30 de octubre. San Alonso Rodríguez (1531-1617)

En medio de una tan larga lista de jesuitas ilustres, éste es el jesuita insignificante por antonomasia, un don nadie, un Rodríguez cualquiera que sin dejar de serlo se elevó a las alturas de la mística. Alonso era segoviano, hijo de un pañero, cuando Castilla era famosa por sus telares. Muy joven aún tuvo que ponerse al frente del negocio para el que parece que no tenía aptitudes comerciales.

Se había casado y era padre de dos hijos. Su esposa, María Juárez, le reprochaba su poco espíritu comerciante, así no vamos a llegar a ninguna parte, y en efecto, Alonso no llegó a ser nada; peor aún, enviudó, sus hijos murieron, y entonces renunció a los paños y quiso entrar en religión. Pero los jesuitas de Valencia dudaron de aquél hombre cercano a la cuarentena, de pocas letras, ausencia de capacidad para los estudios y escasa salud. Por fin, como simple hermano coadjutor fue enviado al colegio de Montesión en Palma de Mallorca.

En la isla permaneció cuarenta y seis años haciendo de portero. Sus atributos son una llave y un Rosario al cinto. La llave para cumplir alegremente con su modesta obligación («obediencia a lo asno», decían que era la suya), pensando que cada vez que sonaba la campanilla quien llamaba era Cristo; el Rosario para rezar y meditar, convirtiéndose desde aquel puesto tan oscuro y humilde en una gran místico que hoy asombra los estudiosos. Hopkins, el poeta inglés de la Compañía de Jesús, dedicó a San Alonso Rodríguez un soneto que termina así:

«Se acumulan los años sin que nada pasase

cuando Alonso en Mallorca atendía la puerta.

Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.

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