género humano, sin distinción de fronteras, de razas, creencias o ideologías. Palabras del presidente a favor del planeta Tierra. Bien pudiera aplicarlas a nuestra entrañable tierra española. De exigencias y esperanzas también hablaba Gregorio Marañón en su obra Españoles fuera de España, cuando escribió “pienso en los raudales de energía derrochados por los españoles en contiendas que son artificios por ellos mismos creados, y que con la mitad de esa energía aplicada al bien común, se hubiera podido hacer de España, la Nación más prospera del continente”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 13 de septiembre de 2005 (Página 28).

Carta a un ciudadano español

En toda sociedad democrática deben existir asuntos de Estado, es decir, cuestiones en las que los partidos políticos que representan al mayor número posible de ciudadanos tengan la misma opinión. De lo contrario, si en tales cuestiones hay diferencias irreconciliables entre los distintos dirigentes, la democracia se convierte en algo inestable y corrosivo. Son esos asuntos de Estado los que contribuyen decisivamente a dar estabilidad a los gobiernos y determinan el éxito de éstos. Por tanto, los grandes pactos institucionales constituyen una condición indispensable para lograr una política constructiva y provechosa en aras del interés general.

Lamentablemente, hoy en nuestra democracia no predominan asuntos de Estado. La consecuencia es que el Gobierno de la nación no goza de estabilidad suficiente. Tiene que depender de puntuales acuerdos parlamentarios cuyo logro ha de ser excesivamente retribuido. Ciertos y reiterados excesos hacen cundir entre los ciudadanos la impresión de que unos pocos políticos sin gobernar parecen los amos de España. Quizás sea esa la principal razón por la que estamos viviendo tiempos azarosos y nuestra vida nacional anda un poco revuelta. A ello contribuye, además, el que se están espoleando, por quien no debiera, ciertas pasiones sectarias y banderizas, divorciadas de las profundas necesidades de los ciudadanos.

En un escenario así, nuestro presidente del Gobierno se encuentra ante serias dificultades que repercuten unas sobre otras y que se agravan mutuamente. Aunque cree que está apoyado y arropado por sus socios, lo cierto es que éstos, día a día, van minando el terreno que pisa y se resisten a guardarle la ropa mientras él, ingenuamente, nada. El jefe del Ejecutivo discurre sobre suposiciones insostenibles o imposibles y se va alejando, poco a poco, de la realidad de las cosas. Su situación se parece a una madeja en la que se pierde el hilo, un laberinto sin guía. Se va envolviendo en una tupida red de hilos y no va a poder liberarse si no es cortando violentamente alguna de las cuerdas. Pero no parece que esté por la labor. Al contrario, postula la conveniencia de que el proceso abierto debe continuar, que lo que importa es no detenerlo. Que del exceso nacerá más completa la solución. Pero lo cierto es que las cosas no van por buen camino. La experiencia nos dice que dentro de algún tiempo será ya difícil lo que ahora es fácil, y después imposible lo que hoy es sólo difícil. Pero lo peor no es lo que le pase a un individuo, aunque sea presidente de Gobierno; lo grave es lo que le sucede al socialismo español.

Por primera vez, ante una cita decisiva en la historia de España y de los españoles, el Partido Socialista no ha acudido. Hace treinta años, en otra hora frenética y determinante, los socialistas sí pusieron los intereses generales por encima de sus intereses de partido. Hoy han renunciado a hacerlo. Han olvidado que para influir en la corriente de la historia es necesario no sumergirse en la misma historia, sino alzar la cabeza sobre los oleajes de lo actual. Al agacharla han impedido una noble victoria del sentido común. Así, el socialismo ha dejado de ser una doctrina nacional, para quedar reducido a sólo una artimaña política. Una mera acción de partidismo estrecho que no hace más que alborotar nuestro caserón patrio y ponerlo patas arriba. Paulatinamente, el partido socialista parece desintegrarse, eso sí, dentro del mayor orden. Mientras, la oposición se recupera, eso también, dentro del mayor desorden.

Empiezan a rondar por ahí los optimistas de verbena, esos que con la resaca del poder olvidan que un Gobierno está para servir al interés general y no para jugar alegremente con unas ocurrencias que, quizás, les exploten entre las manos. Y teniendo como compañeros de juego unas minorías desleales con nuestro Estado de Derecho, que se aprovechan, precisamente, de la expuesta vulnerabilidad de la democracia para cometer toda suerte de fraudes. Y lo sorprendente es que se sienten tan fuertes para combatir al adversario que rebate sus doctrinas, que atacan a la persona y no a los argumentos.

