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El tinglado de los derechos históricos

Siendo Francisco Cambó concejal del Ayuntamiento de Barcelona en 1902, presentó una propuesta para que en las escuelas sostenidas por el municipio se establecieran clases de lengua catalana. La moción fue rechazada por los votos de sus propios compañeros del consistorio. El régimen de Franco practicó una política de lengua oficial única que, aunque postergaba el catalán, sin embargo nunca prohibió éste. El filólogo catalán Martín de Riquer impartía su docencia en catalán en la Universidad Central de Barcelona en 1942. Aún pueden verse en Barcelona edificios públicos que contienen placas conmemorativas en catalán fijadas en la década de los cincuenta del pasado siglo. Cuando muere el general Franco en 1975, muchos catalanes son bilingües. De hecho, el que fuera presidente del Barcelona, Agustín Montal, y artífice del lema “más que un club”, solía presumir de que, aún vivo Franco, el Barcelona se adhirió a la campaña “catalá a l´escola”; de que en el Nou Camp se instaló la primera senyera y que los avisos desde los altavoces del estadio eran en catalán; de que el capitán del Barcelona llevaba como distintivo de su rango la bandera catalana y de que en el funcionamiento interior del club se adoptó el catalán como idioma. Pero en los últimos treinta años, si hay en Cataluña una lengua que oficialmente se margina, se impide usar o, incluso, su empleo se sanciona es la castellana.

En su libro El País Vasco, José Miguel de Azaola escribe que en el siglo XIX existían ocho dialectos vascos, veinticinco subdialectos, cuarenta variedades y muchas más modalidades locales. La tradición vasca consistía en que las familias enseñaban vascuence en sus propias casas y enviaban a sus hijos a la escuela a aprender castellano. Ello hizo del euskera una lengua familiar, coloquial pero nunca una lengua de cultura para los vascos. Así, el primer diario publicado en euskera fue el Eguna en 1937. Según afirma Azaola las ikastolas empiezan a proliferar en pleno franquismo, de forma que en los últimos veinticinco años de dicho régimen estudiaron vascuence en centros privados de las provincias vascas un número de niños muy superior al de cuantos aprendieron esa lengua desde el principio de los tiempos hasta 1936.

La periferia secesionista plantea la exigencia de respetar un supuesto espíritu histórico de los pueblos a los que dicen representar alegando que esos territorios han sido más o menos soberanos, salvo los períodos de opresión que en los últimos siglos, y especialmente, durante el franquismo, ejerce España sobre los ciudadanos de dichos territorios. Y citan como ejemplo momentos en los que nunca tuvieron una autoridad superior. Pero ante reclamación tan candorosa, hay que oponer que cualquier parte de España, ya sea región, comarca o ciudad, no solo las zonas con reivindicación soberanista, ha sido independiente en algún momento determinado de la Historia, y no por ello, alega la defensa de un supuesto derecho histórico a ser ahora independiente. Y es que hay regiones que llevan veinte siglos sin ser nación y seguirán igual.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 2 de octubre de 2023 https://www.elimparcial.es/noticia/259584/opinion/el-tinglado-de-los-derechos-historicos.html

Sainz

Hace más de un siglo, Filippo Tommaso Marinetti escribió: “un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo, un automóvil que ruge, que parece correr como la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”. La rotunda y sonora frase pertenecía a un artículo que fue portada del periódico Le Figaro bajo el título El Futurismo. Nacía así un movimiento artístico de vanguardia original, rompedor con la tradición, con el pasado y con lo convencional. Pero también anunciaba que la proeza es un buen conductor de arte. Batir récords es toda una proeza. Y el escritor francés Jean Giraudoux relató como máxima que los héroes de los cuentos de hadas se pasaban la vida batiendo récords.

Hoy en Silverstone, Carlos Sainz ha vivido un cuento de hadas. Con su rugiente automóvil Ferrari tan rápido como la metralla ha protagonizado una proeza y ha obtenido una victoria, su victoria, que tanto tiempo llevaba persiguiéndola, una feliz victoria y tan bella como la de Samotracia. Y ha roto con nueve años de sequía de triunfos españoles en la Fórmula 1, dinamitando esquemas y quebrando todos los pronósticos, en especial, los favorables al neerlandés Verstappen. Ciento cincuenta carreras con la de hoy, y sus veintisiete años, marcan la trayectoria del piloto español en los grandes premios de Fórmula 1.

La de Sainz ha sido una victoria muy trabajada y de continuo esfuerzo. Esfuerzo tras esfuerzo para lograr triunfo tras triunfo. Porque a través de una carrera desfilan triunfos parciales que completan el triunfo total. Y para lograr todos es necesario un abnegado y silencioso esfuerzo de disciplina e inteligencia (la precipitación es hija del mejor deseo), pero también de confianza en uno mismo. Así ha obtenido su premio, primero, insistiendo con constancia en el dinamismo de su posición, sin abatirse por contratiempos ni desconcertarse por contrariedades. Luego, abriendo hueco entre sus perseguidores, sin caer en el engañoso limbo de la primera posición ni cegarse por sus prósperos movimientos; y, finalmente, perseverando en el empeño, sin desfallecer hasta acabar bien lo emprendido y haber alcanzado la victoria final. El esfuerzo ha sido también colectivo; de quien estaba al volante y de quienes se hallaban en boxes: estrategas y, por supuesto, mecánicos. Cuenta Jacinto Miquelarena en su obrita Stadiumnotas de Sport que el deporte empieza verdaderamente en los hombres del aire, en los icarios…almas nuevas y frescas en cuerpos de mecánicos, un poco arcaicos, de garajistas, de maníacos del invento, de iluminados”. A todos les ha guiado la misma intención y el mismo afán: la victoria.

