Desiertos de hielo

No es descabellado afirmar que las actuales sociedades occidentales viven sin una sólida base espiritual. Sometidas a la indiferencia religiosa y a la total irrelevancia de Dios, han ido desprendiéndose de la memoria y herencia cristianas. El resultado es la decadencia de unas sociedades sin valores, desfondadas y frías que transitan por desiertos de hielo.

La cultura que emerge en un escenario así es una cultura materialista y consumista con un desmesurado afán por el hedonismo, la eficiencia y el progreso, lo que impide toda manifestación de espiritualidad. Es, asimismo, una cultura agnóstica aderezada con el ingrediente relativista, que confunde la tolerancia con el todo vale. El riesgo es la quiebra de cualquier principio o valor, no ya cristiano, sino, simplemente, ético. Es además, una cultura manipuladora que solapa y oculta el conocimiento y la verdad mediante la información amañada. Es, por último, una cultura sectaria que se confía a la tiranía de la corrección política, impidiendo la discusión crítica y profunda de lo principal, centrándose en lo accesorio a fin de no herir sensibilidades y desactivar sentimientos y hasta pensamientos. Con una cultura así no resulta extraño que las sociedades actuales no protejan ni favorezcan la vida, sino que, al contrario, justifican y toleran su desaparición. Desasisten a la familia, y, en cambio, priman a realidades que nada tienen que ver con la institución familiar. Gratifican al inepto y al liviano, marginando al sacrificado y al tenaz. Favorecen el éxito rápido y el triunfo fácil, olvidando la laboriosa trayectoria del voluntarioso y del constante. Aplauden lo obsceno y lo vulgar y arrinconan lo digno y lo noble.

Mal haríamos si una sociedad como la descrita y una cultura como la expuesta nos domesticase y nos convirtiera en una cofradía de ausentes. Antes, al contrario debemos mostrar nuestro coraje y nuestra fe, aun a sabiendas que ni vamos con la moda ni con el discurso cultural dominante. Debemos manifestar nuestra coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. Exteriorizar nuestra admiración por las cosas verdaderas, bellas y buenas de la vida, así como nuestra emoción con las alegrías y los sufrimientos de los demás. En definitiva, en el mundo de hoy debemos saber renunciar a lo fácil, a lo zafio y a lo pasajero, y levantar la bandera de la esperanza. Esperanza que nace de la mirada al infinito y de la fidelidad a una palabra, a pesar de tanta hostilidad y tanto menosprecio.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 6 de febrero de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/235393/opinion/desiertos-de-hielo.html

Comisarios del lenguaje

Uno de los instrumentos más importantes manejados por el poder político a lo largo de la historia para imponer sus pretensiones a los ciudadanos es el lenguaje, la palabra. Por eso, el dictador soviético Stalin solía decir que “de todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario”.

Las teorías estalinistas son confirmadas por el escritor Jean François Revel, que en su libro “El conocimiento inútil” sostiene que todos los dictadores han sido raptores de la enseñanza y la prensa, dos ámbitos en donde la manipulación del lenguaje causa verdaderos estragos.

Las narraciones de la novela de George Orwell, titulada “1984”, sobre la manipulación de las palabras y la deformación de la historia, lejos de ser ciencia ficción, se aproximan, a pasos agigantados, a la realidad.

Editorial del programa Entre líneas, presentado y dirigido por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 12 de octubre de 2004.

Lo verosímil no es verdadero

En las horas posteriores al terrible atentado del 11-M, y cuando ya se abría paso la autoría del terrorismo islámico, un emisora radiofónica informó sobre la existencia de un terrorista suicida entre los fallecidos que viajaban en los trenes de cercanías.

Era una noticia verosímil. Gran parte de los atentados que los terroristas islámicos causan contra sus objetivos, se comete por fanáticos que se suicidan, muriendo, según ellos, por y en nombre de Alá. Por tanto, resultaba verosímil que unos terroristas islámicos atentaran en España mediante el método del fanático suicida.

Sin embargo, a medida que avanzaban las investigaciones sobre el atentado y sus autores, la tesis del terrorista suicida iba perdiendo credibilidad. Finalmente, la noticia resultó no ser cierta. Hoy, la opinión pública asume que aquella noticia no era verdadera. Incluso, la emisora que la emitió reconoció posteriormente que no hubo terroristas suicidas en el atentado del 11-M.