Se pensaba que la sociedad española estaba entregada a un peligroso nihilismo y mantendría una actitud indiferente, egoísta y absolutamente desvinculada. Pero no es así. A los ciudadanos les inquieta el sectarismo que impregna la acción de este Gobierno apegado a las tesis radicales de Bielinsky, aquél exaltado bolchevique de primera hora, que aseguraba que todo el mal está a la derecha y todo el bien está a la izquierda. No se olvide que las lecciones de moderación, de sensatez, de previsión se dan de abajo a arriba, de los ciudadanos al poder.

Ahora que, no todo está perdido. Los pueblos han conocido a lo largo de su historia éxitos y reveses. En la manera que tienen de reaccionar es donde se muestran débiles o grandes. El gran privilegio del hombre es que ni sus energías ni su influencia se hallan en razón de la masa, de la cantidad, sino de lo selecto, de la calidad. Piénsese que con no desertar de su puesto, pueden unos cuantos hombres excepcionales hasta conjurar una revolución: basta con impedir que se abran brechas; a veces, con no abrirlas ellos mismos. Ya lo decía Balmes, las cosas grandes jamás son vencidas por los adversarios, sino por la flaqueza y la debilidad de sus defensores. Acéptense, pues, todas las arenas donde se establezca la lucha, empléense todas las armas legítimas aún cuando sean forjadas por los adversarios. Hay que oponer la razón a la razón, la voluntad a la voluntad, la energía a la energía, la constancia a la constancia. No hay que cegarse con la pasión, no hay que abatirse con los contratiempos, no hay que desmayar por las repulsas ni callar por las negativas. Al contrario, continuar hoy en el empeño de ayer y mañana en el de hoy. Anunciar en voz alta que no se desfallecerá hasta haber alcanzado la victoria. Así es como triunfan las grandes causas. Y nuestra España democrática y constitucional lo es.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 5 de noviembre de 2005 (Página 40).

¿Un partido de católicos?

Andan los católicos españoles extraviados al no encontrar representantes políticos idóneos. Ni en la izquierda ni en la derecha hay candidatos que sintonicen con sus aspiraciones o satisfagan sus necesidades electorales. Una porción importante estiman que es el momento de crear un partido de católicos y para católicos.

Existe un modo cristiano de hacer política. Y puede ponerse en práctica desde abajo, en las organizaciones políticas, en los partidos. Luego, si se llega, en el poder, en el gobierno. Pero antes de eso, antes de contar con candidatos católicos entre las fuerzas políticas, antes, incluso, de alcanzar el poder con políticos católicos, es imprescindible trabajar en el ámbito público no político. Es prioritaria la acción social, librando la batalla en el espacio cultural, educativo y de los medios de comunicación. ¿De qué sirve ocupar la tribuna del Parlamento, si no hay presencia en el libro, la cátedra o el micrófono? ¿Para qué tener políticos católicos en plenos o en comisiones de instituciones gubernamentales si no están formados para la acción pública o social?

El católico debe estar presente de forma ejemplar en la vida pública; si renuncia a ello, malogra el triunfo de sus ideas y, además, deja de actuar como auténtico católico. Su ámbito idóneo de acción es la calle, la plaza. No la sacristía. Lo público es el hábitat natural del católico; el lugar en el que como hombre y ciudadano se siente evangélicamente realizado. El objetivo no es tanto la creación de un partido católico, como que haya católicos bien formados en el mundo de la enseñanza, la prensa y la cultura. Coherentes y valientes. Bien cohesionados y mejor organizados. Logrando esto, habrá católicos con influencia en los partidos políticos. Sus voces se oirán y serán atendidas. Aún no se conoce el modo de empezar una casa por el tejado.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 22 de noviembre de 2009. Posteriormente, el diario digital Religión en Libertad se hizo eco del mismo en su web. https://www.religionenlibertad.com/opinion/5593/un-partido-de-catolicos.html

Incoherencias progresistas

Los que llevaban el comité no sé cómo lo harían, pero yo me peleaba cada día con ellos. Porque les decía: había un burgués y os habéis puesto siete. Testimonios como este, de un trabajador durante la guerra civil española, en el fragor de la revolución del movimiento obrero, definen ese rasgo tan habitual en los políticos de la izquierda: la incoherencia, el decir o hacer hoy una cosa y mañana la contraria.

