Era hijo único de Eufemiano, opulento y caritativo senador romano. Estaba adornado con todas las gracias y virtudes. El mismo día que se casa, Alejo abandona a su dulce esposa y vaga como un peregrino por tierras lejanísimas hasta recalar en Edesa, más allá del Eufrates, donde vive a la manera de un piadoso mendigo junto a la basílica del apóstol Tomás, pidiendo limosna y repartiéndola entre los demás pobres.
Diversos prodigios señalan su presencia y le sacan del anonimato, tiene que volver a correr mundo y va a parar de nuevo a su ciudad natal, donde su padre, que le ha buscado afanosamente por todas partes, no le reconoce y le da albergue, como a un pordiosero más, en el hueco de la escalera principal del patrio de su casa. Allí, ejemplo de paciencia y de humildad, ayunó y rezó entre las burlas de la servidumbre durante diecisiete años, al término de los cuales, al morir, se le encontró en la mano una carta dirigida a sus padres y a su esposa declarando al fin quién era.
La historia de San Alejo es como una novela bizantina y desde la Edad Media, la literatura se ha ocupado complacidamente de este formidable personaje. Otro mendigo de Dios, en medio del esplendor de Roma, pero en su propia casa, irreconocible para los suyos, peregrino en su patria y ciudadano ya del Cielo.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