Lo que comenzó siendo una noticia verosímil, jamás llegó a convertirse en verdad.

Editorial del programa Entre líneas, presentado y dirigido por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 5 de octubre de 2004.

Ni mentiras ni exageración

En la película Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock (1959), el protagonista, Cary Grant, que interpreta a un alto ejecutivo del mundo de la publicidad, dice que “en su profesión, la palabra mentira no existe; en su lugar, se emplea el término exageración”.

Un vistazo al tratamiento informativo que los diarios nacionales realizan de las noticias y hechos lleva a preguntarnos si en el mundo del periodismo sucede lo mismo que en la publicidad, como decía el personaje de la obra de Hitchcook. Si la respuesta a este interrogante es afirmativa, y creo que lo es, solo que en vez de publicidad, hay propaganda, no habría opción para Thomas Jefferson, cuando dijo aquello de “si tuviera que elegir entre un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría ni un momento en quedarme con esto último”. Tras el desolador panorama del periodismo patrio, que miente exagerando, no cabe elección. De hecho, todo periódico publica al días dos verdades absolutas y una relativa: la fecha y el precio, en el primer caso, y el pronóstico meteorológico, en el segundo.

Lamentablemente, esa desolación se traslada a la opinión pública, pieza fundamental para el buen funcionamiento de una robusta democracia. Y es que, no puede haber auténtica democracia participativa, si los ciudadanos no están en condiciones de emitir juicios críticos ni objetivos. Para que la opinión pública ejerza como tal en democracia, es preciso que la información recibida sea veraz y completa. Sin embargo, ¿recibimos información veraz? ¿son creíbles nuestros medios de comunicación? ¿existe hoy una opinión pública con criterio ?

Dicen que no conviene abrumar al lector con preguntas, sino brindarle respuestas. Lograr que la opinión pública esté más y mejor informada, disponga de criterio propio, ejerza el hábito de la reflexión y sea rigurosa con los medios de comunicación, exige, previamente, dos condiciones: primero, que el periodismo deje de ser puro negocio y asuma su responsabilidad social, es decir, publique información contrastando y verificando las fuentes, y diferencie esa información de la opinión, y, segundo, que se tenga muy claro que la información ni pertenece al poder ni tampoco a los medios. La información adquiere su verdadero significado y su verdadera esencia en los ciudadanos.

Cumpliendo estos presupuestos, Thomas Jefferson podría volver a elegir, y a nadie se le ocurriría equiparar el mundo de la información al de la publicidad, o lo que es lo mismo, a la propaganda.

Editorial del programa Entre líneas, dirigido y presentado por Raúl Mayoral Benito en la cadena de televisión Popular TV el 28 de septiembre de 2004.

Mentira, capital Moscú

El afán expansionista de Rusia no viene de ahora. Ni siquiera de la época de los soviets. Sino de siglos y siglos de conquistas territoriales que empezaron con Pedro I el Grande y acabarían conformando todo un Imperio, la denominada Rusia imperial de los zares, que finaliza con Nicolás II, depuesto por la revolución bolchevique. En 1853, se preguntaba Carlos Marx si el gigante ruso se detendrá en su marcha hacia el dominio mundial. Sostenía el pensador que los límites naturales de Rusia van de Dantzig o del mismo Stettin hasta Trieste, y sus directores harán lo imposible por agrandar estas fronteras. Rusia no tiene más que un adversario: la potencia explosiva de las ideas democráticas y el anhelo innato de la Humanidad hacia la libertad. Marx hablando sobre democracia y libertad, sí. Y también sobre el expansionismo ruso.

De Marx puede asegurarse que fue un flaco profeta al considerar a Rusia el país más inasequible al comunismo. Dijo que el marxismo no podría triunfar en Rusia, y fue allí donde se implantó primero. Aseguró que por la fuerza de las leyes históricas se impondría, en cambio, en las naciones occidentales, como más industrializadas y con más alto nivel de vida y es allí en donde el comunismo siempre ha fracasado. Ya con Lenin en el Kremlin continuó esa tendencia nacionalista, ahora internacionalista, de expansión conquistadora. En 1924, con el régimen bolchevique intentando asentarse, Rusia pretendió crear los Estados Unidos de Asia con capital en Moscú, incluida China. Por eso, los soviéticos vieron siempre con reparo el nacimiento de un Estado comunista en China, un país de vastas dimensiones y abundante población, que hacían para Rusia muy difícil el manejo de dicha nación como satélite, sin, ni siquiera, un despliegue cómodo de tropas soviéticas en aquellos territorios tan alejados del Kremlin. Hoy Rusia y China son grandes aliados.

