Raúl Mayoral Benito: Perder para ganar

Recientemente, Raúl Mayoral Benito publicó Pregón de combate para jóvenes de espíritu, un tan necesario como valiente ensayo que se inscribe en la batalla cultural y desenmascara y pulveriza con fundamento la nefasta ideología woke, que, sobre todo en los últimos tiempos, difundió la cancelación y lo políticamente correcto en un ataque a la libertad de expresión, llevado a cabo por “progresistas a la violeta”.

Ahora, el escritor, abogado y articulista debuta en la narrativa con una brillante obra, Perder para ganar, que, como todas las mejores novelas históricas, no nos habla solo del pasado sino también del aquí y ahora, en un mundo que ha arrinconado valores imprescindibles entronizando un desaforado materialismo. La propuesta de Raúl Mayoral Benito nos sumerge en uno de los momentos más aciagos, sangrientos y trágicos del siglo XX, como fue la II Guerra Mundial, provocada por el nazismo con un Hitler que se presentó con piel de cordero y supo “ganar la baza de la ilusión, de la emoción, de los sentidos, en una palabra, de la sinrazón”. Porque “este movimiento demoniaco” -como magistralmente exploró Thomas Mann en su Doktor Faustus– atrajo a millones de alemanes, aunque no a todos. Para algunos, queriendo a su país, ‘la única esperanza es que Alemania sea derrotada en la inminente guerra y los vencedores acaben con Hitler”.

Entre sus aciertos, la novela reivindica a aquellos germanos, no pocos cristianos, que, en medio del peligro y el riesgo, hicieron lo posible en contra de la barbarie que instauró el inimaginable horror de los campos de exterminio, pues tras la liberación de Auschwitz, “es algo que no puede creerse, aunque se esté viendo”. Así, en esa oposición, aparte del fallido Plan Valquiria, se recuerda el Círculo de Kreisau, formado por gentes provenientes de distintos sectores, pero, en lo fundamental, hermanados por una impronta cristiana y europeísta.

La novela arranca en 1938 con la asistencia de uno de sus personajes, Alan Harris, a una multitudinaria conferencia de Ronald Knox, capellán católico de la Universidad de Oxford y concluye, en un epilogo, en Londres, en mayo de 1945, en la Catedral de Westminster. Allí, Alan se reencontrará con María, Andreas y Ramiro, principales personajes de Perder para ganar, cuyos avatares hemos ido conociendo: “Bajo la formidable bóveda de la Catedral de Westminster, están reunidos tres hombres y una mujer, cuatro europeos intrépidos que han logrado sobrevivir a una guerra obrando el bien y manteniendo intacta su fe en tiempos convulsos para el ser humano”.

Entremezclando personajes ficticios, muy bien perfilados, con reales -entre otros, asoma la voz del gran G. K. Chesterton-, y varios escenarios: Berlín, Madrid, Silesia, Oxford, Kiev…, Raúl Mayoral Benito consigue que la enorme documentación en la que se ha basado para contar con rigor hechos históricos no entorpezca la emoción del relato y que sigamos con interés a sus personajes.

El sugerente título de Perder para ganar, inspirado y quizá homenaje a Loss and Gain, novela autobiográfica de John Henry Newman, que cobija una novela estructurada en XXIII capítulos y un epílogo, encabezados con muy bien elegidas citas del Evangelio, tiene, pues, una doble vertiente. Por un lado, la necesidad de que el régimen hitleriano perdiera la contienda, pues, como afirma el almirante Wilhem Canaris, uno de los personajes reales de la novela, “el nacionalsocialismo es especialista en atribuir carácter legítimo a acciones generalmente consideradas como inmorales. Esa es su verdadera esencia: convertir lo inmoral en una nueva moralidad”. Y por otro se refiere a la “gran paradoja del cristiano”, como explica el reverendo Knox, también personaje real, y, como Newman, anglicano converso al catolicismo: “Para ganar, el hombre debe perder. Para enriquecerse, el hombre debe desprenderse. Para tener, el hombre debe dar”.

