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Perdurables lecciones de la historia

Dice Sebastian Haffner en Historia de un alemán: Recuerdos 1914-1933, que el estallido de la Primera Guerra Mundial fue repentino en comparación con el acercamiento lento y martirizado de la Segunda. El autor nos traslada su impresión como testigo del Tercer Reich en el que se sucedieron, ya desde los primeros días de Hitler en el poder, una serie de episodios que presagiaban la gran hecatombe acaecida de 1939 a 1945. Episodios como el provocado incendio del Reichstag, la disolución de partidos, el primer campo de concentración en Dachau, el boicot y posterior acoso contra los judíos, la abolición de derechos fundamentales, la retirada alemana de la Sociedad de Naciones y de la Conferencia de Desarme, el restablecimiento del servicio militar obligatorio, la remilitarización de la zona del Rhin o la anexión de Austria y de los Sudetes. En el transcurso de estos hechos Alemania y el nacional socialismo iban convirtiéndose en una sola y misma cosa y cada día más fuerte. Haffner describe la atmósfera en aquellos años como la de una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable, mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo.

Algunos de aquellos episodios ocurrieron en el verano de 1934. La Noche de los cuchillos largos, el fallecimiento de Hindenburg o el plebiscito sobre los nuevos poderes de Hitler posibilitaron la hegemonía absoluta de éste dentro de Alemania. Y por un tiempo fuera. Durante la Noche de los cuchillos largos se inició en Berlín y otras ciudades alemanas una sangrienta represión para neutralizar un aparente complot contra el Gobierno. El resultado final fue el asesinato de más de un centenar de personas, en su mayoría “camisas pardas”, miembros de las Secciones de Asalto del Partido Nacional Socialista, incluido su jefe, Ernst Roehm, uno de los personajes más siniestros de la primera etapa del nazismo. Según el comunicado oficial tras la purga, a Roehm se le dio ocasión de sacar consecuencias de su traición. No lo hizo y fue inmediatamente fusilado.

La supuesta conspiración sirvió de pretexto a Hitler para aniquilar a enemigos políticos de dentro y fuera de su partido y ser más dueño de sus movimientos que nunca.  Junto a los miembros de las SA fueron asesinados importantes personalidades incómodas para los nazis. Kurt Von Schleicher, militar y Canciller en 1932, siempre desafiante al poder de la esvástica, sería abatido junto a su esposa. Erich Klausener, Presidente de la Acción Católica, el Angel Herrera de Alemania, como recogía Eugenio Xammar en sus crónicas desde Berlín para el diario Ahora. Klausener fue autor, días antes de su fusilamiento, de un discurso abiertamente hostil al nazismo acusándole de eliminar a la oposición. Como íntimo colaborador del Vicecanciller Franz Von Papen, redactó, junto con los también fusilados, Edgar Julius Jung y Herbert Von Bose, ayudante y secretario de Papen, respectivamente, el famoso discurso del Vicecanciller en la Universidad de Marburgo el 17 de junio de 1934, última vez en la que se criticaría públicamente en Alemania los abusos del régimen hitleriano. Por ello, en la madrugada del 30 de junio Von Papen fue arrestado y obligado a dimitir. Se le perdonaría la vida permitiéndole ejercer de diplomático hasta casi el final de la guerra.

Dos semanas después, en un discurso ante el Parlamento, Hitler hizo una larga apología de su acción represora. Según Goebbles, su Ministro de Propaganda, “con una rápida operación de limpieza hemos salvado de una catástrofe a Alemania y al mundo”. Empezaba a emerger el providencialismo nazi. Todos los periódicos alemanes, sin excepción, alababan al dictador por su enérgica decisión y firmeza. Pero la venta de periódicos extranjeros en todo el Reich aumentó prodigiosamente ante una ciudadanía curiosa y ansiosa por completar la versión oficial con los rumores que la prensa internacional recogía ante la escasez de información veraz. El análisis más certero correspondió al periodismo francés: Nada nuevo ni nada cierto.  Quizás sí algo nuevo en el paisaje germánico: la desaparición del color pardo de las SA y su sustitución por el negro de las Escuadras de Protección, SS, la temible guardia pretoriana del régimen. La oscuridad empezaba a teñir el destino de Europa.    

