Archivo por meses: enero 2021

Echarse al monte

“Pepe, ¿no nos encontraremos a nadie?” pregunta con miramientos la esposa al marido, ambos progresistas, al cruzar la verja del colegio privado y católico al que acuden a matricular a sus hijos. Algo de furtivo y, a la vez, teatral e hipócrita sobresale en el espíritu progresista que, en el fondo, anhela vivir como un tío rico y de derechas. De ahí, su propensión a cogerse “perras” a la hora de acostarse pensando en lo bien que viven los capitalistas.

Cuando llega el ansiado día en que alcanza a disfrutar de un nivel de vida propio de un burgués, el progresista donde dije digo, digo Diego. De puertas adentro no le preocupa rebajar su ideal de modelo de sociedad. Pero de puertas afuera, se apresura a condenar a la inmensa mayoría social con la mediocridad gris del igualitarismo, advirtiendo de la maldad que se esconde tras las sociedades libres. Con el progresismo en el poder, la libertad dura lo que las rosas: una mañana.

Indigente en aportar soluciones, el progresismo siempre está presto a inventar problemas allí donde no los hay. Con su petulancia ideológica, acostumbra a tirar el dinero ajeno, velando por su comodidad y seguridad por encima de la justicia, y por su bien privado por encima del bien común. En España, cada cierto tiempo el progresismo, con su partidismo miope, cicatero y trasnochado, sale de excursión por lo Cerros de Ubeda. Se echa al monte y pone el caserón patrio patas arriba levantando una polvareda de sectarismo, anticlericalismo y revanchismo. Otra vez fuera de sitio, otra vez fuera de sí. Ahora le ha dado por la matraca del hombre nuevo, que no tiene nada de nuevo, sino que supone un paso más hacia el pasado. Ya Napoleón exigía suprimir la tutela de la Iglesia sobre la enseñanza, para sustituirla por la intervención del Estado laico, nada neutral, tampoco imparcial, que pretendía imponer un dominio sutil pero brutal sobre la infancia y la juventud. Ese pretendido hombre nuevo fue proclamado por Fichte en su “Discurso a la nación alemana”, proyectado por los nazis con sus Hitlerjugend  e implantado por Mao Tse Tung a través de su revolución cultural, imitada por los dirigentes separatistas antiespañoles.

En todos los casos de estatificación de la enseñanza, el denominador común ha sido la anulación del derecho de los padres  a educar a sus hijos. Arrebatarles la autoridad para que sea detentada por el Estado, quebrando la figura del padre, de la familia y, por supuesto, de la Iglesia, que es a la vez, madre y familia. Otra vez el progresismo erigiendo la figura del Estado docente para modelar a nuestros hijos con el objetivo, no de enseñar, sino de adoctrinar. No de hacer ciudadanos más cultos o más sabios, sino, como decía Marcel Clèment, “rehacer la sociedad con millares de amnésicos borrando la memoria de la humanidad y destruyendo la herencia intelectual ”. Con todo, el peligro mayor es la indiferencia colectiva.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 22 de noviembre de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/219152/opinion/echarse-al-monte.html

Empresarios

Tocado, esperemos que no hundido, saldrá el sector empresarial de esta trágica pandemia. A las bajas producidas en sus filas por el letal virus, hay que sumar cuantiosas bajas en el Registro mercantil por la drástica paralización de la economía. Malas noticias para España al restar potencia a un extraordinario motor de creación de empleo y riqueza. Y pésimos augurios al hablar el irresponsable Iglesias de nacionalización de la actividad económica.

Históricamente, empresario y hombre de negocios nunca gozaron de buena prensa ante la izquierda. Desde su oprimida visión manchesteriana, el comunismo siempre los señaló para sentarlos en el banquillo de los acusados. En un libro escolar de la Rumanía comunista, bajo el epígrafe “Cómo trabajaban antes los obreros”, se proponía a los alumnos un ejercicio de redacción en el que desarrollar el siguiente esquema: Un obrero es aplastado por una viga que le cae encima. El patrono, mientras fuma un cigarro, dice: “¡Diablo! ¡Se fastidió la viga! Posiblemente haya crueles empresarios, igual que crueles ingenieros, médicos, abogados o funcionarios. La experiencia también demuestra que un comisario del pueblo (gerente estatal, eufemísticamente hablando), resultaba mil veces más duro que un patrono. Por no remontarnos a la cúspide de la terrorífica nomenclatura soviética sobre la que Nikita Kruschev contaba que cuando Stalin nos llamaba a su despacho no sabíamos si saldríamos de allí con vida.

