Alemán de Colonia, teólogo y profesor en Reims, aplaudido y famoso, a los cuarenta años, angustiado por sí mismo y por la corrupción eclesiástica se va con seis compañeros a la soledad, al lugar más abrupto que encuentra: La Chartreuse o Cartuja, cerca de Grenoble, en los Alpes del Delfinado. Y allí instaura una vida religiosa entre solitaria y común: mitad de eremita, mitad de cenobita.
El combate espiritual de Bruno por la Iglesia comienza por la renuncia (se le suele representar con el báculo y la mitra a los pies, los honores pisoteados) y consiste en la oración, el trabajo y la penitencia. La gran batalla se libra por medios que parecen incongruentes. Ser cartujo es morir al mundo, abrazar el silencio, la mortificación extremada, reducir la existencia a un pequeño huerto, a una vida rigurosa, a la prioridad de Dios.
¿No será más efectivo recorrer Europa catequizando, predicando, convenciendo? Para San Bruno la Iglesia se salva no en medio del mundo, sino desasido de cualquier interés terrenal en medio de la soledad, las asperezas de una vida durísima, el ideal más severo. Sin embargo, años después un antiguo discípulo hecho Papa le llamará como consejero a Roma, la mayor penitencia que podía imponérsele. Obedecerá muerto de añoranza por su Cartuja, y morirá en otra fundación italiana muy lejos de su valle de Grenoble.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
