29 de abril. Santa Catalina de Siena (1347-1380)

Hija del tintorero sienés Benincasa, terciaria de la Orden de Santo Domingo, Catalina será una virgen penitente sometida a terribles tentaciones, va a alcanzar la unión mística con el Esposo, que pone en su dedo el anillo de oro de los casados y la hiere con los estigmas de la Pasión. Irresistible con la palabra y con la pluma (siempre dictando porque no sabía escribir), se dedicó a los enfermos y murió a los treinta y tres años después de intervenir decisivamente como consejera de los papas divididos entre Aviñón y Roma.

La Iglesia metida en política hasta las cejas, y ante ella, firme y enérgica sin dejar de ser obediente en un singular equilibrio sobrenatural, esta monja dominica que era una mística. Cualquier otro se hubiese guiado por criterios humanos, es decir, políticos o personales, y hubiese añadido más confusión a la confusión, más partidismo al partidismo.

Santa Catalina, doctora de la Iglesia desde 1970, pese a que no sabía escribir, sólo aplicó el remedio del Espíritu. Desde dentro, sin dejar de ser nunca hija sumisa de los papas, inspirándose en Dios y en la oración, cumpliendo inflexiblemente sus deberes. Por eso está allí, en Roma, en los jardines del Castel Sant´Angelo, junto al río, de pie y de cara al Vaticano, como santa vigía del horizonte divino ante la Sede de Pedro para proteger a la Iglesia de sus propios pecados.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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