Sainz ya ocupa su lugar de honor en la galería de las glorias deportivas españolas. Perfiles de excelentes deportistas consagrados al deporte con su voluntad, tenacidad, constancia, energía, disciplina y, sobre todo, humildad. Esa elegante humildad que se trasluce cuando al narrar sus conquistas hablan de la suerte y ocultan el esfuerzo. A diferencia de la de Samotracia, la victoria de hoy tenía sus dos brazos al volante.

La auctoritas del maestro

Prestos los partidos políticos a elaborar sus programas electorales y abordar la pugna que se aproxima convendría que sus dirigentes reflexionaran sobre la necesidad de cambiar el rumbo que llevamos. Que la educación en España no va bien es una de las cuestiones de mayor conformidad entre la ciudadanía. Muchos años llevamos polemizando sobre un sistema educativo manifiestamente mejorable. Enseñanza concertada sí o no; religión en las aulas sí o no; castellano sí o no; por no hablar de la distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades Autónomas o el derecho de los padres a la educación de sus hijos.

Últimamente, la polémica siempre ha estado viciada por una inquietante ideología en combinación con un término talismán: la empleabilidad, más propio de la mercadotecnia que de la academia. Pero muy pocos han reparado en el maestro, la clave del arco educativo, que, a diario, postergado, desarmado de autoridad y arrebatado de reconocimiento y prestigio, vive presionado entre el corsé ideológico y el apremio mercantilista. Nada hay más dañino para las aulas que la ideología. Advierte el sociólogo Pierre Bourdieu que la escuela no puede ser una reproducción de las creencias de la clase que ostenta el poder porque entonces se convierte en un foco de filias y de fobias. Y lo que es más grave, vulnera el derecho de los padres a dar a sus hijos una educación acorde con sus creencias.

Los ingenieros ideológicos diseñan perfiles sobre la juventud que circulan como mercancía de contrabando: Los adolescentes y jóvenes desean con impaciencia protagonizar sus roles de género, no de sexo. La castidad es un hábito medieval. La mujer engendra vida, pero en sus primeros estadios es algo humanizado, no humano; por ello, la interrupción del proceso del nasciturus es un derecho. Los padres no deben torturar a sus hijos dando órdenes. Los profesores no pueden humillar a los alumnos imponiendo aprendizajes y, mucho menos, calificaciones discriminatorias en contra de una sociedad igualitaria. Hay quienes incluso exigen, en fervoroso afán de irracionalidad, la supresión del profesor y su sustitución por un animador turístico.

El reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, Nuccio Ordine, escribe en una de sus obras “Clásicos para la vida”, que la rapidez de las mutaciones económicas es tanta que no es posible adaptar con la misma celeridad los currículos escolares, que la formación requiere plazos largos y más que reformas genéricas es preciso asegurar una buena selección de los docentes. Los jóvenes reclaman profesores que vivan con pasión y con verdadero interés la disciplina que imparten. El amor por la literatura o la filosofía, por la historia o las matemáticas, es inseparable de un profesor o una profesora en concreto. Una pedagogía rutinaria acaba por matar cualquier forma de interés.

George Steiner nos recuerda que una enseñanza de mala calidad es, casi literalmente, un asesinato. Bastantes asesinatos ocurren ya en el seno materno. Para evitar los que ocurren en el aula reconozcamos la figura del maestro y su autoridad.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 7 de mayo de 2023. https://www.elimparcial.es/noticia/253940/opinion/la-auctoritas-del-maestro.html

Polonia

La extraordinaria labor, mucho más que humanitaria, protagonizada por Polonia en esta guerra del tirano Putin, acogiendo fraternalmente a miles de refugiados ucranianos, constituye un colosal testimonio colectivo de amor al prójimo. Un caritativo ejemplo de socorro ante la desdicha del hermano necesitado que está despertando a las conciencias más tibias.

Con perspicaz anticipación a la II GM, escribía Chesterton en El fin del armisticio que entre todos los pueblos del Este europeo, hay uno en que la Europa occidental puede confiar de veras: Polonia, que es cultura católica clavada como una especie de larga espada entre la tradición bizantina de Moscú y el materialismo prusiano. A Polonia, Occidente no le ha prestado nunca el reconocimiento que se merece, ya por osada indiferencia, ya por cruel desconocimiento. El propio Chesterton cuenta la anécdota del inglés educado que escribió a un polaco y puso las siguientes señas: “Fulano de tal. Varsovia. Rusia”. Me siento satisfechísimo, decía Chesterton, de poder añadir que el polaco contestó así su carta: “Zutano de tal. Londres. Alemania.”

En su solidario apoyo a Ucrania, el pueblo polaco, tantas veces crucificado en el transcurso de su historia, actúa impulsado verdaderamente por el corazón porque la propia historia le ha graduado en un magisterio de decepción y dolor sobre lo que es sentirse abandonado por la comunidad internacional. En tan graves momentos como los actuales, los polacos recuerdan el drama que supuso aquél procedimiento calculado, cruel y frío, a través del cual la Rusia soviética de Stalin mutiló el cuerpo y el alma de Polonia, con la complicidad de los aliados occidentales, que paradójicamente levantaron en Londres y en París la falsa bandera de la defensa del pueblo polaco, para entregarlo atado de pies y manos a Moscú. Luego, el verdugo soviético no toleraría la persistencia de esencias y valores polacos sobre aquellas tierras desoladas y calcinadas por la guerra y la tortura que acaso pudieran suponer raíces para un renacimiento futuro. Con saña se persiguió todo cuanto podía significar matriz y crisol del espíritu de Polonia. Fue raída la fe cristiana, aglutinante de este pueblo generoso, destruidos los centros depositarios de la cultura milenaria del país, o destrozado el propio ejército de la nación, previamente reducido en las fosas de Katyn con la marca indeleble del tiro en la nuca. Libros como Derrota en la victoria, de Jau Ciechanowsky, embajador polaco en EEUU durante la II GM, La violación de Polonia, de Stanislaw Mikolajczyk, Jefe del Gobierno polaco en el exilio y Sin capítulo final, del general Wladislaw Anders, certifican el sufrimiento de Polonia en la posguerra.