El propietario particular, hoy autónomo, también fue perseguido por el comunismo, para quien la producción a pequeña escala engendraba burguesía y capitalismo. De ahí, su aversión hacia los pequeños negocios y su pretensión de exterminio del comercio minorista, ya que una economía planificada era, según sus disparatadas consignas, una forma superior de economía popular al estatificar industrias y comercio. Nuevamente, la práctica evidenció que el intervencionismo y la escasez son inseparables, mientras que la libertad es indicio claro de abundancia.

La socialdemocracia, en su versión más sectaria y de visión raquítica, tampoco considera a la iniciativa privada una fuente de progreso para la nación. Partidaria del dirigismo frente a la libertad económica, coexiste pero no convive armónicamente con los empresarios despreciando de modo obsesivo el principio básico para la prosperidad económica: es mejor aumentar la producción que distribuir la renta. El igualitarismo siempre ha sido la peor enfermedad socialdemócrata, a pesar de que un socialista como el francés Marcel Sembat dijera en 1914 que equiparar las fortunas por medio de impuestos equivaldría a intentar allanar el Mont Blanc con una apisonadora.

No resulta extraño que desde el Gobierno se insista puerilmente en una impertinente contraposición entre trabajadores y empresarios. Consecuencia de esa incoherencia de la vieja escuela progresista consistente en pedir unidad a todo una nación y promover nefastos antagonismos entre ideologías, clases y territorios. Cuando Sánchez invoca el Plan Marshall o los Pactos de La Moncloa, aún suponiendo que hable con la buena fe de un maestro de escuela, cabe preguntarse, no si sabe en qué consistieron aquellas iniciativas, sino si su vicepresidente Iglesias lo sabe.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 5 de abril de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/211808/empresarios.html

Café

El CAFÉ lo inventó la Falange como contraseña entre los suyos: Camarada Arriba Falange Española. Lo mismo el café es facha, salvo que sea Marcilla o Saimaza. El café se empleó como arma política contra Winston Churchill por Lady Astor, primera mujer en ocupar escaño en la Cámara de los Comunes, y que, saturada por el mordaz lenguaje del dirigente británico, espetó a éste: Si usted fuera mi marido, le echaría veneno en el café. Con su ágil dialéctica, Churchill respondió: Señora, si usted fuera mi esposa, me lo bebería. Hay marcas cafeteras que son caramelos envenenados y no se quieren ni regalás. Marcilla y Saimaza circulan malditas por redes sociales como sinónimos de Sodoma y Gomorra, Bonny and Clyde o Hitler y Stalin. Un torpe directivo del grupo cafetero, independentista catalán en el fuero interno de las opiniones personales, ha certificado que los españoles somos fascistas. Churchill dijo que los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Los cafés echan humo, las cafeteras silban como locomotoras y el pobre directivo parece un hombre solo, cortado y manchado que acabará tostado. A Marcilla y Saimaza les ha salido un grano y no precisamente de café en las ventas y tendrán que torearlo. Libertad de expresión y libre mercado.

Muchas ideas que han conformado la Europa actual se pensaron y repensaron en las terrazas y a través de los ventanales de los cafés. Vargas Llosa tiene escrito que Europa es ante todo un café donde se escribe poesía, conspira y filosofa. El café de París, el de Viena, el Gerbeaud de Budapest, el irlandés, el Gijón. Coincidiendo con el nacimiento de éste, el separatismo comenzó a ser en España una enfermedad nacional. Tras cien años, continúa siéndolo, agravada por convulsiones golpistas provocadas, quizás, por la cafeína. Hay personas que tienen muy mal beber, otras muy mal café y las hay también con muy mala leche. Que los españoles somos fachas no es novedad. Empezamos siéndolo con los reyes godos y nos ratificamos en ello bajo el reinado de los Reyes Católicos, que sellaron la unidad de España con el yugo y las flechas, otro invento falangista. Fuimos fachas con orgullo al echar a los franceses de nuestro suelo. Continuamos siéndolo durante la II República, que vino porque Alfonso XIII se fue. Nuestro fascismo se refinó con la democracia, traída gracias al Rey Juan Carlos, sucesor de Franco, Adolfo Suárez, que vistió camisa azul, y Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange. Sí, toda España es un facherío tal, que una ardilla puede ir de Barcelona a Cádiz saltando de brazo alzado en brazo alzado. A los españoles nos encanta montar el Belén en Navidad, salir de procesión en Semana Santa, ir a los toros en la feria, colgar la enseña nacional en el balcón, animar a nuestra Selección en el Mundial o leer el Marca o el As mientras nos tomamos un café, pero no de Marcilla ni Saimaza. ¿Cómo no vamos a ser fachas?

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de abril de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/188486/opinion/cafe.html