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La educación de las Humanidades

Cuando la expresidenta de Brasil, Dilma Roussef, fue apartada de su cargo por presunta corrupción, dijo refiriéndose a quienes le sustituyeron en sus funciones: “Han entrado en el gobierno como una horda de hunos”. No trataremos aquí, querido lector, un asunto tan pedestre como el de la práctica política, y menos aún, el virus que suele afectarle por todas latitudes. Pero sí queremos resaltar que las palabras de Roussef son reveladoras de su conocimiento sobre la Historia, y en concreto, la Historia de Europa. Que una política brasileña, economista para más señas, emplee la expresión “horda de hunos” como comparativa de unas conductas desmedidas, nos demuestra que conoce bien la principal señal de identidad de aquél pueblo euroasiático liderado por guerreros con permanente afán expansivo e invasor y que alcanzó su máximo apogeo bajo el reinado de Atila

Decía Cicerón que la historia es maestra de la vida. Y así fue reconocida durante siglos en las Universidades como centros de alta cultura. Ciertamente hoy, las disciplinas humanistas no gozan de predicamento en las aulas universitarias. Un mundo excesivamente tecnificado y fascinado por la tecnología contribuye a que las Humanidades se estén batiendo en retirada. Por lo que respecta a España, seguimos la moda marcada por ese concepto talismán, pero hueco y vacío de la “empleabilidad”. Y la consecuencia es que si el mercado laboral no demanda titulados en Historia, Literatura, Filosofía, Filología o Arte, se certifica que tales carreras no contribuyen al crecimiento de la economía, como sí lo hacen la tecnología, las ingenierías, las ciencias o las matemáticas.

No obstante, una institución tan prestigiosa en conocimiento tecnológico como el Massachusetts Institute of Technology (MIT), advierte que muchos de los proyectos de ingeniería no logran prosperar porque no tienen en cuenta suficientemente el contexto cultural. Y es que gran parte de los retos que debe resolver la ingeniería, desde el cambio climático a las enfermedades o la pobreza, están ligados a realidades humanas. Por ello, los futuros ingenieros deben dedicar un tiempo de sus clases a asignaturas como historia, literatura, economía, idiomas o música. En España, dos Universidades (IE University y  Universidad Rey Juan Carlos), han creado un grado de cuatro años integrando asignaturas de ciencias y de humanidades, a fin de formar profesionales capacitados para abordar los desafíos tecnológicos ayudándose de conocimientos humanísticos. En plena guerra fría, un pensador solía decir que no basta disponer de la fuerza atómica; es preciso saber cuándo y cómo la hemos de utilizar. Y el cuándo y el cómo no nos lo dirán los científicos, sino los humanistas. La ciencia ha de ser acompañada por el humanismo.

La educación de la lectura

El catedrático de psiquiatría Enrique Rojas afirma que la lectura es la aristocracia de la cultura. Sabido es el gran beneficio que la lectura produce en la formación de la persona durante las primeras etapas de su vida. Pero también somos conscientes del excesivo entretenimiento que la actual sociedad tecnológica proporciona a nuestros niños y adolescentes, a través de los atrayentes artilugios digitales y de las hipnotizadoras pantallas táctiles, alejándoles del placer que supone leer un libro. Hoy casi no tienen sentido aquellas palabras de Azorín: El joven lo lee todo y de todo aprovecha poco. El anciano lee poco y de lo poco lo aprovecha todo. Porque el joven no lee todo, ni siquiera mucho; más bien poco; por tanto su aprovechamiento resulta ínfimo.

Se ha dicho que el primer libro que los hijos leen son sus padres. Quizás como padres debiéramos afinar más en la escritura de nuestras propias páginas para estimular en nuestros hijos, desde muy pequeños, el gusto por leer. Porque si se pone en pie el deseo por leer, pronto se impondrá el deseo por la lectura de los buenos libros, esos que hacen pensar, que por su buen provecho deleitan y fortalecen. Esos libros que inconscientemente uno se mete en el bolsillo para luego sacarlos de cuando en cuando, a ratos perdidos, saborearlos a sorbos despaciosos. Libros de enseñanzas perennes y no decadentes, propicias para conservarlas y transmitirlas.

Saber diferenciar las buenas y malas lecturas supone dotarse de una excelente guía de gran utilidad en el aspecto literario y en el moral. Con frecuencia lo importante no es saber lo que se ha de leer, sino lo que no ha de ser leído. Hay libros que revelan las verdades más profundas a la manera casera, es decir, a la manera más luminosa y eficaz, que exaltan siempre valores como la honradez, el compromiso y la dignidad, que pueden y deben ser dejados en manos de los niños. ¡Cómo interesa en nuestros tiempos blandengues y de confort leer libros como éstos!

