Por una extraña casualidad, escribe Augusto Assía en Vidas inglesas, a la misma hora en que, en su casa de campo de Beaconsfield, fallecía Gilbert Keith Chesterton, anunciaba George Bernard Shaw, en Newcastle, que no hablaría más en público. Dos titanes de la palabra escrita y hablada se sumieron en el silencio. El primero involuntariamente. El segundo por su libre renuncia. Aunque hay silencios que valen por discursos, sin embargo, el de estos diestros combatientes en la contienda de las ideas, que habían encandilado a la sociedad londinense y, en general, a la inglesa, sorprendió y convulsionó a quienes estaban acostumbrados a las habituales batallas dialécticas entre ambos. Los ingleses se vieron hurtados del goce de presenciar aquellas refriegas intelectuales que con tanto fragor como afán proselitista protagonizaron Chesterton y Shaw. En aquellas justas de la razón y de la agudeza estos contendientes manejaban con pericia y arrojaban con brío y ardor armas incendiarias como la paradoja, el retruécano, el juego de palabras y la frase chispeante.
Sus compatriotas llamaban a Chesterton “monumento andante de Londres” por la envergadura de su anatomía. Durante un banquete en su honor, Bernard Shaw, rival de razón y fe, le dedicó en su discurso esta sarcástica alabanza: “Tan galante es nuestro agasajado, que esta misma mañana cedió su asiento en el tranvía a tres señoras”. Pero lo cierto es que el Altísimo otorgó como don a Chesterton una fina inteligencia y una ágil inventiva compensando su exuberancia. Y a través de ese talento el escritor quiso encontrar la verdad mediante el ingenio y la originalidad. Y aunque lo más llamativo es el medio, la anécdota orteguiana, sin embargo, lo categórico, el fin fue la fe católica. Porque en 1922 Chesterton encontró la verdad convirtiéndose al catolicismo. Consideraba que la característica más curiosa de su época era el desvío del mundo hacia el vacío o el abismo, el continuo y suave colapso de una cosa tras otra como castillos de naipes que se desmoronan al menor soplo. El colapso de todo, menos de una tradición de la verdad que no es de este mundo.
Y desde entonces se propuso librar la batalla de las ideas frente a la cultura imperante en su país, fruto de un anglicanismo chovinista que consideraba a los católicos como británicos de segunda. Junto a otros escritores compatriotas, como Christopher Dawson, Robert H. Benson, Hilarie de Belloc, Evelyn Waugh o Graham Greene, Chesterton pretendió la transformación de la cultura y la sociedad de su tiempo abordando cuestiones polémicas en su época como la familia, el feminismo, la libertad religiosa, el capitalismo o los totalitarismos. Siempre sostuvo que, teniendo a Dios como padre, el mundo resulta ser una patria inteligible dotada de sentido. Por eso no cabe ni la renuncia a la vida ni la desesperación. Ni mucho menos la ciega confianza en un hipotético progreso. Precisamente vaticinó desatinos espantosos si la cultura se distraía con vaguedades y ocurrencias identificadas con el progreso o la modernidad. Porque Chesterton apostaba por un progreso en el que los hombres se amaran considerándose hermanos e hijos de Dios. Sin embargo, denunciaba como peligro el falso progreso en el que los hombres no reconocen a Dios como Padre desarrollándose las más salvajes y oscuras tendencias del ser humano, convirtiendo a éste en una máquina dominada por máquinas, un número que maneja números y frustrándose un crecimiento de la dimensión moral interior y personal. Un cristiano, precisamente porque es cristiano, afirmaba Chesterton, debe sentirse más que nadie obligado a trabajar por un progreso que sea progreso para todos, y por una promoción social que lo sea de todos.
Para el autor inglés lo que muchos combaten no es al verdadero Dios, sino la falsa idea que se han hecho de Dios: un Dios que protege a los ricos, que no hace más que pedir y acuciar, que siente envidia de nuestro progreso, que espía continuamente desde arriba nuestros pecados para darse el placer de castigarlos. Sin embargo, como él mismo afirmaba citando a San Francisco de Sales “No temáis a Dios, que no quiere haceros mal, sino amadle mucho porque desea haceros mucho bien”. Y es que nuestro Dios es tan poco rival del hombre, que ha querido hacerle su amigo, llamándole a participar de su misma naturaleza divina y de su misma eterna felicidad. Según Assía, la vida de Chesterton fue una portentosa exhibición de atletismo intelectual y de entusiasmo espiritual, sabedor de que, si bien sobre las mareas de la superficie se libra la batalla de las ideas, sin embargo, en las profundidades se desata la pugna espiritual entre el bien y el mal, la verdad y la mentira. Siempre sostuvo que los que quieren enseñar a los hombres a confundir, les enseñan antes a olvidar. Aviso muy actual.
Artículo publicado por Raúl Mayoral Benito en el diario digital El Imparcial el 8 de marzo de 2026. https://www.elimparcial.es/noticia/294722/opinion/chesterton-y-su-batalla-espiritual.html
