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HISPANI-ver-DAD

Con su lucidez habitual, Hannah Arendt distinguía en política dos tipos de mentira: El primero, habitual en el arte de la diplomacia y las relaciones entre los Gobiernos, es la mentira propia de la política tradicional, que conlleva secretismo en la estrategia internacional para confundir al enemigo exterior. Se quejaba Francisco I, rey de Francia, ante el Papa, de que Fernando II, el católico rey de España, le había engañado dos veces; “miente el rey de Francia, aseveraba el monarca español, no le engañé dos, sino cuatro veces”. La segunda mentira es la de la política moderna, que manipula hechos objetivos o que son conocidos por muchos pretendiendo engañar a todos. Entre otras, la que consiste en cancelar la historia con la artimaña de reescribirla de nuevo. A esto algunos lo denominan hoy posverdad.

Es la posverdad un campo abonado para la izquierda desde que, desorientada y desmoralizada, quedó colgando de la brocha al derribarse el muro de Berlín. El discurso tradicional del marxismo con su pacifista “lucha de clases” y con la orden poco acatada de “proletarios de todo el mundo, uníos” está hoy tan obsoleto como una máquina de escribir en una oficina. Y como Pirandello en busca de autor, el progresismo tuvo que lanzarse a buscar nuevos sujetos políticos y embaucarlos bajo la falsa protección del renovado socialismo: feministas, homosexuales, minorías raciales, activistas del indigenismo, ecologismo o animalismo… Acuñando el concepto de la interseccionalidad, ese perejil en todas las salsas del odio y del revanchismo, los ideólogos progres dan luz verde desde sus laboratorios a semejante recuestionamiento teórico jactándose de vivir otros cien años a costa de una nueva utopía anticapitalista y de otros tantos millones de cándidos. Y es que parafrasenado al maestro Ruano, el tonto del siglo XXI es igual al tonto romano y el mala uva de 2021 responde a idéntica cosecha que el mala uva de la Grecia de Platón, de la época de los faraones o del medievo.

La nueva “interseccional” comunista con su “tuneado” grito de “oprimidos de todo el mundo, uníos” crea mediante colectividades de resentidos una nueva clase explotada y prevaliéndose del perverso lenguaje de la corrección ideológica impone silencios y censuras contra la libertad. Y en fechas como la de hoy, en que conmemoramos el día de la Hispanidad, los pontífices del resentimiento reinventan hechos históricos troquelados con antojadizas calumnias, exigen que nos avergoncemos y disculpemos por la hazaña del descubrimiento y la gesta de la evangelización que España protagonizó en América y jalean instintivamente a su legión de cafres para que abatan las estatuas de quienes posibilitaron aquella titánica obra. ¿Oprimidos de qué? La empresa española en América consistió en sacar de la prehistoria todo un nuevo mundo y entregarlo a la historia, redimirlo de la piedra y salvarlo en la palabra. Desde Bartolomé de las Casas a Junípero Serra, todos los ejemplares misioneros españoles no fueron a América a buscar oro, sino a llevarlo, trasplantando a las montañas, valles y planicies del Nuevo Mundo el hogar cristiano. El continente americano es el continente de Nuestra Señora y la devoción mariana fue un factor clave en la conversión de los nativos y en la mezcla fecunda de razas que siguen rezando en español. Y la equiparación entre españoles e indígenas data del mimo instante del descubrimiento y posterior evangelización.

Conviene no olvidar que sobre aquél intrépido apostolado Pío XII dijo siglos después que la más preciosa herencia que la Madre Patria ha legado a sus hijas es la incondicional fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Y conviene asimismo recordar las palabras del político mejicano Flavio Guillén Anchieta, gobernador del Estado de Chiapas a principios del siglo XX: Desde la independencia americana acá, la república democrática, liberal o conservadora, resultó para los indios más funesta aún que la dominación española. En su “Elogio de la locura”, Erasmo de Rotterdam escribió: Si la sabiduría consiste en seguir la razón, la necedad aconseja dejarse llevar por las pasiones.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 11 de octubre de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/231469/opinion/hispani-ver-dad.html

Minoría

Con su habitual serenidad pastoral los obispos españoles han elaborado un diagnóstico de lo que pasa en nuestra sociedad y nos proponen a quienes somos católicos una terapia. En el documento titulado Fieles al envío misionero realizan una aproximación a la realidad social y eclesial en la actual situación de “metamorfosis global que redunda en la vida religiosa”, un cambio de época en continuo dinamismo. Somos una sociedad desvinculada, desconfiada y enfrentada, de la cual la inteligencia artificial sabe lo que necesitamos en cada momento; actuamos más como un “enjambre digital”, que como un pueblo organizado; y somos presa fácil de un relativismo dominante y de un nihilismo emergente. El resultado es un empobrecimiento espiritual, una pérdida de sentido moral que conlleva a “vivir como si Dios no existiera”.

“Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad, no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura”. Estas palabras del teólogo y escritor norteamericano Reinhold Niebhur, dichas hace casi un siglo, quizás sigan teniendo vigencia hoy. Y aunque no sabemos con certeza si nos espera la ruina, sí, en cambio, puede afirmarse que Dios ha sido eclipsado. Ante el desafío que plantea la pregunta ¿Cómo evangelizar en la actual sociedad española? el documento episcopal contiene orientaciones, criterios, prioridades y líneas de trabajo para los próximos cinco años. Porque la Iglesia no puede permanecer indiferente en un occidente secularizado que niega a Dios y endiosa al hombre cuando el pánico que provoca una pandemia evidencia la fragilidad de la vida humana.

Entre líneas el documento de los obispos aborda esa asignatura pendiente que como católicos no terminamos de superar: nuestra forma de presencia en el espacio público de una moderna sociedad democrática. Con una hostil cultura ambiental que margina, ridiculiza o se burla de nosotros, con creyentes que “creen sin pertenecer” a la Iglesia, reeditando aquél cansino slogan de los setenta “creo en Dios pero no en la Iglesia”, con fieles que pueden incurrir en la tentación de reducir la fe a un sistema cuasifilosófico, conservando las formas exteriores de la religión y perdiendo su corazón, resulta muy difícil asumir el desafío evangelizador. Hora es ya de concienciarse de que somos minoría. Necesitamos “resetearnos” en nuestra misión recordando el concepto de minoría que Pío XI recoge en Quadragesimo anno y actuar en esta hora presente como minoría perfectamente unida en la doctrina, en los métodos, en la disciplina y hasta en el afecto que haga de todos un corazón y un alma solos. Como minoría que aporte en la vida pública espíritu y táctica nuevos, cierta intrepidez en nuestro apostolado, nueva técnica de organización, singular actividad de movimientos, amplia comprensión de personas e instituciones, colaboración con afines, sentido de unión, y, sobre todo, ideas sociales y, aún políticas, muy claras y sólidas bebidas en los documentos pontificios. Pero sobre todo minoría en la que todos y cada uno demos testimonio personal de amor al prójimo que haga patente nuestra identidad inseparable de nuestra pertenencia eclesial y con un adecuado método de conocimiento de la Doctrina social de la Iglesia. Solo así será posible “recatolizar” España.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 18 de octubre de 2021.https://www.elimparcial.es/noticia/231659/minora.html

Valor y esperanza

Fue la Transición un luminoso haz de sacrificios y esperanzas que se elevó sobre el horizonte español y como un rayo, precisamente, de esperanza se extendió de modo fulminante sobre la inmensidad nacional. Se formó una conciencia clara de los valores que comportaba y de su mejor forma de defenderlos. Los representantes políticos eran fieles depositarios de una confianza colectiva, hacían honor a ello y desarrollaban su gestión en consonancia con tal responsabilidad. No fueron héroes pero sí valientes por su audacia. A la hora de edificar el proyecto común de España no hubo cabida para soluciones impuestas por minorías ni para ambigüedades que perseguían equiparaciones postizas entre víctimas y verdugos.

Sin embargo, el nihilismo, que es lo contrario de la esperanza, constituye hoy la enfermedad del ciudadano español. Si como afirma Pegúy, la esperanza produce verdadera admiración, la falta de ella conduce al miserable embobamiento. Cada época tiene su mundo y sus valores propios. Como decía Pío Baroja en Las veleidades de la Fortuna, “lo esencial ha perdido valor. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal en una época para histriones”. La rampa por la que se va deslizando la sociedad española conduce directamente hacia el relativismo blandengue, tergiversa valores proponiendo comodidad y seguridad por encima de justicia y libertad, y bien particular por encima de bien común. Triunfa el antojo del yo. Hasta la cultura es puesta en liza contra los valores permanentes, perennes. Alexis Carrel sostuvo que “ante los triunfos de la ciencia, del progreso, que nos aportan riqueza y confort, los valores morales han disminuido. La razón ha barrido con las creencias religiosas. Solo importan el conocimiento de las leyes naturales y la potencia que este conocimiento nos da sobre el mundo material y los seres vivientes”. Sin embargo, solo la mística es superior al conocimiento.

Frente a la irresponsable responsabilidad, afirmamos la responsabilidad del responsable, Frente a esa revanchista obsesión por resucitar un pasado de antagonismos que erosiona la convivencia, reconocemos a la ejemplaridad sacrificada en aras de la concordia, a la verdadera abnegación por lograr que los valores esenciales de una época estén en vigor. Ayudar y servir. No hay mejor forma de liderazgo que el servicio. No debemos imitar a Pilatos y lavar nuestras manos en lo que se refiere a las responsabilidades cívicas. De valor y esperanza habló el Rey Felipe VI en su reciente discurso durante la entrega de los Premios Princesa de Asturias. Sus palabras fueron norma y luz, reservas y energías  para recorrer juntos los caminos del futuro. Nos regaló el incentivo del valor y la esperanza. Solo resulta vencido quien pierde la vida o el valor. Resulta vencedor quien esperanzado continua el combate.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 26 de octubre de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/231956/opinion/valor-y-esperanza.html