Hija de un cordelero normando, Julie Postel era conocida como «la santita» por las gentes de Barfleur impactadas por su piedad. Se educó con las benedictinas de Valogne, que le propusieron quedarse con ellas, pero la abadía no le pareció suficientemente pobre. Porque su ideal era enseñar a niñas que no pudiesen pagar colegio alguno, quería recristianizar Francia partiendo de la formación de mujeres, y a los dieciocho años se instaló en Barfleur, en una choza, humilde origen de sus futuras escuelas para alumnas también muy humildes.
Durante la Revolución francesa se convirtió en la «virgen-sacerdote», pues estaba autorizada para distribuir la comunión, ocultaba los vasos sagrados, facilitaba lugares de culto clandestino, daba albergue a los curas fugitivos y seguía enseñando el Catecismo en cuevas y graneros. En 1805 fundó en Cherburgo las Hermanas de las Escuelas Cristianas de la Merced, congregación para la que adquirió años después la abadía de Saint-Sauveur-le-Vicomte, cerca de Coutances, y gobernó su orden hasta una edad muy avanzada con criterios tan espirituales y de tanta ternura maternal, que fue canonizada en 1925.
La Hermana María Magdalena, «la santita», que a su muerte había fundado treinta y siete casas, desplegando una enorme actividad a pesar del asma que sufría y de las penitencias que solía imponerse, fue una mujer fuerte y humilde, con la testarudez que se atribuye a los normandos, convencida de ser un pobre instrumento de Dios con el cual Él podía hacer maravillas.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
