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La ética del poder en Romano Guardini

La efeméride traída aquí no es “redonda” ya que cabalga entre dos años: 1950 y 1951. En el primero, Romano Guardini publicó El ocaso de la Edad Moderna. Un año más tarde, El poder. Una interpretación teológica. Setenta y cinco años de ambas obras entrecruzadas constantemente, según el autor, pues en muchos puntos las reflexiones contenidas en El Poder presuponen y prosiguen lo dicho en El ocaso. Para Guardini, la Edad Moderna es un concepto cultural que describe el trayecto del hombre occidental desde 1600 al primer tercio del siglo XX. Con el Renacimiento emergió una nueva concepción del mundo caracterizada por el despertar en el hombre de su anhelo de libertad y por la sensación de haber sido coartado por la autoridad. Se incubó mediado el siglo XIV, levantando acta de defunción de la Edad Media. La transformación operó durante los siglos XV y XVI consolidándose en el XVII. El resultado, según Guardini, es que el hombre de la Edad Moderna, cegado por su fe rebelde en el autonomismo (“el antojo del yo”), se desvincula de la comunidad, de la tradición y de las conexiones religiosas, haciéndose indiferente hacia la fe cristiana y escéptico hacia todo lo religioso. El hombre se hace mundano.

El cambio afectó a la política, presentada ahora como un ámbito regido por sus propias leyes y cuya meta era la conquista, defensa y explotación del poder. Las injusticias cometidas desde éste no sólo dejaban al poderoso con la conciencia tranquila, también con la firme convicción de cumplir con su deber. Es Maquiavelo el primero en teorizar sobre esta práctica tachando la visión que predominó en la Edad Media, según la cual, si en política se cometía una injusticia, se hacía contra el dictado de la conciencia. En el medievo, términos como poderoso y humilde eran sinónimos. La humildad era una virtud de fuerza, que proporcionaba magnanimidad en el ejercicio del poder. El humilde era el fuerte, el magnánimo, el audaz, quien se abaja de su trono haciéndose par de los demás. La humildad suponía un noble y generoso servicio al prójimo. Con la Edad Moderna, la palabra humildad perdió su significado, convirtiéndose en equivalente a debilidad, incluso, a cobardía. Según Guardini, es una palabra que compendia todo lo que Nietzsche denominaría “decadencia” y “moral de esclavos”.

La Modernidad representó el triunfo rápido e incontenible del poder del hombre sobre la naturaleza mediante la ciencia y la técnica. Ambas se justificaban por ser útiles para la seguridad y el bienestar humanos, e, incluso, para la plenitud de valores, permitiendo encubrir los estragos ocasionados por la falta de escrúpulos de científicos y técnicos. Pero la convicción de que todo aumento de poder técnico constituía un provecho y un progreso, quebró, marcando el final de la Edad Moderna y el comienzo de una nueva época. El poder se tornó ambiguo y problemático: puede operar tanto el bien como el mal; lo mismo puede construir que destruir. Y eso nos amenaza a nosotros mismos, como seres humanos, porque la técnica ya no servía al bienestar sino al dominio, siendo el hombre expuesto a ese dominio. El peligro aumenta desenfrenadamente desde el momento en que es el anónimo Estado el que ejecuta la operación dominadora. Una objetiva voluntad de poder pretende adquirir el señorío absoluto sobre la naturaleza y sobre el hombre mismo. En los sistemas totalitarios esa voluntad se une al absolutismo del Estado, convirtiendo el ateísmo en principio político y declarando enemiga toda religiosidad. Surge una inquietante idea: la planificación universal.

