Se dice del obispo José Ignacio Munilla que es un hombre de su tiempo porque utiliza las redes sociales para hacer más incisiva su labor evangelizadora. La expresión “hombre de su tiempo” no deja de ser una solemne cursilería. Cursi sería decir que Erasmo de Rotterdam fue un hombre de su tiempo porque publicaba sus obras a través de la imprenta o que el doctor Gregorio Marañón también lo era porque visitaba a sus pacientes conduciendo un automóvil inventado por Henry Ford. Si el prelado Munilla es un hombre de su tiempo es porque sabe muy bien interpretar el signo de los tiempos, expresión evangélica introducida por el Papa Juan XXIII en la terminología del magisterio pontificio. Y que hoy debe ser aprendida y aplicada por todo católico para no ser tildado de indiferente ante el mundo en que vive y no ser considerado un fariseo a los ojos de Dios. Cuando los fariseos exigían una señal del cielo, Jesús les responde: “Al atardecer decís: Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo. Y a la mañana: Hoy lloverá, porque el cielo está rojo oscuro. ¿Sabéis distinguir el aspecto del cielo y no sois capaces de distinguir los signos de los tiempos?” (Mt 16. 2-3).
En su intervención durante la vigésimo sexta edición del Congreso Católicos y vida pública, bajo el título ¿Quo vadis? Pensar y actuar en tiempos de incertidumbre, Munilla ha demostrado distinguir con magistral tino el signo de los tiempos, realizando un certero diagnóstico de la sociedad actual: “nos hemos vuelto enemigos de la Cruz”. Según él, esto provoca una crisis imperante: cultural, antropológica, política, eclesial porque sin la Cruz no hay gloria; hay un error grande que es hacer una dicotomía entre la Cruz y la felicidad; la Cruz nos lleva a la gloria, y la gloria es la felicidad plena”. Munilla nos enseña que una teología de la Cruz conduce a una teología de la Gloria. Sabe que, si se hace abstracción de todo lo que en la historia de la Humanidad se debe a la Cruz y a la fe ¿Qué quedará? Solía decir el humanista y jurista José Corts Grau que la única situación comprometida del hombre desde que el mundo es mundo y la única actitud en que, desde hace veinte siglos, ha podido la Humanidad conjurar la rosa de los vientos de sus males es en Cruz. La Cruz representa la firmeza vertical de la verdad sin confusión posible con el error ni con el mal, los brazos abiertos de la caridad, una comprensiva tolerancia, propicia a cuantos yerran y delinquen.
Nuestro obispo también señala como signo de los tiempos esa “imposición sistemática de una nueva cosmovisión” advirtiéndonos de que para hacer frente a ello “se requiere un movimiento de conversos. Sólo vamos a salir de esta crisis por una renovación de santidad”. Porque los propios católicos también padecemos la infiltración de una mentalidad mundana. También respiramos en esa enrarecida atmósfera de relativismo, materialismo y hedonismo. La consecuencia es que hemos reducido nuestra fe a una doctrina, a un fervoroso moralismo. La nuestra parece una fe por motivos extra religiosos, sobre todo de índole social o política, lo que lleva a impregnarnos de lo mundano despojando así a lo religioso de toda gravedad en sí. Debemos volver a un catolicismo auténticamente religioso y místico, al encuentro con Jesucristo. Estar en el mundo sin ser del mundo y no atrincherarnos frente al mundo. La batalla a librar es espiritual. El obispo Munilla sabe muy bien a dónde va él y a dónde va el mundo. Nosotros también debiéramos saber a dónde vamos: Volver a Jerusalén, a la Cruz.


Tan sensato y objetivo como siempre. Mejor dicho no ha podido ser.