Conocido por el Magno, León I maravilló al mundo consiguiendo lo imposible con sólo su presencia. Italiano, quizá natural de Volterra, ya como simple clérigo se le consideraba como uno de los personajes más influyente de la corte pontificia y el mejor de sus diplomáticos, tan hábil como virtuoso, y desde el 440, como Papa, fue la piedra que resistió los embates más duros de su siglo.
En primer lugar contra la fe; los maniqueos en Italia, el arrianismo en África, los priscilianos en España, los monofisitas en Oriente, la ortodoxia se veía amenazada por todas partes y él acudía a todas las brechas haciéndose catequista, comentando la Escritura, dando enérgicas normas, convocando un concilio en Calcedonia para impedir el cisma.
Pero también peligraba la misma vida de los romanos, la propia Ciudad Eterna hacia la cual se dirigía Atila con sus hordas; San León, montado en una mula blanca y con un modesto séquito, salió al encuentro del caudillo de los hunos y no se sabe cómo le convenció para que respetase Roma. Años después intentará otro tanto con los vándalos de Genserico, que saquean la ciudad durante catorce días sin causar ningún daño a sus habitantes. ¿Qué debió de decirles? Quizá no medió ni una palabra, la historia tiene episodios inexplicables a lo que ha de acompañar el silencio.
Fuente: La casa de los Santos. Un Santo para cada día. Carlos Pujol.