Sin embargo, Polonia resucitó. El 14 de agosto de 1980 trabajadores de los astilleros Lenin de Gdansk, liderados por Lech Walesa, iniciaban una huelga marcando la senda de la libertad. Un año más tarde, otro titán polaco, San Juan Pablo II, realizó el primer viaje de su pontificado a su Polonia natal, reforzando así un movimiento clave en el derribo del comunismo. Es esa Polonia, llena de resurrección y vida, la que hoy valientemente tiende la mano al infortunado pueblo ucraniano, aún a riesgo de enojar al tirano.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 6 de marzo de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/236421/opinion/polonia.html

El padre

Hubo un tiempo en que las tarjetas de invitación a un baile llevaban impresas las siglas SAM (Sin Acompañantes Molestos, es decir, ¡sin los padres!). Cierto que aquello no era, ni por asomo, el borrado de la figura paterna, propio del extremismo de la Revolución francesa, en donde la ejecución de Luis XVI representó en Francia la muerte de los padres, la tradición y la autoridad divina. En vez de esto, surgió una razón divinizada. Porque frente a la Edad Media, que siempre deseó hacer como los padres, la modernidad deseaba hacer cosas distintas de los padres, liberarse del primitivismo y la coacción de éstos. Se inicia lo que Romano Guardini describe como “una lucha sin cuartel contra la mentalidad autoritaria medieval y el hombre, antes adorador y servidor, se convierte en creador”.

Tampoco debe relacionarse el acrónimo SAM con la convulsa obra de TurgenevPadres e hijos, en la que el autor, diagnosticando la enfermedad de la época que sufría la juventud de la Rusia zarista, inventa el nihilismo. Un nihilismo que dejaría de creer en el padre biológico para convertirse años después en materialismo ateo que sí creería en progenitores ideológicos. Se cuenta que la hija de Stalin escribió un día al rellenar una ficha escolar que le pedía la profesión de su padre, las palabras “revolucionario profesional”. La divinización de Stalin, como la de los emperadores romanos, fue un hecho pagano constatable en la URSS. El mensaje dirigido por las juventudes comunistas al zar rojo, comenzaba siempre con estas palabras: “Al gran jefe de los pueblos soviéticos, nuestro muy amado padre, nuestro maestro lleno de sabiduría”. Tanto fervor en un hombre y no en Dios explica el episodio en una escuela rural húngara durante un examen oficial y ante la pregunta de un inspector a los alumnos “¿Quién es Stalin?” el niño, a quien de antemano le han enseñado las respuestas, responda sin titubear: “Stalin es mi padre”. “¿Y quién es tu madre?” pregunta de nuevo el inspector. “Mi madre es el Estado”. “¿Qué quieres ser de mayor?” Ante esa pregunta, ahora el niño titubea y, en lugar de la respuesta correcta que se le ha enseñado, la de ser un trabajador leal y disciplinado de la revolución bolchevique, contesta valientemente: “Quiero ser huérfano”. Huérfanos, así definió un cura a unos jovenzuelos irreverentes con los que coincidió en el compartimento de un tren y que trataron de burlarse de él: “Padre, tengo que darle una mala noticia: Ha muerto el diablo”. “Lo siento mucho y os doy mi más sentido pésame”, respondió serena pero decididamente el cura. “¿El pésame? ¿y por qué?” replicaron a coro los dos jóvenes, que llevaban un buen rato blasfemando con el propósito de importunar al sacerdote. “Por la pena que me dais, que os habéis quedado huérfanos”, respondió aquel hombre de Dios.

Cierto es que últimamente llevamos percibiendo algo de SAM que rebasa todos los límites. Vivimos tiempos en que le han echado los perros a la paternidad y a la familia como corazón vivo de la sociedad. No es que pretendamos reivindicar aquello de “la vida padre”, pero resulta indudable que la figura paternal está siendo cuestionada por un fenómeno, novedoso para algunos en la denominación: “ingeniería social”, pero tan viejo como el mundo: los intentos de subvertir la realidad mediante la disolución de costumbres y tradiciones, desplazando los cimientos de una civilización. Ya La República de Platón enumera los signos de la decadencia democrática: “los gobernantes son aceptados por los súbditos solo a condición de que autoricen los peores excesos; al que obedece a las leyes le llaman estúpido; los padres no se atreven a corregir a sus hijos; los hijos ultrajan a sus padres; el maestro teme al alumno y el alumno desprecia al maestro; los jóvenes adoptan aire de ancianos y los ancianos se hartan de gastar bromas para imitar a los jóvenes; las mujeres en el vestir, se parecen a los hombres”.