El clima de la educación

Los factores que influyen en la formación de la persona son varios: internos, sus propias capacidades, y externos, su entorno social. La vida misma ofrece ejemplos de ilustres pensadores o brillantes científicos con orígenes económicos muy humildes y con mucha perseverancia o inteligencia. También muestra casos de personas que de niños nadaron en la abundancia al tener padres millonarios y jamás lograron terminar una carrera universitaria ni siquiera aprender un oficio que les permitiera ganarse la vida. Continuaron viviendo como unos ricos apáticos y holgazanes.

Además de esos factores, hay otros que son mezcla de ellos: el ambiente familiar, en concreto, las reglas de orden y disciplina, los hábitos de trabajo y de estudio que los padres inculcan a sus hijos. Quienes gozan en su familia de un clima bonancible y acogedor hacia las tareas estudiantiles tienen más probabilidades de rendir con mejores resultados que aquellos que viven en climas inhóspitos e inestables para la instrucción. La organización en los hogares del tiempo y del espacio para el estudio  resulta, a veces, un significativo indicador del éxito o del fracaso escolar del niño, mucho más que sus capacidades, su entorno social o el propio profesorado. El trabajo diario de un estudiante a la misma hora y en el mismo lugar de su casa puede ser decisivo para garantizar unas buenas calificaciones.

En otro lugar, he aludido a las Siete reglas que propuso San Bernardino de Siena en 1427 a los estudiantes de aquella Universidad para hacerse hombres de provecho. Recuerdo algunas de ellas: la separación de todos los “mulos” que dan coces, la tranquilidad y el silencio a su alrededor y el orden tanto en las cosas del cuerpo como del espíritu. Casi seis siglos más tarde, prestigiosos estudios e investigaciones al respecto confirman que los horarios, el sueño y el alimento, la llevanza, en suma, de una vida ordenada influyen de manera relevante en los resultados académicos. Según Iván Eguzquiza, psicólogo conductual del Instituto de Investigaciones del Sueño de Madrid, “el sueño es fundamental para la consolidación de la información aprendida durante el día. De hecho, es curioso observar cómo las mismas áreas cerebrales activadas durante el aprendizaje de una tarea lo hacen nuevamente mientras dormimos”. El investigador de la Universidad de Southern IllinoisC.A. Presley, concluye que aquellos que beben y se emborrachan al menos tres veces a la semana tienen seis veces más posibilidades (40.2% contra 6.8%) de suspender un examen que aquellos que sí, beben, pero no se emborrachan.

La función que la responsabilidad desempeña en este ámbito es crucial. La persona de talento debe sacar partido del tiempo. Se puede atender al estudio y a la diversión. Si desde pequeños enseñamos a nuestros hijos a ser responsables en sus obligaciones y derechos no solo estaremos formando buenos estudiantes, sino también auténticos profesionales y mejores personas.

Educación y ética

Sin un componente ético en su educación, toda persona adolece de un punto flaco. Puede agradar o seducir, resultar simpática u original… pero a la larga será un bribón. La bribonería se manifiesta a través de una mente interesada y pérfida y de un corazón frío e insensible. El resultado es la impostura. O sea, una inmoralidad.

En su novela Llega el tiempo de los impostores,el escritor francés Gilbert Cesbron describió a quienes se aprovechan de los bajos instintos de la gente y van destruyendo poco a poco el sentido moral. Talleyrand definía a la palabra como un don de Dios para “ocultar el propio pensamiento”. Lord Byron llamó a la mentira “verdad enmascarada”. Ibsen en su Pato salvaje defiende la “mentira vital” afirmando que los hombres comunes necesitan la mentira para vivir. Andreev, afirma con dolor en su Mentira que no existe ya la verdad. ¿Podríamos llegar así a la conclusión práctica de que el fraude y el engaño son pruebas de inteligencia y de astucia en todos los ámbitos del obrar humano?