El 14 de julio de 1934 fallecía a los ochenta y siete años el mariscal Von Hindenburg, Presidente del Reich y venerado protector del pueblo germano. El 19 de agosto se celebraba el plebiscito sobre la acumulación en una sola persona de los poderes de Presidente del Reich y Canciller. Treinta y ocho millones de alemanes votaron sí frente a cuatro millones. Todo el presente y todo el porvenir del país recayeron sobre los hombros de Hitler. Terrorífica perspectiva. Solo novecientas mil papeletas fueron anuladas porque sus depositantes aprovecharon el anonimato para decirle a los nazis que eran unos delincuentes y llevarían a Alemania al matadero. Aún perdura el acierto en el diagnóstico y en el pronóstico.    

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 28 de junio de 2014 (Página 16). https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20140628.html

Memoria y moral

En “El mundo de ayer” Stefan Zweig no considera la memoria “como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio”. El 30 de enero de 1933 Adolf Hitler era nombrado Canciller de Alemania y su partido nazi alcanzaba el Gobierno. Culminaba así una trayectoria de acción política antidemocrática iniciada diez años antes, el 8 de noviembre de 1923, con su frustrado putsch de Munich. El apogeo del Fuhrer al frente de los destinos de Alemania duraría otros diez años más. El 31 de enero de 1943, las divisiones del mariscal Von Paulus fueron estrepitosamente derrotadas en Stalingrado rindiéndose al Ejército Rojo. Comenzaba el desmoronamiento del pretencioso y terrorífico Imperio de los mil años. Por Berlín corría el sarcástico comentario de que la única promesa cumplida por Hitler es la que hizo antes de subir al poder: “dadme diez años y no reconoceréis Alemania”. La nación alemana quedó irreconocible. No tanto por la ola de destrucción material que la asoló a causa de la guerra, como por la hecatombe moral en la que sucumbió su pueblo adentrándose en la barbarie para convertir la Alemania nazi en una “filial del infierno en la Tierra”.

El transcurso del tiempo no evita que aún resuene el zumbido de una pregunta, la pregunta. ¿Cómo pudo ocurrir aquello? Por entonces, el totalitarismo era una moda y la democracia una maldición. Y a lomos de esa moda Hitler se encaramó al poder seduciendo a las masas con aires y uniformes de hegemonía y gloria. Por culpa de la ideología totalitaria el siglo XX ha conocido maldad y muerte a toneladas contra millones de seres. El atronador interrogante encuentra quizás respuesta en la mezcla de arrogancia e indiferencia ante el nazismo emergente. La República de Weimar creyó ser inmune al autoengaño. “A ese cabo austríaco le pararemos los pies”, repetían una y otra vez políticos, industriales y aristócratas alemanes. Pero cuando la marea parda inundó la sociedad germana ya era tarde. La reacción de unos fue de parálisis cuando no de claudicación. La mayoría se aclimató a la era glacial, algunos tapándose ojos y oídos. Engreimiento, omisión y egoísmo. En suma, ruina moral. Y Alemania y el nacional socialismo fundidos en un solo cuerpo. Sebastián Haffner en “Historias de un alemán”, describe la atmósfera en aquellos años como la de “una espera paralizada a que ocurriera lo inevitable mientras se confiaba al mismo tiempo en poder evitarlo”. Cuando se pierde la capacidad de asombro ya nada es imposible. Como sentencia Haffner, “con la moneda se devaluaron también los demás valores. Aquél fue el año en que los redentores empezaron a tener su oportunidad”. Y Hitler la aprovechó.