En este siglo XXI, vuelven legiones de pedagogos, sociólogos y psicólogos, esa trastornada tropa de ingenieros sociales, a pretender salvar a la Humanidad como colectividad, números en una base de datos, máquinas que manejan números, olvidándose de cada ser humano considerado individualmente, con su libertad, responsabilidad y conciencia. Masa frente a individualidad personal, individuo como peón en un tablero ideológico frente al hombre libre y digno. Insisten con infamia y ánimo destructivo en negar la libertad y el derecho de los padres a la educación de sus hijos para acabar abriendo las puertas al caos. Pretenden impedir que las aulas sean una continuación del hogar para convertirlas en espacios donde los niños no son instruidos por representantes de los padres en lo que los padres quieren que sean instruidos, sino por agentes del Estado, comisarios políticos, que les enseñan lo que al Estado interesa: sexo, orientación sexual, discernimiento sobre sus valores, raza o religión. Materias todas que desde siempre han sido, son y serán competencia de los padres. El primer libro de religión que los hijos leen son sus padres. Después de los padres, son catequistas los maestros de primera enseñanza. Nada más grande que un maestro de primera enseñanza. Si no nos aprovechamos de las enseñanzas de otros, perderemos mucho tiempo buscando las verdades adquiridas. Queda clara la intención: Usurpar los derechos de los padres y arrebatarles su autoridad. Para mayor escarnio, los disolventes afirman que el fin es hacer de los niños buenos ciudadanos y trabajadores productivos.

Prosiguen deconstruyendo la realidad a base de una contraposición que se lleva al extremo del enfrentamiento entre hombre y mujer con el consiguiente aplastamiento de aquél. En los círculos del feminismo radical, el varón no es que tenga mala prensa, es que se encuentra en busca y captura. Para esta obra de albañilería laica, erigida por un mocerío masónico, solo hay dos modelos: el hombre bruto y el hombre amanerado, lo que supone negar la existencia de un hombre justo y caballeroso, un padre entregado, un esposo enamorado. A fin de cuentas, salvo los hombres que viven de las mujeres, los hombres vivimos para las mujeres y, probablemente, por las mujeres. Si además el varón es católico, el empeño en combatirlo es mayor porque la pieza a cobrar es también mayor: Si acabamos con la figura del padre, acabamos con la figura de Dios. Ya Marx propugnó que para acabar con la imagen de Dios en el cielo, hay que acabar con la imagen de Dios en la tierra. Constatamos la burda estrategia de puesta en práctica consistente en cancelar la figura del padre.

De san José, “era un hombre justo” según el Evangelio de Mateo, se ha dicho que hizo calladamente y sin entenderlo lo que Dios le pidió que hiciera. Es el Patrón de los padres de familia. A quienes somos hombres, maridos y padres, y además, católicos, nos tachan de peligro para la sociedad. Sabemos que nuestra tarea es a largo plazo, silenciosa, minuciosa y sin brillo. Nadie nos ve ni nos aplaude. Lentamente, con fatiga y de forma anónima, vamos preparando el futuro, llenando lagunas, rectificando con paciencia, indulgencia, comprensión y, sobre todo, amor. Pastor que va en busca de oveja descarriada. Padre bueno que se abraza al cuello del hijo pródigo. Quizás en la desolación inevitable de los que niegan a Dios, este culto a los ídolos se suscite para llenar ese hondo abismo que en su alma deja la ausencia divina del Padre.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 19 de marzo de 2023. https://www.elimparcial.es/noticia/251730/opinion/el-padre.html

Krasni Bor y mucho más

“En febrero de 1943, una segunda operación, la Estrella Polar, tenía como objetivo romper por completo el asedio rodeando el 18º Ejército alemán por el oeste y cortando la comunicación ferroviaria con la retaguardia, emplazada en Pskov. Fracasó a causa de la lluvia, de la actitud de Hitler (por fin cautelosa después de Stalingrado), y de la División Azul española, que defendió la posición en una feroz guerra de trincheras cuerpo a cuerpo. (Hockenjos, quien con anterioridad había despreciado a los españoles como «un hatajo de quijotes, caballeros adeptos al puñal y tenores de opereta», seguramente tuvo que comerse sus palabras)”.

Quien así escribe es Anana Reid en Leningrado. El asedio más épico de la Segunda Guerra Mundial, y está haciendo referencia a la batalla de Krasni Bor, así conocida en la historia bélica española, que se libró entre el 10 y el 13 de febrero de 1943 en la periferia de Leningrado y en la que 5.000 españoles frenaron en épica hazaña la ofensiva de 38.000 soldados del Ejército Rojo. Aquellas palabras que quizás tuvo que comerse el oficial alemán Fritz Hockenjos, según la autora del libro, encajan en la descripción que sobre los españoles recogiera Angel Ganivet en Idearium Español acerca de la diferencia entre espíritu guerrero y espíritu militar: “Son términos que suelen emplearse indistintamente, pero son opuestos entre sí. El espíritu guerrero es espontáneo y el espíritu militar es reflejo. El uno está en el hombre, y el otro en la sociedad. Uno es un esfuerzo contra la organización, y el otro es un esfuerzo de organización. España es, por esencia, un pueblo guerrero, no un pueblo militar; un pueblo que lucha sin organización”.

El modo tan desconcertantemente español de hacer la guerra rezuma en ciertos detalles relatados por el divisionario Dionisio Ridruejo en Cuadernos de Rusia: “En los muros exteriores de una isba hay pegados unos carteles de toros de Córdoba y Sevilla. Los carteles taurinos españolizaban simbólicamente los puestos de mando de los regimientos y batallones de la División Azul”. También cuenta Ridruejo que los soldados españoles se mostraban refractarios al idioma local. Apenas unas palabras sabían pronunciar y los nombres de las poblaciones y aldeas rusas son castellanizados de inmediato. “Los nativos y, especialmente, los niños, nuestros mejores amigos, van, en cambio, tomando nuestro lenguaje con creciente generalidad. Un muchacho que iba atizando al caballo de un trineo lo hacía acompañando de buenas palabrotas castellanas: “Arre cabrón, me cago en la madre que te parió”. Huella indeleble impresa por el soldado español en tierra extraña.

