7 de junio. San Pedro de Córdoba y compañeros (851)

Tras el martirio de San Perfecto, los cristianos cordobeses, que solían vivir en los monasterios de los alrededores de la ciudad, acuden a Córdoba como ansiosos para provocar a las autoridades, queriendo ser mártires, hasta el punto de que San Eulogio, alarmado, trata de moderar sus ímpetus. La declaración pública de su fe basta para ser condenados a muerte en la capital de Abderramán II, y así son degollados, ahorcados o empalados, y sus cadáveres de queman para dispersar las cenizas al viento

Es el caso de Isaac, del cenobio de Tábanos, que había sido notario y conocía muy bien la lengua árabe, y de su tío paterno Jeremías, santo anciano, que ya en la vejez renunció a sus riquezas para edificar aquel monasterio y vivir allí entregado a la contemplación y al estudio. Y también del joven Sancho, que procedía de la ciudad de Albi, antiguo prisionero liberto y alistado en el ejército del emir, y comensal en el palacio de éste; del sacerdote Pedro, natural de Ecija, que vivía en el monasterio de Cuteclara, del diácono Walabonso, que era de Peñaflor, del monje Sabiniano, del noble ciudadano Habencio.

San Eulogio nos da escueta noticia de todos ellos para que sus nombres no se pierdan, y hoy, más de un mileno después, podamos recordar su pasión terrible y afirmativa, de quienes llaman a las puertas de la muerte gritando la verdad que los hará inmortales.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

6 de junio. San Norberto (1080-1134)

Capellán de familia noble, sobrino del arzobispo de Colonia, culto, brillantísimo y mundano, más elegante que nadie en sus vestiduras, más hábil que nadie en el manejo de la palabra y en la poesía que cautiva a las damas de la ciudad. Un día un rayo cayó a los pies de su caballo y le derribó en el polvo. Desde entonces Norberto no parece el mismo. Renuncia a sus prebendas y reparte sus riquezas, aunque sin conseguir que se olvidara su vida anterior y que dejasen de escarnecerle los que le conocieron antes de su metamorfosis.

Ahora reúne a unos discípulos y en un valle desierto cerca de Soissons funda un monasterio que será el origen de la orden premonstratense: bajo la regla de San Agustín y con hábito blanco, mitad monjes, mitad clérigos, los canónigos regulares de San Norberto misionan por toda Europa.

Por aclamación y contra su voluntad, fue elegido arzobispo de Magdeburgo, un prelado descalzo y harapiento al que más de una vez insultaron, golpearon y hasta amenazaron de muerte por no ser blando y transigente, como había empezado por no querer serlo consigo mismo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

5 de junio. San Bonifacio (680-755)

Anglosajón de Wessex que al hacerse benedictino cambió su nombre de Wynfrid por el de Bonifacio, el que hace el bien, hasta los cuarenta años vivió como monje en Exeter y más tarde en Nursling, cerca de Southampton, dedicado al estudio, a la enseñanza y a la predicación. Compuso la primera gramática latina escrita en Inglaterra. Allí tenía fama de hombre de gran saber y de piedad.

Su vida cambió por completo en el año 718 cuando el Papa Gregorio II le envió a evangelizar a los germanos, y entonces empieza a desplegar una actividad trepidante que le iba a hacer recorrer Hesse, Baviera, Westfalia y Turingia, predicando, bautizando, fundando monasterio como el de Fulda y organizando la naciente Iglesia entre aquellos pueblos paganos. Fue vicario apostólico con sede en Maguncia, presidió concilios y ungió, en nombre del pontífice, al rey Pipino el Breve, que colabora con él.

Ya septuagenario, en vez de buscar el reposo, decidió evangelizar personalmente en tierras de Holanda, la Frisia, y allí, junto con unos misioneros, fue martirizado en Dokkum por unos paganos. Su sepulcro, que se venera en Fulda, es el gran santuario alemán donde su figura es recordada como unos de los grandes maestros de la fe que hicieron la Europa actual.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

4 de junio. San Francisco Caracciolo (1563-1608)

Se llamaba Ascanio, nacido cerca de Chieti, en el reino de Nápoles, y era de familia noble que le destinó a las armas. A los veinte años una grave enfermedad le movió a prometer que abrazaría la vida religiosa si sanaba. Curado, marchó decididamente a Nápoles para estudiar Teología y recibir las órdenes sagradas en 1587.

