Era ya sacerdote cuando hacia el año 300 se le consagró obispo de Barcelona. De hecho, todos los barceloneses conocen la iglesia de San Severo, pequeña joya barroca y uno de los escasísimos templos de la ciudad que se salvaron de las destrucciones de las hordas marxistas en 1936. Está en la calle del mismo nombre, donde según la tradición vivía el santo, y el padre Villanueva afirma en su Viaje literario haber visto en esta iglesia una piedra con la inscripción: «Esta es la casa de San Severo, obispo y mártir».
A comienzos del siglo IV estalla la tormenta de la persecución de Diocleciano, y el prefecto Daciano llega a la ciudad para extirpar el cristianismo. Severo y dos de sus diáconos van a refugiarse al otro lado de las montañas, en el Castro Octaviano (hoy San Cugat), y en su huida les presta ayuda un labrador, San Medín. Hoy una ermita se alza en ese lugar, al que acuden en tradicional romería los barceloneses para recordar el milagro de unas habas milagrosamente crecidas para desorientar a los perseguidores.
En San Cugat el obispo se entrega a los soldados, que para intimidarle decapitan a San Medín y a los diáconos; luego le tientan ofreciéndoles riquezas y honores a cambio de renegar de su fe, al verle inconmovible le hunden a mazazos un gran clavo en la cabeza (por ello, es invocado ante jaquecas y neuralgias). San Pedro Nolasco, el Martín el Humano, a quien su intercesión curó una piedra gangrenada, y Fernando el Católico fueron devotos de este Santo humilde, puro, sabio, prudente y magnánimo, un verdadero pastor de almas.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