En su libro Berlín, años cuarenta recoge Ramón Garriga la anécdota contada por el agregado militar de la embajada española, teniente coronel Jose Luis Roca de Togores sobre un sargento de la División Azul que encontró a Rusia demasiado fría y decidió hacer turismo en moto por países de clima más cálido hasta llegar a Grecia: “Mi sorpresa fue enorme, relata Roca de Togores, cuando un día me comunicaron del Alto Mando alemán que desde Atenas informaban que había llegado en moto un combatiente de la División Azul que decía ser hijo del general Muñoz Grandes”. La respuesta del agregado militar fue inmediata: “El general Muñoz Grandes no tiene un hijo en edad militar; envíenme a Berlín a este individuo de la División Azul”. El sargento debidamente custodiado fue entregado a las autoridades militares españoles y Roca de Togores se encontró con un andaluz cerrado que no sabía aclarar bien la aventura que había vivido. Sin embargo, había que reconocer la extraordinaria proeza realizada por aquel hombre, pues sin saber ni una palabra de alemán, ni poder exhibir papel de ninguna clase, había logrado pasar por media docena de controles militares, viajado por media docena de países, logrado comida para él y gasolina para su moto y alcanzado la meta que se había propuesto. Roca de Togores fue escuchando el relato de aquel andaluz simpático y heredero de la antigua casta de aquellos españoles lanzados a recorrer el mundo. No le interrumpía porque se divertía con aquel personaje de la vieja y clásica picaresca, pero en un momento dado tuvo que cortar su verborrea y advertirle: “lo que no te perdonaremos es que dijeras a los alemanes que eras hijo del general Muñoz Grandes”. La respuesta del andaluz desarmó a nuestro agregado militar: “Con perdón de mi teniente coronel, yo no me presenté como hijo del general Muñoz Grandes; solo dije a los alemanes que el general nos trataba a todos como hijos suyos. No es culpa mía si los alemanes son unos brutos e interpretaron mal mis palabras”. Genuino arrojo de un guerrero de estirpe hispánica.

Al margen de la estricta acción de combate, episodios anecdóticos como los narrados constituyen, según Ridruejo, “estupenda riqueza cuando se recuerde, eliminados los sinsabores como los elimina siempre, defensivamente, la memoria que trabaja para la esperanza”. Pero entre los sinsabores hay que recordar que cientos de soldados españoles murieron en aquella cruenta y feroz batalla de Krasni Bor, y muchos miles más dejaron su vida en tierra rusa, sin olvidar a los que quedaron prisioneros en el Gulag soviético sometidos a una vida infrahumana. Que conste también para la historia que en aquellos campos de la muerte tendría lugar la primera reconciliación entre españoles de los dos bandos de la Guerra Civil, treinta años antes de la que fue sellada en la Transición de 1978. Aquellas siniestros campos con sus hostiles alambradas y asesinas torres de vigilancia fueron testigos del encuentro y la convivencia entre soldados de la División Azul y republicanos, en particular, pilotos, marinos y “niños de la guerra”, todos encerrados por la barbarie comunista. Contra esta se revolvieron un día ambos bandos de españoles organizando una huelga contra sus carceleros. Hermanados ante la injusticia, sin diferencias en sus ideales y unidos por una causa común: su amor a España y por el mismo deseo de volver. Solo unos cientos lo lograrían en legendaria resurrección.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 12 de febrero de 2023. https://www.elimparcial.es/noticia/249953/opinion/krasni-bor-y-mucho-mas.html

Democracia estéril

El hombre de nuestro tiempo, horrorizado por la espantosa crueldad del fascismo y del socialismo real, no toleraría un regreso a la barbarie. Pero podría conformarse con ciertas formas expeditivas de gobierno, siempre y cuando salven la apariencia de democracia. Asistiríamos a una nueva versión del totalitarismo, no tan agresiva y sin brutalidades como aquellas soluciones radicales de naturaleza colectivista del siglo XX, que avasallaron la dignidad del hombre y su libertad, sino una versión de seda, que acabe imponiendo que lo inexplicable se convierta en norma. Esta conformista actitud explica la angustiosa tendencia de Occidente a taparse los ojos ante las nuevas formas de tiranía.

El Evangelio de San Mateo contiene un pasaje acerca de la higuera estéril. Se trata de una metáfora sobre los fariseos, maestros de la ley, que no daban buen fruto a causa de su falta de fe. La enseñanza es que una higuera cubierta de hojas pero sin fruto, tiene la apariencia de vida pero no la vida. Por el contrario, el almendro es el árbol vigilante porque es el primero que florece en primavera. Es como si estuviera de guardia. A las actuales democracias les sucede lo mismo que a la higuera estéril. Resulta que el pluralismo partidista es evidente. El mecanismo de elección de representantes funciona correctamente. El respeto a la minoría está asumido. En suma, la robustez y vitalidad del sistema son buenas en apariencia. Sólo en apariencia. Tras este aspecto formal, de escaparate del edificio democrático, se halla el núcleo esencial de la democracia sobre el que se cierne el riesgo de la desviación totalitaria.

