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Primos de Rivera

Ciudadanos, el partido naranja, ha recibido un aluvión de votos en los diferentes comicios celebrados en España en los últimos meses. También está aumentando considerablemente el número de afiliados y simpatizantes en este río revuelto con ganancia de pescadores en que se ha convertido el escenario político patrio. Sin duda, es la formación de moda, especialmente, entre los jóvenes. Las encuestas lo sitúan como decisivo en la formación del próximo Gobierno surgido de las elecciones generales. Más que bisagra, será la puerta de entrada al poder. Los círculos económicos y financieros ya manifiestan un interés alto en Albert Rivera.

El principal reto es presentarse como un partido de gobierno, lo que supone no solo disponer de un programa real y serio para gobernar, sino dotarse además de un discurso homogéneo y con sólida arquitectura. Esta aspiración es, a primera vista, de fácil logro por la acendrada defensa de la unidad de España que el partido ha demostrado en ambiente hostil dominado por el virus separatista. Pero el objetivo de la uniformidad ideológica también puede verse empañado por dos circunstancias: una estructura territorial incipiente y, en ciertos casos, precaria, y un cuadro de dirigentes cuya procedencia tan desigual puede impedir que calen a tiempo las cuatro ideas fuerza que su líder lleva ahornando desde que decidió saltar de Cataluña a la política nacional.

A día de hoy, la incógnita de Ciudadanos es saber si sus candidatos electorales serán capaces de asumir los principios programáticos o, por el contrario, esa pluralidad de orígenes acarreará un mensaje descafeinado convirtiendo la formación en un guirigay ideológico, como aquella UCD próxima a su desintegración. Ya hay quien empieza a identificar como “camisas viejas” a los afiliados y dirigentes de la primera hora frente a la avalancha de camisas nuevas recién llegados, entre quienes abundan los que dicen ser amigos de infancia, compañeros de pupitre o, incluso, primos de Rivera. En todo caso, un halo de ambigüedad, por no hablar de incoherencia, rodea en los últimos días al partido de Albert en su condición de socio de Gobierno, pues sus líderes se comportan como ciudadanos en Madrid y como súbditos en Andalucía. O sea, exigentes y severos de Despeñaperros para arriba y más bien mansos y sumisos de Despeñaperros para abajo. Mal asunto porque escorándose hacia un extremo llevan camino de perder su tan deseado centro de gravedad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 19 de octubre de 2015. https://www.elimparcial.es/noticia/157185/opinion/primos-de-rivera.html

Resurrección del abrazo

En su autobiografía La medicina de un hombre, el doctor escocés Archibald Cochrane narra la conmovedora experiencia que le ocurrió cuando era prisionero de guerra: “Una noche los alemanes soltaron en mi guardia un prisionero de guerra ruso. La sala estaba repleta y lo coloqué en mi habitación, pues agonizaba y chillaba y no quería que sus gritos despertasen al resto de pacientes. Lo examiné. Tenía grandes cavernas bilaterales y un grave roce pleural. Pensé que esto último era la causa del dolor y de los gritos. No disponía de morfina; sólo de aspirina, que no hacía ningún efecto. Me sentí desesperado. Yo casi no hablaba ruso y nadie sabía hablarlo en la sala. Finalmente, de modo instintivo, me senté en la cama y lo abracé. Al instante, los gritos cesaron. Murió apaciblemente entre mis brazos. No fue la pleuresía lo que le hacía chillar de dolor, sino la soledad. Fue una maravillosa lección sobre la atención al moribundo. Me avergoncé de mi errado diagnóstico y mantuve la historia en secreto”.

Médicos y sanitarios estiran hasta el límite su capacidad de cuidar la salud convirtiéndola, además, en cuidado del alma e impidiendo que los enfermos mueran en una espantosa soledad. Consuelo y esperanza para familiares y amigos privados del último y necesario adiós. ¡Cuánto desgarro e impotencia! ¿Qué globalización es esta que ni siquiera permite humanizar la muerte? Tan humana como el nacimiento a la vida. Saturados de tecnología ya no nos asombramos de nada. Pareciera como si tampoco apreciáramos nada por hermoso que sea. Ni ideología ni economía. Un microscópico virus está transformando el mundo. Ojalá, saque a la Humanidad de las tinieblas y la devuelva a la luz.

Hace cincuenta años que alertaba Juan Pablo I de que el progreso y la comodidad se nos han subido a la cabeza. Pisamos la Luna pero convertimos a Dios en estrella lejanísima, a la que solo miramos en los duros momentos. Las ciencias nos ayudan cada día a conocer mejor cómo se ha hecho este mundo, pero solo Cristo nos dice por qué estamos en el mundo. El coronavirus nos ha despertado del delirio de omnipotencia, nos dice el Papa Francisco. Sociedades que viven en la opulencia exhiben engreídas una desquiciada inclinación no sólo al vacío religioso, también al olvido moral. Altivamente endiosados, nos ocupamos del materialista “pasarlo bien” sin preocuparnos del eterno “hacer el bien”. Diseñamos un mundo sólidamente acorazado que se nos antoja invulnerable pero, en segundos, se torna frágil e indefenso; Nos afanamos por el desmantelamiento del bien enalteciendo palabras refinadas como “progreso” o “moderno”, que se deterioran como seca hojarasca. Pero si Dios es más actual que el periódico de la mañana. Creemos necesitar una sociedad nueva con un nuevo hombre cuando debiéramos conformarnos con lo que tenemos, si bien que valorándolo y mejorándolo cada día con más entusiasmo y humildad.

A un mundo de derechos y deberes los cristianos debiéramos insuflar gracia y sacrificio. Si de verdad Evangelio significa nueva alegre, debiéramos ver siempre el lado bueno de las cosas mostrándonos rebosantes de alegría. En esta hora difícil de la Tierra que se extiende a todos los meridianos y latitudes, ¡cómo necesitamos la compañía y el abrazo de Quién ha resucitado a la vida en un alba de esperanza!

Artículo publicado en diario digital El Imparcial, el 12 de abril de 2020.