La especialidad más definitoria de la Unión Soviética como método de gobierno y dominación fue propalar mentiras y generar manipulación. Día tras día, primero, la GPU y, luego, el KGB se dedicaron a hacer un colosal acopio de falsedades para destruir vidas y haciendas. Fue derribado el comunismo, pero en Moscú continúan conservando las mismas mañas. De casta le viene a Putin. Solzhenitsyn, gran conocedor del terrorífico régimen soviético escribió en 1973: “No olvidemos que la violencia no existe ni puede existir por sí sola: está infaliblemente entrelazada con la mentira. Unen a ambos los lazos familiares y más profundamente naturales: la violencia no puede encubrirse con nada, salvo con la mentira; y el único sostén de la mentira es la violencia. Todo aquél que una sola vez ha proclamado como método la violencia, inexorablemente deberá elegir como principio la mentira”.

En su Diario fin de siglo, Jean François Revel sostiene que “todavía tenemos demasiado arraigadas pese a la victoria de las democracias, las deformaciones intelectuales del totalitarismo. La democracia no habrá ganado del todo mientras mentir siga pareciendo un comportamiento natural, tanto en el ámbito de la política como del pensamiento”.

Artículo publicado pro Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 28 de febrero de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/236209/mentira-capital-mosc.html

La fuerza de la voluntad

Un alumno inteligente llegará lejos. Uno voluntarioso llegará a donde se proponga. Nada se resiste ante una voluntad firme. Todo se doblega ante ella. La inteligencia es un grandioso talento que decrece y hasta desaparece si no se desarrolla ni vigoriza. Incurre en dispersión y acaba siendo algo estéril.

Dos inteligencias de igual alcance obtienen diferentes resultados según sea la voluntad que las dirige. Por ello, la capacidad intelectual depende enormemente de la fuerza de la voluntad; ésta fuerza se asienta en la decisión para emprender, en la resolución para ejecutar y en la perseverancia para llevar a término el camino emprendido. El dominio de la voluntad permite medir la cantidad y la calidad del esfuerzo, alentarlo en circunstancias de escasez y templarlo en momentos de abundancia.

Lo que empujó a Filípides a perseverar en su carrera anunciadora de victoria desde la llanura del Maratón hasta Atenas fue la fuerza de voluntad. Lo que sostuvo despierto a Rodrigo de Triana en lo alto de La Pinta permitiéndole avistar un nuevo Continente fue la fuerza de voluntad. Lo que propició que Henry Stanley culminara a orillas del Lago Tanganica una incansable búsqueda con aquella frase “Doctor Livingstone, me supongo”, fue la fuerza de voluntad. Y lo que facilitó que Amstrong pronunciara su histórica frase sobre la superficie lunar fue la fuerza de voluntad.

No hay educación posible sin la fuerza de la voluntad. No hay trabajo posible, sea intelectual o físico, si no es mantenido y sostenido por la fuerza de la voluntad.

Correctores

En tiempos de la II República, Melquíades Alvarez acudió a Oviedo a dar un mitin. Era la primera vez que el político subía a una tribuna tras haber abandonado las tesis republicanas y sumarse a la causa monárquica. Sus antiguos correligionarios ovetenses decidieron impedir el discurso. Cuando al orador le tocaba su turno, comenzó un vocerío y una pitada tremendos. Tras un cuarto de hora de alboroto y como los ruidosos empezaban a flaquear, alguien les alentó desde las gradas: “No le dejéis hablar que nos convence”. No dejando hablar, así actúan hoy los voceros de la corrección política o ideológica. Correctores que persiguen cerrar bocas y acallar libertades porque la verdad les suena a reproche ocasionándoles un problema.