El caso alemán invalida la correspondencia entre pueblo culto y pueblo demócrata. En “Capitalismo, socialismo y democracia”, Schumpeter considera como rasgos inherentes al funcionamiento óptimo del sistema democrático la talla moral de los ciudadanos, especialmente, los dedicados al gobierno, y no su grado de cultura. Sin principios morales no sobrevive la democracia. Y algo inmoral sucedió cuando los jueces del Tribunal Supremo de Alemania empezaron a practicar el saludo nazi. La justicia dejó de existir. La nación dejó de ser civilizada. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, reconoce la autora anónima de “Una mujer en Berlín”. Sin malvados no hubiera habido campos de exterminio ni “Archipiélago GULAG”. Cuando la guerra y los horrores inseparables a ésta constituyeron una cruel realidad comenzaron a extenderse entre algunos alemanes los desafíos éticos. En la carta secreta que Karl Goerdeler dirige a los generales implicados en la conjura del 20 de julio de 1944 contra Hitler, la frustrada Operación Walkiria, les exhorta a reactivar la energía moral.

Al cumplirse ochenta años de la llegada de los nazis al gobierno de Alemania se impone no olvidarlo En Yalta, Churchill manifestó a sus aliados, Roosevelt y Stalin, que había que dar una paz al mundo de cien años. Con cinismo, pero con algo de razón, el dictador soviético expuso que “mientras vivamos cualquiera de los tres, no dejaremos que nuestros países incurran en acciones agresivas. Pero dentro de diez años, ninguno de nosotros puede hallarse presente. Llegará una nueva generación que no habrá experimentado los horrores de la guerra y que olvidará todo lo que nosotros hemos pasado”.

Cuando hoy Europa padece cierto grado de indigencia moral, resulta imprescindible robustecer la memoria para lograr sociedades más libres y seguras al abrigo de la locura, el odio y el horror. Quienes estamos comprometidos con la educación, ya sea en la familia o en la escuela, debemos responsabilizarnos para que nuestros hijos recuerden la Historia a fin de no repetir la devastación que provoca el desprecio al ser humano. Las sociedades y sus gobiernos necesitan de sólidos cimientos morales. De lo contrario, se oscurece el bien. Lo dejó dicho el gran escritor alemán Goethe: “Todo lo que te hace más poderoso pero no más bueno es malo”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario ABC el 27 de enero de 2013 (Página 18) https://www.abc.es/archivo/periodicos/abc-madrid-20130127.html

Los muros de Berlín

En los días previos a la rendición de Alemania en la II Guerra Mundial, la Wehrmacht pretendió que el mayor número posible de sus tropas cruzasen el río Elba hacia el oeste para rendirse a norteamericanos o británicos y no caer en manos de los soviéticos. Aquellas imágenes de soldados y civiles alemanes cruzando, incluso a nado, el río serían reeditadas por los berlineses que intentaban pasar a la zona angloamericana superando el muro de hormigón levantado en 1961 por los rusos. Diferentes momentos pero el mismo objetivo: huir desesperadamente del comunismo.

Herbert Blankenhorn, consejero de Adenauer, vaticinó en 1944 la división de Alemania sin conocer la “Operación eclipse”, un plan para sostener la Administración del país tras el brusco colapso de la capitulación. El proyecto contemplaba un territorio dividido en zonas de ocupación y Berlín como un enclave dentro de la zona rusa pero con división en tres sectores: norteamericano, ruso y británico. Churchill vio claro ya en marzo de 1945 que la URSS se había convertido en un peligro mortal para el mundo libre. Si el comunismo iba a ser vecino y enemigo del Occidente europeo, era necesario actuar antes de que los ejércitos occidentales se hubiesen disgregado. La enemistad Este-Oeste era percibida también por el almirante Doenitz, sucesor de Hitler, en su discurso anunciando a los alemanes la rendición: La tierra que fue germana durante mil años ha caído en poder de los rusos. Tenemos que unirnos a las potencias occidentales ya que solo colaborando con ellas tendremos esperanzas de llegar a recuperar algún día nuestra tierra en manos de los rusos.