Los primeros síntomas del virus totalitario se manifiestan contra los derechos y libertades, restringiéndose por el poder con signos patentes de tutelaje y abuso. Se atropellan las libertades de expresión, de conciencia, religiosa, de educación… La carcoma totalitaria devora sutil pero severamente el edificio democrático. El intervencionismo estatal se torna hegemónico y mengua el terreno de la sociedad civil. Se dinamita la independencia de los medios de comunicación y del Poder judicial. Paulatinamente se impone el silencio de la opinión pública y se enturbia la transparencia en la gobernación de los asuntos generales. El cerco se cierra mediante la perversión del lenguaje que elabora una realidad emergente con novedosos significados. Es el nuevo caballo de Troya que penetra en las ciudadelas de hogares y aulas preñado de pensamiento débil y políticamente correcto a fin de tapar las verdades objetivas y absolutas. Aun así, lo que se muestra sigue siendo sugerente y fascinador.

Este inquietante proceso se gesta y desarrolla en nombre del progreso y la libertad. Por ello, las sociedades, adormecidas por el opio de una falsa normalidad, sucumben fácilmente al engaño, sin sospechar que mediante apariencias están siendo manipuladas. La gran lucha de nuestro tiempo se está librando contra esa apariencia de democracia que pretende secuestrar la libertad. Los ciudadanos no debiéramos conformarnos con la apariencia, sino aspirar a lo genuino y verdadero. Seamos, pues, como el almendro, un árbol vigilante y en guardia.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 16 de octubre de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/244313/opinion/democracia-esteril.html

Amor y no sexo

En los setenta del pasado siglo se creó el mito de una juventud impaciente por desarrollar su vida sexual y de la castidad como expresión de un medievalismo desfasado. Se aceleró la “revolución sexual”. Eran los vientos que soplaban desde el Mayo del 68: no tanto transformar la sociedad civil, como destruirla.

Cincuenta años después, el sexo vuelve a ser una prioridad, con la diferencia ahora de que no es durante la etapa juvenil, sino en la etapa infantil. Varios Ayuntamientos barceloneses han organizado encuentros formativos de contenido sexual para niños, adolescentes y jóvenes. En el municipio de Vilasar de Mar se celebró una yincana para jóvenes de entre 12 y 30 años centrada en la educación sexual y entre cuyas actividades destacaba la colocación de preservativos en un palo o reproducir posturas del Kama-sutra. En el municipio de Tarrasa se organizó un taller para niños de entre 6 y 12 años, de travestismo. El objetivo era lograr que «los niños crezcan sin prejuicios». La ministra de Igualdad, Irene Montero, dijo en la Comisión de Igualdad del Congreso de los Diputados que “Todos los niños, las niñas, les niñes de este país tienen derecho a conocer que pueden amar o tener relaciones sexuales con quien les dé la gana, basadas, eso sí, en el consentimiento”. Los descritos episodios no han levantado tanta polvareda como sí el vídeo, masivamente difundido y aireado, de los colegiales del Mayor Elías Ahuja asegurando a las colegiales del Mayor Santa Mónica un encuentro sexual en una capea organizada entre ambos colegios. Y es que como decía Septimio Severo hay dos clases de ceguera que se combinan fácilmente, la de aquellos que no ven lo que es y la de aquellos que ven lo que no es.

La sexualización de la infancia a cargo de organismos infortunados y dirigentes públicos descerebrados es una precipitación en el ritmo de aprendizaje y formación del niño. A los 8 o 10 años no se tiene inquietud alguna sobre un tema como el sexo. Corremos el riesgo de que en nombre del progreso saturemos a los niños con sexo creando adultos confundidos y extraviados. En esta sociedad se ha creado un tremendo vacío moral bajo el dogma progresista de “quien se opone a mis deseos atenta contra mi personalidad”. Algunos parecen actuar espasmódicamente lanzados hacia un desenfrenado hedonismo. Hay posiciones de izquierdas infumables hasta por las “normales” gentes de izquierdas. Para el desarrollo infantil, resultaría más conveniente hablar de amor y de enamorarse. El amor, el interés por la criatura amada es lo que más humaniza al hombre. El vicio cuenta con una buena prensa. El amor, el simple y maravilloso amor, origina risas y protestas. Según Pascal, de nada sabemos todo y es que al hombre le es necesario el sentido del misterio. A fuerza de tanta sorpresa, terminamos por no asombrarnos ya de nada y por no apreciar nada por hermoso que sea. Bien lo afirmaba el gran Ruano: “el amor empieza en un presentimiento que al hacerse sentimiento es ya conocimiento”.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 9 de octubre de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/244044/opinion/amor-y-no-sexo.html

El compromiso sociopolítico de un cristiano

A una villa francesa llamada Tornay llegó cierto día un viajero. La villa celebraba una gran fiesta y estaba vestida de gala. Banderas y colgaduras engalanaban calles y casas. Júbilo y alegría reinaban en el municipio. ¿Qué ocurría? se preguntaba el visitante. Algo importante sucede, se decía, y cuando inquirió a un habitante cuál era la causa de aquél regocijo, recibió esta respuesta: Hoy hace 53 años que comenzamos a luchar en las elecciones, y al cabo de más de medio siglo, por primera vez llevamos una mayoría católica al Ayuntamiento.