Aldous Huxley y George Orwell advirtieron a Occidente del totalitarismo del futuro. Un totalitarismo no violento, de seda o terciopelo, a cargo de tiranos que no parecerían tiranos. Un totalitarismo que sería el peor de todos porque en nombre de la libertad, los ciudadanos serían sometidos a una forma perfecta de esclavitud. Un totalitarismo de raíz pagana y entramado tecnológico bajo el cual se recrearía una nueva sociedad a costa de cancelar la verdad, erosionar los derechos humanos y difuminar la distinción entre el bien y el mal. Ni a Huxley ni a Orwell se les hizo caso. Y las utopías han regresado. Que si una civilización global de armonía universal, que si un nuevo renacer del hombre. Lo viejo de siempre: tiranías con rostro humano que mantienen el substrato marxista, sin checas ni gulags, pero aplicadas hoy a la doctrina Gramsci.

Asistimos a una deriva totalitaria de la democracia en la que se crean formas de coacción sin hacer ruido y sin causar violencia. Opresiones legalizadas bajo una ley a la que se sacraliza como oráculo de verdad. Se proclama la legalidad por encima de la libertad. Con un metódico cambio de leyes, lo inexplicable acaba convirtiéndose en norma. Ya se considera normal que abandonar a una mascota sea más grave que matar a un niño dentro del seno materno. Ya se concibe al aborto o a la eutanasia como rigurosos procedimientos médicos. Ni asesinato ni delito. Así se deconstruye un nuevo orden en el que el mal ya no parece mal, alejando a la gente de lo verdadero y obligándola a creer en lo verosímil.

Por el poder casi ilimitado de esos medios de comunicación que informan al dictado de los poderosos arquitectos del orden mundial y con un sistema educativo monitorizado por una legión de ingenieros sociales, la nueva cosmovisión se extiende rápidamente enaltecida como si de una religión se tratara. Ideólogos del odio y la revancha manejan de forma artera la psicología de las emociones con la pretensión de secuestrar las conciencias supeditándolas a sus fines: Reescribir el pasado, desvanecer la identidad sexual y tachar de opio del pueblo solo a la religión católica. La crisis de la verdad lo es también de la libertad. Huxley y Orwell lo vaticinaron. Melquíades Alvárez lo padeció.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 23 de noviembre de 2021https://www.elimparcial.es/noticia/232860/opinion/correctores.html

Jalouin

Ya entrada la noche, encontrarte en el garaje con tus vecinos del quinto bajo disfraces horripilantes, él, de diablo, y de bruja, ella, resulta realmente sobrecogedor; si además, te saludan con un ¿Qué hay vecino? la experiencia es terriblemente demoledora. Pero, si ayer mismo coincidí con ellos en el ascensor y parecían personales normales, te dices para sí. ¿Cómo explicarles que Stefan Zweig no datara entre sus Momentos estelares de la humanidad el de estatuir Jalouin como una festividad a celebrar o que el pensador de Rodin no imaginara que una civilización tan fecunda como la grecorromana se asomaría al precipicio cultural alumbrando semejante máquina de disparates. Sin embargo, ahí está la reciente obra de Alessandro BariccoLos bárbaros, describiendo la decadencia de la cultura burguesa occidental hundida en una aberrante crisis de valores. Estamos con Ganivet en que hemos restaurado algunas cosas y falta aún restaurar la más importante: el sentido común.

Como bien dice Douglas Murray en La masa enfurecida, los progres no solo odian a EEUU, también los envidian. Con el mejunje de envidia y snobismo solo puede triunfar el mal estilo. Jalouin es a la cultura española lo que el microondas a la gastronomía. Y parafraseando al sociólogo Bernabé Sarabia, esta tropa de imitadores de zombies son capaces de utilizar un capitel corintio para hacerse una barbacoa. ¡Hombre! pero si esto de Jalouin es cultura; es el paganismo hecho forma, dicen sus corifeos. No, más bien es una cursilería pagana con forma de calabaza en manos de ignorantes que, sin saberlo, trabajan al servicio del satanismo. Porque los muertos no regresan a la tierra, salvo Jesucristo, que, además, venció al demonio, ese pobre desgraciado que no puede amar, como lo definió Santa TeresaJalouin es el intento demoníaco de ganarle la partida a Cristo. Es la revancha. Y los católicos no podemos hacerle el juego, ni siquiera presentándolo como una diversión infantil. Efesios 5.8-11: antes sí erais tinieblas pero ahora sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Qué estremecedor parecido con Jalouin tienen esos desenterramientos de muertos o esa regresión al pasado de las leyes de memoria histórica con el afán de captar el voto de los cándidos. Es el truco o trato con que se manejan en política quienes ni saben llevar cuentas ni quieren que se las pidan. En Bruselas dan calabazas a esos dirigentes extravagantes. Jalouin no llega ni a la categoría de folklore popular. Tampoco alcanza a comedia en que la más discreta figura es el bobo. Por eso produce espanto ver a tanto mamarracho disfrazado de bruja, fantasma, demonio, drácula o monstruo. Si de verdad quisieran dar miedo, que se disfracen de surtidor de gasolina o poste de la luz. Eso sí provoca pánico, al menos, al bolsillo de los españoles.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 2 de noviembre de 2021. https://www.elimparcial.es/noticia/232152/opinion/jalouin.html