El balance que formula Guardini sobre la Edad Moderna es sobrecogedor: ha aumentado el poder en proporciones gigantescas, pero el sentimiento de responsabilidad, la pureza de la conciencia y la fortaleza del carácter no han ido al compás de ese incremento. ¿No sería mejor, se pregunta el autor, menos bienestar y más responsabilidad propia en vez de un elevado nivel de vida y una constante pérdida de responsabilidad? El poder cobra objetividad, desarrollándose autónomamente y desviándose del hombre. El poder se hace demoníaco, porque nada existe sin dueño y si la conciencia humana no asume la responsabilidad del poder, los demonios lo ejercen por su cuenta. El hombre tiene motivo para temer su propia obra. No está preparado para administrar el enorme incremento de su poder ni siquiera para utilizarlo con acierto. Incluso, como apunta Guardini, tampoco tiene conciencia del problema. Pero el problema es evidente: Ausencia de una ética del uso del poder y de una educación orientada a lo mismo.

Para la época que se avecina, Guardini señaló la tarea decisiva: ordenar el poder de forma que el hombre, al usarlo, pueda seguir existiendo como tal. Deberá elegir entre ser como hombre, tan fuerte como lo es su poder, o entregarse a éste y sucumbir ante la astucia y la violencia, desembocando en el nihilismo. Ante tan exigente reto, Guardini proporciona a modo de virtudes, la fórmula. La virtud primera será la seriedad en el deseo de verdad. La segunda será la fortaleza espiritual y heroica pues tendrá en frente a la mentira concretada en consignas y propaganda. Tercera virtud: el ascetismo, repudiado por la Modernidad al constituir todo aquello que ésta pretendió abolir. Por ello, la Edad Moderna se destruyó a sí misma. El hombre deberá alcanzar una auténtica interioridad personal que, mediante la conciencia de verdad, le capacite para oponerse a las tendencias disolventes. Mediante la renuncia y la abnegación deberá aprender a ser dueño de sí, de su propio poder. (“Sed señores de vosotros mismos y para los demás”). La libertad que da este dominio orientará aquella seriedad hacia soluciones verdaderas. Convertirá el mero valor en fortaleza, desenmascarando a los falsos heroísmos por los cuales el hombre se deja inmolar, fascinado por impostados absolutos. Finalmente, de todo esto surgirá un arte espiritual de gobernar, una ética sobre el recto uso del poder, que distinga entre lo justo y lo injusto, entre el fin y los medios, para que el hombre pueda vivir con dignidad y alegría. Esto constituirá el verdadero poder.

Artículo publicado en el diario ABC por Raúl Mayoral Benito el 12 de marzo de 2026.  https://www.abc.es/opinion/raul-mayoral-benito-etica-poder-romano-guardini-20260310042446-nt.html

Chesterton y su batalla espiritual

Por una extraña casualidad, escribe Augusto Assía en Vidas inglesas, a la misma hora en que, en su casa de campo de Beaconsfield, fallecía Gilbert Keith Chesterton, anunciaba George Bernard Shaw, en Newcastle, que no hablaría más en público. Dos titanes de la palabra escrita y hablada se sumieron en el silencio. El primero involuntariamente. El segundo por su libre renuncia. Aunque hay silencios que valen por discursos, sin embargo, el de estos diestros combatientes en la contienda de las ideas, que habían encandilado a la sociedad londinense y, en general, a la inglesa, sorprendió y convulsionó a quienes estaban acostumbrados a las habituales batallas dialécticas entre ambos. Los ingleses se vieron hurtados del goce de presenciar aquellas refriegas intelectuales que con tanto fragor como afán proselitista protagonizaron Chesterton y Shaw. En aquellas justas de la razón y de la agudeza estos contendientes manejaban con pericia y arrojaban con brío y ardor armas incendiarias como la paradoja, el retruécano, el juego de palabras y la frase chispeante.