En la primavera de 1947 las relaciones entre los soviéticos y angloamericanos se deterioraban día a día. Churchill atinó con su previsión. Berlín empezaba a ser una mecha encendida en el polvorín de Europa. Un ring sobre el que peleaban dos púgiles en incipiente Guerra Fría: Washington y Moscú. La causa de la discordia fue el Plan Marshall, que ofrecía a las naciones europeas ayuda económica de EEUU, haciéndose extensiva a Rusia si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción. Los rusos vociferaron que el Plan perseguía someter toda Europa al imperialismo del dólar. En un contundente acto de coacción, Stalin exigió a sus satélites que renunciaran a la ayuda. Aquello supuso la división de Europa, de Alemania y de Berlín en dos partes, y la unión pétrea y hermética de la parte liderada por la URSS. El telón de acero cayó sobre el escenario europeo. Berlín era el peligroso agujero por donde el mundo occidental se asomaba a la tiranía. Churchill de nuevo clarividente. El 5 de marzo de 1946 pronunció en Missouri un discurso de gran resonancia: Desde Stettin en el Báltico, hasta Trieste en el Adriático, ha caído sobre Europa un telón de acero. La metáfora alusiva al metal no era de su cosecha. Antes la emplearon Josep Goebbels, en la prensa nazi, y, tras la capitulación germana, Von Krosigk, como Canciller alemán, en alocución a sus conciudadanos: El telón de acero se aproxima cada vez más desde el Este.

Irritados los soviéticos por el apoyo yanqui, irrumpieron en los sectores occidentales saboteando el suministro de electricidad y agua y secuestrando a científicos e ingenieros, enviados rumbo a Moscú. Tras la enésima controversia, a causa de la moneda vigente en la capital berlinesa, el Kremlin ordenó el bloqueo de todas las vías de comunicación, terrestres y fluviales, que accedían al Berlín occidental. El asedio duró desde junio de 1948 a mayo de 1949.  Saltar ese “muro” por medio de la aviación aliada, abasteciendo a dos millones cien mil habitantes, fue una demostración de poderío y de eficacia plasmado por el singular humor berlinés ante la tragedia: “Solamente hay una diferencia entre el sector soviético y el occidental” decía un berlinés de la zona rusa. “En el occidental viven por el aire; en el ruso vivimos del aire”.

El puente aéreo fue el primer revés de la URSS en el empleo de sus medios de coacción. El segundo, del que ya no se recuperaría, fue el muro clavado en pleno corazón de Europa durante veintiocho años. J.F. Revel dijo que el certificado del fracaso comunista no fue el derribo del muro en 1989, sino su construcción en 1961 para impedir la huida a quienes escapaban en busca de la libertad. La libertad tumbó la pared. Algunos analistas consideran su desplome como el final de la II Guerra Mundial. Quizás sea exagerado. Pero si Normandía significó la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall marcó el triunfo económico de la libertad sobre la opresión soviética. Y un histórico 9 de noviembre de 1989, el derrumbe del infamante muro dio la victoria política a la democracia sobre la dictadura comunista. Europa dejó de estar mutilada. Comenzaba su verdadera y completa reconstrucción.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el Diario Información de Alicante el 31 de julio de 2017. https://www.informacion.es/opinion/2017/07/31/muros-berlin-5926423.html

