Anna Francesca Boscardin era muchacha campesina del norte de Italia, nacida en Brendola, cerca de Vicenza; a los diecisiete años se hizo religiosa de Santa Dorotea, y en su comunidad no debían de considerarla muy despejada ni capaz de grandes cosas, porque le confiaron quehaceres de cocina.
Profesó en 1907 y fue enviada a Treviso, donde trabajó en un asilo infantil, y al estallar la IGM tuvo que ser enfermera en un hospital militar cerca de Como; allí despertó grandes admiraciones por su serenidad durante los bombardeos y su abnegada solicitud para con los enfermos. Al concluir la guerra una superiora decidió que debido a su escasa instrucción y a sus cortas luces sólo podían encomendársele tareas muy serviles, y pasó a una lavandería, aunque en 1919 volvió al asilo de Treviso. Su salud nunca había sido buena, y una enfermedad obliga a una operación a la que no sobrevive.
La tonta de sor Bertilia había dejado un recuerdo imborrable en quienes la habían conocido, por su intercesión hubo milagros, y en 1952, treinta años después de su muerte, fue beatificada. Juan XXIII la canonizó en 1961. Lo suyo no era la listeza, y todo en su vida parece de una pasmosa vulgaridad. Niños abandonados, heridas de guerra, ropa sucia, le tocó la parte menos brillante del siglo XX, y sólo cuando murió todos comprendieron que Santa Bertilia, aquella monjita insignificante, significaba mucho más que las noticias más clamorosas de los periódicos.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