Una admirable novela para creyentes y no creyentes -¿no hay acaso valores irrenunciables que se pueden compartir? -, en la que es posible disfrutar de una lección de Historia perfectamente imbricada en una lograda narración.

Artículo publicado por Carmen R. Santos en el diario digital El Imparcial el 19 de enero de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/292701/los-lunes-de-el-imparcial/raul-mayoral-benito-perder-para-ganar.html

Modelo Meloni o el itálico modo

De entrada (prima facie), el sustantivo “modelo” unido a una mujer induce a pensar en una pasarela de la moda, italiana, por supuesto. Sin embargo, cuando la mujer se apellida Meloni, la expresión se torna en rasgo de buen gobierno. Georgia Meloni no deja de sorprender. Hace un tiempo, su modelo para solucionar la inmigración en Europa mediante la creación de centros de deportación era visto con recelo y desdén en la mayoría de las cancillerías europeas. La izquierda tachó la iniciativa de inhumana y a su promotora de xenófoba. No se olvide que esa misma izquierda decretó en Europa la alerta antifascista cuando la dirigente italiana accedía a la presidencia del Gobierno de su país.

Actualmente Meloni es una mujer mucho más eficaz, moderada y coherente que Ione Belarra, Yolanda Díaz o Marichús Montero. Y, por supuesto, no provoca en las mujeres el miedo que sí causan José Ábalos o Paco Salazar, aun por separado. Hoy el Consejo de ministros europeos de Interior ha aprobado un conjunto de medidas para facilitar la expulsión de inmigrantes ilegales siguiendo el modelo de centros de retorno o deportación que Meloni proyectó en el pasado. El mérito de la italiana es doble: Además de sacar adelante su proyecto, impulsado por el Comisario de Migraciones, un austríaco, lo hace bajo la presidencia danesa, de ideología socialdemócrata, lo que fue el PSOE antes de llegar Zapatero y Sánchez a destrozarlo. La nota discordante la dio el ministro español Marlaska, oponiéndose enrabietado a la medida. Entra bastidores, Georgia se limitó a presenciar la pasarela. Un éxito.

Meloni es una dirigente de otra latitud. En Italia, decir “político italiano” es una redundancia, porque allí todos son políticos. Y más, las mujeres, que, aunque no gobiernan, sin embargo, inspiran, promueven y dirigen, tanto en la familia como en la sociedad. A la cumbre del G-7 celebrada en Apulia, Italia en junio de 2024, asistieron por invitación de Meloni, que presidía la reunión internacional, Zelenski, Milei, Lula da Silva y el Papa Francisco. Para la posteridad quedará la finezza de la italiana al excluir el derecho al aborto en el comunicado final de la Cumbre. Pero lo más sorprendente de esta política católica fue su respuesta al Papa, cuando, perplejo éste por el manejo y la soltura de la anfitriona entre tantos líderes mundiales, la preguntó: “Señora ¿Cómo lo hace?” Ella respondió: “Como lo hacemos siempre las mujeres, sin extravagancias, mandando sin que se note”. Sinatra tenía su fórmula: “A mi manera”. Meloni, tiene su modelo: la Cristiandad. Ojo, porque es mujer, es italiana, o sea, una gran política.

¡Preparados! ¡listos! ¡ya!

Son éstas expresiones propias del comienzo de una prueba deportiva, atlética, gimnástica. Pero también serían propias del inicio de cualquier prueba en la vida. Mejor dicho, de la prueba más decisiva para nuestra vida que es la de la renovación interior. A esa transformación íntima, recóndita, profunda nos convoca el Adviento. Una llamada para empezar de nuevo, gracias a quien hace nuevas todas las cosas.