Sus compatriotas llamaban a Chesterton “monumento andante de Londres” por la envergadura de su anatomía. Durante un banquete en su honor, Bernard Shaw, rival de razón y fe, le dedicó en su discurso esta sarcástica alabanza: “Tan galante es nuestro agasajado, que esta misma mañana cedió su asiento en el tranvía a tres señoras”. Pero lo cierto es que el Altísimo otorgó como don a Chesterton una fina inteligencia y una ágil inventiva compensando su exuberancia. Y a través de ese talento el escritor quiso encontrar la verdad mediante el ingenio y la originalidad. Y aunque lo más llamativo es el medio, la anécdota orteguiana, sin embargo, lo categórico, el fin fue la fe católica. Porque en 1922 Chesterton encontró la verdad convirtiéndose al catolicismo. Consideraba que la característica más curiosa de su época era el desvío del mundo hacia el vacío o el abismo, el continuo y suave colapso de una cosa tras otra como castillos de naipes que se desmoronan al menor soplo. El colapso de todo, menos de una tradición de la verdad que no es de este mundo.

Y desde entonces se propuso librar la batalla de las ideas frente a la cultura imperante en su país, fruto de un anglicanismo chovinista que consideraba a los católicos como británicos de segunda. Junto a otros escritores compatriotas, como Christopher Dawson, Robert H. Benson, Hilarie de Belloc, Evelyn Waugh o Graham Greene, Chesterton pretendió la transformación de la cultura y la sociedad de su tiempo abordando cuestiones polémicas en su época como la familia, el feminismo, la libertad religiosa, el capitalismo o los totalitarismos. Siempre sostuvo que, teniendo a Dios como padre, el mundo resulta ser una patria inteligible dotada de sentido. Por eso no cabe ni la renuncia a la vida ni la desesperación. Ni mucho menos la ciega confianza en un hipotético progreso. Precisamente vaticinó desatinos espantosos si la cultura se distraía con vaguedades y ocurrencias identificadas con el progreso o la modernidad. Porque Chesterton apostaba por un progreso en el que los hombres se amaran considerándose hermanos e hijos de Dios. Sin embargo, denunciaba como peligro el falso progreso en el que los hombres no reconocen a Dios como Padre desarrollándose las más salvajes y oscuras tendencias del ser humano, convirtiendo a éste en una máquina dominada por máquinas, un número que maneja números y frustrándose un crecimiento de la dimensión moral interior y personal. Un cristiano, precisamente porque es cristiano, afirmaba Chesterton, debe sentirse más que nadie obligado a trabajar por un progreso que sea progreso para todos, y por una promoción social que lo sea de todos.

Para el autor inglés lo que muchos combaten no es al verdadero Dios, sino la falsa idea que se han hecho de Dios: un Dios que protege a los ricos, que no hace más que pedir y acuciar, que siente envidia de nuestro progreso, que espía continuamente desde arriba nuestros pecados para darse el placer de castigarlos. Sin embargo, como él mismo afirmaba citando a San Francisco de Sales “No temáis a Dios, que no quiere haceros mal, sino amadle mucho porque desea haceros mucho bien”. Y es que nuestro Dios es tan poco rival del hombre, que ha querido hacerle su amigo, llamándole a participar de su misma naturaleza divina y de su misma eterna felicidad. Según Assía, la vida de Chesterton fue una portentosa exhibición de atletismo intelectual y de entusiasmo espiritual, sabedor de que, si bien sobre las mareas de la superficie se libra la batalla de las ideas, sin embargo, en las profundidades se desata la pugna espiritual entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. Siempre sostuvo que los que quieren enseñar a los hombres a confundir, les enseñan antes a olvidar. Aviso muy actual.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de marzo de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/294722/opinion/chesterton-y-su-batalla-espiritual.html

 

La voz del episcopado

El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, ha intervenido en un desayuno informativo organizado por un diario nacional, La Razón. En una primera exposición se ha referido a tres aspectos que integran la propuesta cristiana: La comprensión de la persona humana, el diálogo Iglesia-sociedad y la relación entre Historia y vida eterna. Nada fuera de lo que contenía aquella ya lejana, pero famosa Carta a Diogneto. Desde entonces, el encaje de la Iglesia en el mundo ha sido la cuestión nuclear que ha provocado conflictos y controversias entre creyentes y no creyentes. Pasan los siglos y aún nos preguntamos cómo es la forma de presencia del católico en la vida pública.

