Después de la fiesta universal de Todos los Santos, existe en la Iglesia desde San Odilón de Cluny este recuerdo particularizado para «los que no precedieron con la señal de la fe», como dice la liturgia, y esperan en un misterioso ámbito, más allá de esta vida, su purificación para entrar en el Reino de los Cielos.
¿Quién habrá sido completamente fiel? Fundándose en una creencia de la que hay testimonios en el Antiguo Testamento y que aparece en numerosos autores de los primeros siglos, como San Agustín, Trento definió el dogma del Purgatorio como lugar de expiación definitiva, último crisol de las almas.
Los fieles difuntos, «nuestras amigas, las almas del Purgatorio», no se evocan entre brumas otoñales como un signo de muerte, sino de gozo por la segura, aunque retardada, conquista de la eternidad con Dios. La muerte no abre las puertas de la nada, sino de la plenitud de la vida, no hay otra visión posible desde la fe. Imaginamos un inmenso espacio de sombras, ausente de la luz que ya se conoce con certeza y y que se ansía. A tientas, con una dolorosa impaciencia de Bien, el ejército de la purificación es nuestro valedor, como nosotros pedimos «que brille pronto para ellos la luz eterna de la Gloria»
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