En 1909, el que fuera primer presidente de la Asociación Católica de Propagandistas, Angel Herrera Oria, decía que en España se lamentan los católicos porque el Parlamento elabora leyes impías. Pero ¿qué os pensabais, que nuestros adversarios se habían de molestar y trabajar haciendo leyes a nuestro gusto y medida? ¡Id a las urnas, disputadles los escaños y dejad de lamentaros! Estamos los católicos españoles un tanto dormidos para la lucha política y es necesario que despertemos, que iniciemos una reconquista lenta, difícil, llena de sudores y fatigas, pero necesaria, imprescindible, impuesta por nuestra fe. No nos importen las derrotas, proseguía Herrera, no desmayemos. Siempre adelante. Como en Tornay. Por supuesto, que hay que luchar en las elecciones. Si es preciso, 53 años como los tenaces católicos de Tornay. Pero también en los demás campos de la vida pública, porque si no participamos en ella, si no acudimos allí donde se ventilan las grandes cuestiones humanas, cito, de nuevo a Herrera, ¿por qué lamentarnos luego? ¡Ay católicos españoles¡ ¿Toda la culpa es de los gobiernos? ¿No tenemos también algo de culpa nosotros, más prestos a protestar que a hacer eficaces nuestras protestas? Nosotros mismos podemos remediar muchos de nuestros males y hacer más fructíferas nuestras pretensiones. Nuestra es, pues, la culpa. No tenemos derecho a quejarnos. ¿Qué hacemos? Nada o casi nada. Parece que apenas nos importa lo que ocurre. Acostumbrados como estamos a dejarnos avasallar, no nos preocupa, o preocupa muy poco, el avance imparable del laicismo con sus propósitos de echar a Dios de la familia, de la escuela, de la sociedad. ¡Qué vergüenza para nosotros¡ ¡Qué infamia la nuestra¡ ¿Por qué no protestamos? ¿Por qué no nos oponemos como un solo hombre a esa obra de destrucción de lo trascendente?

De estas certeras y deslumbrantes palabras de Herrera Oria debiéremos extraer dos conclusiones: 1. Que los católicos debemos involucrarnos en la política. 2. Que los católicos debemos estar siempre en campaña electoral.   Pero ¿cómo debemos actuar los cristianos en el espacio público? ¿Cómo ha de ser nuestro compromiso sociopolítico? En la vida pública, los católicos debemos cumplir con dos deberes, el de conciencia y el de coherencia;  y ejercitar un derecho, la libertad. Ello se traduce en una exigencia moral de gran envergadura como es ser responsables y adoptar tres actitudes prácticas: comprometernos, participar y dialogar.

Deber de conciencia.

Un gobernante, sea católico o no, debe rendir cuentas de su gestión a los ciudadanos pero también a su conciencia. Un gobernante ha de obrar en conciencia. Ha de ser fiel a la propia conciencia, aunque se dure poco en política. Porque cuando uno se decide a entrar en la vida política, debe saber hasta donde está dispuesto a ceder. Uno no puede ceder tanto que pierda su identidad o que le haga irreconocible, simplemente para alcanzar el poder o perpetuarse en él. Como ciudadanos católicos debemos actuar en el espacio púbico con todos los medios legales y legítimos, entre ellos la objeción de conciencia. Antígona es la primera objetora de conciencia, pues frente a Creonte, obedece a Dios antes que a los hombres. Antígona explica a Creonte que ha desobedecido porque las leyes humanas no pueden prevalecer sobre las divinas y se muestra orgullosa de ello y sin temor a las consecuencias. Así debemos obrar los católicos en el espacio público, sin temor a las consecuencias.

Deber de coherencia

Consustancial al cristiano es manifestar su fe al exterior, es ser testigo. Id por el mundo y sed mis testigos, nos exhorta el Evangelio, Por ello, jamás debemos encerrarnos en las sacristías, sino que debemos ser coherentes con nuestra fe y dar testimonio tanto en la vida privada como en la pública. No puede olvidarse que somos miembros de la Iglesia católica y a la vez somos ciudadanos del Estado. Y en nuestra condición de ciudadanos, estamos directamente comprometidos en el orden temporal. Por ello, nuestra misión de ciudadanos no puede dislocarse de la de cristiano, y las dos perspectivas no pueden disociarse. A esto se le llama deber de coherencia. Coherencia es también mantenernos unidos en torno a la columna vertebral de la Iglesia católica: el Papa y los obispos en comunión con él y de ser fieles a su Magisterio.

Ejercitar la libertad.

Dijo el político inglés, Thomas Paine, que quienes aspiran a gozar de los beneficios de la libertad deben soportar la fatiga de defenderla. La Iglesia Católica está donde ha estado siempre: En el Evangelio. Es la única que, separando perfectamente lo temporal de lo espiritual, supera las fronteras nacionales y enlaza a todos los hombres por vínculos superiores a los meramente políticos. Por eso constituye un aliado indispensable en la defensa de los derechos del hombre y en las demandas por la libertad. Por tanto, frente a las amenazas y riesgos contra la libertad y dignidad del hombre, los católicos debemos adoptar una actitud de denuncia constante y sistemática. Un clamor popular para que nuestra voz se oiga. Benedicto XVI dijo que los católicos tienen derecho a que se oiga su voz en el debate público de la sociedad, en todo, ya sea enseñanza, clonación o el precio de las flores. Es un derecho que les asiste por encima de los slogans laicistas. Es a la vez un compromiso marcado a fuego en sus creencias.