Sobre el primer aspecto, y con su inteligente percepción Monseñor Argüello, ha efectuado un severo pero acertado diagnóstico: “El tiempo moderno ha reducido la persona a un individuo autónomo con pretensión de poder”. Es lo que Romano Guardini llamó el antojo del yo. Además, el prelado indica que la modernidad ha traído nuevos desafíos tecnológicos que cuestionan el propio concepto de persona como la Inteligencia Artificial y los algoritmos. La primera puede acarrear el desertar de lo humano y los segundos se erigen en tiranos que nos controlan, nos distraen y nos enferman. En tal contexto, ha reivindicado la dignidad del ser humano. Y ha recordado que el perdón es aquí imprescindible porque, si bien existe una gran sensibilidad ante el mal, no la hay, en cambio, hacia el perdón. Señalamos culpas y errores en los demás, sin reconocer los nuestros y, además, somo reacios a perdonar.

Respecto al segundo aspecto, diálogo Iglesia-sociedad, los católicos vivimos en el mundo, pero no somos del mundo. Como ha afirmado Argüello, la Iglesia vive en la sociedad y ello supone un aprendizaje costoso porque los fieles somos, a la vez, católicos y ciudadanos. Y ante el momento presente en que la democracia está en crisis, los católicos podemos contribuir a superar esa crisis fortaleciendo la conciencia sobre el valor mismo de la democracia: “Hay que ayudar a hacer pueblo, demos, a “cultivar la amistad social” como proponía el Papa Francisco, creando espacios de encuentro para “recomponer el demos y devolver al mismo tiempo al poder referencias éticas (otra vez Guardini y su ética del poder), ya que la democracia no puede proporcionarlas por sí misma, debido a que el relativismo moral y el positivismo jurídico ya no dan más de sí. Y los católicos debemos hacer esa contribución con humildad, sin complejos ni vergüenza.

Finalmente, en cuanto a la relación entre Historia y vida eterna, el arzobispo afirma que somos peregrinos hacia el Cielo, una plenitud ansiada porque hay en nuestro corazón un latido que es un anhelo hacia aquella. Y en nuestro peregrinaje vivimos en la Historia y asumimos el compromiso de fidelidad con aquellas realidades que están más vinculadas al Reino de Dios: la dignidad humana, el bien común, el desarrollo pleno de la vida humana. En suma, debemos ser fieles a la santidad como perfección de la caridad.

Por último, en el turno de preguntas, varias concreciones más del presidente de nuestra Jerarquía: Respecto a regularización de inmigrantes por el Gobierno, Argüello se ha referido a que “la acogida del extranjero atraviesa toda la Escritura”. La Iglesia nunca ha defendido la apertura indiscriminada de puertas, reconociendo el derecho de todo ser humano a desarrollar su vida en su país de origen. Pero al que viene hay que acogerlo, protegerlo, promoverlo e integrarlo. Debemos estar alerta ante las ideologías y el emotivismo que esas ideologías saben manejar para finalmente manipular las conciencias. No creemos en el paraíso en la Tierra y por ello sospechamos de todas esas ideologías que sí lo creen y prometen instaurarlo. Como ya ocurrió en el período de entreguerras del siglo pasado. La defensa de la vida hay que llevarla a cabo con la razón, aunque a nosotros, como creyentes, nos baste la fe. Sobre los abusos en el seno de la Iglesia, ha sido un hecho muy doloroso porque se han producido en el ejercicio del Ministerio sacerdotal con un uso bastardo de la autoridad y la confianza. La respuesta de la Iglesia ha sido lenta y tardía. El camino hacia el Cielo es de semillas que sembramos y germinan aquí en la Historia, pero darán fruto pleno en la vida eterna, en el Reino de Dios. Sus palabras han sido una invitación a hacer de nuestra vida un camino de actos con trascendencia de eternidad.