Cierto día recibe una carta equivocada dirigida a un homónimo suyo, y en el error cree ver la mano de Dios que le habla de planes de fundar una nueva orden. No tarda en unirse a los fundadores de un instituto de clérigos regulares que aspiraban a armonizar la vida contemplativa con la activa. El Papa concede su aprobación. Ascanio cambia su nombre de pila por el de su admirado San Francisco.

Cumplido su doble objetivo complementario de vivir sólo para Dios, adoración perpetua al Santísimo, oración y penitencia, y al servicio de los hombres, evangeliza a incrédulos y atiende a enfermos pobres, San Francisco Caracciolo fue elegido superior de la orden, si bien tuvo que hacer frente a una multitud de calumnias en una época posterior a Trento, en la que existía una gran desconfianza hacia las nuevas órdenes. Murió en Agnone pronunciando los nombres de Jesús y María, con una impaciencia que le hacía exclamar: «¡Vamos, vamos!». «¿A dónde hay que ir?», le preguntaron. «Pues al cielo». Fueron sus últimas palabras.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

3 de junio. Santos Mártires de Uganda (1886)

La Iglesia celebra en este día la fiesta de unos mártires que murieron en la hoguera por negarse al pecado nefando de la sodomía. Son las paradojas del mundo moderno, cuando en Europa se defiende la libertad y el honor de los sodomitas, en África queman vivos a quienes no quieren serlo.

El rey Mwanga había hecho concebir muchas esperanzas de cristianización en aquellas tierras tropicales rodeándose de cristianos; hasta que decidió que entre los privilegios de su majestad debía también figurar el de ver satisfecha su lujuria con los pajes de la corte. Hubo, como siempre, otras razones complementarias (económicas, por el mercado de esclavos, y políticas, una conjura a la que los cristianos no se unieron), pero la desobediencia a la voluntad del rey fue decisiva, para perseguir sañudamente a «todos los que rezan» según decía el edicto real.

Se decapitó a unos, otros murieron entre tormentos, y una veintena (entre ellos el jefe de la guardia real, Carlos Lwanga, de veinte años, y el paje Kizito, de trece) fueron quemados vivos en la colina de Namugongo el 3 de junio de 1886. Se les ofreció el perdón del rey si se comprometían a no rezar, y murieron ante oraciones y cánticos. Pablo VI los canonizó en 1964.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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2 de junio. Santa Blandina (…-177)

Patrona de Lyon, y como Santa Zita, también de las criadas. En tiempos de Marco Aurelio, junto a otros hermanos lioneses, Blandina fue objeto de una redada. Se les acusaba de incesto y canibalismo. Soportaron muy dignamente los atropellos de la plebe: insultos, golpes, zarandeos, apedreo y cuanto suele complacer a una turba enfurecida contra gentes que considera odiosas. En el grupo, había una señora y Blandina era su esclava.

Fue torturada desde el amanecer hasta el ocaso. La bienaventurada mujer rejuvenecía en la confesión: «Soy cristiana y nada malo se hace entre nosotros». Conducidos a las fieras, para común espectáculo de la inhumanidad de los paganos, a Blandina la colgaron de un madero y quedó allí expuesta para pasto de las fieras, pero éstas incomprensiblemente la respetaron. La devolvieron a la prisión para otro combate. Los demás murieron entre tormentos.

Santa Blandina, la última de todos aquellos mártires, fue envuelta en una red y la pusieron delante de un toro salvaje que la corneó hasta matarla.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

1 de junio. San Justino (100-165)

Palestino de Samaria, natural de Nabulus, pero de familia griega pagana, Justino fue un filósofo que buscó incesantemente la verdad y que desespera al no hallarla. Durante muchos años fue pasando de un sistema a otro, decepcionándose siempre por los resultados de sus reflexiones. Pitagórico, aristotélico, estoico y finalmente platónico, nada le convencía, hasta que ya en la treintena descubrió la Sagrada Escritura y se hizo cristiano.

No era sacerdote, pero consideraba que su obligación era dar a conocer a todos las señas de aquel tesoro que tanto le había costado encontrar, y se convirtió en predicador ambulante del Evangelio para difundir la buena nueva de la salvación con el ardor de un converso y el saber y la elocuencia de un profesional de la filosofía.

Nos dejó dos apologías del cristianismo y el famoso Diálogo con Trifón (un judío), por lo cual se le incluye entre lo Padres de la Iglesia, pero tan elocuente como sus escrito es su misma muerte en Roma, tras negarse a sacrificar a los ídolos, cuando fue acusado por un rival envidioso de ser culpable de «ateísmo y de impiedad».