Batalla cultural

La derecha en España lleva cuarenta años ausente en la batalla de las ideas. Sin embargo, las dos últimas mayorías absolutas de la democracia española (2000 y 2011), han sido del PP. Por el contrario, el PSOE, con el discurso cultural dominante a favor, no logra dicho triunfo electoral desde 1986. ¿Qué es más importante para gobernar? ¿Ganar la batalla de la cultura o gestionar con solvencia erario público y economía?

Por los datos electorales, la mayoría de los españoles se ha inclinado durante el actual régimen democrático por gobiernos “gestores” más que “ideólogos”. Han dado más confianza a dirigentes capaces de estimular la economía y generar riqueza saneando las cuentas públicas y reduciendo la tasa de desempleo. Han preferido a políticos conseguidores de logros históricos y decisivos para España como el ingreso en el euro o la no intervención de la economía nacional por las instituciones comunitarias, resolviendo situaciones de crisis económicas.

Tomando por criterio de buen gobernante el binomio regeneracionista de Costa “escuela y despensa”, cultura o economía, la derecha se inclina por el cometido en el que resulta ser más competente, lo económico, dejando el campo libre para que la izquierda moldeé la sociedad a su antojo. La pregunta que cabe hacerse es si esto será siempre así. Porque pudiera ocurrir que de remodelar tanto la mentalidad de los ciudadanos se acabe por obturar sus facultades de percepción, anulando con ello su capacidad de elección?

Ya hay toda una tropa de agentes sociales, asesores, psicólogos o terapeutas que diseñan nuevos modelos de reconstrucción cultural, dictando cómo tenemos que vivir e, incluso, qué tenemos que comer. Por otro lado, no olvidemos que siendo el lenguaje una forma de acción, si algunos se empeñan en manipularlo se terminará degradando unas acciones y ensalzando otras al servicio de esa “corrección” manipuladora. Desde el mismo sistema educativo, clave del arco de la remodelación cultural, junto con la invención del pasado, y desde la cátedra universitaria, los laboratorios de investigación, las editoriales del libro, la producción audiovisual, la columna periodística o cualquier otra atalaya de debate cultural se insiste machaconamente en que determinados grupos sociales son, por sus creencias religiosas o por sus opiniones políticas, incompatibles con la dinámica del progreso.

Ante la confusión y el oscurantismo que remueven hoy los cimientos de la cultura no le queda más remedio a la derecha española que abandonar posiciones timoratas y acomplejadas. Debe armarse de ideas para afrontar el debate ideológico que consiste en manifestar y defender sin titubeos y determinación, esas ideas, y contribuir a crearles ambiente, convirtiéndolas en convenientes aplicaciones prácticas al servicio de los ciudadanos. Toda fuerza política que aspire a la gobernabilidad debe acelerar un proceso de articulación de corrientes sociales diversas pero convergentes y comprometidas en cuestiones de Estado, no de partido, y en asuntos de bien común, no de minorías. Una derecha de ideas es más sólida que una de intereses. Y una democracia de ciudadanos es más robusta que una de partidos.