“Estad atentos, vigilad” (Mc. 13.33). “Estad en vela” (Mt. 24.42), son convocatorias a la conversión. Nueva oportunidad para el reinicio de una vida más mejorada, mejor vivida en paz y amor. Y esa gran ocasión nos la ofrece la venida del Salvador, Jesús de Nazaret. Fue éste un pueblecito en donde el ángel del Señor anunció a María y el Verbo se hizo carne, dando origen a la Redención. Una verdadera revolución, no a modo de estridente algarabía por las calles, sino de suave renovación en los corazones, suponiendo un cambio absoluto y radical en la escala de valores.

De Nazaret partieron José y María hacia Belén, lugar en el que nació el Niño Dios. Nazaret es el punto de partida de una esforzada carrera, de un Camino que es la Verdad y la Vida. De Nazaret sí puede salir cosa buena, Natanael. A veces nos equivocamos porque nuestros planes no son los de Dios. Hagamos sus planes empezando desde dentro. En tiempo de Adviento, estemos preparados, atentos, listos; en silencio y recogimiento, disponiendo fuerzas para la conversión. ¡Ya!

La hora de la sociedad civil

Según Felipe González, tenemos un Parlamento a la italiana pero carecemos de  políticos italianos, siempre prestos y dispuestos al pacto. De un político italiano se dirá siempre que es doblemente político. Una especie de redundancia. En opinión de José María Aznar, algunos han roto el pacto del 78, aquél que surgió de la Transición y que logró la reconciliación entre los españoles en convivencia democrática. Resultando imposibles entre la clase política los grandes consensos que permiten la estabilidad de una nación, es la hora de la ciudadanía, pero no de una masa amorfa sin dirección, sino de grupos sociales vigorosos, maduros y bien articulados. Es la hora de idear de nuevo el porvenir juntos, de volver a encontrar un proyecto colectivo de ambición nacional sugestivo y fecundo que ilusione. Y para ello se necesita un sustrato de personas que piensen, que solo piensen.

Sin duda, nuestro régimen político no sólo es perfectible, sino que está muy necesitado de modificación y de más apertura al ciudadano. Pero en esa transformación debemos conservar valores firmes como la seguridad y la libertad. En suma, tender a un régimen más abierto y participativo sin desperdiciar el caudal de experiencia ni abandonar logros ni realizaciones estimables. Cada día es más necesario que el español se sienta personaje activo del quehacer cotidiano nacional; cada día es más conveniente sacar a la mayoría de la opinión pública de su estado actual de atonía; cada día es más razonable preparar hombres públicos en número suficiente para las necesidades del mañana.

Hoy ante la tentación totalitaria que domina en ciertos ámbitos internacionales o ante el deseo de revancha destructiva que anida en algunas posiciones ideológicas, resulta urgente redoblar el esfuerzo de todos por garantizar los niveles de libertad y responsabilidad que nuestro tiempo histórico nos exige. Es la misma ciudadanía la que debe recordar a los dirigentes políticos que la política ha de ser un medio para conseguir un fin y no es un fin en sí misma. Que es inmoral malgastar en vaivenes y disputas partidistas las energías que deben emplearse en estabilizar España por la vía de la concordia superando antagonismos y heridas históricas. Y, por supuesto, que la Constitución es nuestro marco de referencia fuera del cual nadie está legitimado. El buen gobernante es el que da importancia al ciudadano, pide su opinión y sirve al interés general. Vigorizar la democracia pasa por hacer más efectiva, exigente y responsable la participación ciudadana. La democracia se salva con compromisos éticos y cívicos de los dirigentes y de la sociedad civil.

