San Martín anuncia el invierno, nos lo trae con su cortejo de fiestas campesinas que celebran la matanza; hay que probar el vino nuevo y encender hogueras lo mismo que para San Juan. Se invoca al santo que va a caldear con su presencia caritativa la gelidez de noviembre. El frío es también protagonista de la gran anécdota por la que se le reconoce: Ocurre en Amiens, donde Martín, soldado a la sazón, está de guarnición; un día de invierno ve a un pobre que tirita, y él con la espada corta expeditivamente en dos su capa para abrigarlo con la mitad (la única de que podía disponer, la que él había pagado, porque la otra mitad era del emperador). Aquella noche el mendigo se le aparece envuelto en luz, es Cristo con quien había compartido sin saberlo su clámide.
De familia idólatra y nacido en la lejana Panonia, hoy Hungría, Martín era sólo catecúmeno; se hace bautizar, renuncia a las armas y lleva durante un tiempo vida de eremita, hasta que en Poitiers le acoge San Hilario y funda la comunidad de Ligugé, el primer monasterio de la Galia. Luego le harían obispo de Tours.
Fue un prelado austerísimo que sigue vistiendo como un monje y que usa como trono un cascabel de madera; tiene una gran actividad misionera y su fama de taumaturgo se extiende por toda Europa; a su muerte es uno de los primeros santos públicamente venerados sin ser mártires, se le dedican miles de iglesias y su tumba en Tours atrae a una infinidad de peregrinos. Es el «decimotercer apóstol» del que nos hablan su amigo Sulpicio Severo y Gregorio de Tours, pero permanece en la memoria de todos por aquel gesto del soldado que un día de invierno da sin dudar la mitad de su capa a Cristo.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