Normandía y el Plan Marshall

Acaba de cumplirse el sexagésimo aniversario de la derrota del nazismo. El camino hacia la victoria sobre la barbarie hitleriana se inició con el desembarco de Normandía. La estrategia de los aliados era acorralar a los alemanes en su propio territorio, unos, americanos e ingleses, principalmente, por el Oeste, y otros, los soviéticos por el Este. Mucho se ha escrito y se está hablando en estos días sobre la capitulación de Alemania y sobre el papel que el Ejército rojo tuvo en ello. Estas líneas rememoran, sin embargo, el desembarco en Normandía, cuyo sexagésimo aniversario se celebró también hace casi un año. Y no sólo por su capital contribución al final de la guerra, sino también porque quienes lo hicieron posible se comprometerían después a garantizar la paz y la prosperidad en el continente europeo frente a aquellos que más tarde se revelarían como los nuevos totalitarios e igual de sanguinarios que los que portaron la esvástica por casi toda Europa.

Normandía es una pieza sin la que resulta imposible construir el puzzle de la Europa actual. El proyector de la memoria histórica nos muestra las imágenes de unos soldados que, con un pie en el mar, otro en tierra, y, probablemente, ya su alma en tránsito hacia el más allá, contribuyeron al éxito de una decisiva operación militar. En estos tiempos turbulentos, no hay que olvidar dos hechos de la historia: Que los EE.UU. ayudaron a Europa a ganar la guerra, derrotando al totalitarismo de derechas, y que los EE.UU. apoyaron a Europa para vencer en la posguerra, impidiendo que muchas naciones cayeran en las manos del totalitarismo de izquierdas, manos siempre resbaladizas, cuando se trata de acunar derechos y libertades. Si Normandía fue la victoria militar sobre el fascismo y el nazismo, el Plan Marshall sería el inicio del triunfo económico de la libertad sobre la opresión, triunfo que, años más tarde, acabó convirtiéndose en victoria política de la democracia sobre la dictadura. De ello, dieron fe en un histórico otoño de 1989, las piedras desmembradas del infamante muro clavado en pleno corazón de Europa.

Dos guerras mundiales sucesivas situaron a los EE.UU. en una atalaya. Desde allí, aún sin querer, se encontraron con que tenían que dominar el horizonte. Como diría por entonces el Presidente Truman, “los americanos deben restaurar la salud del mundo”. La Conferencia de Moscú, celebrada en la primavera de 1947 entre las cuatro potencias vencedoras en la II Guerra Mundial, confirmó que sobre la piel de Europa, la vieja y postrada Europa, debía aplicarse el esperanzador ungüento elaborado por la Casa Blanca. El balance arrojado por el encuentro cuatripartito en Moscú fue nítido: el empeño de la URSS en permanecer en los países europeos que ocupaba, y en impedir a toda costa que Norteamérica tuviese en los litigios europeos presencia y, menos aún, decisión. Ante tales circunstancias, los EE.UU., que ya habían evitado el colapso bélico, no podían consentir que el Viejo Continente, ese “asilo de indigentes”, terminara por despeñarse al precipicio de la decadencia económica y de la imposibilidad de recuperación, que era tanto como quedar inerme ante la amenaza comunista.  

En junio de 1947, el general Marshall, Secretario de Estado norteamericano, ofrecía a las naciones europeas la ayuda económica y el apoyo financiero de EE.UU.. Posteriormente, la oferta se hacía extensiva a la URSS, si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción de Europa. Los rusos creyeron, desde el primer momento, que el Plan Marshall, “la lista para el tendero”, como la denominó irónica y despectivamente el Ministro de Exteriores soviético, Molotov, perseguía el objetivo de someter toda Europa al imperialismo del dólar. La postura del Kremlin contribuyó a la formulación, por parte de los partidos comunistas de Occidente, de todo tipo de advertencias y comentarios de feroz hostilidad hacia el Plan norteamericano. De esta forma, a la angustiosa espera de los europeos por la ayuda económica, se sumaron las artimañas soviéticas de quebrantar los escasos medios productivos existentes con el afán de acelerar la caída.