Es hora de recoger el testigo del consenso y del espíritu de la reconciliación que con sacrificio y generosidad contribuyeron a construir una España libre, estable y próspera. Como afirmó Abraham Lincoln el verdadero ciudadano demócrata es aquel que no queriendo ser esclavo tampoco desea ser amo.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 27 de febrero de 2020. https://www.elimparcial.es/noticia/210487/opinion/la-hora-de-la-sociedad-civil.html

Literatura y cristianismo

Escribe Sebastian Haffner en sus Memorias 1914-1933, conocidas por Historia de un alemán que “entre 1934 y 1938 se escribieron en Alemania, como forma de evasión obras basadas en recuerdos infantiles, sagas familiares, narraciones paisajísticas, lírica dedicada a la naturaleza y demás cositas y jueguecillos líricos (…) Toda una literatura basada en cencerros y margaritas silvestres, pletórica de esa felicidad que inunda a los niños durante las vacaciones y repleta de primeros amores, olor a cuento y manzanas asadas y árboles de Navidad. Una literatura de carácter intimista y atemporal, casi cortante, fabricada al por mayor como por encargo en medio de desfiles, campos de concentración, fábricas de munición y formaciones de choque. Pero llegó un momento en que los recuerdos infantiles ya no les sirvieron de protección a muchos alemanes”.

Hay una literatura de evasión, de escape, como describe Haffner, y hay una literatura de compromiso. Un cristiano debe comprometerse con el mundo en el que vive. En todos los actos de su vida, el cristiano debe poner, lo que Fernando Martín-Sánchez Juliá llamaba trascendencia de eternidad. Recientemente, el Papa León XIV en la canonización de Pier Giorgio Frassati, dijo: “Para él la fe no fue una devoción privada, sino que, impulsado por la fuerza del Evangelio y la pertenencia a asociaciones eclesiales, se comprometió generosamente en la sociedad”.

Personalmente, creo que la vida no es para almacenarla sino para compartir, para gastarla, para entregarla como lo hizo Jesucristo. Y así se entiende la gran paradoja del cristiano: Para enriquecerse debe desprenderse, para tener debe dar, para ganar debe perder. Y en mis dos recientes obras, el ensayo Pregón de combate para jóvenes de espíritu, y la novela histórica, Perder para ganar. Una paz para un siglo, he plasmado mi compromiso con la fe cristiana. Las páginas de ambos libros están impregnadas de cristianismo. Los dos títulos constituyen un compromiso con la verdad en una época en la que se cree en cualquier cosa, pero se desconfía de la verdad.

Nunca como ahora se teme al pensamiento preciso y a la palabra exacta. Pero también nunca como ahora es necesario llamar a las cosas por su nombre. La palabra ha tenido siempre dos enemigos: Los enemigos de la libertad y los enemigos de la verdad. Con la censura, se cancela la palabra y con ello la libertad. Con el amaño, se manipula la palabra y se altera su significado. Unos y otros enemigos pretenden implantar el reino de la mentira, del engaño, de la farsa. No se olvide que el drama de la verdad es el drama de la libertad porque la verdad, como dijo el Evangelista San Juan, nos hace libres.

Sobre

Hay un silencio glaciar, sinónimo de mudez, y hay un silencio sonoro que vale por discursos, porque un mutismo vale más que mil palabras. Ambos han sido protagonizados por el sanchismo ante dos hechos trascendentales para la paz y la libertad en el mundo: el acuerdo auspiciado por Donald Trump entre Israel y los terroristas de Hamás, y la concesión del Premio Nobel de la Paz a la defensora de la democracia María Corina Machado. Ante acontecimientos tan felices, la izquierda española ha quedado desnuda y colgada de la brocha demostrando que ni ansía la paz ni defiende la libertad.

Coincidiendo con el descubrimiento de entregas de sobres que sobrevuelan de aquí para allá, el sanchismo ha sufrido un sobrecogedor sobresalto en su cínica sobreactuación en el concierto internacional, viéndose sobrepasado por la realidad de las sobrevenidas noticias del acuerdo de paz y del Nobel de la Paz. En Moncloa, se percibe el sobrecejo de su inquilino, quien padece un sobrecalentamiento en el ánimo, consecuencia de sobrecargar con excesivo sobrepeso en una legislatura con sobredosis de prórroga presupuestaria que se sobreentiende acabada.

