7 de octubre. Santo Rosario

El otoño nos trae una fiesta de santidad instrumental en la que se homenajea a un objeto llamado santo con el nombre de plantel de rosas. Es de madera, metales nobles o modestísimos, hueso o nácar, tanto da, y aunque conocido desde antiguo, sin embargo, no adopta las características hoy comunes hasta el siglo XVI, cuando su rezo se vincula a la victoria cristiana de Lepanto.

Esta Corona a la Virgen, repetitiva y humilde como una cantinela infantil, es un Evangelio en miniatura al alcance de todas las inteligencias y de las memorias más torpes, así como de las situaciones espirituales más desangeladas y frías. Es la devoción que María recomendó en Lourdes y Fátima, a manera de gran arma para la paz de nuestro tiempo. La Virgen da la razón a los Papas prefiriendo esta modalidad tan sencilla de adorar y pedir (la oración de los tontos, según los que tiene una idea muy elevada de sí mismos) en la que se nos da todo hecho menos la actitud interior, y que obliga a poner el alma en lo que se dice, como introduciendo el sentido de Dios en la monotonía de las cosas de la vida cotidiana.

Plegaria personal por el impulso que cada cual le dé, pero también voz del coro de la Iglesia, como un murmullo de niño que no se cansa de repetir lo archisabido que no puede decirse mejor. Unas palabras que suenan a eternas de pura sencillez y profundidad.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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