Artículo publicado por Raúl Mayoral en el diario digital El Imparcial el 29 de noviembre de 2021 https://www.elimparcial.es/noticia/233086/batalla-cultural.html

Catacumba o catedral

Aquella rotunda sentencia de AzañaEspaña ha dejado de ser católica, parece quedarse corta ante las arremetidas contra la Iglesia. Bien pudiera afirmarse que España comienza a ser anticatólica. Y voces autorizadas vienen advirtiendo de la proliferación de ataques planificados y coordinados contra la Iglesia y los valores que representa, aunque sin llegar a un manifiesto y constante acoso. No es un desvarío pensar que en España se prescinde paulatinamente del hecho religioso. Salvo episodios puntuales de extravagancia ideológica, no se odia a la religión católica. Sencillamente se la desconoce. Un sacerdote que transita por grandes aglomeraciones urbanas no escucha insultos ni observa miradas cargadas de rencor, pero comprueba a su alrededor un frío glacial, una ausencia de esas pruebas inequívocas de sobrenatural respeto y acogedora cordialidad que la presencia religiosa ha suscitado en una sociedad cristiana. Súmese que privar a la Iglesia de su derecho a orientar a sus fieles es la pose moderna de la persecución religiosa, que otrora quemaba iglesias y hoy, más arteramente, se ocupa de reprobar a prelados o suprimir la religión en las aulas. Conviene, pues, en la hora actual alentar a los católicos a ejercer sus derechos en una democracia. Pero ¿cómo es hoy el modo de presencia de los católicos en la democracia? ¿Tiene pulso nuestra catolicidad? ¿Somos fecundos y creadores? Interrogantes espigados en uno: ¿Qué aportación original podemos ofrecer en la España actual?

El católico no ha de olvidar la dimensión pública de su fe; no debe autoexcluirse ni dejarse recluir en un estéril aislacionismo, sino intervenir decididamente con su compromiso, diálogo y participación en la marcha de los asuntos públicos, de los que, como decía Pío XII, es alícuotamente responsable. Ha de contemplar la realidad con sus avances, sus necesidades y con las grandes oportunidades que ofrece para desarrollar intensamente una labor creadora y eficaz en una sociedad que exige la colaboración fecunda de todas las tendencias y no desea divisiones partidistas ni antagonismos sociales. Y debe actuar, tanto o más que con su predicación hablada, con sus obras vivas. Su acción debiera ser la de un catecumenado capaz de hacer brotar un cristianismo verdaderamente apostólico en un ambiente secularizado. Si se limitara a hacer un apostolado completamente cristiano, desde la catedral y bajo el título de cristiano correría el peligro de formar un gueto exclusivista y reducido. No se trata de tener militantes con insignias, sino más bien de obrar en los campos de la política, la economía, la cultura, lo cotidiano, sin olvidar el respeto debido a la diversidad humana. No hay que constituir organizaciones católicas, sino meter a los católicos en las organizaciones de la vida llevando a ellas el mensaje de Cristo. Y así, hacer vivir el cristianismo a la sociedad, sin decírselo siquiera; despertando a un mundo que nada quiere con la Iglesia pero que en el fondo posee valores cristianos, y mostrándole que una convivencia ordenada y estable con cimientos firmes y no movedizos es más fácil de lograr mediante el cultivo precisamente de esos valores.

La angustia de España es social. La crisis ha ahondado la brecha de la desigualdad exponiendo a más ciudadanos ante la pobreza y la escasez. El desempleo sigue siendo una tragedia. Abordar este reto constituye una tarea magnífica y acaso la de más enjundia con que tienen que enfrentarse hoy los españoles. La Iglesia con su ancho y cordial espíritu de fraternidad y solidaridad puede cooperar en ella. Su ejemplo de aliento espiritual y de inventario social en obras de caridad, asistencia sanitaria y educativa en momentos convulsos demuestra que nunca ha traicionado su misión y continúa reclamando su presencia apostólica allí donde hay necesidades y emergencias humanas.

Hoy los nuevos totalitarismos, con su rígida dogmática y su sentido pseudoreligioso, se empeñan en colocar a la Iglesia en el banquillo de los acusados, reducirla a los nuevos gulags o a la catacumba, que no lo olvidemos, es semilla de la catedral. Los católicos debiéramos volver la mirada a la Iglesia primigenia, palpando la vida de los cristianos de los primeros siglos, no una vida aparte, “enterrada”, sino una existencia en el mismo corazón de la corte imperial, entre los funcionarios, el pueblo, los esclavos. Unos cristianos, de los que como se dice en la Carta a Diogneto, tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, que no les es lícito desertar.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 30 de abril de 2017. https://www.elimparcial.es/noticia/177150/opinion/catacumba-o-catedral.html