Si ya está siendo sobrehumano sobrevivir ante una sobreexcitación causada por el sobreviento judicial que sopla sobre familiares y colaboradores, la sobreimpresión es mayor, sobre todo, al tener que soportar en las sobremesas de los hogares españoles el protagonismo sobresaliente del presidente Trump y la resistente opositora Machado. Únase a ello, los sobresueldos, los sobrepagos y los sobreprecios del otrora sobrero Ábalos. El resultado es que Sobrepedro ya no está sobreseguro ni puede sobrellevar ni sobreponerse a tan sobreabundante sobrecarga.

Fuente gráfica: Diario El Mundo

Trabajar mejor, ganar más

El Gobierno pretende reducir la jornada laboral de 40 a 37,5 horas, sin merma de salario. Los empresarios se lamentan de que con el vicio del absentismo la jornada de trabajo es ya inferior a 35 horas. La promotora de la medida es una ministra comunista del Gobierno de coalición, cuya propuesta ha sido derrotada en el Parlamento presentada sin el conveniente consenso del empresariado. ¡Qué tiempos aquellos en que empresarios y sindicatos resolvían por sí solos sus diferencias sin intromisión de los políticos!

En España disminuir las horas de trabajo podría resultar sensato si la productividad alcanzara niveles óptimos, pero padece un espectacular desplome. Igual que la competitividad. Además, con esa disminución se reducirá también la producción, resultando más desempleo, al no poder las empresas sostener sus plantillas por el elevado coste. Se avecinan mayor fragilidad económica y menor prosperidad social. Mi abuela, que no sabía de productividad ni de competitividad ni conoció el absentismo laboral, siempre repetía en sus tareas y labores: “Lo bien hecho bien parece”. Leyendo a Charles Péguy me topé con la idea de la obra bien hecha y recordé, no tanto a mi abuela, sino a su generación. “Nosotros hemos conocido, afirmaba el escritor francés, la piedad de la obra bien hecha, trabajada, mantenida hasta sus más estrechas exigencias. Hemos conocido un honor del trabajo. Era necesario que un palo de una silla estuviese bien hecho. No hacía falta que estuviese bien hecho para el patrón ni para los expertos ni para los clientes del patrón. Hacía falta que estuviese bien hecho él mismo, en sí mismo, por él mismo, en su ser mismo. Un honor quería que ese palo de silla estuviese bien hecho”. Un honor deportivo que llevaba al trabajador a hacer cualquier parte de la silla que no se viera exactamente con la misma perfección con que se hacía la parte que se veía. Había un disgusto por la obra mal hecha. Había un desprecio para aquel que hubiese trabajado mal. A los obreros ni siquiera se les pasaba por la cabeza esa idea.

Proseguía Péguy que en la mayoría de los oficios se cantaba. Hoy se refunfuña. Los obreros tenían ganas de trabajar. Se levantaban por la mañana, y a qué horas, y cantaban con la idea de que ellos partían a trabajar. Era su alegría y la raíz profunda de su ser. “Estos obreros hubieran sido sorprendidos, y cuán grande hubiera sido su disgusto, o ni siquiera eso, su incredulidad, cómo hubieran podido creer que no se bromeaba, si se les hubiera dicho que algunos años después los obreros, los compañeros, se proponían oficialmente hacer lo menos posible y que considerasen tal cosa como una gran victoria. Una idea semejante, suponiendo que la hubieran podido concebir, hubiese sido un golpe contra ellos mismos, contra su ser, hubiera sido dudar de su capacidad, porque eso hubiera supuesto que no hubieran rendido todo lo que podían”. Péguy pretendía la regeneración de la sociedad comenzando de abajo arriba. Hoy algunos pretenden degenerarnos de arriba abajo. Porque la mayoría de la gente prefiere trabajar más y ganar más a cobrar lo mismo trabajando menos horas.