Howard Gardner es un neurocientífico y psicólogo de Harvard, autor de la teoría de las inteligencias múltiples. Un buen día se preguntó por qué personas que parecían ser excelentes al haber triunfado en la política, las finanzas, la ciencia o los negocios hacían el mal perjudicando a sus semejantes. Empezó así una investigación sobre la ética de la inteligencia mediante un proyecto experimental conocido como Goodwook Proyect, en el que entrevistó a más de 1.200 personas. Su conclusión fue que las malas personas no pueden ser profesionales excelentes. Pueden poseer cierta pericia o técnica pero no alcanzan la excelencia. Para adquirir ésta es preciso comprometerse con objetivos que van más allá de la mera satisfacción del ego personal, del egoísmo y de la avaricia de cada uno. Objetivos que se traducen en servir con cierta abnegación a las necesidades de los demás y que derivan de la asunción de principios éticos sin los cuales, según Gardner, uno puede llegar a ser tremendamente rico o técnicamente eficiente, pero nunca excelente.

La desgracia no está en sufrir o en ser pobre, sino en desviarse de los criterios éticos más elementales sobre el bien y el mal. La desgracia, querido lector, consiste en hacer el mal.

Cristianismo

La civilización judeocristiana europea se encuentra en fase terminal. La potencia de una civilización casa siempre con la potencia de la religión que la legitima. Cuando la religión está en fase ascendente, la civilización lo está igualmente; cuando se encuentra en fase descendente, la civilización decae; cuando la religión muere, la civilización fallece con ella. Quien así habla es Michel Onfray, intelectual ateo francés, que en su obra Decadencia sostiene que Occidente sucumbirá cuando sucumba el cristianismo. Y él simplemente lo constata; ni se ofusca ni se alegra. Muchas naciones modernas deben hoy su civilización al cristianismo. Más dura será la caída.

Uno de los principales problemas que se advierte en un juicio exacto de la hora en que vivimos es, sin duda, la repugnancia que produce el vocablo cristiano a gente de ciertos países europeos. Este es el primero y más grave estigma del tiempo presente, que muchos parecen dar la impresión de preferirlo todo menos que se les llame cristianos. Para ellos cristiano y desde luego católico resulta contraproducente y comprometedor. Es preferible encontrar una fórmula, vaga e imprecisa para encubrir la realidad.

Hace más de setenta años, un creyente como Reinhold Niebuhr, teólogo y politólogo estadounidense, llegó al mismo diagnóstico que Onfray, al presenciar los horrores de los campos de exterminio nazis. Si Dios, ese Dios combatido y expulsado de la sociedad no vuelve, nos amenaza una destrucción parecida a la que experimentó el mundo romano a mediados del siglo V, que será la ruina de la prosperidad y de la cultura. En una época inquieta y turbulenta como aquella, la angustia del hombre le hace volverse hacia la causa de Dios.

Ese fin de ciclo no es de hoy. Se incubó lentamente en aquella obra de demolición emprendida hace dos siglos de una manera sistemática en esta vieja Europa, que comenzó por apagar las estrellas del cielo. Nietzsche anunció la muerte de Dios. Al principio, comenta Mounier, esta muerte fue alegremente festejada. Jamás hubo un optimismo más alegre ni una indiferencia más tranquila. Las gentes no adivinaban lo que significaba aquél ataque profundo al Evangelio y a la ley natural. Se atendía solo a las promesas espléndidas del progreso, más aún, al mismo tiempo se anunciaba la “religión de la ciencia” y la “irreligión del provenir”. Profetas sagaces como Ferdinand Brunetiere entrevieron la catástrofe. Pero nadie les hizo caso. Preferían oír las expresiones de exquisita burla que Anatole France dedicaba a las “buenas costumbres” o repetir con Weber que el nombre del bien se aplica a aquello que ha triunfado, porque el éxito, con tal de que sea implacable y feroz, lo justifica todo.

Hoy, la teología encierra la novedad de método más que de contenido, pues trata de encontrar una vía por la que el hombre moderno, que siente en su carne la angustia del vivir, que tropieza con misterios en su propio interior y se embaraza con ellos, que palpa la corta duración de su vida, pueda llegar eficazmente a Dios.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario El Imparcial el 24 de junio de 2018. https://www.elimparcial.es/noticia/191107/opinion/cristianismo.html

Educación de memoria

Para Humberto Ecco, la memoria tiene dos funciones: la de retener y la de filtrar la información. Porque si no elimináramos la mitad de todo lo que aprendemos, nos volveríamos completamente locos. Distinta cuestión es que para algunos, el verdadero problema de la memoria de la persona no reside en la dificultad para recordar, sino en la imposibilidad de olvidar. Lo que nos lleva a citar al filósofo Fernando Savater cuando afirma que lo contrario de la memoria no es el olvido, sino el recuerdo amañado. Pero no es de la memoria subjetiva de la que queremos hablar aquí, amigo lector, sino de la memoria objetiva, como facultad utilísima del ser humano, que en ningún caso debe sustituir a la inteligencia, sino complementarla, potenciarla y enriquecerla.