La incoherencia en la ideología izquierdista (comunismo, socialismo, anarquismo…), se constata con su primera experiencia de poder: los Soviets. En El Capital, Marx propugna la abolición del implacable capitalismo decimonónico que acumulaba tremendas injusticias para la clase obrera. La revolución bolchevique derriba el sistema burgués zarista para imponer la dictadura del proletariado. Pronto se revela que el remedio es peor que la enfermedad. Así, arranca la primera y más duradera de las incoherencias. El remedio, lleno de errores y horrores, se prolongaría hasta 1989. Sin embargo, los propios dirigentes soviéticos, la izquierda mundial y hasta los intelectuales entusiasmados por el sistema liberador de la hoz y el martillo no querían reconocerlo, o como dice Jean Francois Revel, no les importaba, a pesar de que los medios erigidos en principios sagrados por la izquierda daban resultados contrarios a los que se esperaban. No aceptaban, nunca lo han aceptado, que las democracias liberales proporcionaran a sus ciudadanos el progreso y la libertad que el socialismo había sido incapaz de engendrar. Reveladoras son, a este respecto, las palabras pronunciadas por Stalin cuando presentaba al VIII Congreso extraordinario de los Soviets, el proyecto de Constitución: “Se habla de democracia, pero ¿qué es la democracia?, la democracia en los países capitalistas, donde existen clases antagónicas, es, en definitiva, la democracia de los fuertes, la democracia para la minoría que posee. En cambio, la democracia de la URSS es una democracia para los trabajadores, es decir, para todos. Por consiguiente, los principios de la democracia resultan viciados no en el proyecto de nuestra Constitución de la URSS, sino en las Constituciones burguesas. Por eso yo pienso que la Constitución de la URSS es la única Constitución en el mundo que sea democrática de verdad”. Sin comentarios. Hay personas que al hablar ya se descalifican por sí mismas.

Con semejante lastre, la izquierda desfiló por el pasado siglo impedida para exponer sus argumentos con el imprescindible apoyo del razonamiento lógico. Tras el mayo del 68 francés, la izquierda protagoniza la apropiación indebida del término progreso. Se autoproclama exclusiva depositaria de las llaves del progreso e incapacita al liberalismo para alcanzarlo. Desde entonces, sectarismo y demagogia se convierten en inseparables compañeros de viaje del progresismo. La visión de la realidad con el doble rasero explica la hostilidad de la izquierda solo hacia determinadas dictaduras, y justifica el terrorismo desestabilizador contra las democracias occidentales. La democracia se degenera con la demagogia. La prensa empieza a escribir al dictado de Gramsci y acaba manipulando a la opinión pública.

El monopolio del progresismo quiebra con el derribo del muro. La destrucción del infamante hormigón deja al descubierto que izquierda y progreso son incompatibles. En su obra “Reflexiones sobre la Revolución en Europa”, Ralph Dahrendorf, tratando de desentrañar la denominada tercera vía, sostiene que “la tercera vía o vía intermedia, no existe, es una utopía porque, en teoría, pretende ser una mezcla de logros socialistas y oportunidades liberales”; el propio autor se pregunta qué logros ha tenido el socialismo, su  respuesta es contundente: ninguno. Dahrendorf escribe su libro a principios de los noventa, cuando comienzan a dar sus frutos las políticas conservadoras que Ronald Reegan y Margaret Thatcher habían iniciado años antes. Su eficacia permite lograr un verdadero progreso económico y político. Por entonces, los socialistas españoles ensayan desde el poder sus políticas progresistas. ¿Quién hacía más y mejor política social? ¿Quién generaba más y mejor progreso? ¿Un gobierno que, incapaz de crear 800.000 puestos de trabajo prometidos electoralmente, aumentaba el número de desempleados y conducía al país a la bancarrota, o los gobiernos de Reegan o de Thatcher con sus políticas conservadoras que creaban empleo y saneaban la economía?.

Muestras de incoherencia como la anterior son hoy protagonizadas por la izquierda en España. Políticos, intelectuales y hasta periodistas de izquierda o progresistas, que tanto monta, monta tanto, resultan pródigos en abastecernos de continuos episodios de contradicción ideológica. No es coherente considerar el consumo de drogas como signo de modernidad y progresía y luego utilizarlo para difamar si quien ha consumido drogas es el candidato a presidente de EE.UU., un mal estudiante de Texas. Tampoco resulta coherente propalar que en el Iraq de Sadam, al menos, había seguridad, cuando en la transición española se denostaba como antidemócrata al nostálgico que aseveraba con Franco, vivíamos mejor. Pero la incoherencia del doble rasero siempre ha tenido una especial obsesión con la religión. Ahora, que no con cualquier religión, sino, únicamente, con la católica. Los voceros progresistas no respetan las creencias católicas y dedican constantemente a la Iglesia calificativos como intransigente, dogmática, tenebrosa y carca. Esos mismos progres son los que guardan silencio ante el trato humillante y vejatorio que algunos versículos del Corán otorgan a la mujer.

Un último ejemplo de incoherencia progresista. Al celebrarse el tercer centenario de la toma de Gibraltar por los británicos, cierto dirigente socialista de Andalucía, indignado pero con enorme ardor patrio, manifestó la españolidad de la roca: “Gibraltar es España y queremos que vuelva a España lo antes posible”. Lástima que ese patriotismo se quede corto para afirmar la españolidad de tierras catalanas o vascas. No obstante, hay quienes consideran necesario españolizar, incluso, a las entidades financieras. Había un presidente de banco y os habéis puesto siete que diría aquél trabajador harto de la farsa de la revolución obrera.

