En la Lima de Santa Rosa nació también Martín, hijo natural de un caballero español, don Juan de Porres, y de una esclava mulata llamada Ana Velázquez. Él y su hermana Juana acabaron siendo reconocidos por el padre.
Martín era barbero y hacia el año 1600 ingresó como donado en el convento dominico de Rosario. Llegó a ser popularísimo en la ciudad por su solicitud con los enfermos, atribuyéndoles muchas curaciones milagrosas, así como por su humildad y su piedad. Además, demostró un clarísimo criterio que le hacía muy apto para conciliar matrimonios desavenidos, resolver pleitos, aconsejar al virrey o al obispo en materias delicadas, y, en resumen, buscar soluciones para intrincados conflictos del tipo más diverso.
Pero San Martín tenía una peculiarísima especialidad que le hacia extender sus afanes caritativos a los animales, que merecían su atención incorporándolos a un universo en el que el mandato del amor no conocía límites. Dialogaba persuasivamente con ellos, sanando a los seres más inútiles o dañinos de la creación, como permitiéndose la delicadeza de no desechar ni uno solo de los cabos que parecen sueltos y más desdeñables de la obra de Dios.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