San Justino fue decapitado junto con otros seis mártires, y sus reliquias fueron depositadas por Urbano VIII en la iglesia de la Virgen de la Concepción (o de los Capuchinos), en lo que hoy es Via Vittorio Veneto.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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31 de mayo. La Visitación de la Virgen

San Lucas cuenta este episodio, inmediatamente posterior al de la Anunciación. El arcángel Gabriel ha dicho a María que sucederá lo inimaginable, y lo subraya citando al Génesis («¿acaso hay algo difícil, para Dios?») a propósito de otro nacimiento que nadie espera: «A pesar de su vejez, tu prima Isabel ha concebido un hijo».

Entonces la Virgen se pone en camino, va a toda prisa a la región montañosa de Judea (a tres días de caravana desde Nazaret) para visitar a Isabel, y al encontrarse con ella el Mesías, que Nuestra Señora lleva en su seno, recibe el primer homenaje alborozado del futuro Juan Bautista, que tampoco ha nacido aún.

Lope de Vega lo poetizó así, como cruce de signos luminosos que no se ven. Isabel saluda a la Virgen con palabras que luego han formado parte del Avemaría: «Bendita tú eres entre todas las mujeres…» Y María responde con un cántico de gozo y humildad; la misericordia de Dios ha hecho aquel prodigio por el que todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

En el retablo del Prado, Fra Angélico pintó a las dos saludándose con emoción y gravedad, ante un horizonte de montañas que inunda una luz infinita.

Fuente: La Casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

30 de mayo. San Fernando rey y Santa Juana de Arco (1199-1252 y 1412-1431)

El calendario reúne en este día a dos paradigmas del poder de la cruz: un monarca triunfal y conquistador, y la doncella guerrera condenada a muerte por unos obispos. El rey de Castilla y la buena lorenesa. Santos medievales que ciñeron espada y que en los combates de este mundo hicieron estrago entre el enemigo.

Ambos, tan diferentes, son las dos caras de la Historia vista por Dios: la serenidad del éxito y el fracaso humano hasta morir en la hoguera por hereje; la lucha contra los infieles y guerras enconadas entre cristianos. El soberano y la pastora analfabeta de Domremy, en tierras próximas, casi vecinas. Fernando, el rey santo de los castellanos y leoneses, que conquistó definitivamente buena parte de Andalucía, «no por nuestros merecimientos, sino por los de Cristo, cuyo caballero somos», duerme en una abarrocada y suntuosa capilla de la catedral sevillana. Y Juana, la Doncella de Orleáns, que se pierde en campañas estériles y confusas en las que acabó abandonándole la cobardía y la ingratitud de su señor, a quien había hecho coronar, pereciendo en el fuego y cuyas cenizas se entregaron al aire de Francia, de la que hoy es patrona.

Los dos, triunfo y derrota, gloria y frustración, logro visible y humo, grandeza y tragedia, guiados por un sentido humilde y poderoso del deber, forman parte de los misteriosos planes de Dios, interpretando dos papeles aparentemente antagónicos de la santidad que se completan en el reverso de la Historia, más allá de lo que vemos, según la sabiduría de la Providencia.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

29 de mayo. San Pablo VI (1897-1978)

Giovanni María Montini fue el Papa del mundo. Elegido en 1963, tras la muerte de Juan XXIII, hasta 1978, decidió continuar con el Concilio Vaticano II, y agitar ese «nido de avispas», como él mismo le había dicho a su amigo Juan XXIII, realizando la gran síntesis entre mundo y evangelio, fe y cultura, evangelio y sociedad, persona y Dios, eso es tanto como decir que consiguió la cuadratura del círculo, la pirueta de la que sólo es capaz la fe.

Mundo es un concepto ambivalente en el vocabulario católico. Mundo es lo opuesto al cielo, es el exterior de las catedrales al que las gárgolas góticas vomitan el pecado, es el rebaño que ignora al pastor, el leviatán que vive en el fondo de los océanos. Pero es también el lugar al que Dios regala a su hijo, el hábito con el que el Creador ha decidido vestirse para darse a conocer.

Mundo es, para San Pablo VI, el hogar de María, a la que declaró «Madre de la Iglesia», madre del mundo, madre de todos. El mundo como cordón umbilical que alimenta al niño, a todos los niños a los que compuso un gran poema de la vida, la Humanae vitae. mundo es también una promesa de luz y salvación, de amor y esperanza.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.