19 de octubre San Pedro de Alcántara y San Pablo de la Cruz (1499-1562 y 1694-1773).

Dos ascetas rigurosos, intransigentes, coinciden en el santoral desde tiempos antagónicos de la historia humana: la primera mitad del siglo XVI, cuando España y sobre todo Extremadura se lanzaban a la conquista y evangelización del Nuevo Mundo, y la Italia del siglo XVIII, con un cristianismo amenazado y a la defensiva. Ambos, hombres de sacrificio y mortificación hasta extremos que hoy casi parecen increíbles, sacando de la penitencia las fuerzas espirituales que necesitaban; y los dos también avasalladores en la acción. Pedro reformando, predicando, alentando a Santa Teresa, Pablo fundando la orden de los pasionistas, predicando asimismo, escribiendo admirables cartas de dirección.

La conversión de las almas fundada en un absoluto sometimiento del «hermano cuerpo», como en este tremendo franciscano que fue San Pedro de Alcántara, un manojo de sarmientos según la Santa de Ávila , ardiente, impetuoso, arrebatado que afirmaba que en seguir los consejos evangélicos es infidelidad tomar consejo. Es el criterio sobrenatural sin compromiso que se aferra a Dios y olvida todo saber humano, toda conveniencia de este mundo, como San Pablo de la Cruz que quería vivir en la contemplación de la Pasión de Cristo sin atender a nada más, reproduciendo en su vida el dolor y al entrega redentora del Hijo de Dios.

Uno y otro, en dos momentos tan dispares de la Humanidad, señalan la primacía de la penitencia para la santificación propia y de los demás; la penitencia que asusta a nuestros contemporáneos, que han hecho de esta palabra un espantajo, un tabú, y que ellos abrazan como un duro modelo de forja interior que limpia de todo lo malo e inútil y sirve de camino real hacia las alturas.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol

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