Perder para ganar: la fe que salvó a Europa de la barbarie

No existiría el presente sin esperanza. Escribió Víctor Frankl, superviviente de Auschwitz, en su obra «El hombre en busca de sentido», que este «es el ser que siempre decide lo que es. Ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo ha entrado en ellas con paso firme, cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shema Israel en sus labios». Fue la fe, y, por tanto, la esperanza, la que salvó a Europa durante y tras la Segunda Guerra Mundial. Tanto dentro como fuera de los campos. A los europeos, la fe «les salvó no sólo la vida, sino también les impidió realizar actos degradantes que se consideraban normales. Porque la moral quiebra cuando lo que no es natural comienza a imponerse como normal», explica a este diario Raúl Mayoral, abogado y escritor de una novela que funciona como culto al cristianismo en tanto bálsamo frente a la barbarie.

La resistencia moral importa

La verdadera victoria nace de la derrota. La destrucción del nazismo fue el único camino para salvar la dignidad de Alemania y, acaso, de Europa. A aquella barbarie se resistieron personajes como Canaris, Speer, Bonhoeffer o Claus von Stauffenberg, que entendieron que, a veces, sólo aceptando la pérdida se construye un futuro legítimo. Testimonios humanos de cuatro personajes creados por Raúl Mayoral en Perder para ganar (Bookman) basados en la historia contada a través de ojos de los que vivieron, lucharon y sobrevivieron.

Estamos ante una reflexión profunda que combina estrategia política, dilemas morales y fe cristiana, trascendiendo los hechos bélicos. La novela es de una relevancia contemporánea: planteamientos sobre resistencia interna a regímenes tiranos, cultivo del bien común y balance entre técnica y valores que se aplican a nuestros tiempos, hoy más que nunca.

La resistencia moral importa. No todos los alemanes fueron nazis: hubo civiles, militares e intelectuales que plantaron cara a Hitler desde dentro. Al mostrar sus historias, esta obra resalta cómo la integridad y el valor basado en la fe cristiana se mantuvieron firmes frente al autoritarismo.

La fe está adentro del que lucha por ella, es la que da forma a la defensa. El triunfo no es solo militar, también espiritual. Pasajes como la descripción de la Eucaristía celebrada en la catedral de Westminster o el discurso final en la Universidad de Oxford subrayan la dimensión ética y espiritual de la postguerra. La reconstrucción no se limita a ruinas y carreteras: requiere reequilibrar la política, la educación y la cultura del bien común.

Perder para ganar es una lección universal contra el poder desbocado. El ascenso del nazismo “tecno‑espiritualizado” advierte sobre el riesgo de combinar tecnología sin valores.

Debemos apreciar en esta novela su llamada a reforzar los derechos individuales, la libertad de conciencia y el respeto a la dignidad humana en toda era. ¿Por qué este libro merece ser leído? El lector será interpelado a plantearse preguntas como: ¿De qué “derrotas” personales debe aprenderse? ¿Cómo mantener firme nuestra resistencia moral frente a las presiones del poder, la tecnología o el conformismo?

Artículo publicado por Damian von Stauffenberg en el diario digital Religión en Libertad el 7 de julio de 2025. https://www.religionenlibertad.com/opinion/250707/resistencia-moral-importa_112993.html

 

 