Artículo pubicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 16 de febrero de 2005.

El águila y el topo

Con las bombas de Londres Inglaterra se ha estremecido en sus cimientos. Pero no ha caído. Un dicho inglés asegura que el Imperio británico se apoya en cuatro columnas: la Corona, la Cámara de los Comunes, la Royal Navy y los editoriales del Times. Siguen en pie dichos puntales, Y ha emergido un contrafuerte más: Tony Blair (no nos dividirán, no nos atemorizarán, lucharemos). Su valor ante la tragedia representa la continuidad histórica de Churchill (no nos rendiremos jamás). Ese es el milagro de Inglaterra. Churchill, aristócrata y conservador, Blair, burgués y laborista, pero ambos adoptan los mismos pasos, coinciden ante la Historia para convertirse en estadistas.

Blair ha protagonizado la evolución desde la estrechez de miras del socialismo sectario a la ancha visión del gran estadista. Se ha librado de la ceguera del topo para disfrutar de la visión panorámica del águila. Así, ha hecho evolucionar políticamente al laborismo inglés hacia zonas más templadas, despojándole de sus prejuicios partidistas. Con Blair, cuando el laborismo se viste de seda, liberalismo se queda. Tras la masacre predomina un sentimiento generalizado de admiración hacia el pueblo inglés y su gobernante. Ambos conservan intactas las virtudes que hace 60 años auparon a Inglaterra a la victoria contra el totalitarismo: fortaleza, templanza y honor. Estamos, no hay duda, ante una sociedad decente, y eso, sin necesidad de legalizar el matrimonio entre homosexuales con derecho a adopción.

En latitudes alejadas de Blair, predomina, desgraciadamente la ceguera del topo. Otra vez con la manida denuncia del imperialismo capitalista depredador, con la desgastada acusación de que el Occidente rico es culpable, con la justificación del terrorismo por el agravio de la pobreza. ¿Se atreverían esos trasnochados “progres” a explicar a un superviviente del holocausto que la barbarie de Hitler se justifica por el mar de injusticia universal que supuso para Alemania el Tratado de Versalles?

Ante los aplausos que Blair cosecha de sus adversarios conservadores, muchos en España no están soportando la comparación. Todas las comparaciones son odiosas, pero las de estos días con Londres resultan moralmente devastadoras. Ahora que puestos a comparar, también en España Alfonso Guerra ha recibido aplausos de sus adversarios políticos. ¿Será que, como Blair, ha dejado de ser topo para convertirse en águila?  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 13 de julio de 2005.

Fuente fotográfica: Tony Blair. Diario El Mundo.

Guardianes del lenguaje

Desde que Mefistófeles le dijera a Fausto que con palabras se inventa un sistema, los tiranos han practicado frecuentemente la subversión del lenguaje para fingir una realidad a la medida de sus intereses y conveniencias. No en vano, el dictador soviético Stalin afirmaba que “de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario”. La posmodernidad relativista acarrea un vicio nefasto: la adulteración del lenguaje. Es el nuevo caballo de Troya que penetra en las ciudadelas de hogares y aulas preñado de un ejército de dogmas, falacias, mitos y utopías. Argamasa de un pensamiento débil y políticamente correcto que persigue tapar las verdades objetivas y absolutas.

En España, algunos políticos andan obsesionados con el léxico. Se afanan en que la terminología les resulte siempre favorable. Hay dirigentes que desvirtúan el concepto de Nación en un intento de equipararlo a realidades político-administrativas que nunca lo han sido, ni histórica ni jurídicamente. Hay dirigentes que tergiversan el significado de la palabra paz, ya sea disfrazando de misión de paz lo que son operaciones militares armadas expuestas al riesgo del terrorismo, ya sea confundiendo con loables deseos de paz lo que son las ansias de justicia y libertad de una castigada tierra española. Hay, en fin, dirigentes que se empeñan en llamar matrimonio a uniones entre dos personas del mismo sexo que jamás podrán serlo ni natural ni biológicamente. Tales desviaciones del lenguaje corroen y disuelven los conceptos de nación, orden social y relaciones internacionales. Y con ello, parafraseando a Mefistófeles, se inventa un régimen.

Todavía queda una parte considerable de la izquierda española conservada en el formol del totalitarismo, incapaz de librarse de esa irrefrenable inclinación a generar manipulación y propalar mentiras. El idioma no puede haberse vuelto loco, clamaba Hannah Arendt. Por si acaso, opongamos a las locuras de estos tiempos, las precisiones de la verdad. La falta de escrúpulos en el falseamiento del lenguaje encuentra siempre un límite cuando se topa con la verdad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Razón el 25 de septiembre de 2005. Página 29.