En la Conferencia de París en 1947, entre Molotov, Bevin, Jefe del Foreign Office, y Bidault, su homólogo francés, el diplomático soviético dejó claro que no asistía ni para admitir el Plan Marshall ni para debatir sobre el mismo. Al contrario, puso todo su esfuerzo en conseguir que fracasara. Allí se evidenció el fastidio de la URSS por la propuesta norteamericana, así como los temores y prejuicios que despertaban en Moscú las perspectivas de una Europa en recuperación, restañando en común sus heridas y trabajando de acuerdo con los EE.UU. Tras la Conferencia parisina, la URSS abandonó los trabajos y en un contundente acto de coacción exigió a sus satélites que renunciaran al Plan. Aquello puso de manifiesto dos cosas: la división de Europa en dos partes y la unión pétrea y hermética de la parte liderada por la URSS.

El 12 de julio de 1947 comenzaba una nueva Conferencia de París, ausentes las naciones del este europeo. El informe final establecía las prioridades y demandas de la Europa Occidental y el montante de las aportaciones con que deberían ser provistas. Los fines a alcanzar eran el aumento de la producción industrial y agrícola ante la escasez de alimentos, materias primas y mercancías, la estabilidad monetaria, la ocupación total de la mano de obra y la expansión del intercambio comercial entre unos y otros países, procurando suprimir o reducir las restricciones y barreras que se interponen en el comercio. Un aspecto específico de este último y trascendental objetivo lo constituían las uniones aduaneras y las áreas de libre comercio estimuladas por el Plan como un factor decisivo para su eficacia.  El Plan Marshall presuponía, pues, un acuerdo entre las naciones europeas para recibir y distribuir todo aquello que llegase de América. Se dio paso, así, al Convenio de Cooperación Económica Europea, firmado en París de 16 de abril de 1948. La propia esencia del Plan propugnaba la unidad de Europa como una necesidad. Cierto es que el Plan tenía un contenido eminentemente económico. Pero no sería la primera vez en la historia que uniones con cariz económico sirvieran de comienzo a la unidad política.

El Plan Marshall fue una llamada a Europa a moverse decididamente por objetivos continentales y no meramente nacionales. Saint Simon, que junto a otros pensadores como Kant, vinculó su nombre a proyectos de unidad europea, propugnaba una mayor educación de los ciudadanos europeos como tales, hablaba de inculcarlos un “patriotismo europeo”, que se vieran, no como miembros de una nación determinada, sino de la gran familia europea. Aludía, pues, Saint Simon a un posible elemento aglutinante de índole espiritual. El Plan Marshall fue el esfuerzo y la oportunidad para restablecer la economía y rehacer la hacienda de Europa; oportunidad, que quizás no volviese a presentarse. Pero también fue una oportunidad para restaurar el espíritu de Europa. Y es que este acto de ayuda material de los EE.UU. hubiera sido inútil de no haber regenerado el espíritu de los pueblos europeos a los que iba destinado. Un espíritu de convivencia, pacífico y democrático, sabedor de que contra los totalitarismos la victoria no se alcanza solamente por la fuerza de las armas, sino, además, por el fomento de la prosperidad y el aseguramiento de la libertad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario La Gaceta de los Negocios el 6 de junio de 2005 (Página 51).

Salamanca y la Hispanidad

La Universidad de Salamanca (1218), nuestra decana de la alta cultura, ha cumplido ochocientos años y perdura como potente faro para España y para el mundo, especialmente, el americano. Siempre resultará inabarcable el espectacular niágara de fecundidad que aquél magistral foco de estudios universitarios y conocimientos científicos ha proporcionado a la Humanidad. Un aspecto poco tratado ha sido el de la silenciosa contribución de la Universidad salmantina al concepto, que se acuñará centurias más tarde, de Hispanidad. Sin aquella aportación, no se entendería este.

