31 de octubre. San Wolfgango (995-994)

El del extraño nombre, significa el que anda como un lobo, pero él se lo latinizó en Lupámbulo. Era de noble familia suaba, en la Alemania del sur, se educó en la abadía de Reichenau, junto al lago de Constanza, y en el 956, ya famoso por su saber, fue nombrado director de las escuelas de la catedral de Tréveris. En este oscuro período de la cultura de Occidente es una de las luminarias de Europa.

Wolfgango dejó atrás la luz de la fama para encerrarse en un monasterio benedictino, el de Einsiedeln. Más tarde se le encomiendan tareas misionales, primero en la Panonia, entre los feroces húngaros paganos, y luego como obispo de Ratisbona, en donde tiene que ponerse al frente de una enorme diócesis gran parte de cuyos habitantes están aún por cristianizar. El recuerdo que nos deja no es ni de sabio ni de monje, sino de misionero, de organizador, de obispo que ha de mandar, predicar ante multitudes, reprimir abusos y proveer a mil necesidades de orden práctico.

Su actividad se funda en un criterio de puro sentido común: para evangelizar a las gentes hay que asegurarse primero que están evangelizados los monjes, y en consecuencia la reforma monástica y la rigurosa sujeción a la regla de San Benito es el punto de partida de San Wolfgango. Cristianizar a los cristianizadores puede ser aún el primer paso para cualquier empeño de que el mundo se parezca un poco más a Jesucristo.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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