Compromiso

No son tiempos de imitar a Pilatos y lavarnos las manos abdicando de nuestras responsabilidades cívicas. Menos aún cuando los católicos somos indispensables en esta humanidad en crisis, que poco a poco va resbalándose por una peligrosa pendiente. Y lo somos, por ser inmunes a falsas ideologías que tratan de anegar el mundo con el diluvio materialista y ganar terreno a través de una vastísima siembra de relativismo y odio. Tenemos, por tanto, el deber de no ignorar ni abandonar la acción social y pública. En la reciente Instrucción pastoral “Iglesia, servidora de los pobres”, uno de los objetivos para eliminar las causas estructurales de la pobreza es cultivar con esmero la formación de la conciencia sociopolítica de los cristianos, la conciencia social de la que tanto hablaba Herrera Oria; de modo que sean consecuentes (coherentes, coherencia), con su fe y hagan efectivo su compromiso de colaborar en la recta ordenación de los asuntos económicos y sociales.

Participación.

La Encíclica Pacem in terris de Pablo VI considera que la participación de los ciudadanos en el poder es una exigencia cierta de la dignidad humana, de forma que los hombres puedan dedicarse con pleno derecho a la vida pública. La participación del cristiano en la acción política ha sido una de las muchas formas a través de las cuales se ha comprometido con el mundo. El Concilio Vaticano II refuerza la idea de que los fieles laicos no pueden abdicar de la participación en la política; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común, que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto a la vida humana y al medio ambiente, la justicia y la solidaridad. No servimos a nuestra nación -de hecho, la debilitamos intelectualmente- si hacemos dejación de nuestros principios o no nos atrevemos a hablar con convicción por un erróneo sentido de buena educación.

Diálogo

Los cristianos también debemos dialogar con quienes no piensan o no creen como nosotros. Debemos promover un auténtico diálogo con el mundo de hoy. Debemos superar los conflictos abriéndonos al diálogo y aceptar la razón compartida como base de la convivencia fraterna. Hay que buscar la verdad y compartirla; acompañar a los que dudan, a los que no creen, a los que transitan sin rumbo por la vida; a los que no ven a Dios pero le buscan a todas horas. No seamos simplemente una alternativa encerrada en una torre de marfil, no seamos gueto ni fortaleza asediada, salgamos a la plaza pública a dialogar.

Este debiera ser nuestro compromiso sociopolítico como cristianos. Sin perder de vista que al mismo tiempo que construimos la ciudad terrena vamos construyendo también la ciudad eterna. El tiempo es nuestra circunstancia pero la eternidad es nuestro destino.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en la revista La Rambla en noviembre de 2016.

A por los ricos

Uno de los documentos más enérgicos de la Revolución bolchevique, firmado por Lenin y Stalin y publicado el 31 de mayo de 1918 en Pravda, comenzaba así: “¡Obreros y campesinos, honrados ciudadanos trabajadores de toda Rusia! Estamos ante las semanas más difíciles. El pan escasea en las ciudades. La población proletaria está preocupada por su destino. Los enemigos del pueblo se aprovechan de la penosa situación, que ellos mismos han propiciado, para sus propios fines criminales, siembran la confusión e intentan arrebatar el poder de manos de los obreros y campesinos. Los antiguos generales, los terratenientes, los banqueros levantan la cabeza. Tienen la esperanza de que el pueblo, en su desesperación, les permitirá adueñarse del poder en el país».

Bajo la habitual pitada contra Sánchez, advertía éste en la puesta de largo de esa cínica y cursi campaña de Somos el Gobierno de la gente, de la existencia de unos poderes oscuros que maquinan contra él: los grandes empresarios, las terminales mediáticas y los banqueros, reduciendo a todos en el saco de la derecha política, económica y mediática, que se mueve por los intereses particulares de unos pocos. “Igualico, igualico que el difunto de su agüelico”, sentenciaba la abuela de Agamenon, aquél conocido personaje de tebeo del pasado siglo. Sánchez, como nieto ideológico de aquellos tatarabuelos creadores de la espantosa Rusia soviética, también emplea ese viejo recurso, propio del totalitarismo, consistente en espolear el miedo ante un supuesto enemigo presente. Evidenciando así un vicio propio de dirigentes políticos incapaces con su gestión de generar confianza y credibilidad entre la ciudadanía, necesitando, por ello, de urgentes “adhesiones inquebrantables”.

Cierto es que Sanchez no ataca a sus enemigos con bayonetas, como sí sus antepasados comunistas. El los combate mediante impuestos. Primero fue el impuesto a la banca y a las empresas energéticas; ahora anuncia un impuesto a los ricos. La incertidumbre generada ante este nuevo “impuestazo” es qué se entiende por rico. Porque de continuar Playbol, la empresa del padre de Sánchez, mejorando su cuenta de resultados, el hijo terminará dándole un sablazo al progenitor al gravar fiscalmente a contribuyentes acaudalados. Salvo que la ministra de las cuentas y los cuentos invente una exención fiscal para “nuevos ricos”, por ejemplo, aquellos que, del 2020 en adelante, al socaire del sanchismo, han medrado hasta engordar su patrimonio. Otra alternativa que le queda al padre es adherirse a la explicación que Angel Ganivet apunta en su Idearium español: “el ocultar la riqueza a las investigaciones del fisco es un acto social tan instintivo como el de cerrar los ojos ante el amago de un golpe”.

A la izquierda nunca le ha gustado que el dinero fluya en los bolsillos de los ciudadanos, sino que prefiere administrárselo, planificando a su antojo el Estado del bienestar a base de sectarismo, demagogia, ineficiencia y despilfarro. Y es que no solo ricos y millonarios, también obreros, agricultores, autónomos, incluso, estudiantes, están hasta la coronilla de este Gobierno, en el que hay más gente que personas.

Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 25 de septiembre de 2022. https://www.elimparcial.es/noticia/243403/opinion/a-por-los-ricos.html