4 de noviembre. San Carlos Borromeo (1538-1584)

No hay que idealizar a ningún Santo, pero Carlos Borromeo es el menos idealizable por sus aparatosas limitaciones humanas y la ausencia de brillo al ser una personalidad poco atractiva. Tímido, silencioso, con un defecto en el habla que nunca superó, lento en razonar, parece deberlo todo a la tenacidad y al esfuerzo. Todo no, porque además de ser un gran señor por su cuna, muy pronto es objeto de una de las tradicionales medidas de nepotismo de los antiguos papas: su tío Pío IV le hace cardenal y secretario de Estado a los veintidós años, sin ser siquiera sacerdote.

Finalmente, tras ordenarse llega como arzobispo a la diócesis de Milán, que rigió con mano muy firme (tan firme que no faltaron intentos de asesinarle). Fue piadosísimo y austero, vivió para la oración, el ayuno y, por supuesto, el trabajo. Es el santo de la eficiencia espiritual y material (no en vano es patrón de la banca y de la bolsa), pastor que se ocupa sin descanso de la enseñanza religiosa creando escuelas y seminarios, de la ejemplaridad del clero, de los pobres y enfermos, sobre todo durante la peste de 1576, y de los que viven fuera de la Iglesia.

Es una de las grandes figuras que aplicaron inmediatamente los decretos de Trento, concilio en cuyas sesiones finales desempeñó un importante papel. San Carlos Borromeo es un santo hecho a fuerza de puños, con el hándicap de sus visibles limitaciones y de la influencia familiar que le encumbró. Trento sin santos, sólo con teólogos y organizadores, no hubiera sido nada, él se hizo espejo de la Contrarreforma trabajando oscuramente en reformarse a sí mismo hasta morir extenuado.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

 

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