Otro filósofo, José Antonio Marina sostiene que la memoria es la que nos facilita el aprendizaje, pues vemos desde la memoria, leemos desde la memoria, comprendemos desde la memoria, inventamos desde la memoria… Todo lo aprendemos con la memoria. Marina considera un error disuadir a los niños para que no se aprendan de memoria los contenidos y materias. Sí es posible y conveniente adiestrarlos para que configuren su memoria, a fin de alumbrar lúcidas ideas, pensamientos ágiles y buenos sentimientos que proporcionen la capacidad óptima para afrontar y resolver problemas. En eso consiste el talento. Y para Marina, el talento se basa en la memoria.  

El talento nos facilita el intercambio de experiencias, nos afianza en el respeto al diferente, nos permite trabajar convenientemente en grupo, nos fortalece la atención, nos ayuda a seleccionar las lecturas más idóneas, nos guía por conversaciones amenas y nos prepara para ser perseverantes y tenaces. Porque en la escuela y en la vida, como decía Albino Luciani, no basta desear, hace falta querer. No basta comenzar a querer, sino que hay que seguir queriendo. Y no basta siquiera seguir queriendo, sino que es necesario saber comenzar a querer de nuevo, cada vez que uno se ha parado por pereza, fracasos o caídas. El talento está estrechamente vinculado con la fuerza de voluntad. Y la memoria se ejercita y desarrolla mediante esta fuerza. 

Fuente gráfica: Editorial del diario El Mundo de 28 de marzo de 2021.

Asta y rabo son toro

El problema de España es taurino. Alguien tiene que coger de una vez el toro por los cuernos y culminar la faena saliendo por la puerta grande. Ese toro que es la buena administración. El problema de España es de mala administración. Como ciudadanos ejemplares debiéramos imponernos criterios de una mejor administración. La felicidad de un pueblo depende de administrar sabiamente el tiempo y el silencio. Para ello se precisa de una buena educación. Luego, el drama español es su sistema educativo. Lo confirman, pongo por caso, las señoritas asaltacapillas. Lo suyo fue un error de cálculo. Calcularon pésimamente los tiempos (de menosprecio) y los silencios (quien se acerca al enorme silencio de una capilla, si escucha con afilada atención, alcanzará a oír el íntimo latido del Corazón de Jesús).

Si estamos donde estamos, abocados a nuevas elecciones, es porque nuestra dirigencia no ha sabido administrar ni su tiempo ni su silencio. En China, la historia se cuenta por milenios. Un periodista le preguntó a Chiang-Kai-shek: ¿Cuánto durará la guerra? Y el mariscal respondió: Cinco o seis años. Tal vez más, diez, veinte, cien años. El tiempo nos sobra aquí. Hay silencios que valen por discursos. Churchill a menudo tenía que comerse sus palabras y con ello descubrió que eran una dieta equilibrada. Nuestros políticos desconocen que hay un tiempo para la lírica y otro para la eficacia. Por eso, siempre llegan a destiempo, con anticipación o con retraso para ser una posibilidad nacional. Es el caso de Pedro Sánchez Obrero Español. Asimismo, ignoran que el silencio puede rasgarse con cal viva o al subastar poltronas, es el otro caso de Pablo Iglesias.

Si nuestro problema es taurino, también es taurina nuestra solución. Las corridas de toros representan esa mejor optimización de tiempos y silencios. El espectáculo de la tauromaquia está medido con precisión cronológica y con precisión acústica. Una vez en la plaza vieja de Madrid reaccionaron las gentes cuando Antonio Márquez vistió una taleguilla con flores de seda multicolor. Y para ahogar el disgusto que les anudaba la garganta optaron por cantar aquello de ¿Dónde vas con mantón de Manila? Se rompió el silencio. Nosotros, como españoles, ansiamos recuperar el tiempo perdido para aspirar a un puesto de vanguardia en el orden internacional. Pretendemos acallar el vocerío y restablecer la sensatez del mutismo. Cierto es que no vamos por buen camino. Pero no perdamos la esperanza. Hasta el rabo todo es toro.  

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de mayo de 2016. https://www.elimparcial.es/noticia/164664/opinion/asta-y-rabo-son-toro.html