 

Liderar haciendo futuro, ganando la eternidad

La semana pasada un diario nacional informaba en sus páginas sobre la organización de un evento para jóvenes, Future Makers. A través de propuestas centradas en educación, vivienda, empleo y política, los asistentes reclamaban a los partidos políticos “reformas que ayuden a la juventud a edificar sus proyectos de vida y llevar sus ambiciones lo más alto posible”. Cierta actitud alegre y confiada, cándida, como de optimista de verbena, resulta de pensar que nuestros dirigentes, de uno y otro color, centren sus políticas en un colectivo electoralmente insignificante sobre el que se ciernen negros nubarrones, aunque con impetuosas ganas de cambiar el mundo. Es mejor centrarse en uno mismo.

Un día después, el periódico, a través de su suplemento, publicó la entrevista realizada en un convento de clausura a una monja madrileña de tan sólo veinte años, que desde hace tres decidió tomar distancia del mundo, pero sin apartarse del mundo. Joven igual que los protagonistas de Future Makers, pero con una notabilísima diferencia, ella vive voluntariamente entre rejas, aunque gozando de una plena libertad interior. Cuando el entrevistador pregunta a la religiosa la opinión sobre la juventud, responde que se halla muy despistada. “Cuando quitas a Dios de tu propia vida aparecen todo tipo de ideologías. Por eso la gente vive agobiada y triste porque tu dios no puedes ser tú ni el influencer de al lado”. Incluso, reconoce que antes de cambiar de vida, ella vivía de forma incoherente.

Entre los asuntos abordados en la concentración juvenil destacaron, entre otros, el miedo al fracaso, el compromiso social y el liderazgo cultural. Es este del liderazgo un tema muy manoseado en las últimas décadas, especialmente, por algunos gurús y chamanes que dicen ser curanderos de los males de las organizaciones. De la misma manera que para prender algo, debes portar fuego, para liderar un grupo de personas debes previamente liderarte a ti mismo. ¿Cómo vas a restaurar la sociedad si antes no te has restaurado tú? Se necesita mucha humildad y un sincero afán de servir a los demás, porque en eso consiste el buen liderazgo, en ser coherente y ejemplar, para luego ser influyente debido a que el ejemplo es tan poderoso como la fuerza de penetración de una flecha de acero.

Ni a la humildad ni al servicio se llega a la velocidad de un AVE (de los de antes). Exige un proceso lento que parte de conocerse a sí mismo, de abrir el corazón y limpiarlo de cachivaches: soberbia, vanidad, envidia, tristeza… y de quitarse máscaras porque el que se finge fantasma acaba siéndolo. Durante esa apacible travesía se debe escuchar a la voz de la conciencia, que siempre conduce al bien y a la verdad, y empaparse de optimismo, del entusiasmo de la confianza y del alegre impulso de la esperanza, porque el pesimismo es contrario a toda obra fecunda. Con tales logros, llegarán otros: administrar el tiempo, disfrutar del silencio y la soledad para meditar y contemplar, ejercer tu libertad interior, estudiar y formarse. Se entra así en la dimensión de las tres “p”: prudencia, paciencia y perseverancia, que te proporcionan calma y serenidad para, primero, aceptar, y después superar la adversidad. Y una vez que se es líder de sí mismo, uno crece de dentro hacia afuera estando ya en disposición de liderar a los demás. Ignoro si esto será un liderazgo cultural, profesional o político, pero sí es un liderazgo coherente y ejemplar, basado en la entrega a los demás, en el amor, no en la fuerza. Liderar a corazón abierto no sólo hace futuro, también gana la eternidad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 10 de febrero de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/293697/opinion/liderar-haciendo-futuro-ganando-la-eternidad.html