Cuando la independencia judicial es oposición al Gobierno

Casualmente, la Sentencia del Tribunal Constitucional que declara conforme con la Constitución la Ley de Amnistía para la normalización institucional, política y social en Cataluña, se ha dictado noventa años después de la pronunciada por el Tribunal de Garantías Constitucionales con motivo de los sucesos acaecidos también en Cataluña en octubre de 1934. Con fecha 6 de junio de 1935, dicho Tribunal falló: “Que debemos condenar y condenamos a cada uno de los procesados, don Luis Companys Jover, don Juan Bautista Lluhí Vallescá, don Martín Esteve y Guáu, don Martín Barrera Maresma, don Pedro Zoilo Mestres Albet, don Buenaventura Gasol Rovira y don Juan Comorera Solé, como autores de un delito de rebelión militar, a la pena de treinta años de reclusión mayor, con las accesorias de interdicción civil…”

Aquella sentencia de junio de 1935 fue destruida por un Decreto-Ley posterior aprobado deprisa y corriendo ¿Le suena, lector? El Frente Popular ganó las elecciones (hoy está comprobado el amaño), celebradas el 16 de febrero de 1936.  La Diputación Permanente de las Cortes se reunió el 21 de febrero mediante una convocatoria del día anterior por telegrama. El Decreto-Ley constaba de un solo artículo precedido de una brevísima Exposición de Motivos: “Siendo inequívoca la significación del resultado de las elecciones a Diputados a Cortes en cuanto a la concesión de una amnistía por delitos políticos y sociales, en favor de la cual se ha pronunciado la mayoría del Cuerpo electoral, y tratándose de una medida de pacificación conveniente al bien público y a la tranquilidad de la vida nacional, en que están interesados por igual todos los sectores políticos; de acuerdo con el Consejo de Ministros, a propuesta de su Presidente y previa la aprobación de la Diputación permanente de las Cortes, vengo en disponer lo siguiente: Artículo único. Se concede amnistía a los penados y encausados por delitos políticos y sociales. Se incluye en esta amnistía a los Concejales de los Ayuntamientos del País vasco condenados por sentencia firme. El Gobierno dará cuenta a las Cortes del uso de la presente autorización. Dado en Madrid a veintiuno de Febrero de mil novecientos treinta y seis. Niceto Alcalá-Zamora y Torres. El Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña Díaz”.

Se calcula que la amnistía benefició a unas treinta mil personas que habían sido condenadas como consecuencia de la Revolución de Octubre de 1934, instigada por el Partido Socialista. El Tribunal de Garantías Constitucionales también tuvo que actuar para aplicar el Decreto-Ley, al haber condenado a los consejeros de la Generalidad y a otras personalidades políticas. Posteriormente, y tras salir de la cárcel, los miembros del Gobierno catalán fueron repuestos en sus funciones mediante un Decreto de 1 de marzo de 1936. Era esta una de las principales reivindicaciones del Front d’Esquerres, que había triunfado en las circunscripciones electorales catalanas y apoyaba al nuevo Gobierno del Frente Popular.

El Tribunal de Garantías Constitucionales fue una institución esencial en el régimen de la II República. No se trataba de un Consejo áulico, sino un órgano electivo, propicio a todas las sorpresas que deparan esta clase de instituciones. Aun así, logró mantenerse independiente en una época en que el sectarismo impregnaba la política de un régimen como aquel. Independencia equivalía, por entonces, a oposición al Gobierno. Desgraciadamente, esta cualidad de la independencia no se predica hoy del infausto Tribunal Constitucional. Resta añadir que los juristas que hace noventa años supieron resistir como independientes, algunos de ellos también supieron sellar con su sacrificio el culto que habían tributado al Estado de Derecho: Pradera, Beceña y Riaza fueron vilmente asesinados en zona roja; Traviesas, ponente de la sentencia condenatoria, murió en el frente de Oviedo; Martín Álvarez, Sabater y Ruiz del Castillo fueron encarcelados por los rojos y salvaron sus vidas de milagro. No olvide dos cosas, lector, primera, la independencia de la Justicia es lo que diferencia a una democracia de una tiranía. Segunda, la Historia se repite.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de junio de 2025. https://www.elimparcial.es/noticia/285301/opinion/cuando-la-independencia-judicial-es-oposicion-al-gobierno.html