A partir del siglo XI Europa vive una era con predominante tendencia al imperio y a la unidad. Los europeos tienen en común religión, lengua, soluciones políticas, estilos artísticos y modos de vida. Prima un fortísimo y unitario imperio espiritual: la Cristiandad, en cuya cúspide de las jerarquías residen el Papa y el emperador, aunque los templos son aún más relevantes que los palacios, cuyos salones se decoran como las naves de las iglesias. Es la época de las grandes Universidades, corporaciones de maestros y escolares en donde se universalizan y perfeccionan los métodos de la venerable tradición de las escuelas (schola) monacales y catedralicias medievales. Es también la época del triunfo de la liturgia romana, de las peregrinaciones a Roma y a Compostela, de las cruzadas como ideal colectivo. En este contexto surge la Universidad de Salamanca, impregnada de espíritu católico al servicio de la verdad católica y cuyo trabajo constante de investigación y docencia se conforma con las supremas leyes que rigen el desarrollo de la verdad científica. España asciende a gendarme de todo ese orbe ampliado con la doble gesta del Descubrimiento y de la Evangelización. Nuestra fortaleza no eran solamente tierras infinitas, sino sobre todo maestros en las Universidades europeas, teólogos en los concilios ecuménicos, literatos en las academias, políticos en los Tratados o misioneros y colonizadores en todos los continentes.

España y Portugal, dos pueblos tan afines por lengua, religión y cultura, que cruzarán en ultramar grandes rutas por su espíritu común de aventuras, temple épico y vocación universalista, se dan las manos en la Universidad de Salamanca. Hombro con hombro y sin volverse de espaldas, sientan en su bello claustro a Vitoria, Soto, Molina y Suárez, sin cuyo alto pensamiento hubiera sido quizás hoy tenue balbuceo y tanteo vacilante lo que es firme línea de justicia internacional y de Derecho de gentes. Desde Bartolomé de las Casas a Junípero Serra, todos los ejemplares misioneros españoles no fueron a América a buscar oro, sino a llevarlo, trasplantando a las montañas, valles y planicies del Nuevo Mundo el hogar cristiano. Sobre aquél intrépido apostolado diría Pío XII siglos después que la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

En el primer tercio del siglo XX, Ramiro de Maeztu se erige en constructor de las bases graníticas de las ideas de España y de Hispanidad. Maeztu concibe ésta adaptándola del vocablo, “Raza”, imperfecta palabra propuesta en Buenos Aires por el gran vasco, monseñor Zacarías de Vizcarra. La idea de Hispanidad se funda sobre la fe católica, sobre la armonía del poder temporal y el espiritual, sobre la justificación histórica de la obra de España en América, sobre la concepción de la independencia americana como una guerra civil, sobre la idea de Patria como un valor del espíritu y sobre la tesis de que la misión de todos los pueblos hijos de la gran España, incluida también la madre, es reanudar la obra católica allí realizada, depurarla de sus imperfecciones y continuarla hasta el fin de los tiempos. Buena parte de estos materiales se cocieron en Salamanca.

La Hispanidad no es tanto un recuerdo como una esperanza; no es la mera conmemoración de un pasado, sino la estirpe ibérica como vigoroso elemento de paz y de orden para el mundo futuro; no es el solar vacío, sino el edificio que puede levantarse. Es la solidez del vínculo familiar que nos une en comunidad de naciones, en hermandad de pueblos, enlazados por el mismo idioma y sentido de la vida, los mismos valores éticos y la común fe cristiana. Conservamos el lazo espiritual de servir a un ideal colectivo. Quizás tras ocho siglos impartiendo cátedra, la Universidad de Salamanca sí pueda exceptuar la regla del proverbio latino: lo que la naturaleza no da, Salamanca sí lo otorga: La Cristiandad de naciones hispánicas rezando a Dios en lengua castellana sobre las dos orillas del mar de la Hispanidad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Debate de Hoy el 12 de enero de 2019. https://eldebatedehoy.es/historia/la-universidad-de-salamanca/